Batista junto a su esposa y su hijo en las afueras de la finca Kuquine.

Ha sido la huida más simbólica en la historia contemporánea de Cuba. Con ella, Fulgencio Batista y Zaldívar no sólo abandonaba la isla en la madrugada del 1ro de enero de 1959, sino que la dejaba a merced de los barbudos castristas, que enseguida ocuparían todas las posiciones de poder. En la imposibilidad de llevárselo todo, Batista dejaría en su conocida finca Kuquine, en las afueras de La Habana, innumerables objetos y documentos de valor, además de una gran biblioteca, que luego el régimen de Fidel Castro nunca dijo exactamente a qué biblioteca o institución pública fue a parar.

En los días finales de enero de 1959 la prensa nacional publicó muchísimas fotos de la magnífica finca de Kuquine, tal y como la había dejado la familia Batista. En sus últimas semanas en Cuba, Batista pasó poco tiempo allí y permanecía más tiempo en el campamento militar de Columbia, preparando su fuga.

La finca de 17 caballerías Batista la adquirió en la década del 40 y allí vivió fundamentalmente luego de su regreso a Cuba en 1949, cuando el presidente democrático Carlos Prío Socarrás le permitió regresar de Estados Unidos e incorporarse a la vida política. Entre los muchos bienes de valor que atesoró en Kuquine, resalta la inmensa biblioteca ubicada en el llamado Salón de Conferencias, donde Batista recibía a la mayoría de sus invitados.

Al parecer, el título más antiguo y de mayor valor museable de la colección era Vida Política y Militar de Napoleón, escrito por A.V. Arnault en francés y editado en 1822. La obra estaba sobre una mesa reclinable, hecha especialmente para libros de gran tamaño. Del más famosos de los militares franceses Batista poseía además un telescopio y dos pistolas, que no pasaron desapercibidos para los curiosos fotógrafos de la revista Bohemia en 1959.

Todo indica que la primera biografía sobre Napoleón estuvo allí por varios años sin ser movida, ya que en 1954 el periodista del diario El Mundo, Raoul Alfonso Gonsé, tomó fotos de ese ejemplar único en la hermosa biblioteca en su visita a Kuquine.

La colección de libros de Batista llegaba a la cifra de 7131 volúmenes de 1367 autores diferentes. La revista Carteles, para demeritar la colección, sólo señaló que el expresidente tenía las obras completas del escritor británico Arthur Conan Doyle y Vidas Paralelas de Plutarco, lo demás eran “más volúmenes intrascendentes que verdaderos libros”.

Pero otros reportes más desapasionados señalan que Batista poseía y leía obras de los españoles Vicente Blasco Ibáñez, Benito Pérez Galdós, Salvador Madariaga, así como del argentino José Ingenieros. También había adquirido una amplia colección de libros de y sobre José Martí, entre un conjunto amplísimo de autores tanto cubanos como extranjeros.

Los reportes de los primeros días de 1959 y luego repetidos en medios oficiales del régimen a lo largo de las últimas décadas refieren que Batista tenía docenas de ejemplares de dos obras que hablaban de su figura: Un Sargento nombrado Batista, de Edmund Chester y Batista y Cuba, de Ulpiano Viega Cobielles.

Además de las numerosas joyas y vajillas de porcelana que se hallaron con la requisa de la mansión, Batista también tenía objetos y documentos de incalculable valor histórico, que durante su último período en el poder y luego de su huida, han sido referidos en libros y reportes de prensa.

Entre ellos estaba la carta original que el presidente estadounidense Theodore Roosevelt le había enviado a Tomás Estrada Palma en 1902, felicitándolo porque el país había alcanzado la independencia.

En febrero de 1955 una organización femenina del Oriente cubano le regaló a Batista una pluma bañada en oro y nácar, que había pertenecido a Estrada Palma y con la cual el bayamés había firmado su toma de posesión. La pluma la había conservado hasta esa fecha María Caro, la esposa del coronel Matías Betancourt, un ayudante personal del primer presidente cubano.

Como era un gran admirador de Abraham Lincoln, Batista, además, se enorgullecía de poseer un autógrafo del héroe de la guerra civil estadounidense, hecho en 1860 en la ciudad de Springfield. El autógrafo dice: “Dr. Cullis: Querido amigo: Usted desea un autógrafo mío. Aquí está. A. Lincoln”.

Mención aparte merece la colección de bustos de Kuquine, la cual era amplísima e incluía figuras tan dispares como el dictador soviético Iósif Stalin, hasta el indio Mahatma Ghandi, pasando por el británico Winston Churchill, Benjamin Franklin, Juana de Arco, Homero y el mariscal alemán Erwin Rommell.

A más de un visitante —cuando recorrían el interior de la mansión— lo que más captaba su atención era el patio interior como antesala para llegar a la espaciosa biblioteca. En dicho patio se podían observar efigies de Simón Bolívar, José de San Martín, Benito Juárez, George Washington, Antonio Maceo, Máximo Gómez y por supuesto: José Martí. Batista le hacía llamar la “terraza de los héroes americanos”.

Lo que se publicó en enero de 1959 fue tan sólo una mínima parte de todo el patrimonio que había acumulado el depuesto dictador en más de una década. La revista Bohemia, muy crítica de su régimen, tuvo que admitir que tanto las fotos, bustos y documentos manuscritos hallados poseían “un indudable valor histórico”.

Los artículos periodísticos descalificadores sobre la fortuna de Batista y su gabinete de Gobierno, a quienes presentaban como auténticos mafiosos, han sido una constante bajo el castrismo. Un ejemplo puede hallarse en el periódico Revolución, al año de la incautación en la finca:

“Kuquine, el antro del tirano, es una magna colección de quincallería surtida; junto a las estatuas ‘picúas’ y los cuadros detestables, la porcelana finísima y las vajillas de alto copete. En la discoteca alternan los álbumes de música sinfónica y operáticos con guarachas tan ‘exquisitas’ como la titulada: ‘Batista tiene un mortero’.

En noviembre de 1959, el Gobierno decidió hacer una exposición en el Salón de los Pasos Perdidos del Capitolio habanero, con una selección de los más costosos objetos que encontraron en las viviendas de los jerarcas del régimen derrocado.

En ese espacioso salón se exhibieron lámparas de baccarat, collares, jarrones, muebles chinos y adornos de porcelana francesa con más de dos siglos de antigüedad. La prensa oficial señaló que toda la exhibición sería posteriormente subastada, incluso adelantó que una entidad inglesa ofrecía la cifra de un millón doscientos mil pesos por llevarse todos esos enseres de lujo.

En la actualidad, tanto Kuquine como sus áreas aledañas han sido totalmente transformadas y ahora es un lugar de hospedaje y recreo, renombrado como “Campamento Libertad”. Prácticamente nada de los que las fotos de 1959 mostraron permanecen allí.

A más de medio siglo cabe preguntarse si aún se conservan todos los documentos, bustos y fotos hallados en Kuquine. De ser así, ¿en cuáles instituciones exactamente se encuentran y en qué estado?

El nuevo régimen, aún en el poder, mucho más opaco que la dictadura que combatió, nunca ha rendido cuenta de todos los objetos y documentos que confiscó en esos primeros días y en años posteriores. Es tarea de las generaciones actuales y las por venir exigir que esa información se haga pública algún día.

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