Ilustración creada con inteligencia artificial (Gemini).

Cuando Donald Trump regresó a la Casa Blanca prometiendo deportaciones masivas de inmigrantes indocumentados, el debate volvió a girar en torno a una pregunta tan antigua como los Estados modernos: qué hacer con el extranjero cuando la economía entra en crisis.

Pocos cubanos recuerdan que, hace casi un siglo, la República enfrentó una discusión parecida. En medio del desempleo, del desplome azucarero y de la inestabilidad política de los años treinta, miles de haitianos —y, en menor medida, jamaiquinos— que habían sido traídos para cortar caña pasaron de ser brazos indispensables a convertirse en el objetivo de una campaña de expulsión.

Aquella historia desembocó en una de las mayores deportaciones colectivas de la Cuba republicana.

Los brazos que pedía el azúcar

A comienzos del siglo XX, la expansión de la industria azucarera en Oriente y Camagüey creó una demanda voraz de mano de obra. Las compañías necesitaban millares de cortadores para la zafra y para las labores que la rodeaban.

La legislación cubana había prohibido al principio la introducción de braceros contratados, pero sucesivas excepciones —sobre todo durante la Primera Guerra Mundial— abrieron la puerta. Empresas y particulares quedaron autorizados a importar obreros extranjeros para suplir la escasez de brazos.

Los principales destinatarios de esas políticas fueron haitianos y jamaiquinos.

Según el informe Problemas de la Nueva Cuba, de la Comisión de Asuntos Cubanos, durante el gobierno de Mario García Menocal ingresaron al país unos 75 000 haitianos y 76 000 jamaiquinos. Entre 1921 y 1930 siguieron llegando decenas de miles de antillanos, sobre todo haitianos, concentrados en las provincias orientales. Muchos venían para la zafra y se quedaban. Formaban familias, se instalaban en bateyes y comunidades rurales, y acababan integrándose, aunque de manera precaria, a la vida económica de la región.

El cambio de clima

La crisis lo invirtió todo.

La caída de los precios del azúcar, la merma de la producción y el aumento del desempleo alimentaron una hostilidad creciente hacia los inmigrantes antillanos. Lo que durante años se había presentado como remedio a la falta de brazos, empezó a verse como amenaza para el trabajador cubano.

El censo de 1931 registró 77 535 haitianos y 28 206 nacidos en posesiones británicas —en su mayoría jamaiquinos—. Las autoridades migratorias, sin embargo, sostenían que la cifra real de antillanos podía acercarse a los 150 000.

La prensa contribuyó a fabricar el clima adverso. Se les acusaba de deprimir salarios, de desplazar a los nacionales y de agravar el paro. Algunos periódicos hablaron incluso de una “africanización” del país. En una época saturada de prejuicios raciales, no faltó quien los presentara como un problema sanitario, cultural o moral.

El gobierno de Mendieta

Las deportaciones se desplegaron en uno de los momentos más turbulentos de la República.

Tras la caída del Gobierno de los Cien Días y la salida de Ramón Grau San Martín, Carlos Mendieta asumió la presidencia provisional en enero de 1934 con el respaldo decisivo del coronel Fulgencio Batista. Pero las bases legales de la campaña ya estaban puestas.

El 18 de octubre de 1933, todavía bajo Grau, se promulgó el Decreto 2232, que ordenaba la repatriación forzosa de extranjeros desocupados y sin recursos. Otras disposiciones ampliaron después las facultades para expulsar a quienes permanecieran de forma irregular. Aunque el lenguaje era general, los principales afectados fueron los haitianos. Los jamaiquinos, protegidos en parte por la diplomacia británica, sufrieron menos la fuerza del Estado.

Cuando llegó el Ejército

La repatriación no se quedó en el papel.

Alcaldes y tropas del Ejército organizaron redadas y concentraciones. Los inmigrantes eran conducidos a los puertos para su traslado a Haití. El 22 de noviembre de 1933 el vapor Julián Alonso zarpó de Santiago de Cuba con casi mil haitianos a bordo. La prensa de la diáspora —La Gaceta, de Tampa, entre otras— siguió el rastro de aquellos embarques.

Según Problemas de la Nueva Cuba, hacia junio de 1934 unos 8 000 haitianos habían sido enviados de regreso. Las cifras continuarían creciendo en oleadas posteriores, sobre todo en 1937.

Rogelio Pina y el informe que justificó las expulsiones

Uno de los personajes centrales de esta historia fue el doctor Rogelio Pina y Estrada.

El 26 de mayo de 1934 el gobierno le encomendó estudiar los resultados de la política de repatriación. Su informe, entregado el 29 de junio, se convirtió en uno de los documentos más reveladores del episodio.

Pina consideraba que la presencia masiva de antillanos constituía un problema social y defendía la continuidad de las expulsiones. Recomendó prohibir nuevas inmigraciones de trabajadores del Caribe y, con una franqueza que retrata la mentalidad de la época, restringir en general la entrada de negros y orientales.

Sus propuestas iban más lejos. Sugería un censo especial de haitianos y jamaiquinos para saber dónde vivían, en qué trabajaban y cuál era su situación económica. Después, un programa de deportación gradual a cinco años: primero indigentes, enfermos y criminales; luego solteros; al final, casados y propietarios.

Las vidas detrás de las estadísticas

Incluso los autores de Problemas de la Nueva Cuba reconocían que la aplicación práctica del programa había producido situaciones gravemente injustas.

Muchos haitianos fueron arrancados de los vínculos que habían construido en Cuba. Algunos llevaban años en los campos. Otros tenían empleo estable. No pocos habían formado familia. Hubo denuncias de trabajadores con ocupación permanente deportados junto a desempleados, y de redadas arbitrarias en las que no se permitía siquiera recoger pertenencias o avisar a los parientes.

Por eso el propio informe recomendaba que ninguna expulsión se ejecutara sin dar al afectado la posibilidad de ser oído ante una autoridad competente. No era una impugnación del programa, pero sí una advertencia: la política migratoria también puede producir iniquidad.

Una solución que no resolvió nada

Lo más interesante del análisis de la Comisión de Asuntos Cubanos es que acabó cuestionando la eficacia de las deportaciones.

Sus autores admitían el derecho del Estado a controlar fronteras y regular la inmigración. Pero sostenían que ni la repatriación ni la llamada Ley del 50 por ciento resolverían el problema de fondo del desempleo cubano.

La raíz de la crisis era económica. Expulsar a miles de extranjeros podía aliviar tensiones políticas inmediatas; no transformaba la estructura productiva ni generaba prosperidad duradera.

Era una observación incómoda en 1935.

Y probablemente sigue siéndolo.

La gran ironía

Quizá la lección más nítida de esta historia sea la metamorfosis de Cuba a lo largo del último siglo.

Hubo un tiempo en que la isla atraía inmigrantes. Españoles, canarios, chinos, haitianos, jamaiquinos y otros grupos llegaban en busca de trabajo. El flujo fue tan intenso que políticos y periódicos lo convirtieron en problema nacional.

La Cuba de los años treinta discutía cómo limitar la inmigración.

La Cuba del siglo XXI vive la realidad inversa. Millones de cubanos residen fuera de la isla y cientos de miles han partido en los últimos años.

La historia de las deportaciones de haitianos recuerda que los movimientos migratorios no son eternos. Los países que un día reciben pueden convertirse en países que expulsan a los propios. Las naciones que ayer devolvían braceros extranjeros pueden terminar viendo partir a sus ciudadanos.

Pocas ironías históricas resultan tan claras.

Fuentes Consultadas

Comisión de Asuntos Cubanos. Problemas de la Nueva Cuba: Informe de la Comisión de Asuntos Cubanos. La Habana: Cultural, S.A., 1935.

La Gaceta (Tampa, Florida). “800 haitianos repatriados desde Santiago de Cuba”. 24 de febrero de 1934.

Couto, Kátia. “La presencia de los haitianos en la región oriental de Cuba y la organización de la sociedad George Sylvain (1927-1952)”. Historia Caribe 7, no. 21 (2012): 181-195.

Espronceda Amor, María Eugenia. “La inmigración haitiana en Cuba y las políticas de repatriación durante la década de 1930”. En Actas do Congresso Internacional de História e Migrações no Caribe. Porto: Universidade Fernando Pessoa, 2010.

McLeod, Marc C. “Undesirable Aliens: Race, Ethnicity, and Nationalism in the Comparison of Haitian and British West Indian Workers in Cuba, 1912-1939”. Journal of Social History 31, no. 3 (1998): 599-623.

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