
Martí era un soñadol… probablemente ha oído usted esa frase en la calle, y ha visto la sonrisita irónica del que la dice. Peor confesión de ignorancia es cuando la ele se vuelve erre y la frase la pronuncia un intelectual uneá.
Pocas personas en la historia han tenido un apego tan profundo a lo real, en toda su amplitud planetaria, y en la dimensión de las ideas y el conocimiento, como Martí. Solamente un hombre así pudo organizar desde Nueva York una conspiración que alzó a Cuba en un solo día y finalmente logró la tarea primordial de la independencia, aun cuando no fuese la que él había preconizado. Pero no como un invento suyo, sino como la claridad de un grupo de cubanos distinguidos en la idea y el carácter; ni con una ceguera infantil en el triunfo, sino señalando su posible fracaso.
Es por eso que en dos de los artículos de las Bases del PRC Martí los señala: los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud (artículo 4); y los peligros internos y externos que amenacen a la patria una, cordial y sagaz (artículo 6).
El soñador pues vio claramente el peligro externo —la intervención de los Estados Unidos—, y los externos: una sociedad de esclavos recién liberados por los españoles, de analfabetos negros, mulatos y blancos, entre ellos españoles pobres; de españoles ricos que controlaban el comercio grande y el pequeño, de los aficionados a la vagancia y al juego. Con ese pueblo había que crear, mediante la libertad política y económica, un pueblo nuevo de trabajadores.
Y de sincera democracia. Y aquí estaba el punto más arduo que también declara en el artículo 5: el Partido no tiene por objeto llevar a Cuba una agrupación victoriosa que considere la Isla como su presa y dominio. Martí volvía a rechazar el intento de dictadura del plan Gómez-Maceo de 1884, ya fracasado.
Desgraciadamente los peligros se impusieron. Martí había muerto y sus partidarios fueron poco a poco relegados por aquellos que, como él previera, habían vivido demasiado tiempo en la esclavitud como para poder practicar la libertad y fundar un pueblo nuevo. Los Estados Unidos fracasaron en su intento de anexión —cumplido en Puerto Rico y Filipinas—, pero pactaron un protectorado donde aceptaron las miserias coloniales e incluso las alentaron escandalosamente, como fue la creación de los botelleros, gente que cobraba sin trabajar, durante el gobierno de la Segunda Intervención.
Durante cincuenta años de lucha contra los rezagos coloniales, Cuba avanzó muchísimo en el orden económico y social. El país recuperaba además poco a poco el pensamiento de Martí, disperso en su periodismo.
Pero él lo había dejado claro: en un día no se hacen repúblicas.
El espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia, que él había denunciado, permanecieron con formas nuevas o con alteraciones más aparentes que esenciales.
Un golpe de estado y una guerra civil liquidaron la posibilidad de la patria una, cordial y sagaz.
La nación dividida por el odio y la estupidez se imponen hasta hoy.
Cualquier otro intento de libertad debe tener en cuenta que los peligros señalados por José Martí siguen existiendo en la mente de los cubanos y en la realidad del país, ahora más que nunca.
Seamos, por una vez, sagaces.
