Fotografía de Juan Pablo Estrada.

Iba por la calle Pobre rumbo a Tío Perico, cuando un niño me llamó: Señor…

Me quedé estupefacto.

Porque yo tenía dieciocho años.

1975. Éramos todos compañeros.

Compañera, ¿cuándo sacan el pan con croqueta?

Sí, al compañero lo enterraron antier.

¡Compañero!, le gritaba el jefe del Complejo Agroindustrial Argentina (no en Buenos Aires, sino en Florida), al trabajador al que estaba a punto de meterle el gaznatón.

Señor, señora, cuello y corbata, tacita de café con platico, fiesta de quince, bautizo, por favor, con su permiso, para servirle, rezagos de un pasado que nunca volverá.

¿Qué tipo de contrarrevolucionario sería aquel niño?

No sé si había aprendido de sus mayores burgueses, porque era, y ahora es más, la calle Pobre de veras. Aunque el nombre oficial es Padre Olallo.

Se sabe que los niños son los reyes del lenguaje. La ciencia sigue sin descifrar cómo es que aprenden un idioma tan rápido. Y a pensar y a vivir en ese idioma. O en varios al mismo tiempo.

El niño usó la palabra correcta para dirigirse a una persona que creía mayor que él, aunque incluso hoy seguiría estando felizmente equivocado.

Se trata del respeto normal, ni siquiera amoroso, a la dignidad del otro. A su misterio.

Compañero es una palabra maravillosa. Al menos para los católicos, pues significa el que comparte el Pan, el Cuerpo de Cristo que es Dios.

Compañeros son los bueyes, se decía popularmente en la década del sesenta.

Al menos los bueyes trabajan para un ser vivo realmente superior.

Compañero en el socialismo significa subordinado. Siervo de la gleba mayimbe.

También se usaba y se usa la palabra ciudadano, para especificar que ya no eres compañero y estás a punto de ser colocado tras la reja.

Ciudadano Presidente Céspedes, electo en Guáimaro.

Son rezagos del pasado que nunca volverán.

Caminando por la Habana Vieja en 1991 con el ensayista portorriqueño Julio Ramos, él notó que yo le decía mayor a un hombre del pueblo mayor que yo.

Julio: pero mayor se dice en Puerto Rico. ¿No se dice compañero aquí?

No lo vas a escuchar mucho, le respondí.

¿El mayimbe comparte con nosotros su… pan?

Además, nunca se sabe si el que compra en la tienda de los dólares es un compañero a la fuerza o un borinqueño como Julio, indistinguible del cubano mejor.

Hay que respetar al antillano… y paga.

El señor Julio Ramos es él mismo y es Borinquen, la Tierra del Edén, en toda su dignidad.

También es mi compañero en la defensa de la obra de Nicolás Guillén Landrián.

¿Y por qué no mi señor Víctor Jara?

Vaya, para que se den cuenta de que el respeto a la dignidad no es cuestión de derechas y de izquierdas.

Respeto y venero al hombre y al artista íntegro, incapaz de ceder ni un ápice de su dignidad, que fue salvajemente torturado y asesinado.

Y mientras veo a los compañeros haciendo cola como zombies durante horas para comprar un poco de pan miserable, me quema en el oído aquella rumbita del Víctor:

Usted no es ná

No es chicha ni limoná

Se lo pasan manoseando

Caramba, ¡salve su dignidad!

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