Fotografía de Juan Pablo Estrada.

Eso decía Martí.

Que era un soñadol.

Para muchos compatriotas, Martí padecía de pesadillas. De ahí la irrealidad de sus conceptos.

La jornada laboral es sagrada, citaba hace años el arzobispo Adolfo Rodríguez Herrera. Se trataba de unos cartelitos que pululaban por las empresas.

¿Puede haber algo sagrado, si no hay Dios?, continuaba serenamente Adolfo.

Empresas ateas llamaban al carácter sagrado de estar ahí, haciendo como que se trabaja para que el mayimbe haga como que les paga.

Yo vi a Adolfo trabajar sin cesar, incluso un domingo por la tarde, o acabado de salir del hospital. Se desmayó en plena homilía en la Catedral. Y se recuperó —la Catedral repleta rezaba en voz alta—, y continuó en la misa.

Ya saben, Adolfo era camagüeyano. Aunque les pareciera extranjero.

Un patricio.

No porque fuera obispo, cristiano o creyente, sino porque mantenía el estilo de seriedad del patriciado cubano, y de buena parte del pueblo, en el siglo XIX.

Pero en nuestro pueblo hay una tendencia dominante, tampoco absoluta ni mucho menos, pero determinante por dominante, a la ausencia de seriedad y al relajo.

Ese dominio ni siquiera procede de la mayoría, sino del poder de la insidia.

Acaba paralizando a la mayoría.

Y muta como un virus, se disfraza, se esconde, se convierte en estalinismo caribeño, y dura ya siglos.

No confundir el relajo con el chiste, el buen humor, el sano distanciamiento de las rigideces propias de los regímenes despóticos, o los dones de la gracia y la suavidad y la alegría.

A monseñor Adolfo le escuché unos chistes políticos hilarantes y muy subidos.

Era un hombre suave y gentil, diplomático, sin menoscabo de portar una autoridad y ejercerla.

Se trata de una ausencia de seriedad existencial, como la de un pueblo con baja autoestima, que nunca ha podido vivir colectivamente con la decencia y el optimismo que ama, y que sobreestima aquellos sucedáneos que le permitan soportar esa condena: el bailecito, la fiestecita, como dirían los católicos Vitier.

Mucho sincero diminutivo. Se les olvida en la fiesta que el pilón es sin miseria.

No se llega muy lejos tragando pastillas de ese tipo. Finalmente el bailecito es el reguetón y la fiestecita es el parole.

Huir.

O meterse a héroe, abusando. ¡Los bailadores obedecerán, felices!

Pueden aguantar sin fin porque están felices bailando. Con miseria.

O más abundantemente, ser apapipio de un héroe que abusa. Y abusar con él, por los beneficios del baile.

Es imposible abordar aquí el tema de la carencia de religiosidad del cubano. Verdadera anormalidad, puesto que el fundador de la nación fue un sacerdote ejemplarísimo, Félix Varela. Y lo logró con los solos méritos de la palabra pública guiada por la fe en Cristo.

Sólo señalo esa puntería de Martí que, viviendo ya en una circunstancia mucho más secularizada que la de Varela, y enfrentado a la Iglesia que rechazó a Varela y se aliaba con el despotismo, no dice, en su famoso poema “Pollice verso”, en el que evoca su adolescencia en el presidio: la vida es sagrada.

Sino la vida es grave.

Bailar, fiestar, gozar, qué bien.

Pero incluso si usted vive y muere bailando, se muere.

Y habrá vivido una no vida: una farsa.

Una existencia blandita, fácil, necesariamente egoísta.

Y, seguramente, imaginaria…

Huyen del dolor, aunque sea del dolor ajeno. Del valor del dolor propio, ni se enteraron. Huyen de su propia capacidad para aceptar la realidad de la vida, para resistir, luchar y vencer con plenitud de dignidad y de experiencia.

Más vida vive el niño que va a morir de cáncer.

Martí nos aboca a la gravedad de la vida, incluso sin una referencia religiosa.

Por puro realismo.

Por pura moral que ha entendido la verdadera dimensión y el alcance de la vida.

Dimensión y alcance son realidades y fundamentos de fe, desde luego.

Sigan, soñadoles, soñando con las dulzuras del Reguetón de la Huida.

Allá o aquí.

Qué cosita tan miserable.

No cuenten conmigo.

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