Joaquín Quílez Gaspar. Imagen restaurada con Gemini.

El 20 de julio de 1923 falleció en La Habana Joaquín Quílez Gaspar, uno de los delegados menos conocidos de la Convención de 1900-1901. Desde hace mucho tiempo escuchamos las quejas de los divulgadores acerca de los olvidados de la historia. Personalidades que fueron relevantes en su momento, pero que luego de su muerte ya casi nadie recuerda. Preteridos a veces por razones ideológicas o intereses retorcidos, a veces por descuido, indolencia, apatía. En el caso de Quílez podríamos hilvanar teorías sin fin acerca de los motivos de su olvido. Su caso, sin embargo, tiene ciertas particularidades. Fue olvidado en vida. Él, además, nunca hizo nada para evitarlo. No fue un político ni hizo carrera política. Tras su paso por la Constituyente regresó a la vida privada, modesto y callado para la historia, sin ambición alguna fuera de su verdadera profesión.

Como es de suponer, Quílez pertenece al pequeño grupo de delegados de los que prácticamente no aparece información en las fuentes más accesibles. Nombres como los de Leopoldo Berriel, José Nicolás Ferrer, Luis Fortún o Miguel Gener lo acompañan. Al menos Berriel y Gener intervinieron a veces en los debates de la Convención revelando, de ese modo, algo de su personalidad y su pensamiento. Los otros, entre los que debemos mencionar a Quílez, prácticamente no dijeron palabra que quedara registrada en acta. Más allá de las votaciones nominales, tenemos muy pocas pistas acerca de sus opiniones.

Por suerte, acerca de Joaquín Quílez podemos consultar un artículo publicado en un número de la revista Social de septiembre de 1923. Su autor es nada menos que Emilio Roig de Leuchsenring, futuro primer historiador de la Ciudad de La Habana. El artículo, como puede sospecharse, debe su publicación a la muerte del personaje, ocurrida un par de meses atrás. Será, a falta de otras, nuestra principal fuente para hablar sobre la vida del delegado pinareño.

Lo primero que debemos anotar es que Leuchsenring comienza su artículo reflexionando sobre el olvido de Quílez. Se trataba de uno de los fundadores de la República. Su rúbrica aparecía en la Constitución vigente. Fue, además, gobernador de la provincia de Pinar del Río. ¿No merecía un poco más de reconocimiento en vida? Recibió por todo homenaje “una docena de amigos acompañando el cadáver hasta su última morada” y alguno que otro “suelto en los periódicos”. Así se lamentaba el autor del artículo y lo explicaba por la falta de ambición política del finado. Nunca pretendió cargos públicos tras el nacimiento de la República ni recompensa por los servicios prestados durante su formación. No entró en el juego de los partidos y las rivalidades, ni se aseguró una cuota de popularidad cimentada en favores otorgados y recibidos.

 

Los orígenes

Según el texto de Leuchsenring, una fuente encontrada con este dato, Joaquín Quílez Gaspar nació en diciembre de 1845 en Pinar del Río. No conocemos el día exacto, ni parece conocerlo el autor del artículo a pesar de que, según sabemos, tuvo acceso a la familia del difunto. Lo que sí sabemos es que recibió sus primeras letras en su ciudad natal, donde permaneció hasta los catorce años. Al llegar a esa edad, su padre lo envió a completar sus estudios en Filadelfia, Estados Unidos. Allá terminó su formación media superior y luego marchó durante una temporada a España.

Luego de una breve estancia en Pinar del Río, regresó a los Estados Unidos para cursar estudios universitarios. La carrera de medicina fue la elección familiar. Alternativa más frecuente a la carrera de leyes que, por otra parte, no habría tenido sentido estudiar fuera de los dominios españoles. La de medicina, aunque fuera necesario luego revalidar el título, era una de las carreras que con frecuencia se estudiaban en el vecino país. Del mismo modo se hacía, aunque en menor número, con las ingenierías.

Matriculó el joven Quílez en el Jefferson Medical College de Filadelfia, ciudad que ya le era familiar. Esta institución había sido fundada en 1824 y, luego de algunas fusiones y cambios de denominación, sigue existiendo con el nombre de Thomas Jefferson University. Durante sus estudios tuvo lugar la Guerra Civil en los Estados Unidos. Se dice que Quílez, a pesar de ser extranjero, pidió recibir instrucción militar como los demás alumnos. Quería estar preparado por si algún día también tenía oportunidad de luchar por la libertad.

 

Regreso a Cuba

Esa oportunidad llegaría muy pronto y más de una vez, pero nunca sería aprovechada. En 1869 se graduó de medicina y regresó a Pinar del Río. La parte oriental de la isla ya se encontraba sublevada contra el gobierno. Según cuenta Leuchsenring, Quílez trabajó en favor de la Revolución de la mejor manera que pudo. Mantuvo correspondencia secreta con Carlos Manuel de Céspedes y hasta trazó planes de irse a la manigua. Vivir en el otro extremo de Cuba era una dificultad que entorpecería sus deseos. La muerte de su padre fue otra que, esta vez, sería insuperable. Se vio a cargo de una numerosa familia a la que debía proveer. Su madre y sus hermanos dependían del joven de veinticinco años para administrar y sostener los bienes familiares.

Eso no significa que dejara de colaborar con la causa independentista. Leuchsenring afirma, aunque sin dar detalles, que en ese período sufrió persecuciones y hasta encarcelamientos. También estuvo muy dedicado a otro tipo de activismo: el abolicionista. En cuanto estuvo en control del patrimonio familiar dio la libertad a los esclavos que tenían los Quílez Gaspar en propiedad. Llegó a ser delegado de la Junta Abolicionista de Madrid. Era amigo personal de su líder, el habanero Rafael María de Labra. Durante estos años contrajo matrimonio y tuvo una hija, pero en 1876 enviudó. La desgracia personal fue canalizada a través de una profunda religiosidad y gran dedicación a actividades caritativas.

Entre 1878 y 1895 se mantuvo ejerciendo su profesión y desarrolló una amplia labor de beneficencia. En un obituario publicado en el Diario de la Marina con motivo de su muerte se destaca este rasgo suyo. Mientras existió la esclavitud era común que acudieran a él los esclavos maltratados de su región buscando que los protegiera. Leuchsenring confirma y añade que sus servicios como médico estaban disponibles sin costo alguno para los más desamparados.

 

Guerra y exilio

En 1895 estalló una vez más la revolución violenta en Cuba y Quílez volvió a actuar de acuerdo con sus simpatías. En abril de 1896 llegó a La Habana un nuevo cónsul general de los Estados Unidos. Se trataba de Fitzhugh Lee, antiguo oficial confederado durante la Guerra Civil que ahora servía en la diplomacia americana. Era miembro del Partido Demócrata, había sido gobernador de Virginia y era cercano al presidente Grover Cleveland. Fitzhugh Lee, que era sobrino de Robert E. Lee, se mantendría en su puesto al llegar al poder el republicano McKinley. Serviría como general de voluntarios durante la guerra con España y se convertiría en gobernador militar de La Habana y Pinar del Río. A su llegada a La Habana en 1896, Quílez entabló contacto con él y le proporcionó información y datos acerca de la situación cubana. Su intención era influenciar de ese modo al presidente Cleveland y obtener su apoyo para la causa cubana.

Como muchos independentistas, Quílez estaba convencido de que la ayuda estadounidense era la única forma de evitar un conflicto largo y sangriento. En enero de 1896 Valeriano Weyler había sido nombrado gobernador y capitán general de la isla. La política de la reconcentración, que implementaría muy pronto, justificaría todas las aprensiones de los que buscaban una intervención salvadora desde Norteamérica. Quílez no podría permanecer en el país siendo conocidas sus simpatías independentistas. Una vez más se establecería en los Estados Unidos. Desde ahí emprendería una labor de propaganda muy valiosa para la causa de la revolución separatista.

En febrero de 1897 publicaría los datos que había mostrado a Lee, pero ampliados y fundamentados con mayor recelo. Cuba, her past, present and future in connection with Spain and the United States. An appeal to the ruling powers of the country of Washington, Jefferson and Monroe. Ese sería el título del opúsculo de 60 páginas.

Sus intenciones eran perfectamente transparentes. Era un llamado a la opinión pública, pero también a todos los poderes de la nación, no sólo a los del Estado. La invocación de los presidentes estadounidenses tampoco era ingenua. Mencionaba a Washington, el fundador de la república. A Jefferson, por ser el primero en formular una estrategia más o menos coherente en relación con Cuba. Si los Estados Unidos no podían adquirir la isla de España y esta no podía conservarla, la opción más deseable era apoyar su independencia. A Monroe, por la famosa doctrina que reinterpretó la idea de Jefferson. Los Estados Unidos debían asumir la responsabilidad de frenar cualquier intento de expansionismo europeo o extraño en el continente.

En el caso de Cuba, la situación de encono y mala administración habían convertido al español en un poder extraño. La legitimidad que pudo haber tenido su dominio sobre la isla se había perdido por su fracaso administrándola. La incapacidad para reformar y modernizar el sistema había reducido a una situación colonial lo que nominalmente se pretendía que fuera una provincia de ultramar.

En diciembre del mismo año de 1897 publicó otro folleto, esta vez en Atlanta. Cuba and the United States. Some pertinent facts concerning the struggle for independence. Esta vez contaba con el apoyo de la delegación cubana en Atlanta, aunque financió la publicación de su propio peculio. Este nuevo folleto se ganó palabras de elogio de Manuel Sanguily, que ignoraba la identidad de su autor. Lo consideró uno de los mejores que habían sido escritos para favorecer la causa cubana.

Quílez no sólo se había dedicado a escribir y hacer propaganda durante el tiempo que permaneció en los Estados Unidos. Desarrolló una actividad política de mayor envergadura, estableciendo estrechas relaciones con miembros del gobierno. Llegó a establecer relaciones personales de amistad con el presidente McKinley, varios miembros de su gabinete y también del Congreso. Por eso no es extraño que al terminar la guerra y regresar a Cuba tuviera, en palabras de Leuchsenring, “gran predicamento entre los funcionarios americanos”. Tanto el primer gobernador militar, John R. Brooke, como el segundo, Leonard Wood, le tuvieron en alta estima. Este último fue quien lo nombró gobernador civil de la provincia de Pinar del Río.

A través de la Orden Militar No. 329 del 31 de agosto de 1900, se aceptaba la renuncia de Guillermo Dolz y se nombraba a Quílez. Dolz había sido hombre de confianza de Brooke. Era oficial del Ejército de los Estados Unidos y tenía hermanos en el bando independentista y en el autonomista. Quílez venía ahora a ejercer sus funciones, pero como hombre de confianza de Wood. Se mantendría en el cargo durante el resto del período de ocupación. Sólo un par de semanas después de haber sido designado, sería electo delegado a la Convención.

 

La Constituyente y la Enmienda

Hemos mencionado la prácticamente nula participación de Quílez en los debates del Teatro Martí. Era un hombre culto, sabía expresarse, escribir, tenía preparación suficiente. Esas cualidades, sin embargo, no alcanzan para hacer un orador parlamentario. Su voluntad se hizo presente a través del voto y del discreto negociar en comisiones y pasillos. Más allá de los pases de lista y las votaciones nominales, como decíamos, es difícil encontrar testimonios de su participación.

Debemos exceptuar, sin embargo, la discusión relativa al Apéndice Constitucional. La Convención debía elaborar la Constitución, pero también se le había encargado formular las relaciones que debía mantener Cuba con los Estados Unidos. Terminada la primera parte de sus trabajos, y comenzando la segunda, llegó a sus manos el baño de realidad que fue la Enmienda Platt.

En siete artículos el gobierno de los Estados Unidos obligaba a la Convención a introducir en la ley fundamental de la isla un apéndice. Las normas contenidas en él limitaban la soberanía de la futura República y debían ser refrendadas en un tratado entre ambas naciones. Luego del estupor inicial de los delegados, uno de los primeros en pronunciarse fue Quílez. A través de una moción presentada a los veintisiete delegados presentes propuso… aceptar de plano la Enmienda. Consideraba que era el precio a pagar para conseguir de manera más inmediata la independencia. Por otra parte, no veía con malos ojos la tutela de un país con el que, según su criterio, era muy beneficioso establecer buenas relaciones. La Enmienda tenía incluso ventajas, en tanto Cuba podría contar con la protección internacional de una potencia en ascenso.

La moción fue rechazada por veinticinco votos contra dos. Sólo votaron a favor Quílez y Eliseo Giberga. Según Manuel Márquez Sterling, en su libro Proceso histórico de la Enmienda Platt, eran los delegados calificados de reaccionarios. Aunque también afirmó en esa obra que ninguno era verdaderamente partidario de la tutela norteamericana. Simplemente eran pesimistas en cuanto a las posibilidades de llegar a la independencia sin ella. Para Márquez, esos eran los dos bandos en la batalla de la Enmienda: pesimistas contra optimistas. Quílez era profundamente pesimista y, más allá de esto, tenía en buena consideración a la influencia estadounidense.

Leuchsenring, en este sentido, se ocupó en su artículo de reproducir una carta entonces inédita de Orville Platt al propio Quílez. Este le había enviado al senador estadounidense una copia de su moción. El senador, autor nominal de la Enmienda, le respondía agradeciéndole el apoyo. También le aseguraba que los artículos de su propuesta no debían ser interpretados como limitaciones a la soberanía de la isla. Leuchsenring no emitió en su artículo ningún juicio reprobatorio contra Quílez. Se limitó a denunciar la interpretación equivocada de la Enmienda, que se había hecho usual, dando por buenas las explicaciones de Platt.

Lo cierto es que la historiografía cubana no sería tan indulgente con Quílez. Con frecuencia ha sido tratado como uno de los villanos de la Convención, enemigo de la nacionalidad y siervo de los Estados Unidos. Se le han supuesto filiaciones antiseparatistas, como las de Giberga, cuando, si nos fiamos de Leuchsenring, son totalmente falsas. En cualquier caso, la historiografía nacionalista, de corte marxista o no, encuentra difícil hacer de él un héroe. Tenía determinados rasgos que no encajaban en el perfil del revolucionario, a pesar de que sus simpatías estaban con la revolución. Era profundamente religioso y conservador, aunque en realidad estas características no son de ningún modo incompatibles con el perfil separatista. Los prejuicios y los clichés, sin embargo, suelen ser poderosos en este sentido.

 

Epílogo

Quien conozca mínimamente la obra de Emilio Roig de Leuchsenring debe sentir cierta sorpresa ante el tono elogioso con que habla de Quílez. Lo califica de modesto, consecuente, honrado y generoso. Evade los aspectos más polémicos de su ejecutoria, especialmente lo relativo a la Enmienda, desviando sus reflexiones en otro sentido. Celebra su falta de ambición política y su retirada temprana a la vida privada donde siguió ejerciendo su profesión. Ciertamente, las últimas dos décadas de su vida las pasó haciendo lo de siempre. Atendiendo a sus pacientes y cuidando de los suyos. También cultivó el amor por los viajes, a los que dedicó largas temporadas en compañía de su única hija. Visitó a lo largo de los años diferentes destinos en Europa y también Egipto y Tierra Santa, como testimonio de su ferviente religiosidad.

Ahora bien, ¿por qué menciono lo de la sorpresa? Sabido es que Leuchsenring fue uno de nuestros más connotados historiadores antimperialistas. Son muy conocidas sus obras en las que aborda la relación de Cuba con los Estados Unidos. Fue un detractor enérgico no sólo del plattismo, sino de gran parte de la influencia y la penetración norteamericana en la isla. Alguien como Quílez debería ser el blanco perfecto para sus dardos, no para sus elogios. Leuchsenring había nacido en 1889, se inició en el periodismo siendo muy joven en 1905. En la Universidad de La Habana se graduó de derecho civil y notariado en 1917.

Alguien podría suponer que esta discordancia entre las posturas conocidas del historiador y sus manifestaciones respecto a Quílez se deben a la juventud del primero. Al escribir su artículo tenía alrededor de 34 años. Es comprensible que la madurez conlleve a cambios de opiniones. Leuchsenring, sin embargo, no era ningún jovenzuelo que se iniciaba en la vida intelectual. Fungía en ese entonces como uno de los líderes de facto del famoso Grupo Minorista que nucleaba a buena parte de la intelectualidad joven. De hecho, el grupo solía reunirse en su bufete. Esto apunta a que sus convicciones nacionalistas estaban ya muy bien fundadas.

La explicación de su actitud benévola respecto a Joaquín Quílez quizá tenga una explicación mucho más sencilla. Leuchsenring era el director literario de la revista Social en la que apareció el artículo. El director general era Conrado Massaguer, el famoso caricaturista y dibujante. El gerente general de la revista, sin embargo, llevaba el nombre de Alfredo T. Quílez. Para los que se pregunten si existía algún parentezco entre ambos Quílez, la respuesta es que el segundo era sobrino del primero.

En efecto, Alfredo Telmo de la Trinidad Quílez y Bonifaz, había nacido el 14 de abril de 1886. Era hijo de Alejandro Quílez Gaspar, hermano menor de Joaquín. Alfredo se había vinculado a los hermanos Massaguer, Oscar y Conrado, desde muy temprano en su carrera. Los acompañó en la fundación de Social y también en la de Carteles. Ambas publicaciones son célebres en la historia de Cuba. De hecho, Alfredo T. Quílez pasaría muy pronto a ser director de Carteles y conduciría la revista a su época de esplendor. Lo unía una amistad muy cercana a Emilio Roig de Leuchsenring y era también miembro y colaborador del Grupo Minorista.

Este vínculo personal con un familiar del personaje sobre el cual debía escribir, como decíamos antes, podría explicar muchas cosas. No sólo la información que maneja, sino el sesgo favorable respecto a la persona. Leuchsenring pudo contener sus dardos para no herir la sensibilidad del amigo. También podemos pensar que sus opiniones se suavizaron al obtener un testimonio más cercano de la calidad de la persona.

En cualquier caso, la muerte de Joaquín Quílez fue discreta como había sido su vida. Aparecieron algunas notas en la prensa, pero no tuvo mayor revuelo. No hubo funerales de Estado ni ceremonias complejas ni homenajes públicos. Murió rodeado de sus familiares cercanos, en compañía de su hija, sus hermanos y sus numerosos sobrinos. Siendo persona muy religiosa, recibió antes de morir, según la nota necrológica del Diario de la Marina, los santos sacramentos y la bendición papal. El sábado 21 de julio de 1923 tuvo lugar su inhumación con la asistencia, como decía Leuchsenring, de una docena de amigos de la familia.

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