
Imágenes dantescas asaltan a La Habana desde hace varios meses. La antigua práctica de incinerar desperdicios, que se remonta a los albores de la civilización —dependiendo de cómo diversas culturas manejaran sus residuos a lo largo de la historia—, se ha implementado en la capital como exasperada alternativa para aminorar el volumen de basura generada en un ecosistema urbano de alrededor de 2.000.000 de habitantes. Si bien el fenómeno se ha extendido a otras localidades del archipiélago, es la elevada densidad poblacional habanera la que suscita mayor preocupación durante este ejercicio de “saneamiento”. Otro factor insoslayable en esta nauseabunda regresión, se halla vinculado a la naturaleza de lo que se chamusca, toda vez que los componentes orgánicos de los que otrora se deshacía la humanidad, han sido aceleradamente sustituidos por materiales sintéticos altamente contaminantes.

Con relación al perjudicial procedimiento al que se ven abocados los residentes capitalinos, se han referido numerosos medios de prensa oficiales e independientes, sin que se avizore una solución viable a corto o mediano plazo. El estatal Cubadebate, hace dos meses hizo pública una nota del Centro de Neurociencias de Cuba, alertando sobre los graves riesgos sanitarios por la combustión de basura en centros urbanos: “Al incinerar desechos como plásticos, baterías o equipos electrónicos, se liberan metales pesados y dioxinas. Estas sustancias tóxicas tienen la capacidad de atravesar la barrera hematoencefálica, el mecanismo natural de protección del cerebro”. Añadiendo que, “Una vez dentro, actúan como venenos neurológicos que afectan la memoria, el desarrollo cognitivo de los niños y pueden contribuir al surgimiento de enfermedades neurodegenerativas”. Más adelante acota que “la inhalación de estos contaminantes daña gravemente los pulmones y el corazón, (al tiempo que) los residuos químicos se depositan en el suelo y el agua, extendiendo la contaminación a toda la comunidad”. A pesar del intento de Cubadebate, la limitada sistematicidad de tales alertas reduce significativamente el impacto real en la toma de conciencia pública, aun cuando no serviría de mucho, de frente el colapso de recursos y servicios esenciales para, al menos, paliar la catastrófica situación.

De las denuncias a esta anomalía medioambiental también se han hecho voceras numerosas publicaciones independientes, como El Estornudo, con una crónica del 12 de marzo titulada: “La Habana quema sus basureros”, del reportero Guillermo L. En la misma, a lo largo de un recorrido entre La Lisa y Marianao, el cronista describe la bruma leve, luego densa, y más tarde la confirmación de fogatas en los basureros más visibles o recónditos de Los Pocitos, Pogolotti y Buena Vista, que en muchos casos se localizaban próximas a establecimientos e instituciones docentes o de salud. En una transcripción testimonial de palabras callejeras, delata que el origen de las quemas es difuso, proviniendo de vecinos hastiados de las lomas de basura, o bien de trabajadores de comunales; aunque —según el texto— las entidades oficiales no lo reconocían así, porque no es política de Estado recurrir a tales procedimientos.

De otra parte, Periódico Cubano, con fecha del 1 de abril, alerta con un titular escalofriante: “Quema de basura en La Habana acaba en incendio y alcanza una tienda”. El incidente que acusa ocurrió en la calle Monte, poniendo en riesgo a los vecinos de la segunda planta del inmueble sobre el que se desató el núcleo del fuego, que luego se dispersó a gran velocidad, provocando los referidos daños en el centro comercial. Aunque los bomberos fueron avisados oportunamente, no pudieron llegar con suficiente prontitud por falta de combustible en el momento preciso de la alarma. En este medio también se asevera —hipervínculo incluido— que “en marzo pasado, las propias autoridades de la capital reconocieron ante la prensa oficialista que habían ordenado la ‘quema controlada’ de basura en algunas zonas de la ciudad”. Este dato viene avalado por las declaraciones para Cubadebate de Alexis González Inclán, coordinador de Programas y Objetivos de los Servicios de Comunales, arguyendo que “la medida buscaba evitar problemas sanitarios y ambientales asociados a la acumulación de residuos”, específicamente en 24 de los 122 puntos de acopio temporal, especificando más adelante que dicha actividad no estaba permitida en municipios con mayor densidad poblacional, como Playa, Plaza y Cerro, aprobándose solo en zonas periféricas de la ciudad.

Martí Noticias reportaba, ya desde el 24 de febrero, en una entrega de Ivette Pacheco titulada “La quema de basureros invade con ‘humo tóxico’ los barrios en Cuba”, actividades crematorias en el Parque Metropolitano, que involucraban a una parte de Nuevo Vedado, en las inmediaciones del Hospital Clínico Quirúrgico de 26 y la barriada de Puentes Grandes. Así mismo, denotaba la molesta ignición y consecuente humareda en otros puntos de la capital, tales como Víbora Park; en las cercanías de la Escuela Nacional de Arte, en Playa; así como en el municipio Boyeros y en la calle Cuba, ubicada esta última en La Habana Vieja. Otro grito de exasperación proviene de CubaNet Noticias, cuando notició: “Basura, incendios y abandono: el deterioro en Cuba también golpea las puertas de la fe”, haciéndose eco del alcance del fuego a varios templos católicos de la capital.
Este callejón sin salida, en el que el estado sólido de la mugre pasa a gaseoso —en la mayoría de los casos con peores e irreversibles percances sanitarios—, puede erradicar focos vectoriales orgánicos, pero enfrenta a las poblaciones sobre las que incide a un escenario de imprevisibles consecuencias a corto y largo plazo. Cuando en semejantes cremaciones arden por igual contenedores de basura, árboles y anexos o dependencias de inmuebles socialmente activos, no hacen otra cosa que sumarse al monopolio de factores económico-administrativos irresueltos durante el último medio siglo en materia de gestión de residuos. Como herramienta escritural, me resulta empalagosa la socorrida artimaña de amigar un texto con la realidad que se refleja, pero, mal que me pese, en este mismo momento estoy transcribiendo el humo acre de algún basurero vecinal.
