Domingo Méndez Capote. Imagen restaurada con Gemini.

El 12 de mayo se conmemora el natalicio de Domingo Méndez Capote, que tuvo lugar en el año de 1863 en las cercanías de Cárdenas. El 16 de junio, sin embargo, conmemoramos su muerte. Al natalicio dedicamos una primera nota biográfica de la que esta es continuación. Hablamos entonces acerca de sus notables talentos, su hoja de servicios como abogado y, sobre todo, como líder independentista. Recordamos los inicios de su carrera política posterior al fin de la soberanía española sobre la isla.

En su trayectoria como mambí, destacaron los códigos legales que redactó. Un intento por dar cauce jurídico a lo que había sido el desencadenamiento de fuerzas violentísimas. Llevar la justicia y el derecho a lo que era una situación de fuerza le sería reconocido como un mérito por sus contemporáneos. También es cierto que no se trataba de una iniciativa suya. Estaba en el espíritu de las revoluciones independentistas cubanas, pero él había sido, por esta vez, su instrumento.

Ahora corresponde hacer el resumen de esa carrera política posterior al nacimiento de la República. Una carrera que se vio interrumpida por un interludio bastante largo. Su retirada de la vida pública estuvo signada por esa misma relación entre fuerza y derecho donde, por esta vez, no supo situarse adecuadamente. Al reaparecer en la política, para las postrimerías de su vida, tendría la oportunidad de redimirse de aquellos errores. Al menos, ante los ojos de sus contemporáneos, volvió a ser el símbolo de una necesidad fundamental e impostergable para la nación. Era crítico, entonces como ahora y siempre, que la fuerza y el derecho marcharan en armonía.

Méndez Capote murió en La Habana, en 1934, rodeado por la paz del hogar y el amor de su familia. La República a la que vio asociado su destino sufría, sin embargo, sus años más convulsos y oscuros hasta entonces. Salía de una dictadura sangrienta y permanecía hundida en el caos y la violencia cotidiana del momento revolucionario.

Las revoluciones no eran materia nueva para Méndez Capote. Las había hecho y las había sufrido. Revolucionario contra España, él mismo había sido derrocado del gobierno por una revolución. Ahora, al final de su vida, se había calzado una vez más las botas de revolucionario. El desenlace de este proceso escaparía, no obstante, a su mirada. Los testimonios de quienes lo conocieron aseguran, sin embargo, que fue optimista hasta el final.

Continuemos por donde nos quedamos en aquella nota conmemorando su natalicio. Lo habíamos dejado presidiendo la Convención Constituyente, labor en la que tenía enorme experiencia. Había presidido otras asambleas similares con anterioridad. Sabía navegar por el reglamento y manejar los egos de todas aquellas luminarias, aparentes o no, que lo rodeaban en el cónclave. La Convención se reunió por primera vez el 5 de noviembre. Fue electo su presidente. Consumió unas pocas semanas en cuestiones organizativas y decretó un receso para conformar el proyecto de bases.

Entre enero y febrero de 1901 el texto constitucional fue discutido y aprobado. En los debates, el presidente mantuvo el orden y minimizó los incidentes que podían demorar el proceso. Su gestión fue calificada de impecable por muchos. Méndez Capote salió de esta primera etapa de los trabajos reforzado en su personalidad política. Era el líder indiscutible del Partido Republicano de La Habana y tenía un creciente número de seguidores que lo hacían figura nacional. Se nucleaban en torno suyo algunos de los elementos de tendencia conservadora, ya fuera que vinieran de una militancia independentista o no. Ahora bien, su liderazgo no era para nada carismático. Su persona no carecía de atractivo, pero de ningún modo podía ser situada en el mismo ámbito que aquellos hombres de pueblo del republicanismo villareño.

Cuando llegó el turno de discutir la aprobación de la Enmienda Platt, tuvo lugar uno de esos grandes parteaguas de la historia política cubana. Los grupos que habían llegado más o menos conformados a la Convención se vieron sumidos en un confuso proceso de reorganizaron. Méndez Capote había presidido la comisión que en nombre de la Constituyente había viajado a Estados Unidos a pedir explicaciones. Y las explicaciones de los estadounidenses no faltaron. Elihu Root, secretario de guerra y verdadero autor de la Enmienda, se deshizo en ellas. No ofreció garantías concluyentes, pero tranquilizó a algunos delegados en cuanto al alcance injerencista que tendría la norma. Uno de los convencidos, según él mismo contó al final de su vida, fue Méndez Capote. Ya volveremos sobre este tema cuando llegue el momento. Por lo pronto, aquella reunión con Root sirvió para que prestara su voto a la aprobación de la Enmienda que veía, por otro lado, inevitable.

Al terminar el proceso constituyente el país continuaba profundamente dividido por las rivalidades políticas de unos y otros grupos. Ahora se complicaba más aún la situación. Los detractores de la Enmienda estaban dispuestos a plantar tienda aparte para las próximas elecciones. Méndez Capote se mantuvo al frente de la mayoría del Partido Republicano de la Habana en estrecha unión con el de su natal Matanzas. Los republicanos de Las Villas completaban el cuadro como una de las grandes fuerzas de la coalición, pero con mayor autonomía. Su líder, José Miguel Gómez, tenía serias aspiraciones a la presidencia de la República para los próximos años. Como las tenía en secreto el propio Méndez Capote.

Por lo pronto, la coalición republicana resistió unida y hasta acordó con el Partido Nacional apoyar la candidatura de Estrada Palma a la presidencia. El viejo bayamés era visto como una figura de transición necesaria en ese momento álgido de la lucha política. La República necesitaba establecerse. La lucha sin cuartel entre los partidos podía esperar al menos un período presidencial. Se esperaba que Estrada Palma jugara el mismo papel que jugó Washington en los nacientes Estados Unidos. Un hombre que estaba por encima de los partidos, aceptado y acatado por todos. Un símbolo del largo proceso independentista que había llevado a la nación hasta ahí. Un intermedio en el que las diferentes fuerzas tendrían la oportunidad de organizarse y comprenderse a sí mismas. La recién nacida democracia cubana necesitaba, decían algunos, este primer respiro para crecer.

No todos podían compartir, como es inevitable en un clima de libertad, la misma opinión. Los radicales antiplatistas fueron los primeros en distanciarse del grupo. Apoyaban frente a Estrada Palma a Bartolomé Masó. Muchos veían con suspicacia la sombra de Máximo Gómez detrás del candidato de la mayoría. El peligro, sin embargo, no vendría del viejo general, sino de algunos de los menos viejos que rodeaban al futuro presidente. Entre ellos estaba Méndez Capote, que sería instrumental en desviar a Estrada Palma de su promesa de neutralidad política.

Las primeras elecciones transcurrieron en un orden relativo. Las acusaciones de irregularidades no faltaron. A veces porque eran reales, a veces porque los derrotados no se conformaban. El punto es que con ellas o sin ellas la victoria de Estrada Palma era casi segura. La victoria no estaba en duda, sólo cuán apretada iba a ser. Méndez Capote aseguró un asiento en el Senado de la República representando a la provincia de Matanzas.

En el Senado, para continuar la tradición, fue electo presidente pro tempore. Es decir, estaría encargado de presidir las sesiones en ausencia del vicepresidente de la República. Aquí hay que contextualizar varios puntos. En primer lugar, la influencia enorme que alcanzó entre el sector más conservador de la política cubana. En segundo lugar, la cercanía que logró forjar con Estrada Palma. En tercer lugar, la distancia cada vez mayor que se fue creando entre él y su antiguo amigo, José Miguel Gómez.

El grupo más conservador se fundaba en un conjunto de hombres con procedencia política diversa, pero similitud en cuanto a sus intereses. En principio, abundaban los abogados y empresarios, categorías no excluyentes entre sí, que estaban interesados en una relación económica intensa con los Estados Unidos. Muchos de los votantes conservadores manifestaban gran apego por los valores tradicionales o tenían un fuerte sentido del orden y la autoridad. Para buena parte de su dirigencia más pragmática, el flujo de la riqueza, producto de la industria y el comercio, eran la prioridad. Lo demás habría de venir por añadidura. El orden era necesario para producir riqueza y esta contribuiría a cimentar un mayor orden.

La cuestión relevante en esta fórmula era, como siempre, el ejercicio del poder. Desde ahí debían ser establecidas las condiciones de la prosperidad. Méndez Capote y sus aliados comenzaron a tejer una red de influencias alrededor del presidente que fue aislándolo cada vez más de otros elementos políticos. Estrada Palma agradecía el apoyo, que para él era un feliz hallazgo. Compartía las mismas ideas y con el impulso de los más jóvenes estaba dispuesto a liderar el camino.

La actitud de las demás fuerzas no ayudó en nada. Las primeras elecciones intermedias estuvieron marcadas por incidentes desagradables que pusieron en guardia al presidente. Los diferentes grupos protagonizaron escándalos de mayor o menor categoría. En todo caso, el escenario no era de orden. Todo parecía empujar al viejo bayamés a los brazos de Méndez Capote y sus aliados. Estos, a su vez, sólo podían encontrar en él un cauce adecuado a sus aspiraciones. Los principales contendientes que se perfilaban para las próximas presidenciales eran todos adversarios o aliados dudosos. Alfredo Zayas y Emilio Núñez eran del Partido Nacional. El republicano José Miguel Gómez y los suyos no podías estar más distanciados del programa conservador.

La ruptura del Partido Republicano Conservador estaba cantada. Los miguelistas y los republicanos villareños no tenían cabida bajo el mismo techo que los hombres de Méndez Capote. Así fue como se fue consolidando la idea de un nuevo partido que llevó el nombre de Moderado. El resto de la historia es conocida y la hemos contado en otras notas biográficas. Los moderados convencieron a Estrada Palma a afiliarse a su partido rompiendo el compromiso tácito de neutralidad que había marcado su elección. Lo comprometieron, además, a reelegirse. Volcaron todas las fuerzas del Estado que controlaban para lograr este propósito. La fuerza se impuso al derecho y detrás de toda esa aventura estaba, esta vez, Méndez Capote.

A las elecciones concurrió acompañando a Estrada Palma como vicepresidente. Vencieron sin resistencia electoral porque la habían quebrado antes de las elecciones. La que no pudieron quebrar fue la resistencia armada que vino después. Con el país levantado contra ellos no acudieron a otro recurso que la Enmienda Platt. El momento fue gravísimo. Méndez Capote y sus moderados estaban convencidos de que era mejor dejar al país a los estadounidenses que a sus adversarios. Esa convicción afloró una y otra vez en las negociaciones entre las partes en las que Méndez Capote tuvo un rol protagónico. En el momento clave se negó, como el resto del ejecutivo y la mayoría del Partido Moderado, a evitar una nueva intervención.

Este descalabro sería gravísimo para la República y para muchos de los que se vieron involucrados en el bando moderado. La mayoría, sin embargo, se reintegró a la política poco tiempo después. Estrada Palma no lo buscó y tampoco tendría oportunidad, porque falleció en 1908, antes de terminar el período presidencial que había quedado trunco. Méndez Capote, quien habría tenido que asumir la presidencia en otras circunstancias, tampoco se reintegró a la vida política. Durante más de una década se mantuvo apartado de la vida pública, aunque desempeñando sus siempre ascendentes carreras de abogado y profesor universitario.

El país siguió su curso, con los mismos problemas de siempre. José Miguel Gómez llegó, finalmente, a la presidencia. Tuvo que enfrentar enormes dificultades, cometió errores de envergadura, algunos forzados, pero no fue el desastre que vaticinaban sus detractores. Menocal, que había recogido la bandera como líder del conservadurismo, no lo hizo especialmente mejor cuando fue su turno. De hecho, en ciertos aspectos fue peor. Logró lo que habían intentado infructuosamente los aliados de Estrada Palma, reelegirse a la fuerza. Los creyentes en el karma deben ver su historia como ejemplarizante. La presidencia de Menocal había estado marcada por las mayores cuotas de prosperidad alcanzadas en la República. Esto, precisamente, hacía intragable una previsible derrota electoral para el menocalismo. Después de la victoria forzada las tornas cambiaron. Vinieron las famosas vacas flacas. El país se sumió en la mayor crisis económica de la historia republicana.

Méndez Capote permanecía expectante frente a todos estos acontecimientos. No podemos asegurar que estuviera esperando para hacer una nueva entrada a la arena política. Lo cierto es que en determinado momento se le hizo necesario a sus antiguos aliados. Menocal había llegado a un pacto con su antiguo rival, Zayas, con tal de no ver otra vez en la presidencia a José Miguel Gómez. El espirituano era su verdadera némesis. Al menos eso creía el presidente conservador. Para ello había destruido algunos engranajes dentro de su propio partido. El pacto entre Menocal y los populares zayistas marcó el distanciamiento de Emilio Núñez, su último vicepresidente. Francisco Carrillo, otro puntal conservador, se había quemado como vicepresidente de Zayas en el marco de este pacto. Un pacto en el que Menocal acabó siendo perjudicado, porque Zayas no se sintió obligado a cumplir la parte secreta del mismo. Se decantó por Gerardo Machado, el candidato liberal, dejando a Menocal frustrado en sus aspiraciones a un retorno fácil a la presidencia.

En cualquier caso, necesitaba un compañero de fórmula que tuviera nombre, pero careciera de facción definida o estuviera asociado con el régimen saliente. La resurrección política de Méndez Capote fue posible gracias a estas circunstancias. La primera ola del machadismo fue, sin embargo, indetenible. Las elecciones resultaron en una victoria liberal clarísima. A Méndez Capote no le sonreía la suerte. Se había retirado de la política activa en el marco de una vicepresidencia frustrada. Su regreso se veía defraudado por una aspiración frustrada a la vicepresidencia. Esta vez, sin embargo, la historia no terminaría ahí. Permaneció activo en el grupo menocalista y tuvo la oportunidad de reverdecer sus laureles revolucionarios.

Machado, que tuvo un comienzo prometedor, acabó dilapidando su capital político a cambio de muy poco. Al final de sus cuatro años se había ganado la animosidad de la mayor parte del país. Por el camino había destruido los resortes democráticos que conservaba el sistema político cubano. Ante la imposibilidad de encontrar una salida dentro del derecho a la situación, el uso de la fuerza fue quedando como el único camino viable.

Ahora la situación era doblemente complicada. A los factores políticos tradicionales se sumaban los que provenían de las nuevas generaciones. Entre los primeros se produjo una decantación de fuerzas. Antiguos liberales miguelistas, como Carlos Mendieta, se aliaron con antiguos liberales zayistas, como Juan Gualberto Gómez, y con el propio Menocal y sus seguidores. Machado había conseguido unir en contra suya a enemigos de toda la vida. En 1931 se intentó un golpe de estado dirigido por Menocal y Mendieta que fracasó y terminó con sus líderes en prisión. Los jóvenes al principio aceptaron ese liderazgo tradicional, pero el fracaso los llevó muy pronto por otro camino. Crearon así sus propias organizaciones como el ABC, el Directorio Estudiantil Universitario y otros grupos. La lucha contra Machado fue esencialmente un esfuerzo descentralizado y casi caótico. Nada parecido había ocurrido antes. Méndez Capote, no obstante, intentó hacer funcionar las cosas de la manera acostumbrada según su experiencia. Ante el fracaso del movimiento armado y la prisión de sus jefes, marchó al exilio y creó un comité revolucionario a la vieja usanza.

La Junta Revolucionaria de Nueva York fue organizada para tratar de coordinar el esfuerzo por derrocar al machadismo. La realidad es que agrupaba a un número limitado de fuerzas y no siempre a las más dinámicas. De todas maneras, la mayoría de sus integrantes conservaron cierta autoridad, aunque fuera solo en el orden moral sobre el resto de fuerzas. El ejecutivo de la Junta tenía cinco miembros. La conformaban Aurelio Álvarez de la Vega, Fernando Ortiz, Cosme de la Torriente y Miguel Mariano Gómez, el hijo de José Miguel. Domingo Méndez Capote fue elegido como su presidente. En la práctica, la junta nunca tuvo el control de todo el espectro oposicionista. Mantuvo, sin embargo, más o menos unificadas a las fuerzas antimachadistas dentro de los elementos tradicionales de la política cubana. Antiguos liberales, antiguos conservadores, antiguos populares, que no se habían plegado al cooperativismo, se vieron agrupados bajo la misma bandera.

La caída de Machado se produjo finalmente en agosto de 1933. La transición fue compleja. Ahora las fuerzas antimachadista se dividían también entre aquellos que habían aceptado la mediación estadounidense en el proceso y los que no. El primer gobierno organizado tras la caída estuvo en manos de los primeros. Pocas semanas después, fue derrocado por los segundos. Tras algunos meses, en enero del ‘34, las fuerzas tradicionales volvieron al poder. Mendieta sería presidente, Cosme de la Torriente, su secretario de estado, es decir, su segundo a todos los efectos. Hombres asociados a la Junta Revolucionaria de Nueva York.

Méndez Capote ya no tendría un lugar en este ambiente. Había regresado de Nueva York cansado y enfermo. Salía definitivamente de la política activa, pero habiendo cosechado los laureles de líder revolucionario antimachadista. Las nuevas generaciones no recordaban los traspiés del moderantismo y sus últimas hazañas hacían aquellos pecados perdonables. En buena medida fue aceptado como uno de los próceres independentistas que aún merecían respeto y admiración.

Antes que transcurriera un año completo de la caída de Machado, Méndez Capote moriría. Le afectaba una parálisis que progresivamente fue empeorando. Aun así, en su casa recibía a todo el que estaba dispuesto a dialogar con él. El país estaba en plena efervescencia y la falta de presencia pública significaba una pronta caída en el olvido. De sus glorias al frente de la Junta Revolucionaria había pasado en cuestión de meses casi al anonimato. La revista Bohemia, sin embargo, tuvo el tino de realizarle una entrevista sin saber que tres días después el viejo prócer fallecería.

La entrevista estaba marcada por una cruzada de Bohemia contra Cosme de la Torriente. Se le acusaba de haber entrado en pactos con Machado sin la debida autorización de la Junta a la que pertenecía. Se pedía a Mendieta su destitución. Méndez Capote había facilitado algunos documentos de la Junta a los redactores de la revista.

Al ser entrevistado, a pesar de la parálisis que le dificultaba el habla, recapituló algunos de los temas que consideraba centrales en su vida política. Especialmente el de la Enmienda Platt que acababa de ser derogada el 29 de mayo, con el nuevo Tratado de Relaciones entre Cuba y EE. UU. Recordaba con orgullo que el embajador cubano que firmó el nuevo tratado, Márquez Sterling, le dio la noticia de primera mano. Los primeros cables transmitidos por la Embajada cubana en Washington fueron para el presidente Mendieta, el secretario Torriente y él. Lo merecía aunque fuera ahora un simple ciudadano privado. Había sido presidente de la Constituyente y de la Comisión encargada de negociar con los estadounidenses la no aplicación de la Enmienda.

A este punto dedicó el mayor tiempo de la entrevista. En primer lugar, entendía que la Enmienda era en gran parte responsabilidad de los propios cubanos. Según su testimonio, el ambiente político de 1899 a 1901 era tan convulso como el de 1934 aunque fuera menos violento. Este río revuelto tenía que significar, necesariamente, ganancia para pescadores oportunos.

En segundo lugar, entendía que la existencia o no de la Enmienda era poco relevante para las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. La isla caribeña tenía una importancia geopolítica demasiado grande para su vecino del norte. Con Enmienda o sin ella, ciertas necesidades estratégicas podían desencadenar actitudes intervencionistas por parte de los Estados Unidos. Al menos eso había colegido de su entrevista con Root. Estado Unidos no necesitaba a Cuba, pero sí necesitaba que Cuba no representara para ellos una amenaza. Según el contexto, así sería mayor o menor la dosis de intervención. Los cubanos tenían, según se desprende de sus palabras, de evitar aquellas condiciones que fueran peores para ellos.

Decía tener gran esperanza en el futuro de Cuba, aunque también aseguraba que tenía una maleta llena de documentos que podían destruir muchas carreras políticas. No daría permiso para publicarlos hasta veinte años después de su muerte. Deseaba que no se alterara el cauce de los acontecimientos más de lo que ya lo estaba.

La entrevista fue relativamente larga teniendo en cuenta su condición. Había recuperado el habla recientemente y la familia quedó sorprendida por su disposición a recibir a los periodistas. Aceptó ser fotografiado y quedó muy entusiasmado con ver sus palabras publicadas. Lamentablemente falleció justo el día anterior a la publicación del número que correspondía al domingo de esa semana.

A pesar de su optimismo, dejaba tras sí una Cuba convulsa y violenta donde la fuerza y el derecho no podían marchar juntos. El día anterior a su muerte el presidente Mendieta había sido víctima de un atentado con explosivos en un acto de la Marina de Guerra. El presidente escapó casi ileso, pero dos marineros perdieron la vida.

El día posterior a la muerte de Méndez Capote el ABC tenía previsto desde hacía días realizar una manifestación en La Habana. Se dice que hubo entre ochenta mil y cien mil concurrentes. La marcha, sin embargo, fue objeto de un ataque que causó catorce muertos y numerosos heridos de gravedad. Los atacantes estrellaron el auto en el que escapaban. Tres de ellos murieron en el siniestro. Paralelamente fue asaltado un tranvía aleatorio dejando numerosos heridos y sin que se pudiera identificar a los culpables. Así era un fin de semana en La Habana de junio de 1934.

Los funerales de Méndez Capote se celebraron el domingo 17. Estuvo encargado del panegírico su compañero de la Junta Revolucionaria de Nueva York, Fernando Ortiz. Habían militado en partidos distintos. Ortiz había sido liberal durante casi toda su vida. La lucha contra Machado los había unido. La despedida de duelo fue conducida por una arista extraordinariamente relevante de la biografía del difunto. Su labor como jurisconsulto que dio a la Revolución Libertadora un cauce dentro del derecho.

Para Ortiz era una oportunidad para resaltar la importancia de la relación entre la fuerza y el derecho de que hablara Pascal:

…la fuerza armada necesita una base jurídica para ser justificada, pues su ejercicio no puede distinguirse de las prepotencias del interés privado, por respetable que este sea, o del desenfreno de la locura, por sublime que esta se sienta, cuando no está aquel determinado por una representación verdadera que pueda alzar su mano fuerte, por una idea moral que la haga limpia, por un derecho indudable que le dé la fortaleza, y por una justicia que dé finalidad inexorable y constructiva a su acción.

Es interesante que advirtiera contra dos peligros aparentemente muy diversos: el de la tiranía y el de la revolución. La “prepotencia del poder privado” y el “desenfreno de la locura, por sublime que parezca”. Y terminaba invocando la lección que inspiraba a aprender aquella vida que acababa de terminar:

¡Cubanos! Ante esta tumba que ahora se cierra y para rendirle al que se va el homenaje cívico más adecuado a su memoria, hagamos votos para que en la renaciente República de Cuba, nunca haya una fuerza, sin un derecho, nacido del pueblo, que la justifique, ni un derecho popular sin una fuerza, también brotada de la entraña de su pueblo, que la imponga con energía y con razón.

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