José Miguel Gómez. Fotografía restaurada con Grok.

No existe duda alguna de que José Miguel Gómez estuvo entre los políticos cubanos más influyentes de su tiempo. Que llegara a desempeñar la presidencia de la República es un dato relevante, pero de ningún modo definitivo en este sentido. Lo que realmente importa es el movimiento político que encabezó. El grupo villareño, del cual fue líder natural a lo largo de su vida, tuvo una influencia notabilísima en la vida política cubana. Durante el primer tercio de siglo de la República, este grupo fue protagonista en todos los hitos importantes. Incluso después de la muerte de su líder, los ecos de esta influencia se hicieron sentir en las décadas siguientes.

Es cierto que la provincia de Santa Clara era la segunda más poblada del país, aunque muy por detrás de la primera. La Habana, además de ser la más poblada, era la capital. Superaba en población a Santa Clara en casi un 20% en 1899. La población de Santiago de Cuba, la tercera más poblada, era menos de un 10% inferior a la de Santa Clara. En ninguna de ellas, ni de las otras provincias del país, se dio un fenómeno similar al que protagonizó José Miguel. En ninguna se nucleó un grupo político con un liderazgo tan definido y hegemónico como el que gestó el caudillo espirituano antes de la Constituyente.

El fenómeno del Partido Republicano Federal de Las Villas a veces se soslaya como un simple caso de caudillismo. La realidad me parece mucho más compleja y apasionante, y de ningún modo podrá ser explicada en esta síntesis biográfica. Lo que sí será posible es llamar la atención sobre el asunto y comenzar a explicar alguno de sus aspectos. José Miguel Gómez me parece una de las figuras más subestimadas de este período de la historia de Cuba. Debemos entender que llegó a convertirse en la figura política más popular del país. Veremos cómo su trayectoria mambisa, si bien era brillantísima, tampoco era mucho más notoria que la de otra decena de líderes. Ninguno de ellos logró, salvo quizás Menocal, en otro momento y a otra escala, algo parecido a lo logrado por José Miguel. De todo esto hablaremos con más detalle en la segunda parte de esta biografía. El 6 de julio, cuando conmemoremos su nacimiento.

Este 13 de junio de 2026 se conmemora en realidad su muerte, 105 años de su muerte, que tuvo lugar en 1921. Hablaremos, sin embargo, de la primera etapa de su vida hasta llegar a la Convención de 1900. La etapa clave en el logro de su ascenso político de un general insurgente más, a uno de los líderes más importantes del país.

Sí, puede parecer absurdo hablar de “un general más”, como podría haber dicho “un héroe más” sin ningún temor. Las guerras como la cubana, vale señalar, producen muchos héroes y muchos generales. Sacar rédito político de esta condición, a una escala como la de José Miguel, está, sin embargo, al alcance de muy pocos. Es prácticamente excepcional. La cuota de grandes líderes que tiene un país siempre será más pequeña que la cuota de héroes. Es un problema cuantitativo. La calidad moral, donde se presume la ventaja de los héroes, no juega un rol principal en esto. Sólo la calidad de ciertas cualidades, por llamarles de alguna forma, importa. Veamos entonces, hecha esta introducción, el camino que llevó a José Miguel hasta la cima.

 

Los orígenes

Ya hemos adelantado de alguna manera que nació en Sancti Spíritus un 6 de julio. El año fue el de 1858. Su padre se llamaba Miguel Mariano Gómez y su madre, Petronila Gómez. Por ambas familias eran dueños de fincas ganaderas en la región. La infancia de José Miguel, en consecuencia, se desenvolvió en un medio eminentemente rural. La pequeña ciudad de Sancti Spíritus tenía en aquel momento menos de 10 000 habitantes. Los Gómez Gómez, siendo personas de recursos, tenían casa en ella. La necesidad de atender las fincas familiares, sin embargo, determinó esta cercanía a la vida campestre. La infancia del futuro presidente estuvo marcada por la actividad y el trabajo físico, común en su ambiente.

También recibió, no obstante, una educación cumplida, como era habitual en personas de su posición. Aunque debo aclarar que si bien su familia tenía recursos por encima de la media no puede considerarse que su riqueza fuera excepcional. En todo caso, su educación fue completada en una escuela de la ciudad natal, dirigida por los jesuitas, donde cursó la segunda enseñanza. No llegó a matricular estudios universitarios. Su destino previsto era el de empresario ganadero con la significación social que tenía esto en un ambiente rural. Las consecuencias, las veremos de inmediato al estallar la guerra.

Ya desde su infancia y adolescencia, José Miguel tenía, al parecer, dotes de liderazgo. Se dice que a la hora del recreo se convertía con frecuencia en el director de los juegos infantiles. Su liderazgo nunca fue autoritario. Se imponía a golpe de carisma con gran agrado de los que decidían seguirle. Tenía un carácter alegre, era jaranero y campechano. Estos rasgos lo acompañarían toda su vida y serían uno de los sellos de su popularidad. También serían determinantes en la lealtad que le mostraron sus más cercanos colaboradores. De joven, además, le gustaba apostar en las vallas de gallos, afición que compartía con José de Jesús Monteagudo, pero de la que acabaría renegando.

 

Adolescente en guerra

En 1868 tuvo lugar ese hecho tan determinante en la vida del país. Estalló la Guerra Grande. El futuro mayor general, sin embargo, tenía apenas diez años. Ocurre que la guerra se extendió a lo largo de una década y en un momento determinado llegó al territorio de la provincia de Santa Clara. José Miguel, ahora con diecisiete, pudo unirse a las fuerzas insurrectas en el 1875. Lo hizo contando ya con un grupo de jóvenes amigos que lo tenían por jefe. Amigos con los cuales ya llevaba un tiempo adiestrándose en tácticas de combate. Con ellos compartiría vicisitudes no sólo en esta guerra, sino también en las posteriores en las que participaría.

Su incorporación al ejército libertador tuvo lugar con el grado de segundo teniente. Se premiaba así el que trajera una partida bajo su mando. Estuvo en las filas insurrectas hasta el final. Al iniciarse la Guerra Chiquita, muy poco tiempo después de finalizada la anterior, también se sublevó. Lo hizo junto a muchos de esos mismos hombres con los cuales se había sublevado en el año 75. De este modo, cuando tenía apenas 22 años, ya había adquirido experiencia de mando y combate en dos guerras diferentes. Era un líder establecido en su región. Las condiciones de la paz le permitieron establecerse otra vez en las tierras de su familia. Ahí pudo dedicarse a administrar sus negocios en los cuales tuvo un éxito bastante notable.

A lo largo de la década de los ‘80 disfrutó del prestigio, del enorme prestigio, que le había garantizado su actividad militar. Los antiguos mambises, a pesar de que muchos habían perdido gran parte de su riqueza y propiedades, no quedaron como unos desclasados en la paz. Gozaron, sobre todo los líderes, de un gran prestigio y distinción entre amplios sectores de la sociedad cubana. Las autoridades españolas ejercían cierta censura y vigilancia sobre sus actividades. Eran, sin embargo, relativamente tolerantes con las muestras de respeto y admiración que recibían en el marco de una legalidad a veces justa e imparcial.

 

Los titubeos de la paz

José Miguel, al mismo tiempo que prosperaba en sus negocios, pudo estrechar vínculos con las élites locales. Su prestigio militar y su juventud lo hacía una figura conspicua entre los habitantes de su región. Fijaban su mirada con frecuencia en él aquellos que tenían inquietudes políticas renovadoras. No importa si estas inquietudes eran cercanas al independentismo o a la nueva opción que se ponía de moda, el autonomismo. Por estos años, José Miguel contrajo matrimonio con América Arias López. Su suegro era amigo cercano del fundador y líder del grupo autonomista de Sancti Spíritus, al cual José Miguel necesariamente se vio vinculado. Hemos hablado en numerosas ocasiones de la relación fluida que existía entre la tendencia autonomista e independentista.

Se suele hablar de una relación antagónica entre ambas. Algunos aspectos programáticos y algunas individualidades pueden hacer pensar esto. En la realidad política concreta, ambas eran alternativas a un mismo propósito. Esto quiere decir que en el plano individual no había contradicción alguna en las militancias sucesivas, a veces incluso paralelas, que muchos tuvieron en ellas.

En este punto llegamos a un momento culminante de la vida del país y, como es de esperar, de la vida de José Miguel. El inicio de la Guerra del ‘95. En esta ocasión, la insurrección no se extendió de forma inmediata a toda la provincia de Santa Clara. De ninguna manera las cosas ocurrieron al mismo tiempo ni con el mismo ritmo con que se desenvolvieron los acontecimientos en Oriente. El propio José Miguel Gómez tuvo una posición dubitativa al principio. Esta vez tenía mucho más que perder. Ya no era cosa de un arresto de juventud. Era un hombre de familia y buena posición, todavía joven a sus 37 años, pero entrando en la plena madurez.

Su postura estaba marcada, además, por los vínculos personales con el autonomismo. Algunos testimonios indican que en los primeros momentos intentó disuadir a varios combatientes independentistas de adoptar la vía insurreccional en relación con España. Ahora bien, el 30 de julio del año 1895, Serafín Sánchez, que había desembarcado unos días atrás por Punta Caney, logró finalmente reunirse con él. A través de este encuentro personal, lo comprometió a que se levantara en armas contra España. José Miguel, con la garantía de que el movimiento era serio, no una alharaca improvisada, cumplió su promesa el 11 de septiembre de ese año. Se unió a las fuerzas insurgentes con el grado de teniente coronel. De inmediato comenzó a cumplir misiones trascendentes para la organización del esfuerzo bélico en la región.

 

Otra vez en pie de guerra

En este sentido. comenzó a agrupar a varias de las partidas dispersas en la zona para formar con ellos una tropa de 125 hombres. Esa sería la base sobre la cual fue creado el regimiento de caballería Máximo Gómez, la primera unidad bajo sus órdenes directas. Al llegar las fuerzas invasoras a la provincia de Las Villas, Serafín Sánchez puso a las fuerzas de José Miguel a disposición del general Antonio Maceo. Debía servirle de vanguardia en su paso por el territorio aprovechando el conocimiento que tenían del terreno. José Miguel tuvo la habilidad de construirse excelentes relaciones tanto con el mando civil como con el militar de la República en Armas. Teniendo en cuenta que estos a veces chocaban entre sí, no es poco el mérito del espirituano.

Los detalles pueden encontrarse en una investigación de Alexis Plasencia Padrón que el autor ha socializado de diversas maneras. Aquí hemos consultado su tesis de opción al título de Máster, disponible en línea. Lleva por título: Grupo Villareño. Procederes en su conformación política, 1895-1902. En ella, dentro de un tema evidentemente más amplio, analiza elementos de la biografía de José Miguel Gómez.

De esta etapa, comenta que en el gobierno establecido en Jimaguayú, José Miguel contaba con Severo Pina como aliado cercano. Con él lo unían lazos de parentesco. También había establecido relaciones muy cordiales con Domingo Méndez Capote, cuando este era gobernador civil de la provincia de Santa Clara. Muy lejos parecía aún la época en la que serían rivales enconados.

La actividad militar de José Miguel tuvo lugar, sobre todo, en los alrededores de su región natal. Así llegó al grado de coronel en febrero del año 1896, apenas cinco meses después de haberse unido a la guerra. Dos meses más tarde ya era general de brigada y tenía el mando de la brigada de Sancti Spíritus. Por supuesto, en gran medida esto lo había logrado contando con el apoyo de su amigo personal, Serafín Sánchez, jefe del Cuarto Cuerpo.

El Cuarto Cuerpo era responsable de operar en un territorio que coincidía aproximadamente con el de la provincia. Ocurre que Serafín Sánchez fue removido de su cargo en determinado momento y lo sustituyó Francisco Carrillo. Con este último, José Miguel Gómez nunca tendría las mejores relaciones. Podemos adelantar que Carrillo militaría en las filas conservadoras en los tiempos en que José Miguel era líder de los liberales. En el mes de noviembre de ese mismo año de 1896, Serafín Sánchez caería en combate. Una pérdida para la causa independentista, pero también para José Miguel Gómez en lo personal. Aunque, al mismo tiempo, esto significó que se transformara en la principal figura política y militar de su localidad. Heredaría el rol de Serafín como líder principal de los espirituanos.

Ahora bien, el brigadier José Miguel Gómez también tendría la oportunidad de trabajar muy de cerca con Máximo Gómez, el Generalísimo. Terminadas las primeras campañas posteriores a la invasión, el general en jefe vendría a operar a la provincia de Santa Clara. Principalmente a la región oriental de la provincia en esta etapa final de la guerra. La famosa campaña de La Reforma tuvo lugar en esta zona. José Miguel, y otros líderes villareños, colaborarían asiduamente con el viejo general a lo largo de esta campaña.

Como parte de esta cooperación, buena parte de los colaboradores de José Miguel Gómez pasaron también a servir en ocasiones a Máximo Gómez. Figuras como Enrique Villuendas, Orestes Ferrara o Carlos Mendieta trabajaron muy de cerca de ambos jefes. En la última etapa de la guerra José Miguel sería premiado por su eficacia. A partir de ese momento estaría al frente de la Primera División del Cuarto Cuerpo. La división que operaba en la parte oriental de la provincia de Santa Clara. En enero del año 98, le serían otorgados los grados de general de división.

 

El héroe de Arroyo Blanco

En estos últimos meses de la guerra la actividad del caudillo espirituano se intensificó. Los Estados Unidos habían entrado de lleno a operar en Oriente, desplazando el epicentro del conflicto hacia aquella zona. José Miguel entendió que era estratégicamente imprescindible aprovechar la oportunidad y tomar la iniciativa. Por un lado, para tomar ventaja de la distracción de las fuerzas españolas y del golpe a su moral que esto significaba. Por el otro, para mostrar que las fuerzas cubanas eran capaces de desarrollar operaciones de envergadura sin participación de fuerzas estadounidenses. Que el Ejército Libertador era una fuerza en condiciones de pasar a la ofensiva.

Fue en este punto de la guerra, y por los motivos antes mencionados, que se consolidó su fama. Especialmente, la toma del poblado de Arroyo Blanco, lo hizo protagonista de un día para otro. Se trataba de una plaza que contaba para su defensa con unos catorce fuertes y cientos de soldados. Tomarla sería un gran espaldarazo a las fuerzas cubanas ante la opinión pública. Entre finales de enero y principios de febrero de 1898, fuerzas combinadas de Carrillo, José Miguel y el general en jefe lo habían intentado. No disponer de artillería hizo la empresa imposible.

A finales de julio ya se contaban con algunas piezas de artillerías traídas por Emilio Núñez en una expedición. En esta ocasión, José Miguel estaría al frente de las fuerzas mambisas. Las acciones decisivas tuvieron lugar a finales de julio. Las fuerzas estadounidenses habían desembarcado en Oriente en el mes anterior. A inicios de julio se habían desarrollado los combates de la Loma de San Juan y El Caney. Había sido hundida, también, la flota de Cervera. A mediados de julio se rindió Santiago de Cuba. La suerte parecía echada para los españoles, pero el armisticio no sería firmado hasta el 12 de agosto. Para los cubanos era crítico seguir peleando, demostrar que existían fuera del teatro de operaciones oriental.

El 27 de julio se presentó José Miguel frente a la red de fortines de Arroyo Blanco con sus tropas. La acción tenía un valor simbólico personal para el jefe espirituano, así como para su región. El poblado estaba asociado fuertemente con la familia de los Sánchez Valdivia, la de su antiguo jefe, Serafín, caído en noviembre del ‘96. El padre de este había sido el agrimensor que planteara la primera calle del poblado en 1834. Desde entonces, Arroyo Blanco había estado asociado a los Sánchez, que tenían propiedades y habían desempeñado cargos en el lugar.

Entre las filas de José Miguel se encontraba un hermano de Serafín, José Joaquín Sánchez Valdivia, conocido como Tello. Tenía el grado de coronel y había nacido en el poblado, que conocía muy bien. Tuvo un rol destacadísimo en las acciones y sería un puntal del miguelismo en la región durante toda su vida. También jugaría un papel fundamental el regimiento que llevaba el nombre del héroe caído, Serafín Sánchez.

Ahora bien, la parafernalia simbólica que tenía detrás no sería el único mérito de la operación. La exactitud en la planificación y la ejecución hicieron de la toma de Arroyo Blanco un hito de esta fase final de la guerra. La coordinación entre las fuerzas y el uso combinado de la escasa artillería en colaboración con la infantería y la caballería fueron ejemplares. El 28 de julio la plaza capituló y la fama de José Miguel fue instantánea. Acababa de capitanear uno de los últimos grandes enfrentamientos entre las fuerzas cubanas y españolas.

 

Camino a la paz

Llegado el armisticio, José Miguel fue designado para formar parte de la Asamblea de Representantes de la Revolución Cubana. Como miembro de esta asamblea marchó junto a Calixto García y otros delegados a los Estados Unidos. Su propósito era tratar de convencer al presidente de ese país, William McKinley, de que otorgara un empréstito a la Asamblea. De ese modo, sería reconocida tácitamente como gobierno legítimo de la isla. La finalidad del empréstito era permitir el licenciamiento del Ejército Libertador.

Es sabido que esa gestión no fructificó y que provocó el conocido conflicto entre la Asamblea y Máximo Gómez. Este pactó con los estadounidenses de forma separada ignorando la autoridad del cuerpo representativo al que se encontraba subordinado. En la famosa votación para destituir al general en jefe, José Miguel Gómez estuvo con la mayoría. El golpe de efecto en la opinión pública fue desastroso para los intereses independentistas. La Asamblea se disolvió, carente de toda autoridad efectiva, poco tiempo después.

Ahora bien, en uno de sus últimos actos, una comisión de esta misma Asamblea procedió a otorgar una serie de ascensos a muchos oficiales destacados. Uno de los ascendidos fue José Miguel Gómez, que alcanzó así los grados de mayor general. Ya en ese momento, el gobierno militar de John Brooke lo había designado gobernador civil de la provincia de Santa Clara.

 

La guerra por otros medios

Los estadounidenses nombraron gobernadores civiles provinciales a algunas de las figuras más destacadas de las regiones respectivas. José Miguel ya se había construido su leyenda, pero supo sacarle muchísimo provecho al cargo. Pasó de prócer regional, a símbolo de su provincia. Ahora le daría una dimensión nacional a su figura casi sin necesidad de salir de Santa Clara. Para ello, edificó un bloque político extraordinariamente dinámico y motivado. Abundaba el talento joven y la lealtad al jefe era indiscutible.

Para José Miguel era muy fácil ganarse la lealtad de sus subordinados. La lealtad y el respeto. Tenía un carisma muy especial. La gracia y el encanto de su liderazgo calaba con mucha efectividad entre los más jóvenes de su grupo político. Un grupo que había comenzado a construir desde la manigua. En su Estado Mayor abundaban las jóvenes promesas de indiscutido talento. Abogados como Villuendas y Ferrara, médicos como Mendieta o Martínez Ortiz. Un intelectual autodidacta y foráneo a la provincia, como Morúa, acabó conquistado por una lealtad vitalicia a José Miguel.

Orestes Ferrara describe el ambiente doméstico de la familia como uno orientado a la vida cívica. Su esposa, América Arias, se dedicó con ahínco a las actividades caritativas y de beneficencia pública. La casa estaba siempre abierta a los amigos y a los necesitados. Más que un hogar familiar, parecía un edificio público. El trato cálido y siempre afectuoso de José Miguel con sus colaboradores lo hacía un patriarca entre los suyos, una figura casi sagrada. Se trata de lo que podríamos llamar un estilo de transición entre el típico caudillo local y el líder político moderno. Los jóvenes ponían el factor de modernidad con un activismo agresivo que pronto le conquistó la hegemonía política en la provincia.

No se trata aquí de hacer una loa sin matices al miguelismo. Apenas estamos describiendo un estilo de hacer política que en su momento fue exitoso, pero que tuvo aciertos y desaciertos. El grupo miguelista, y sus epígonos, protagonizó la mayoría de los levantamientos armados que tuvieron lugar durante la primera etapa de la República. Aun cuando los motivos sean comprensibles, este dato nunca puede aceptarse como algo positivo.

De todas maneras, de las vicisitudes de José Miguel en la política republicana estaremos hablando el 6 de julio cuando conmemoremos su natalicio. Por el momento lo dejamos ejerciendo el gobierno civil de Santa Clara y liderando el Partido Republicano Federal de Las Villas. El partido que venció casi sin oposición en las elecciones municipales de 1900 y en las elecciones a la Constituyente de ese mismo año.

Todos los delegados de la provincia a la Convención estaban vinculados de algún modo al republicanismo federal. José Miguel Gómez marchó a La Habana al frente de ellos. Lo hizo no sin antes haber tenido la audacia de insistir en que que la Convención se celebrara en Santa Clara. El Gobierno Interventor no cedió en ese punto. No simpatizaba demasiado con las fuerzas políticas que comandaba el espirituano. De igual modo, el grupo estaba en pleno ascenso, aunque la Constituyente sería el escenario de su primera fractura.

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