Fotografía de Juan Pablo Estrada

No, no me refiero a las diferencias entre el son y el danzón, entre el mambo y el chachachá, entre el guaguancó y la rumba, entre el buey cansao y la salsa.

Para ser nacionales e identitarios, la verdad es que son muy variados. Incluso contradictorios, sin dejar de tener un aire de familia. Parece una democracia con pluripartidismo musical y dancístico.

No, hablo de los ritmos históricos, de las pautas con las que las naciones desenvuelven su historia. O por mejor decir, se desenvuelven en la historia humana.

Me dice un artista islandés: cuando yo era niño nuestro país era muy pobre. Ahora estamos ok.

Me pasma el sano orgullo con que lo dice.

¿Islandia?

Una isla más pequeña que Cuba, fría, húmeda, volcánica, donde sólo viven menos de 400 mil personas, es decir, algo más que en la ciudad de Camagüey.

Pues bien, en el plazo de una generación los islandeses han pasado de la pobreza al bienestar, hasta el punto de ocupar hace unos años el primer lugar mundial según los estándares de la ONU.

¿Será posible?

¿Esos isleños no han sentido el peso de la Isla, según el poema famoso de Virgilio Piñera?

La maldita circunstancia del agua por todas partes.

Y no se trata del ameno Caribe, sino de la nevera, al menos para nosotros, del Océano Atlántico norte. Dicen que la Corriente del Golfo los entibia.

¿Y que tal el Peso del Volcán?

Un mameyazo de magma en la cabeza debe ser desagradable.

Lo islandeses tuvieron sus ritmos. Fueron colonia de Noruega y de Dinamarca, qué suerte. Dos países pequeños, igualmente ocupados en ser felices dentro y no en el mandonismo afuera.

Islandia se independizó en el siglo pasado y empezó a crecer desde adentro, hasta alcanzar rápidamente el espléndido éxito civilizatorio que exhiben hoy, sin alarde, pero con orgullo.

¿Y qué tal nuestro ritmo histórico, compatriotas?

En treinta años derrotamos, solos, a uno de los imperios más grandes y más violentos del mundo, y alcanzamos la independencia que podíamos alcanzar frente a un vecino ambicioso.

En cincuenta años de república pasamos de cero electricidad, puesto que no se había inventado, a la electrificación casi total de las ciudades y de buena parte del campo.

Rápido, muy rápido, como un giro del guaguancó.

Luego pasamos a otro ritmo frenético, la construcción del socialismo y el comunismo al mismo tiempo.

En más tiempo del que usó la república bajo protectorado o neocolonia para dejarnos un país líder en la producción y exportación de azúcar, y con el doble del tiempo que nos costó la terrible lucha contra los españoles, el país se desploma durante más de sesenta años en todos los índices civilizatorios.

Aprendamos del hielo de Islandia antes que el peso de la Isla nos hunda en el Caribe.

¡Antes que cejar en el empeño de hacer libre y próspera a la patria, se hundirá el Mar del Sur al Mar del Norte, y nacerá una serpiente de un huevo de águila!

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