Lo que garantizaba la movilidad vertical de La Unión, es ahora un foco de vectores y hierros retorcidos. Foto: Juan Pablo Estrada.

¿De qué tipo de resistencia pétrea podríamos hablar cuando no hay respiro ante las adversidades? Pudiera ser que nos refiriéramos a una súper resistencia, o —en este milenio de cuentazos alienantes y evasivos— a súper poderes galácticos de piedras destellantes. Pero no, se trata de humildes y perecederas estructuras de hormigón y vigas de hierro, que soportan el inclemente desgaste de la intemperie, la sobreexplotación habitacional y el más pavoroso abandono. Con semejante patrón de tenacidad, hay en esta isla centenares de inmuebles a expensas de sus diabólicas circunstancias, que es igual a decir, de una entropía que revuelve sus escenarios hacia estados cada vez más caóticos e irreversibles.

El artesonado de uno de los grandes salones del hotel, muestra el entramado de su fastuoso falso techo. Foto: Juan Pablo Estrada.

En la esquina de Cuba y Amargura —¡qué encrucijada simbólica para los derroteros históricos de una nación!—, existió desde 1846 un hospedaje llamado La Unión, que en 1905 fue sometido a una reconstrucción integral, expandiendo sus capacidades de modo casi irreconocible. Aunque la fuente consultada —Cuba Memorias, historia de una isla, del 10 de octubre de 2024— cifra esa fecha para identificar las obras que definieron la actual configuración del edificio, no es improbable que ello sucediera años después, tomando en consideración su tipología y técnicas constructivas. La otra datación de reconstrucción citada en una publicación —Nostalgia Cuba, del 3 de abril de 2022—, la ubica en 1911. En cualquiera de los casos, las estimaciones superan el siglo de existencia en varios años.

Por incongruente que parezca, esta «escenografía» concilia domesticidad y ruina en un mismo Foto: Juan Pablo Estrada.

El inmueble en cuestión, de esquina achaflanada para dar amplitud a la acera que lo circunda, cuenta con cinco pisos de altos puntales, estilo ecléctico y profusos volúmenes compuestos por balcones abalaustrados, siendo pavimentado con baldosas españolas y pasos de escalera de mármol italiano. El uso ininterrumpido de ascensores durante sus fructíferas décadas de funcionamiento, consta como vestigio en nuestros días —lógicamente desactivados—, para brindar eficiente servicio en aquel entonces a sus 120 confortables y ventiladas habitaciones, con capacidad general para 200 personas. Aunque la evolución de sus comodidades parece haber sido gradual, en algún momento todas ellas contaron con baños, teléfonos y timbres. A lo anterior se sumaba el beneficio de una privilegiada localización, muy próxima de los Ministerios de Hacienda y Educación, la Renta de Lotería, bancos, almacenes y oficinas comerciales. Entre sus facilidades más elogiadas, disponía de agentes que recibían a los huéspedes en sus terminales de arribo, bien fueran ferroviarias o marítimas.

La fachada por calle Cuba no mejora el desahucio entre el interior y el exterior de La Unión. Foto: Juan Pablo Estrada.

Distinguido desde mediados del siglo XIX por brindar esmerados servicios gastronómicos, existen testimonios publicitarios de diferentes etapas que anuncian su restaurante, café y cantina, atendidos por chefs españoles y franceses. Ubicados en la planta baja, para facilitar el acceso de comensales no hospedados, dichos establecimientos estaban provistos de ventiladores para mitigar la canícula del trópico, una prestación muy valorada por visitantes foráneos. De tiempos en que la hostelería no contemplaba la estandarización internacional que caracteriza este rubro en nuestros días, la existencia de “planes europeos y americanos” estaba referida a las modalidades de servicios según los estándares a la usanza occidental. La Unión contó con ambos, manejando, en la literatura y el adiestramiento del personal, los idiomas francés e inglés, además del español. Con el tiempo, el entorno en las inmediaciones de La Unión devino en el corazón de la comunidad judía polaca, conocida por su potencial financiero.

En la convivencia con el templo de San Francisco de Asís, pudiera radicar la fuerza de La Unión. Foto: Juan Pablo Estrada.

Sin más datos sobre sus propietarios decimonónicos, se conoce que el 28 de junio de 1905, lo que hasta ese entonces fue la sociedad Fernández y Suarez, se disolvió con la virtual escisión administrativa del restaurante La Unión en beneficio de Manuel Fernández, en tanto Francisco Suárez gerenció el cometido hotelero. El 22 de abril de 1911, nuevamente se aunaron los empeños de ambos accionistas, esta vez bajo el nombre Francisco Suárez y Compañía, con uso indistinto de sus facultades directivas. Veintidós años después, el 14 de junio de 1933, la suerte de sus dueños parece haber cambiado, al constatar el traspaso de propiedad a María Teresa Sánchez, Luis D. Leandro y Julio S. Galbán, por la suma de 29.950 pesos.

Lo que parece constituir un patrón evolutivo en el decurso de establecimientos hoteleros en la Cuba de la primera mitad del pasado siglo, se cumple en La Unión a pies juntillas. Dado su actual estado, de una resiliencia constructiva asombrosa, que escasísimos edificios de su tipo y de la misma época han logrado alcanzar, es evidente que el empeño puesto en él prefiguraba otros derroteros. No se sabía entonces, luego está, que una durísima prueba debería ser franqueada en la segunda medianía de la centuria. Con posterioridad a 1959, la ley de Reforma Urbana expropió los establecimientos privados de alquileres, dejándolos a merced de la acaparadora y disfuncional gestión estatal. Las imágenes de la presente bitácora hablan por sí solas, resultando difícil superar tanta elocuencia.

A estas alturas de desamparo generalizado, me atrevería a especular que el acompañamiento espiritual del templo de San Francisco de Asís, situado en la diagonal esquinera de Cuba y Amargura, haya dado aliciente a La Unión para arribar a nuestros días con sus cinco niveles en pie. El templo, sometido a una reconfiguración capital en igual período que su célebre vecino hotelero, también fue objeto de embargo por parte de la revolución, y su convento anexo convertido en Museo Histórico de las Ciencias Médicas Carlos J. Finlay. Quiera Dios que la misericordia de tan singular entrelazamiento arquitectónico siga dando fuerza a La Unión por mucho más tiempo.

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