El periodista Carlos Castañeda (imagen tomada de EcuRed).

Si tuviera que recomendar un libro que todo periodista latinoamericano no podría dejar de leer ese sería: Ser periodista. La vida y legado de Carlos M. Castañeda. Recorrer las páginas de esta obra fue para mí más que un deleite, un descubrimiento asombroso de la fecunda obra de Carlos Mauricio Castañeda Angulo, un total desconocido en su tierra natal.

Para varias generaciones de periodistas cubanos la figura de Carlos M. Castañeda es totalmente desconocida. Al abandonar el país en 1960 por estar en desacuerdo con el rumbo comunista del nuevo régimen, su obra periodística es una asignatura pendiente para cualquier profesional de la comunicación que hoy se forma en Cuba.

Castañeda nació en La Habana el 8 de febrero de 1932 y desde su niñez comprendió que su vida entera la consagraría al periodismo. Cuenta su esposa Lillian que desde los cinco años, cuando veía a sus hermanos seguir el curso por radio de la Segunda Guerra mundial a través de la BBC británica y de las transmisiones en español de la CBS y NBC norteamericanas, Castañeda decía que quería ser “como aquella gente que transmitía esas noticias desde lugares tan distantes”. Siendo estudiante de primaria ya editaba un periodiquito de unas pocas páginas en mimeógrafo, junto a unos amigos. A los catorce años comenzó a cubrir los juegos de baloncesto y béisbol para el diario habanero de la tarde Avance y para el semanario Cuba Deportiva.

Posteriormente, en el colegio La Salle empezaría a dar muestras de su innato talento, al ser elegido presidente de la Academia Literaria José María Heredia y hacerse cargo de la revista El Brocal, que en mimeógrafo publicaba esa escuela capitalina. Debido a su gestión personal Castañeda logró renovar la publicación, que en poco tiempo saldría impresa y bien editada gracias al dinero conseguido con la venta de anuncios.

Su padre estaba orgulloso de la precocidad intelectual de su hijo, pero deseaba que siguiera sus pasos y estudiara Derecho. Castañeda siempre le respondía que como periodista sería el abogado del pueblo al defenderlo desde las páginas de los periódicos. En 1949 ingresó en la Escuela Profesional de Periodismo “Manuel Márquez Sterling” y allí —narra su esposa Lillian— aprendió no solamente a sentir amor por las palabras, sino también por la presentación de estas de la mano de uno de sus profesores: Mike Tamayo. Él le enseñó la importancia de presentar la noticia de una forma amena para conquistar la mayor cantidad de lectores.

Su dedicación al periodismo fue total. Estudiaba por el día y por las noches trabajaba en las páginas deportivas de El Mundo con el doble propósito de adquirir experiencia y ahorrar lo suficiente para costearse estudios avanzados en los Estados Unidos. Conseguiría esa meta de una manera muy inusual. Contaba con 19 años cuando le encomendaron la tarea de entrevistar a un entrenador deportivo de Jamaica de visita en La Habana, era la época de los grandes problemas raciales y la embajada de los Estados Unidos pidió que se le hiciera una entrevista a ese señor por ser una personalidad. En la entrevista Castañeda no tomó ni una sola nota, para el asombro del agregado cultural de la embajada estadounidense. Tiempo después el funcionario lo llamó y le expresó que existía la posibilidad de una beca que podría ser para un médico, un maestro o un periodista, al diplomático sólo le faltaban solicitudes de periodistas y le confesó que “había pensado en usted desde aquel día en que hizo una entrevista y no tomó notas”. Castañeda se ganó la beca para estudiar en la Universidad de Missouri, en Estados Unidos.

En los Estados Unidos no sólo conocería los fundamentos del periodismo norteamericano y ampliaría sus conocimientos, conseguiría además una entrevista exclusiva con el expresidente de ese país, Harry Truman. Era la primera vez que un periodista cubano entrevistaba a un presidente de esa nación. Al conocer de tal acontecimiento, Miguel Ángel Quevedo, dueño de la revista más leída de Cuba, Bohemia, no dudó en contratar los servicios de Castañeda. Entre 1954 y 1960 no sólo fue reportero de Bohemia en Estados Unidos y Europa, sino que se desempeñó como redactor y presentador de los programas de noticias del Canal 12 TV, siendo además entrevistador regular del prestigioso programa televisivo “Ante la Prensa” de CMQ.

A finales de 1960 se exilia en Nueva York y junto con Miguel Ángel Quevedo y un grupo de periodistas y fotógrafos funda la revista Bohemia Libre, de la cual sería su redactor y a partir de 1963 su corresponsal en Washington D.C. Pasa luego a ser redactor de la revista Life en Español y desde 1966 hasta 1969 funge como subdirector de esa publicación.

El fracaso de ambos proyectos lo lleva a aceptar la propuesta del empresario puertorriqueño Antonio Luis Ferré quien le propone en 1970 dirigir el periódico El Día en la ciudad de Ponce, Puerto Rico. El reto era descomunal, aquel diario fenecía en el mercado noticioso de la Isla del Encanto, con apenas una tirada de 5.000 ejemplares. Además, el periodista cubano contaba con varios factores en su contra: su condición de extranjero y su escaso conocimiento de la sociedad borinqueña, pero poseía lo principal: experiencia y conocimiento de cómo hacer vender las noticias, eso le bastaba para echar a andar a aquel periódico que con los años se convertiría en el periódico más leído de Puerto Rico y catapultaría la vida profesional de Carlos Castañeda.

 

Las claves del éxito

 

Lo primero que hizo Castañeda fue sacar el diario de una ciudad del interior y trasladarlo a San Juan, la capital, luego rebautizaría la publicación con otro nombre: El Nuevo Día, porque nuevas serían todas las transformaciones que sufriría con el tiempo. Saúl Lozano, uno de los periodistas que junto a Castañeda emprendió aquella aventura recuerda: “Comenzamos con las uñas, pero con mucha voluntad y fervor. Todo un equipo de veteranos con hambre de trabajo, y un bisoño grupo de reporteros y redactores. El periódico ocupó parte de un primer piso de un edificio destinado a vivienda familiar y en las adyacencias estaba una valiente rotativa, heroína de mil batallas”. Lozano resalta el ímpetu y dedicación del cubano: “Carlos no se movía hasta que revisaba todo el periódico, enderezaba entuertos y hacía los cambios. Así comenzó aquel parto que, gracias a Carlos Castañeda, quien impuso su estilo y le dio su personalidad, fue moldeando una idea que revolucionó el periodismo en América Latina”.

Uno de los acontecimientos que ayudó a tejer el rotundo éxito de El Nuevo Día fue la elección de la primera Miss Universo de Puerto Rico en 1970. Con el fino olfato periodístico que siempre lo caracterizó, Castañeda se percató del posible triunfo de la modelo y organizó todo un convite para sacarle decenas de fotos a la aspirante. El diario consiguió dar “un palo periodístico” y se llevó la exclusiva cuando Marisol Malaret resultó ganadora en tan afamado concurso.

“El éxito —rememora Lozano— fue total. La modesta rotativa trabajaba horas y horas sin parar, el tiraje continuo resultaba insuficiente ante la emoción y la alegría que se había apoderado de todo Puerto Rico (…) Con el ‘palo’ que dimos con Marisol, se abrieron las puertas, la circulación comenzó a fluir, la publicidad rescató la orfandad de aquellas páginas hechas con cariño y calidad, pero sin publicidad (…) Muchos periodistas de Estados Unidos y Europa vinieron a Puerto Rico para visitar la moderna y nueva planta de El Nuevo Día (…) el ‘milagro’ Castañeda les parecía un imposible y más se asombraron cuando se enteraron de que aquella rala ‘guerrilla’ que conformaba la Redacción producía diariamente aquellos cientos de páginas colmadas de publicidad, que pagaba el producto de un extraordinario esfuerzo. En lo que tal vez sea un récord Guinness, El Nuevo Día ha sido uno de los pocos periódicos, si no el único, que ha compartido de igual a igual, en un país, el share publicitario con la televisión”.

En El Nuevo Día de Carlos Castañeda se combinó la excelencia en el diseño y la fotografía con un periodismo equilibrado e imparcial. En sus páginas de opinión escribían personas de diferentes ideologías, lo que molestaba a los sectores más extremistas de la sociedad puertorriqueña. Para Lozano, el secreto de Castañeda fue que “siendo la isla de pobre valor noticioso, enfocó su diseño en la gráfica impactante, conmovedora, humana; el título directo, fuerte, llamativo (…) la noticia sucinta, bien estructurada y jerarquizada”. Además de que supo entender la necesidad informativa de amplias capas de la sociedad, creando secciones para la mujer, el deporte y el hogar, temas poco tratados por sus rivales periodísticos.

A partir del arrollador éxito de El Nuevo Día, Castañeda se dedica a crear, asesorar y dirigir periódicos en Argentina, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, México, Nicaragua, Brasil y Estados Unidos. Dicta numerosas conferencias magistrales sobre periodismo en numerosos centros universitarios de Latinoamérica y España, muchas de las cuales se recoge este libro y que conservan un valor a destiempo.

En los últimos años de su carrera, a finales de los 90, Castañeda asume la dirección de El Nuevo Herald, de Miami y consigue disparar sus ventas y circulación en la llamada ciudad del sol. La muerte lo sorprende durante unas vacaciones en Lisboa, Portugal, en el año 2002. La familia, en homenaje a su legado, creó la Beca Carlos Castañeda, que patrocina parte de los estudios superiores en periodismo de estudiantes latinoamericanos en una universidad de Estados Unidos. De esa manera, mantienen el legado vivo del gran periodista.

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