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Aunque es difícil imaginar a un grupo de cubanos decididos a ejecutar una operación de conquista y posesión de un territorio bajo dominio británico, el hecho, por increíble que parezca, sucedió en octubre de 1956. Vamos a adentrarnos en esta historia, con tintes alucinantes y más de una lectura política y hasta quijotesca.

Un grupo de cubanos, pertenecientes al movimiento político de reciente creación Partido Nacional Revolucionario (PNR), decidió arrendar a mediados de octubre de 1956 una pequeña embarcación en la playa de Varadero para tomar Cayo Sal, un islote situado a 25 km de las costas cubanas, pero que pertenece a las Bahamas, un país que es parte de la Mancomunidad Británica, por lo tanto Cayo Sal estaba bajo dominio último del Reino Unido de la Gran Bretaña.

La idea de este grupo de cubanos, encabezado por César Vega, fue tomar simbólicamente ese cayo y allí arriar la bandera cubana, ya que consideraban a Cayo Sal como parte del territorio cubano. Recriminaban al Gobierno de entonces su inacción por no reclamar ese territorio como parte de Cuba.

En una declaración pública, el PNR, un partido creado y dirigido por el periodista radial José Pardo Llada, señaló: “Entendemos que de acuerdo con el Tratado de París de 1898, al renunciar España a la soberanía de Cuba y cayos pertenecientes a la Corona, de hecho Cayo Sal pasaba a poder de nuestra República. Cayo Sal no pertenece a Inglaterra sino a Cuba. Por no tener la menor duda del derecho que como cubanos nos asiste, decidimos plantar allí la bandera de nuestra Patria”.

Fue así que en la madrugada del 17 de octubre de 1956, el grupo compuesto por diez hombres, la mayoría miembros del PNR, lograron alquilar el pequeño barco llamado “Mistake” con la intención de plantar una bandera cubana en Cayo Sal.

Según contó luego el propio César Vega en la revista Bohemia[1], ninguno de los hombres de esta iniciativa tenía conocimientos de navegación ni de cómo preparar dicha expedición. Hubo mucho de improvisación. Por ello tuvieron que auxiliarse de los servicios del patrón del barco, al que todos conocían como Pedro “el Gordo”.

Vega señaló que para no levantar sospechas compraron poca comida y dijeron que la idea era irse de pesca alejados de la costa. Una vez le comunicaron al que conducía la embarcación sus verdaderas intenciones, este les manifestó que llegar a Cayo Sal era imposible, pues la embarcación no contaba con suficiente gasolina, ni poseía cartas de navegación, ni ninguno de los instrumentos de la época para poder orientarse en el mar y llegar hasta ese cayo.

“El capitán del barco trató de cambiar el rumbo sin que nos diéramos cuenta pero el cameraman Raúl Hernández Toledo que sabe algo de navegación observó la maniobra y tuvimos que forzarlo otra vez a que escogiera el rumbo correcto, después de una violenta discusión”, narró Vega, el líder de esa operación.

En aquel momento Cayo Sal no estaba deshabitado como ocurre en la actualidad, vivían allí al menos unos 14 obreros cubanos, quienes trabajaban para el estadounidense Clarence Moody, a quien el Gobierno de Bahamas le había arrendado ese cayo por 1000 dólares al año. El objetivo de este empresario era convertir aquella isla en un lugar turístico. También habitaba el cayo un ciudadano inglés.

El relato de César Vega desborda una pasión nacionalista: “Al desembarcar sentí una de las emociones más grandes de mi vida, cuando los catorce obreros de la draga, todos cubanos, prorrumpieron en un grito de ¡Viva Cuba! y comenzaron a cantar el Himno Nacional, puesto que ellos creían que veníamos en una expedición oficial a tomar posesión del cayo a nombre de Cuba”.

Pero el Gobierno de Fulgencio Batista enseguida emitió una declaración en la que se desmarcaba por completo de esa operación, y señalaba que esas personas no tenían ningún apoyo gubernamental y habían actuado por su cuenta. Sobre el estatus de Cayo Sal, el Gobierno cubano sólo afirmó que estaban estudiando el tema, sin más detalles.

Por su parte, la embajada británica en La Habana calificó a los expedicionarios como “un grupo de personas irresponsables” y celebró que el Gobierno cubano no los apoyara. Por su parte, el empresario estadounidense Moody calificó a los autores del hecho como “una banda de alocados sin nada mejor que hacer”.

El día 18 de octubre la policía de Batista detuvo a más personas y afiliados del PNR que tenían la intención de sumarse a los primeros expedicionarios. El suceso llevó a que varios periodistas cubanos de medios como Prensa Libre y Tiempo en Cuba, tomaran un avión con destino al Cayo para reportar el suceso. Pardo Llada, de igual modo, al no poder establecer comunicación desde territorio cubano con los afiliados de su partido, tomó un avión privado en una pista de Santa Fé, en La Habana, para llegar hasta Cayo Sal.

Pero los británicos estaban decididos a abortar de raíz la aventura de los cubanos y enviaron dos aviones con más de 30 militares con la única misión de desalojar a los aventureros.

César Vega relata que les querían hacer firmar un acta en que los acusaban de ser contrabandistas, pero ellos se negaron y dijeron que eran patriotas cubanos. Una anécdota curiosa fue cuando el intérprete inglés le pidió a Vega su pasaporte y este le dijo que no lo traía encima, ya que consideraba que estaba en “territorio cubano”.

Finalmente, el 19 de octubre los ingleses expulsaron de Cayo Sal a los cubanos, bajo la categoría de inmigrantes ilegales. Vega relató que al regresar a Cuba miles de habitantes de Cárdenas fueron a recibirlos con vítores y cantaron junto a los expedicionarios el Himno Nacional.

La prensa cubana insinuó la idea de que había motivaciones económicas detrás de esta expedición, ya que los trabajadores cubanos asentados en Cayo Sal habían encontrado oro en unos jarrones, también se habló de posibles yacimientos petrolíferos en el Cayo, pero nada de esto fue confirmado.

El periodista Sergio Carbó calificó la operación en un editorial como un “error garrafal y con ribetes de ridículo”[2]. En principio coincido con el análisis de este periodista, pero visto con menos apasionamiento considero además que la toma de ese cayo tenía mucho de “marketing político” para el nuevo partido que acababa de nacer.

Hay que situarse en el contexto, estamos en 1956, el régimen autoritario de Batista parece consolidado, ya que han fracasado todos los intentos electorales y pacíficos de que el régimen convoque a elecciones generales para el siguiente año, un reclamo de la oposición. Súmese a ello que los partidos tradicionales de oposición están muy divididos. Las gestiones de la Sociedad de Amigos de la República (SAR), que dirige el viejo mambí Cosme de la Torriente, no han dado los frutos esperados. En esa situación el Partido Nacionalista Revolucionario —cuyos afiliados mayormente provenían del Movimiento de la Nación fundado por el intelectual Jorge Mañach apenas hace un año atrás—, buscan un golpe de efecto, que les gane adeptos y votantes.

No resulta nada casual que apenas este suceso salió de los medios de prensa, el PNR exhibió cierto músculo al afirmar que ya tenían 150 mil afiliados en todo el país, una vez se inscribieron en el Tribunal Superior Electoral. Con la “toma simbólica” de Cayo Sal estos activistas deseaban llamar la atención e influir en la población votante.

Sin embargo, el suceso ha caído en el total olvido, ya que ninguno de sus protagonistas perteneció al movimiento castrista que pocos meses después acapararía toda la atención de la opinión pública cubana e internacional.

Tampoco he encontrado bibliografía que refleje los intentos diplomáticos del Estado cubano, desde su independencia en 1902, porque se le reconociera su estatus soberano sobre Cayo Sal. De existir esos intentos nunca dieron fruto y todo indica que el nuevo régimen comunista, implantado a partir de 1959, abandonó toda pretensión de dominio sobre ese cayo, de escasa importancia estratégica.

En la actualidad Cayo Sal ha sido noticia en más de una ocasión, porque allí quedan varados muchos cubanos que en embarcaciones precarias se lanzan a la aventura de alcanzar tierra estadounidense, en busca de libertad y prosperidad. Pero aquellos proyectos estadounidenses o británicos de convertir a esa pequeña isla en un resort turístico fueron abandonados con el tiempo. Y la aventura cubana de conquistarla de manera simbólica nadie la recuerda hoy.

 

 

 

 

  1. “Nunca pensamos que la ocupación de Cayo Sal fuera una acción militar”, César Vega, Bohemia, 28 de octubre de 1956, p. 76.

  2. “Mistake”, Sergio Carbó, Prensa Libre, 20 de cotubre de 1956, p. 1.

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