
Tengo una ardua tarea por delante: salvar dentro de mi corazón las canciones de Silvio Rodríguez, salvarlas de él mismo, quizás su mayor negación.
No es una tarea limpia. No tiene la serenidad de quien archiva recuerdos en una caja bien ordenada. Es más bien un forcejeo íntimo, una resistencia silenciosa contra la decepción. Porque no estoy intentando olvidar, ni siquiera perdonar en el sentido más fácil del término; lo que intento es algo más complejo: sostener aquello que me formó sin permitir que se desmorone bajo el peso de quien lo dijo.
Durante años —y creo no exagerar— sus canciones fueron una forma de orientación moral. No en el sentido doctrinal, sino en ese otro, más sutil, en el que una voz te enseña a sospechar de lo evidente, a desconfiar del cinismo, a nombrar la ternura sin vergüenza. Yo no escuchaba sólo melodías: escuchaba una promesa de lucidez. Y esa promesa, con el tiempo, se volvió parte de mí.
Por eso ahora no puedo simplemente girar la cara.
Hay una incomodidad profunda en descubrir que quien escribió desde un lugar que yo sentía casi invulnerable también habita —como todos— las zonas grises, las lealtades discutibles, las palabras que no resisten la misma luz que sus versos. Pero quizá lo verdaderamente perturbador no sea eso. Quizá lo inquietante es que yo ingenuamente esperaba otra cosa. Que había depositado en él una coherencia que, en realidad, pertenecía más a mis necesidades que a su vida.
Y sin embargo, incluso reconociendo eso, algo se resiste en mí a mezclarlo todo.
Porque si lo hago —si dejo que la figura pública arrastre consigo la totalidad de su obra—, entonces también traiciono al que fui cuando escuché esas canciones por primera vez. Traiciono la emoción limpia, la revelación, el momento en que una frase suya me hizo ver el mundo de otra manera. ¿Tengo derecho a invalidar eso ahora, a la luz de lo que hoy pienso de él?
Creo que no.
De ahí este gesto, que no es indulgente sino exigente: separar. No para absolverlo, sino para proteger aquello que en sus canciones alcanzó una verdad que quizá él mismo no ha sabido —o no ha querido— sostener fuera de ellas. Aceptar que la voz que cantaba no coincide del todo —o casi en nada— con la voz que hoy habla. Y que entre ambas hay una distancia que me corresponde a mí medir, no a él.
Hay algo casi paradójico en esto: para seguir siendo fiel a sus canciones, necesito salvarlas precisamente de él.
No es una ruptura total, tampoco una reconciliación. Es más bien un acuerdo incómodo. Un pacto en el que yo decido quedarme con lo que en su obra sigue siendo fértil, vivo, necesario, y al mismo tiempo aceptar que el hombre que las escribió no se encuentra a la altura de ese legado en sus palabras y posturas actuales.
Quizá esto sea, en el fondo, una forma de madurez. Entender que la belleza no garantiza la coherencia, que la lucidez puede ser intermitente, que nadie —ni siquiera quien nos enseñó a mirar— está a salvo de contradecirse. Y aun así, elegir no renunciar a aquello que, en su momento, nos hizo mejores.
Salvar sus canciones, entonces, no es un acto de nostalgia. Es un acto de responsabilidad.
Porque si dejo que se hundan con él, también dejo que se hunda una parte de mí. Y esa parte —la que aprendió a escuchar, a dudar, a sentir con palabras— merece algo más que ser arrastrada por la decepción. Merece ser defendida, incluso de quien la despertó.
