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Cada aniversario de la derogación de la Enmienda Platt nos recuerda una paradoja: Cuba nunca supo qué hacer después de quitarla.

Ese apéndice constitucional, impuesto en 1901 bajo presión de Washington, convirtió a la isla en una república vigilada. La retirada de las tropas estadounidenses tras la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana quedó condicionada a aceptar cláusulas que aseguraban su influencia estratégica en el Caribe y la protección de sus intereses económicos. El derecho de intervención militar, el control de la política exterior y enclaves como Guantánamo eran la prueba de que la soberanía cubana nacía hipotecada.

Lo humillante estaba claro. Lo que nunca estuvo claro fue lo otro: sin la Enmienda Platt tampoco hemos logrado construir una república funcional.

 

Ciclos de auge y crisis

 

La República entre 1902 y 1959 no fue un bloque homogéneo de fracaso ni de éxito. Hubo ciclos: el auge azucarero de las décadas de 1910 y 1920 convirtió a Cuba en potencia exportadora, mientras que la crisis de 1933 reveló la fragilidad institucional y culminó con la caída de Gerardo Machado.

En ese contexto aparece Manuel Márquez Sterling, diplomático y periodista incómodo para la simplificación histórica. Comprendió que el problema cubano no se resolvía solo expulsando la influencia norteamericana, sino construyendo instituciones capaces de sostener el país sin tutela externa. Como embajador en Washington, participó en el clima político que llevó en 1934 a la derogación definitiva de la Enmienda bajo la política del Buen Vecino de Roosevelt.

Pero aquel logro se convirtió en trauma inconcluso. La relación con Estados Unidos siguió pareciéndose a una patología familiar: odio, dependencia, obsesión y necesidad simultánea.

 

De Washington a Moscú

 

La Revolución de 1959 prometió romper para siempre la subordinación a Estados Unidos. Sin embargo, lo que hizo fue sustituirla. Cuba pasó de depender de Washington a depender de Moscú.

Durante tres décadas, la URSS absorbió entre el 70% y el 80% del comercio exterior cubano, garantizó compras preferenciales de azúcar y suministró petróleo subvencionado. La isla sobrevivió gracias a transferencias millonarias que la convirtieron en una economía subsidiada.

El colapso del campo socialista expuso una verdad devastadora: el modelo cubano apenas podía sostenerse solo.

Hoy, tres décadas después, el país enfrenta apagones de hasta veinte horas, contracción productiva, inflación, deterioro sanitario y un éxodo masivo. Más de un millón de cubanos han emigrado desde 2021. El gobierno culpa al embargo, pero ningún factor externo explica por sí solo la caída persistente de la productividad y la rigidez del modelo económico.

El problema ya no es ideológico. Es civilizatorio.

 

La sombra de una nueva tutela

 

Mientras Cuba se oscurece cada noche, en Washington crece otra idea: la isla no es sólo una tragedia humanitaria, sino un problema estratégico en el Caribe. Migración, presencia militar de Rusia y China, y redes de narcotráfico reubican a Cuba como molestia geopolítica demasiado cercana.

En este escenario, la lógica de la realpolitik norteamericana —encarnada hoy por Trump— no se ajusta a los traumas cubanos ni a las nostalgias revolucionarias. Se ajusta a los intereses de Estados Unidos. Y probablemente no nos guste la solución.

La pregunta inquietante es si estamos ante una “nueva Enmienda Platt”. No como reedición formal de 1901, sino como entramado de condicionamientos externos. La Ley Helms-Burton ya codifica que la normalización plena depende de transformaciones verificables del orden político y económico cubano. La apertura internacional, por tanto, no sería automática ni neutral, sino condicional.

El problema decisivo está dentro: la oposición carece de instituciones capaces de ejercer soberanía efectiva en un escenario de transición. Esa ausencia refuerza la probabilidad de que cualquier reconfiguración estatal requiera administración externa o tutelaje técnico-político.

 

Una lógica persistente

 

La historia cubana no ha girado en torno a la derogación de la Enmienda Platt, sino a su persistencia como lógica estructural que cambia de forma sin desaparecer.

Más que un episodio cerrado del siglo XX, la Enmienda es un patrón recurrente: autonomía proclamada frente a necesidad de orden importado. Militar, económico o normativo.

El fantasma de la Enmienda Platt sigue rondando. Quizás la pregunta decisiva no sea si habrá un nuevo tutelaje para Cuba, sino cuánto tiempo tardaremos en aprender a no necesitarlo.

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