El interior de uno de los frontones revela la ausencia de componentes básicos para la práctica de este deporte.Fotografía de Juan Pablo Estrada

Cualquiera murmuraría con razón: “¿Sólo con la pelota vasca…?”. Aunque el espectro de nuestra mala suerte cubre un rango infinitamente mayor, me detendré específicamente a desenhebrar las cuitas referidas a este exótico deporte. Lo cierto es que sí, que, en medio de este tobogán histórico-insular, la pelota vasca, también conocida como Jai-Alai o cesta punta, ha navegado con poca fortuna, sobre todo con posterioridad a la segunda mitad del pasado siglo. Su largo bregar se remonta a 1898, cuando los vascos se empeñaron en introducir su práctica en Cuba, algo que lograron en 1901, con el visto bueno de Leonard Wood al frente del gobierno interventor estadounidense. Su instalación más conocida —actualmente reducida a ruinas—, se encuentra en Concordia No. 556, entre Lucena y Marques González, siendo el primer establecimiento de pelota vasca en América. La concesión de diez años para operar este frontón, a partir de 1903, expiró durante la presidencia de José Miguel Gómez, quien puso el inmueble a disposición del Ayuntamiento de La Habana en 1913, reabriendo sus puertas en 1918, bajo la presidencia de Mario García Menocal. Su exclusividad duró hasta 1921, con la aparición de otras sedes análogas, como el Nuevo Frontón, El Palacio de las Luces; o El Habana-Madrid, también conocido como La Bombonera —apelativo ganado por consagrase exclusivamente al juego de féminas—.

Desde una de las graderías exteriores, no solo es perceptible el deterioro de la propia instalación, sino también de la vecina cervecería Polar. Fotografía de Juan Pablo Estrada

Por sus atribuciones altamente especulativas, con elevadísimas apuestas en juego, su ejercicio fue desfavorecido con posterioridad a 1959, perdiendo sus instalaciones el brillo que siempre las caracterizó. En 1990, para la celebración de un certamen relacionado con este deporte cantábrico, el edificio de Concordia recibió un pase de mano benéfico, tras el cual cayó definitivamente en el abandono. Pero, a propósito de una pírrica estrategia política, en 1991 se desarrollaron en Cuba los XI Juegos Deportivos Panamericanos, que incluían esta práctica olímpica. El país no contaba entonces con muchas de las instalaciones, o con la calidad requerida para las demostraciones de las treinta disciplinas contempladas, por lo que se ejecutaron en tiempo récord numerosas obras que cubrieran ese déficit. A 35 años de concluidas y puestas a prueba, la oportunidad de mantenerlas activas para el deporte local y regional, se ha desaprovechado miserablemente. En una publicación del 27 de marzo de 2024, aparecida en CubaNet, se da cuenta del deplorable estado de muchas de las diez edificaciones concebidas entonces para la cita continental del deporte.

Las señales de precaución no pueden ser más elocuentes. Fotografía de Juan Pablo Estrada

Con capacidad para 35 000 espectadores, al Estadio Panamericano se le han efectuado, con posterioridad a su inauguración, algunas mejoras técnicas en la pista; sin embargo, carece de luces en las torres, y las gradas se encuentran en muy malas condiciones estructurales. El velódromo Reinaldo Paseiro fue remodelado en 2018, pero su pista principal no consiguió mantener la calidad original. El complejo de piscinas Baraguá, aun siendo el que en mejor estado se encuentra, ha perdido parte de su techo, y la imposibilidad de calefaccionar el agua impide que los atletas entrenen adecuadamente en sus instalaciones. Las canchas de tenis 19 de noviembre, fueron rehabilitadas en 2017 con un presupuesto de más de medio millón de dólares —financiados por la ONG estadounidense Kids on the Ball—; fecha en la que también fue resucitada la Sala Polivalente Ramón Fonst. En ambos casos, el abandono ha vuelto irremisiblemente a sus predios. De las infraestructuras creadas o adecuadas para las prácticas deportivas participantes en los Panamericanos del 91, muy pocas han llegado a nuestros días en condiciones de ser competitivas.

Frente de una de las edificaciones principales del complejo de canchas. Fotografía de Juan Pablo Estrada

Pero centrémonos en la estrella del desastre que nos ocupa: el Complejo Deportivo Raúl Díaz Argüelles, cede de las disciplinas de pelota vasca y patinaje. El espacio escogido para su emplazamiento, cercano a otras instalaciones del ramo —como las de la Ciudad Deportiva—, se encuentra en áreas aledañas a las ruinas de la antigua fábrica de cerveza Polar, aunque su acceso principal es por un costado del hospital clínico quirúrgico de 26, en el municipio Cerro. Durante la recuperación parcial de muchos establecimientos recreativos en 2017, el patinódromo perteneciente al complejo fue restaurado, en buena medida por la presión de los padres de niños que practican allí este deporte, así como por lo relativamente económico de tal inversión; destino que no corrieron las canchas de pelota vasca, cuya envergadura logística es significativamente mayor. La falta de atención y mantenimiento que estas últimas experimentan, son patentes en las paredes agrietadas, en los ventanales sin marcos ni cristalería, y en el deterioro de sus techos, compuestos de estructuras metálicas carentes de cubierta. Los alrededores muestran un alarmante menoscabo en los faroles del alumbrado público, que no son un lujo para un lugar tan apartado, y que continuamente es asaltado por la maleza circundante.

Vidrios vandalizados de la pecera que aisla a los pelotaris de los espectadores. Fotografía de Juan Pablo Estrada

En marzo de 2019, el medio oficial Juventud Rebelde exhortaba públicamente a una reparación integral de sus instalaciones por parte del INDER, reclamo que, obviamente, no ha encontrado respaldo institucional. Ocupando la periferia de objetos de obra restituidos, no le asiste, por ejemplo, la misma fortuna que al estadio de fútbol de La Polar, una de las instalaciones deportivas en activo más antiguas de Cuba, inaugurada el 20 de octubre de 1929 por iniciativa de la compañía cervecera de igual nombre. Como parte de las mejoras, fue en 2017 que este estadio se convirtió en el primer terreno del país que contó con césped sintético. Paradójicamente, con la modernización de sus instalaciones, que se reinauguraron el 30 de julio de 2025, el recinto sobrevivió a las ruinas de la empresa que auspiciara su existencia, 97 años atrás. De modo que, en esta balanza tan caprichosa donde se sopesan los asuntos del archipiélago, sería demasiado especular sobre la recuperación de la pelota vizcaína, a 125 años de haber pegado por primera vez en la isla.

 

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