Árboles y aves dominan la vida aérea de estos jardines colgantes en que se han transfigurado las ruinas del Warner-Hudnut. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

El bum constructivo que experimentó La Habana con el advenimiento de la República, convirtió el giro inmobiliario en viva expresión de la pujanza económica que atraía inversiones, inmigrantes y nuevas esperanzas. Los estilos y retos ingenieriles comenzaron a replicar lo más sofisticado de los patrones norteamericanos y europeos, recordando en muchas fachadas y trazados urbanos los aires parisinos, madrileños o neoyorquinos. Uno de estos exponentes edilicios, tan atractivo y referencial para los habaneros —con su marca titular incrustada en teselas doradas y verde-azules en la prominente esquina de su arquitectura—, es el edificio ecléctico del primer tercio del pasado siglo, concebido como filial de la Warner-Hudnut, laboratorio estadounidense especializado en cosméticos y productos farmacéuticos.

Vista frontal del edificio, por donde corre el portal que da a Ayestarán. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

Emplazado en Ayestarán y Estrella, en el actual municipio del Cerro, fue la cara visible de dicha empresa hasta que, en los años 50 del pasado siglo, modernizó sus oficinas y laboratorios en las afueras de la ciudad, trasladándose para la Avenida Boyeros, en el reparto Altahabana. Aun cuando tal sofisticación apenas llegó a una década en poder de sus propietarios, ya que fue intervenida y nacionalizada a comienzos de los ‘60, sus producciones medraron a expensas de los suministros del bloque socialista, rebautizada como Laboratorios Reynaldo Gutiérrez. Tras la mudada de la firma, en la vacante y pintoresca esquina del corazón capitalino radicó el hotel El Sol, destinado solo para caballeros. Huelga contar en detalles lo que sucedió con posterioridad a 1959, una vez que la Reforma Urbana concedió la propiedad de los espacios rentados a quienes lo habitaban.

La mayoría de los transeúntes reconocen el peligro de transitar por el corredor exterior, aun cuando no hay señalizaciones de alarma. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

Después de aquello, al centralismo administrativo capitalizado por el Estado, se le escurrió entre las manos el inabarcable volumen de edificaciones pendientes de atención y mantenimiento, principal razón del exponencial deterioro de las mismas —sin hablar ya del reemplazo constructivo—. Y si el natural desgaste estructural y mecánico de un inmueble no fuera suficiente, a ello se fue sumando la sobreexplotación a cuenta propia de sus espacios, con las sucesivas e inconsultas añadiduras constructivas para satisfacer la creciente demanda habitacional. En “La Habana, una ciudad en ruinas”, publicado por CiberCuba el 30 de abril de 2022, Gretchen Sánchez, Doctora en Ciencias por la Universidad de Alicante y Licenciada en Estudios Socioculturales, contrasta datos estadísticos que argumentan la médula de su artículo. Al respecto, dice que “el Estado cubano es incapaz de cumplir sus planes de construcción de viviendas. En 2021 solo alcanzaron el 58% de lo previsto, según datos oficiales”. Y acota, “existen en el país, en pleno siglo XXI, más de 89.400 viviendas con pisos de tierra”.

La nocturnidad sobrecoge en los alrededores de la ruina. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

A comienzos de esta centuria, la antigua filial de la Warner-Hudnut, transfigurada en edificio multifamiliar, sufrió un incendio que devastó su maltrecha tolerancia residencial. La periodista Natalia López Moya lo rememora en “El fantasma de la calle Ayestarán”, publicado por 14ymedio el 28 de octubre de 2021. Propio del desempeño crítico de este medio, revisita las raíces del siniestro que ultimó la vida “útil” del inmueble, el 25 de octubre de 2001. Valiéndose de un artículo publicado en aquel entonces por Cubanet, apunta que la rápida propagación de las llamas se debió a la abundancia de madera aplicada en la construcción de barbacoas. Según testigos cercanos al lamentable accidente, la causa que lo desencadenó quedó repartida entre el descuido de una cocina encendida en alguna vivienda, una vela o un cigarrillo.

El pésimo estado de los techos del portal, contrasta con el acceso a un inmueble contiguo, todavía habitable. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

Retomando elementos de la pesquisa retrospectiva en su homóloga digital: “La construcción albergaba nada menos que a 60 familias y, según declaró en aquellos días uno de los damnificados (…) había sido declarado inhabitable diez años antes”. La renuencia de sus moradores a abandonar el inmueble en 1991, e irse a residir a un albergue improvisado —lo que implicaba una sentencia tácita de permanencia vitalicia en uno de esos antros—, irónicamente, fue forzada por el imponderable de las llamas. Luego de su definitiva inhabilitación como vivienda, en los bajos se instaló un agromercado al que los locales dieron en llamar “los quemados”, cerrado tiempo después, cuando los elementos constructivos que rebasaron “la prueba de fuego” comenzaron a caer sobre el improvisado establecimiento.

El costado por la calle Estrella ofrece otro ángulo del despojo. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

Aun con los riesgos que tales percances implicaban, y típico de la abundancia de esta clase de solares en precario balance dentro de la ciudad, sus ruinas fueron sistemáticamente empleadas para calmar las urgencias sexuales y sanitarias de “usuarios” venidos a menos. Con la gradual y eventual precipitación de estructuras más pesadas, como balcones, cornisas y aleros, la solución parcial fue tapiar los accesos hacia el interior desde el nivel de la calle, aun cuando su perímetro, incluido el portal corrido a lo largo de Ayestarán, todavía hoy carece de señalización ante el peligro; de donde se “desprende” —valga la redundancia de tanta cosa suelta— que es el instinto de conservación de los transeúntes quien debe evitar la circulación cerca del área.

En esta imagen espectral, la magnificencia del Warner-Hudnut aflora como la viñeta atemporal de un buque fantasma. Fotografía de Juan Pablo Estrada.

Recordado por acoger en sus inmediaciones la parada de retorno de la ruta 76, que cubría hace décadas la línea entre La Habana y Santiago de las Vegas —quizás instalada allí porque fue en ese rumbo que la otrora Warner-Hudnut emigró a mediados del pasado siglo—, el resiliente esqueleto del edificio ha devenido en inventario botánico, convirtiendo sus desnudas columnas y arquitrabes en soportes para la proliferación de árboles y plantas epífitas. Son estos sus actuales inquilinos, asomados a ventanas y balcones, atrayendo aves, roedores y reptiles, aprovechando el espacio y el tiempo que la inoperancia y el abandono le han facilitado a estos apacibles donantes de oxígeno.

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