
Aunque algunos aseveran que el cine Actualidades fue inaugurado el 8 de abril de 1903, la fecha registrada oficialmente es la de 1906. Una de las singularidades que lo acompañan, siendo tan “actual” su nombre, es que se trata de la primera sala de proyecciones expresamente concebida para este designio en Cuba. Su propietario, Eusebio Azcue, visionario de la popularidad in crescendo que el nuevo divertimento venía arrastrando desde los teatros europeos y estadounidenses, lo apostó todo a un espacio deliberadamente enfocado a este fin. Y no es que en aquel entonces no existieran experiencias previas de esta novedad en nuestro contexto, porque ya la gente había visto cine públicamente —la primera función cinematográfica que tuvo lugar en Cuba se efectuó el 24 de enero de 1897, en Prado entre San Rafael y San José—, sólo que tales eventos habían sucedido en viviendas, teatros improvisados para la ocasión, o en carpas, e incluso —que no era inusual, conocidos como “cines de verano”—, al aire libre.

Engrosando un elaborado inventario titulado Los cines de La Habana, de las autoras María Victoria Zardoya Loureda y Marisol Marrero Oliva, publicado en 2018 por Ediciones Boloña, figura la copia de un anuncio para las funciones del Actualidades en el periódico El Mundo, con fecha del 18 de abril de 1906, día de su inauguración. Ahí, de primera mano, se reconoce a bombo y platillo la meritoria iniciativa de Azcue, quien, por si las moscas, tampoco renunciaba a las bailarinas francesa y españolas, cupletistas, ventrílocuos y otros espectáculos de los varietés mundiales. A cuenta del carácter silente del cine en sus primeras décadas, ese día de abril su propietario contrató a un grupo de “parlantes”, dirigidos por Claudio Cuesta, para declamar los parlamentos y otros efectos sonoros detrás de la pantalla. Estreno al fin, durante esa jornada se exhibieron 15 películas, entre las cuales destacaron Los miserables, Juegos pedestres y El mosquito de la fiebre amarilla. Cinco meses después, fue escenario para el estreno del documental La Habana en agosto de 1906, de Enrique Díaz Quesada, el Lumière criollo.

Otra de sus peculiaridades fue que, desde su apertura, dio preferencia a la exhibición de filmes de la productora francesa Pathé. En marzo de 1939, su sede —en Monserrate entre Neptuno y Ánimas— experimentó una reforma constructiva que le confirió su actual apariencia…, bueno, la que tuvo hasta que cayó en la vergonzosa decadencia que hoy muestra. Luego de su confiscación, a inicios de los años 60, proyectó las películas programadas por la empresa oficial encargada de este ramo. Desde las primeras celebraciones anuales del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, sus instalaciones acogieron presentaciones de la cinematografía regional, así como la participación interactiva con directores, críticos, actores y otros especialistas de la industria en Cuba y Latinoamérica.

Aunque a nivel internacional la irrupción de la televisión generó un sensible declive en la afluencia a las salas cinematográficas, específicamente a partir de la segunda mitad del pasado siglo, en nuestro ámbito ese fenómeno se dilató algunas décadas, en buena medida porque no todos los nacionales poseían pantallas domésticas, y mucho menos a color. A tenor del endémico retraso post 59, luego sobrevendrían los casetes de videos y las tecnologías digitales, que, invariablemente, terminaron por imponerse a escala global y local, ultimando así la rentabilidad y la existencia misma de las salas de cine. En el ocaso del siglo, tal decadencia vino acompañada para la isla de una crisis económica sin precedentes. Lo que comenzó en ese entonces con la escalonada reducción de instalaciones y equipamientos a niveles municipales, en La Habana concluyó con la exclusiva sobrevivencia de las salas más conspicuas. Otras fueron convertidas en galerías, centros musicales y danzarios, gimnasios o parqueos. Pero la inmensa mayoría que no navegó con tal suerte, se transformaron en cantera de reciclaje clandestino, como materia prima para la construcción.

Dada su privilegiada ubicación en el casco tradicional de La Habana antigua, el Actualidades fue valorado durante décadas para su restauración por la Oficina del Historiador —quizás con el propósito de conferirle otra utilidad—, asunto que ha quedado congelado entre archivos e intenciones. Sus últimas exhibiciones registradas estuvieron marcadas por el desprendimiento de falso techos y accesorios decorativos, el deterioro de su mobiliario, las plagas de chinches y las deficiencias funcionales de sus instalaciones sanitarias. Hoy resulta irreconocible.

Tras la osadía de Eusebio Azcue, a quien correspondió la casualidad histórica de principiar un fenómeno inevitable en los albores del siglo XX, la proliferación de cines en la capital acompañó el crecimiento mismo de la ciudad en la primera mitad secular. Aunque existen dudas no fundamentadas sobre la primacía de las salas de proyecciones permanentes en La Habana, el Actualidades estableció una pauta reconocible, sobrecogiendo con sus encantos de celuloide a muchas generaciones de habaneros. Según testimonios del propio escritor, fue donde Cabrera Infante tuvo sus prístinos acercamientos al séptimo arte, huella que reflejó en su novelística y reseñas periodísticas de los años 50. Ojalá un milagro permita revivir a esta institución patrimonial, a pesar de su inexcusable de-función cinematográfica.

