
Hace algún tiempo, en esta misma columna, cumplimos con un recorrido histórico por una de las vías más antiguas, transitadas y derruidas de La Habana. La calzada de San Lázaro, que debe su nombre a un leprosario al que se llegaba por este sinuoso camino a la vera del mar, merece una pormenorizada confidencia, que, eventualmente, iremos saldando en estas bitácoras, sin desatender la abrumadora cuantía de otras devastaciones que arruinan la capital. Como casi cualquier noticia generada en Cuba, las del desmoronamiento del edificio enclavado en la ajetreada esquina suroeste de San Lázaro y Galiano, han dado seguimiento —en el transcurso de un lustro— a sus faltantes echados de menos, hasta que, de un momento a otro, llegue el lamentable instante de su total inhabilitación y desaparición. Para un espacio geosocial como el nuestro, donde la concentricidad de la debacle involucra en su caída a todos y cada uno de sus componentes, la referencia al caso que nos ocupa no es en modo alguno simbólica ni aislada, sino expresión misma de una corrosión que, en términos de una vida, resulta extenuante y devastadora.

La primera reseña localizable sobre el derrumbe parcial del edificio, fue publicada por CiberCuba, el 15 de mayo de 2020. La redacción de este medio daba a conocer entonces el desprendimiento de paredes y ventanas, que dejaron expuestas partes del primer y segundo piso del inmueble, caóticamente compendiadas en una fila de escombros a lo largo de la calle. A propósito del accidente, la nota reproduce comentarios en redes de varios usuarios, entre los que destaca uno que lo valora por su costado estético-ambiental: “Que pena, ese edificio en si es una obra arquitectónica”; sin desdorar aquellos otros criterios de internautas que suelen ser más cáusticos con las causas de estos desastres cotidianos. Para dar continuidad al paulatino desmembramiento del local, la redacción del oficialista Tribuna de La Habana, del 8 de julio de 2021, resume en un fotorreportaje el derrumbe de un alero, sin que se reportaran fallecidos ni lesionados. A pesar de las infrahumanas condiciones de habitabilidad del inmueble, el diario reconoce la existencia de cerca de una veintena de familias, y que, desde horas de la noche de esa jornada, las autoridades municipales se ocupaban de la recogida de los escombros.

Por su parte, la web de 14 y Medio, con fecha del 17 de mayo de 2022, en un reportaje del articulista Juan Diego Rodríguez, denuncia la fatalidad geográfica del edificio, por quedar fuera del alcance restaurador de la Oficina del Historiador de la Ciudad, en el perímetro del casco histórico, o de los espacios preferenciales del Consejo de Estado. Hace cuatro años, el texto ya hacía referencia a las vicisitudes de la edificación en lo tocante a sus sobrexplotadas redes de servicios y a su propia estructura, las cuales ponían en riesgo la integridad física de los vecinos, transeúntes, vehículos y rutas de transporte público que diariamente se desplazan por esa área de la ciudad, dentro del municipio más densamente poblado del país. Uno de los testimonios recogidos en aquel entonces por el reportero, declaraba lo que ahora sabemos: “Aquí hemos vivido varios derrumbes”, aseveración que se evidencia por su propio peso para quienes discurren sistemáticamente por el lugar. De frente a semejante discapacidad de espacio vital, los damnificados no encuentran más alternativa que el reajuste en espacios del mismo inmueble, eventualmente menos aprovechables.

Como se ha normalizado en una ciudad que agoniza, a otros inquilinos de Galiano y San Lázaro no les ha quedado otra alternativa que ir abandonando lo que queda del edificio, para mudarse a casa de algún familiar u otra persona que los acoja. Los que permanecen, sin otra variante a la vista —práctica forzosa en el precario contexto habitacional capitalino—, prefieren hacerlo antes que irse a vivir a algún albergue “transitorio”, de los que hoy apenas existen. En el citado artículo de 14 y Medio, que data de hace prácticamente un lustro, la desgracia de tales pérdidas para la fisionomía tradicional de la ciudad y su consecuente saldo humano, eran vistas como un chance formidable para las inmobiliarias hoteleras de GAESA, particular que, en abril de 2026, también es contemplado como una quimera.

De nada sirve que la vecindad con el flamante hotel Deauville, sito en la esquina diagonal de nuestro infausto protagonista, genere un contraste tan altisonante entre esplendor y marginalidad. Para quienes administran esta isla con desdén, tal arbitrariedad apenas cabe en sus desquiciados razonamientos. Sólo sabemos que, en lo que el barco hace aguas, en la derruida esquina todavía residen familias a la espera de un milagro, amparados por una imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre en un descanso de escalera del edificio. Cuando la lepra es hoy una enfermedad controlable, no sólo en humanos, sino también en el hormigón —con la novedosa invención de un cemento que se regenera ante grietas y la inexorable meteorización—, no es este vetusto exponente del eclecticismo habanero, al que se le caen los pedazos con agónica parsimonia, quien se beneficiará de ello.


