
Como ha sucedido durante el devenir civilizatorio, existen hitos en los que cristalizan sus progresos mejor ponderados. A estos picos los acuñamos —entre las muchas acepciones y aplicaciones del término— como clásicos, convirtiéndose en pautas históricas de obligada referencia. Por su impronta en el despegue de la vida socioeconómica republicana, algo similar sucedió en nuestro progreso insular con la puesta en marcha de la termoeléctrica de Tallapiedra, a la que hemos hecho ineludible referencia en otras publicaciones de esta columna. Aunque la generación eléctrica ya era asunto “corriente” en el mundo industrializado, incluso en las postrimerías del poder colonial en Cuba, el funcionamiento de Tallapiedra auspició una sustancial oferta energética que garantizaría prestaciones y servicios sin precedentes.

Instalada en una zona de la ciudad, por llamarle de alguna manera, polivalente, el territorio debe su nombre al acaudalado comerciante español José Antonio de Talla Piedra Rico, asentado allí en el siglo XVIII para facilitar sus intereses comerciales en el rubro del tabaco, ya que desde 1717 radicaba en aquellas inmediaciones la Factoría de Tabacos, para responder al estanco administrativo de este vernáculo producto. La misma se encontraba a pocos pasos del Real Arsenal, construido allí en 1713. Más tarde, en el transcurso de 1725 a 1734, se instala en esa demarcación al fondo de la bahía el Real Astillero de San José. Todos estos emplazamientos dieron origen al barrio marginal de Jesús María, tal parece que surgido para ser pobre a perpetuidad. Durante el siglo XIX se edifica en la zona el cuartel de San Ambrosio, y a comienzos del XX, contemporánea con la termoeléctrica, la Estación Central del Ferrocarril de La Habana.

Para el panorama postcolonial, la edificación de esta moderna planta en Tallapiedra, significó un shock perceptivo entre los pobladores de la que alguna vez fuera la mayor capital del Caribe insular, y a quienes la humeante mole les recordaba más un ingenio azucarero que cualquier otra cosa. Sea cual fuera su impacto inicial, el gran electrogenerador se convirtió rápidamente en icónica referencia visual y económica dentro del comedido trazado urbano que lo acogía. Aunque con posterioridad fue objeto de ampliaciones y remodelaciones, que nunca sobrepasaron su envergadura inicial, las proporciones originales de sus fachadas todavía exhiben —cierto que muy maltrechas— 85 metros de largo por 35 de ancho, alcanzando una altura de 31 metros. Sin embargo, lo que la hacía inconfundible en el horizonte habanero eran sus cuatro chimeneas de 82 metros de elevación, tres de ellas amputadas en la actualidad a diferentes niveles por encima del techo.

Propio de comienzos del pasado siglo, cuando los elementos decorativos historicistas no se habían desligado de la arquitectura —independientemente de sus funciones—, la ecléctica ornamentación en las fachadas de Tallapiedra establece un distinguido patrón que la convierte en uno de los más valiosos exponentes de la ingeniería industrial cubana. Sus frisos orlados con motivos marinos y las pechinas de sus amplios ventanales, ribeteadas con aplicaciones fitomórficas, figuran entre estos sutiles atavíos. Pero la masa y músculo de todo aquel portento fabril se escondía detrás de su glamoroso cortinaje constructivo: la producción eléctrica. Inaugurada en 1914, ya desde un año antes los generadores monofásicos Westinghouse habían entrado en funcionamiento. Para los estándares de la época, la rentabilidad fue una premisa. Si tan sólo tomamos como ejemplo los extensos vanos acristalados de sus cuatro costados, que permitían el máximo aprovechamiento de la luz diurna, a ello se añadía la apertura y cierre de los mismos mediante un mecanismo eléctrico, garantizando la ventilación requerida dentro de sus caldeadas dependencias.

Pero también dispuso de una optimización productiva doblemente relevante: en la fachada sureste, a orillas de la ensenada de Atarés, se construyeron espigones de hormigón para el desembarco marítimo de carbón, así como una cinta transportadora elevada que agilizaba este trámite directamente desde las bodegas de las embarcaciones hasta las calderas de conversión. La puesta en marcha de Tallapiedra, inauguró la generación de electricidad centralizada en Cuba, convirtiéndola en su momento en la más sofisticada y potente de Sudamérica. En 1914 contaba con 25 MW de generación, ampliando su rango a 50 MW en 1923, a los que se sumaron 10 MW extras en 1945. En 1957 incorporó una unidad monobloque de 60 MW, y otra de 64 MW en 1972, que se mantuvo en operaciones hasta 2024.
Concebida para ser gerenciada por la Havana Electric Railway, Light & Power Company —nacida de la fusión entre la Havana Railway Company y la Havana Electric & Gas Company en 1912—, la planta fue intervenida por la revolución en la década de 1960, pasando a llamarse Otto Parellada, antiguo miembro del Movimiento 26 de Julio, muerto durante la lucha antibatistiana. Lo que ha sucedido en los últimos 60 años, representa un calvario para la obsoleta central eléctrica y el entorno que la circunda. En 1990, su decadente pertrecho tecnológico sufrió un incendio de grandes proporciones, que hizo imposible la recuperación de algunas de sus dependencias. La falta de mantenimiento y reposición de su parque tecnológico original, sumados a una explotación creciente e ininterrumpida, acabaron subvirtiendo sus bondades iniciales en contaminación sonora, marítima y atmosférica, generando continuas molestias a los vecinos del lugar.
Finalizando 2020, las entidades pertinentes planificaron un mantenimiento integral, que debió ser aplazado por la pandemia de coronavirus. Este propósito se alcanzó dos años después, restableciendo sus servicios e incorporándose al Sistema Electroenergético Nacional (SEN). En un contexto estatal de dudosa credibilidad pública, poco sabemos sobre lo que se consiguió remendar en ese entonces. En 2024, la termoeléctrica salió de funcionamiento definitivamente, sirviendo de conectora a dos patanas electrogeneradoras de procedencia turca. Pero el romance no duró mucho. Como en el más lacrimoso melodrama televisivo producido en Ankara, las patanas dijeron adiós para no volver.
