Desprovisto de corceles y carruajes, el carrusel del Parque Lenin a olvidado las risas de antaño. Foto: Juan Pablo Estrada.

A diez años de hacerse con el poder, Fidel Castro visitaba las obras que daban por concluida la presa Ejército Rebelde, cuando le aterrizó en la mollera —cual guijarro celestial— una de sus faraónicas epifanías: construiría un gran parque recreativo aguas abajo del acuatorio, para deleite de las masas. El terreno no era desconocido para el perpetuo estadista. Hay testimonios que dan fe de su estancia en la zona hacia 1952, mientras se encontraba de visita en casa de conocidos suyos, a quienes prometió la construcción de obras de beneficio social en aquellas mismas hectáreas. Antes de 1959, aquella demarcación de Arrollo Naranjo era una zona rural de propiedad privada, posesiones que luego de esa fecha fueron expropiadas o indemnizadas a muy bajos precios, y transferidas automáticamente a propiedad estatal. Para el momento en que el nuevo embalse anegaba partes de su superficie, la idea del comandante había prendido en su prendada compañera de lucha, Celia Sánchez, que asumió la concepción y supervisión de todo el proceso.

Como casi todas las dependencias de La Mariposa, esta lúdica «casa de ensueños» ha sido vandalizada. Foto: Juan Pablo Estrada.

Aventurados en un primer intento por meterle el cuerpo a la iniciativa, que pretendía sanear los suelos y arbolar sus parcelas abandonadas, no fue hasta 1971 que iniciaron los movimientos de tierra y la ejecución de las muchas instalaciones que articularían el afanoso proyecto, quedando finalmente inaugurado el 22 de abril de 1972. Como ha sucedido desde entonces con numerosas obras públicas, apelando a una política oficial de rebautización —al tiempo que se congraciaba con su nueva área de influencia político-económica—, al extenso espacio recreativo se le llamó Parque Lenin. Ubicado a 25 kilómetros al sur del centro capitalino, en las inmediaciones de las carreteras de Bejucal y El Globo, cuenta con una extensión superficial que diversas fuentes estiman entre 470 y 700 hectáreas. Los proyectos paisajísticos y arquitectónicos estuvieron liderados por el consagrado arquitecto Antonio Quintana Simonetti, quien a lo largo de su carrera posterior a 1959 gozó de amplias prebendas oficiales.

Nunca faltará tiempo para el asombro: ¿Qué seguirá después? Foto: Juan Pablo Estrada.

Para hacer realidad lo que pronto pasó de ser una quimera, el parque fue pensado como una sabana salpicada de parches boscosos, cañadas y espejos de agua alimentados por el aliviadero del embalse Ejército Rebelde. Este criterio, que entrelazaba los diferentes focos de atracción mediante pequeñas carreteras y una línea de ferrocarril recorrida por una locomotora a vapor del siglo XIX, renunciaba a la saturación de pavimentos y urbanizaciones, haciendo prevalecer el ambiente natural como alternativa integral. Las edificaciones, incorporadas a una red de servicios recreativos, gastronómicos y culturales, también partieron de una premisa unificadora, con el empleo de un sistema constructivo prefabricado que resolviera las demandas de estructuras, paredes y cubiertas. Otro requerimiento estuvo pautado por el uso del color blanco en todos los inmuebles, así como la reutilización de los muros de piedra que antiguamente parcelaban las fincas, con el objetivo de incorporarlos decorativa o funcionalmente a las obras.

Partes y piezas de las instalaciones ruedan por el suelo con total indolencia. Foto: Juan Pablo Estrada.

No dispongo de datos referentes al costo de tan monumental empresa, que no debió ser poco, tomando en consideración el kilométrico mejoramiento de los suelos y la siembra de especies traídas desde diferentes lugares de la isla —se estima que cerca de 80.000 árboles fueron trasplantados en estado adulto—. A propósito de nuestra anterior entrega, en la que abordábamos la adversidad medioambiental que representa el basurero de 100 y Boyeros —ubicado en el centro de un eje verde planificado para la ciudad—, el Parque Lenin si logró insertarse satisfactoriamente en ese circuito, del que posteriormente también formarían parte el Jardín Botánico Nacional y el Zoológico Nacional, ambos a escaso kilómetros de este precursor concebido a inicios de los 70.

La zozobra parece cobrar vida, mientras intenta pasar desapercibida. Foto: Juan Pablo Estrada.

Gratos recuerdos anclan la memoria de varias generaciones de cubanos a este verde parnaso. Sin embargo, con sólo mencionarlo, el imaginario colectivo se remite automáticamente al célebre parque de atracciones que movilizaba a centenares de capitalinos y visitantes de otras latitudes del patio durante los fines de semanas y vacaciones estivales desde los años 70. Esta indiferenciación se justifica por las novedosas y amplias ofertas de esta divertida parcela dentro de todo el conjunto. Con 22 hectáreas de superficie, el que lleva por nombre oficial La Mariposa, llegó a instalarse en los dominios del gran proyecto gracias a un convenio de colaboración entre los gobiernos de Cuba y Japón. Esa es la razón por la que sus primeros usufructuarios lo identificaran como Parque Japonés, disponiendo de sofisticados mecanismos de funcionamiento para la época. Aunque no fue el único de su tipo en la isla, el elevado volumen de asiduos lo convirtió en el más frecuentado y explotado de todos, lo que exigía continua supervisión y mantenimiento. Un salto brusco en el tiempo, nos arrastra al presente para descubrir, no sin sorpresa, que todo aquel jolgorio de colores y emociones se ha visto reducido a escombros.

Los ininterrumpidos avatares político-económicos, recorridos en las décadas posteriores al desplome del socialismo europeo, han erosionado aún más el dependiente poder de gestión del régimen en la isla. El Parque Japonés y su periferia verde —de los que ni remotamente apuran por resucitar—, se han visto gravemente tocados por los muchos niveles de depauperación sufridos desde los 90 hasta el presente. A estas alturas de nuestra despellejada historia, para ningún natural de este archipiélago es un secreto que las condiciones en las que sobrevivimos durante el último lustro, no abrigan demasiadas esperanzas en salvaguardar garantías sociales básicas como la salud y la educación. Con semejantes marcadores, de frente a un colapso generalizado que pone en riesgo la propia existencia de la nación, ¿qué podríamos esperar de viejas ensoñaciones por salvar?

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