Vista parcial del litoral habanero desde las ruinas del inmueble localizado en Malecón y Marina. Foto: Juan Pablo Estrada.

No es reciente la épica de habitar a la vera del caprichoso mar que abraza a La Habana. Con razón sus primeros pobladores se instalaron al interior de la bahía, con la finalidad de guarecerse de las amenazas de sus atacantes, pero también de pelágicas inclemencias. Una constancia de la evitación confrontativa con el tramo de litoral desprotegido de la rada —durante la expansión urbana de la ciudad extramural—, la constituyó en sus inicios el prudente distanciamiento constructivo con la cercanía de las olas, en aquellos territorios limítrofes con el océano que actualmente ocupan los municipios Centro Habana y Plaza.

Decir que algo o alguien tiene los días contados, es el inequívoco vaticinio de su desaparición. Imagen frontal del edificio de Malecón y Marina. Foto: Juan Pablo Estrada.

Como los procesos erosivos de este entorno marino, caracterizados por el embate abrasivo sobre la costa y la suspensión aérea de sal y otros minerales corrosivos, no discriminan entre la piedra madrepórica y el hormigón, el desgaste físico-químico de su impacto alcanza las edificaciones cercanas, provocando el sistemático deterioro hasta las entrañas de los inmuebles. Las condiciones geográfico-meteorológicas de este sector del litoral norte entre Artemisa, La Habana y Matanzas, tipificado por las incursiones del mar en sus zonas bajas, facilitan el rebase del oleaje por encima del muro en el litoral habanero, mismo que también actúa como dique de contención para la regresión de los volúmenes de agua. De modo que la improcedente ocupación urbana de la ribera, ha obstruido la natural dinámica de fluidos, propiciando la retención de líquido, fenómeno que se agudiza si las penetraciones del mar son acompañadas por precipitaciones. Otro factor a considerar es la composición del lecho marino en esta latitud, configurada por una plataforma insular muy estrecha, que la convierte en flanco fácil para la irrupción del mar, cuando el deterioro de las condiciones climáticas arrecia.

Desde la azotea la imagen no puede ser más deplorable. Foto: Juan Pablo Estrada.

Con el siglo XX llegaría la ilusoria apariencia protectora que la avenida de Malecón le confería al borde ribereño de la capital. Pero lejos se encontraban los habaneros de dar por seguro este tramo vial, cuando las arremetidas del estrecho de la Florida se saltaron el muro y los metros ganados sobre el mar. Sin embargo, a contrapelo de semejante obstáculo, la construcción de la escollera y su calzada concomitante no cejarían hasta completarse en la desembocadura del río Almendares, durante 1958. Para tal propósito sólo hubo un pacto tácito con la naturaleza: conservar, reponer y drenar sistemáticamente la infraestructura creada; aunque, craso descuido, tal compromiso fue gradualmente desatendido durante el último medio siglo.

Vista superior del patinejo interior. Foto: Juan Pablo Estrada.

Sería demasiado tarde, con una enquistada administración pública distraída en asuntos que escapan a su poder de gestión, cuando el Estado se propuso medrar sobre la sostenibilidad socioeconómica del litoral capitalino. En “Cómo salvar el Malecón de La Habana”, del 27 de enero de 2018, Cubadebate aborda la inclusión de esta franja costera como escenario priorizado para su protección por la “Tarea Vida”, el Plan de Estado para el enfrentamiento climático, aprobado el 25 de abril de 2017 por el Consejo de Ministros. Empeñados en buscar soluciones desde diferentes instancias, con el Ministerio de Ciencia Tecnología y Medioambiente como entidad rectora, hasta el momento sólo se ha pretendido desalojar a los residentes de los inmuebles en peligro de derrumbe y, en última instancia, vallar las áreas afectadas; cuando se sabe que, ante el crítico escenario político-económico que vivimos, los moradores son renuentes a abandonar sus residencias, empleando los cercados perimetrales para remediarlas constructivamente.

Cerciorada de la ausencia humana, la vegetación coloniza los espacios disponibles. Foto: Juan Pablo Estrada.

Entre las medidas urgentes implementadas por este programa, actualmente en pausa, se encuentra elevar el nivel del muro de contención marina a 1,25 metros, además de su rediseño con curvas repelentes en el flanco de ataque de las olas, así como el mantenimiento de las fachadas, saneamiento y limpieza sistemática de los drenajes. También se promovieron nuevas regulaciones urbanísticas para la zona, como el uso de materiales resistentes al intemperismo; preservación de un 15% de área descubierta dentro de cada parcela y respeto del perfil de altura tradicional, excepto en las esquinas; rescate del portal corrido de uso público; prohibición de las plantas bajas para fines habitacionales, solo destinadas a comercios y servicios; y la elevación escalonada del nivel del pavimento desde la acera, portales y hasta el interior de las edificaciones. Todo lo anterior, que parece una obviedad heredada de las ordenaciones tomadas en consideración durante la primera mitad del pasado siglo, lejos de encontrar salidas airosas, experimenta una vertiginosa regresión.

En la actualidad, la cara real del asunto está más cercana al caos que a cualquier solución medianamente decorosa. El 5 de junio de 2025, 14yMedio publicaba un reportaje titulado “Ruinas en licitación: el Estado cubano ofrece al sector privado resucitar espacios en decadencia”, de Natalia López y José Lassa, en el que tratan sobre las desesperadas alternativas oficiales para la revitalización de las ruinas del Malecón, a cuenta de mipymes. Con la venia de la Empresa de Gestión del Patrimonio, perteneciente a la Oficina del Historiador de la Ciudad, y a tono con la legislación vigente, dichas ofertas de usufructo se hacen sin haber saneado de escombros los “locales” otorgados, regularmente convertidos por los apremios de los transeúntes y moradores en baños públicos o vertederos. Ello quiere decir que todo el proceso de acondicionamiento constructivo, plagado de retos e incertidumbres, es dejado a los “afortunados” inversores privados que muerdan el anzuelo, a tenor de una rentabilidad poco práctica. En el artículo se mencionan algunos de estos solares que hacen esquina con Malecón, como los ubicados en Genios, Crespo, Perseverancia y Escobar.

Las imágenes que acompañan esta bitácora, pertenecen a las ruinas de un pequeño edificio de viviendas, huérfano de abolengo arquitectónico, ubicado en la curvada intersección de Malecón y Marina. De cualquier modo, ante su inminente desplome, nada lo diferencia de cualquier otro con pedigrí en este tramo costero de la capital. Quisiera ser optimista con una sonrisa edilicia plena, de frente al océano, pero, honestamente, no dispongo de muchos alicientes.

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