
La memoria nos juega muy malas pasadas, diría que crueles. Juanpa me envía estas imágenes, y mi recuerdo se queda de una sola pieza: la trusa roja que solía usar en las clases de natación del Martí. Ha sido un golpe bajo, retrospectivo, que se remonta a inicios de los 80. Intento conciliar esta secuencia gráfica con los caprichosos polígonos de luz que se entrecruzaban sobre el fondo azul de las piscinas, pero la edición mental ha derivado en un ejercicio totalmente infructuoso. Sólo queda el eco del “Un, dos, tres y…, un, dos, tres” gritado a voz en cuello por el entrenador, seguido por la pauta de un agudo silbato. La evocación de tantas vivencias que adobaron las fibras de mis largos músculos, se arroja de cabeza contra la cristalina superficie de hace 45 años. Luego vino el “Área especial” de lanzamiento de implementos; quería ser jabalinista, empujado por mis lecturas de Homero, pero aquello no sirvió. Más tarde llegaría la Educación Física de toda la vida, la que nos correspondía cursar en el preuniversitario sí o sí. Y todo eso sucedió en un mismo lugar, ese que en las fotos de Juanpa luce como un escenario de guerra.

Las piscinas del Martí eran tres —y hablo en pasado porque ahora son tres huecos hediondos y disfuncionales—: una olímpica, otra de 25 metros y el tanque de clavados con su temible trampolín de 10 metros. Para llegar a ellas, desde la entrada, había que caminar hasta el fondo del complejo deportivo polivalente José Martí, ubicado a un costado de la amplia intersección de la Avenida de los Presidentes y Malecón. En 1915 se estrenaron allí algunas instalaciones atléticas, como sitios de esparcimiento para el pujante y armónico barrio de El Vedado, y que fueron mejoradas con la adición de otras instalaciones en la década del 40. En 1960 fue sometido a una remodelación integral ejecutada por el arquitecto cubano Octavio Buigas de la Cruz, con la asistencia de Mario Suárez como proyectista estructural y Félix Pina Morgado como director técnico. El proyecto consistió en la unificación de los espacios deportivos existentes en el área, asegurándose de que cada uno de ellos conservara su autonomía. El resultado no pasa desapercibido en modo alguno, confiriéndole a este recodo marítimo de la ciudad aires de pletórica modernidad. En él se emplearon técnicas constructivas de hormigón armado, muy en boga a mediados del pasado siglo, cuyas bóvedas recuerdan a las monumentales cubiertas de la Ópera de Sídney; aunque un referente arquitectónico más objetivo lo aproxima al Estadio de la Zarzuela de Madrid.

Se trata de cascarones de concreto fundidos in situ sobre encofrados abovedados, utilizados como solución de cubierta para la gradería del estadio, el gimnasio y otras dependencias. El parque abarca un área de 10 000 metros cuadrados, configurando uno de los sitios más integrales y mejor concebidos para el entrenamiento deportivo en Cuba —sólo superado por la Ciudad Deportiva—. Además de las mencionadas áreas, contaba con estacionamiento, un parque infantil, y espacios a cielo abierto y techados para canchas de tenis, baloncesto, balonmano y futbol sala. En el caso del gimnasio, de 1012 metros cuadrados —cuyas bóvedas cubren un área de 35 metros entre columnas—, disponía de tabloncillos y gradas con capacidad para 1020 espectadores. El estadio, con pista de atletismo y terreno de futbol intercalado, dispone de una de las estructuras más icónicas e identificables del coliseo desde donde quiera que se le mire: una gradería techada de 125 metros de largo con capacidad para 3150 asistentes.

Desde que alcanzó su actual configuración a inicios de los 60, en su ámbito se han practicado disciplinas tan disímiles como artes marciales, boxeo, esgrima, gimnasia, levantamiento de pesas, natación, atletismo y tenis de mesa, entre otras. Sus disponibilidades daban cabida a aficionados, deportistas en activo y diversos clubes del INDER u organizados por amateurs. También sirvió de sede a eventos nacionales e internacionales, como los pírricos Juegos Deportivos Panamericanos celebrados en La Habana, en 1991, ocasión en la que recibió su último remozamiento de envergadura. La difícil y constante batalla contra las inclemencias, categóricamente las de procedencia marina, convierten a las edificaciones a la vera del mar en blanco inevitable de la salinidad, lo que exige un monitoreo y mantenimiento constantes que, obviamente, no aplican al caso que nos ocupa. En el año 2000, un dictamen técnico de la dirección capitalina de Higiene y Epidemiología de Salud Pública, con la anuencia del Ministerio de la Construcción, decretó la clausura del establecimiento por peligro de derrumbe en varias de sus instalaciones. La decisión fue seguida de un plan escalonado para su recuperación, mismo que comenzaría por las piscinas y las graderías, quedando varado en aquel entonces por falta de presupuesto y prioridad oficial.

En 2017 se comenzó a rehabilitar el vallado perimetral que separa al Martí de la vía pública, una trampa de hermoseamiento de la que también fueron objeto otras entidades habaneras en aquel entonces. Su inconfundible delimitación —articulada por placas independientes de hormigón, que crean un sugestivo efecto óptico al transitar junto a ellas—, apenas logró el rigor constructivo en la colocación de dichos paneles, y que poco o nada aportaron a las graves problemáticas de las infraestructuras en su interior. Entre tantos escarceos, en marzo de 2023 se anunció la restauración de las gradas y el gimnasio, que a duras penas medraron hasta comienzos del actual colapso electro energético. Como todo escenario urbano al descuido, nuestro Martí, el de las prácticas deportivas de juventud, ha sido eventualmente empleado como refugio temporal por personas en situación de calle, a tan sólo unos metros frente a la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores, y en las inmediaciones de la Cancillería del propio ministerio. Ahora cierro los ojos y siento mis brazadas en el aire, flotando sobre una pesadilla inconcebible hace 45 años.
