
Ya saben, aludo a las Memorias de la vagancia en Cuba, de José Antonio Saco.
El asunto tiene pedigrí.
Una isla deshabitada en la que se había acabado el oro, útil sólo para los barcos que iban a buscar el oro. Españoles que no venían a colonizar sino a enriquecerse y regresar rápidamente a España. Para esos españoles, con mente medieval, el trabajo era una degradación. Los que viven por sus manos, decía un clásico, y los ricos.
Ahora pensemos en que el trabajo era agrícola. Y esos blancos europeos, con esas manos finas… y con este calor.
Los indígenas podían soportar el calor pero no ese trabajo. Los esclavos africanos desde luego no tenían la menor gana de trabajar.
Las guerras de independencia fueron hechas por hombres de trabajo de la clase alta y media de las ciudades, y campesinos medios y pequeños. El último discurso de Ignacio Agramonte a su tropa, el día antes de su muerte, fue una exhortación al trabajo en la República.
Pero la república recibió una masa de no ciudadanos hostiles al trabajo. Ex esclavos, la mayoría de los cuales apoyó a los españoles pasivamente o con las armas en la mano, vagos y delincuentes de todo tipo, y desde luego desempleados por injusticia, que escogieron seguir con el antiguo vicio de obtener mucho dinero, o al menos unos pesos para sobrevivir, mediante el juego.
Pa gosal.
La colonia, advirtió Martí, podía seguir existiendo en la República.
Sigue existiendo. Hay un Capitán General, hay chivatos, hay presidio político, hay bolita.
¡Dime un número!
Pa gosal.
Debo decir que desde que se implantaron los cuentapropistas, y mejor las mypimes, veo a gente trabajando de verdad.
Pero eso es nada, un grupito. Ya los odian por tener lo que tienen.
El socialismo, supuesto régimen de los trabajadores, constituye el reino de la vagancia generalizada.
Mediante tres vías.
El total desinterés del trabajador por trabajar con todo su esfuerzo, puesto que su vida no va a mejorar de ninguna manera, o no al menos en la dimensión del esfuerzo.
La prohibición que sufre el ciudadano que quiere trabajar, de trabajar como quiere y para lo que quiere. El trabajo, incluso lo que es o no trabajo, y su remuneración, lo determina el Estado. Pero el Estado no es el que trabaja. El que trabaja es el trabajador, que tiene derecho a soñar personalmente su vida y por lo tanto su trabajo, sin hacer daño a nadie, ni siquiera al Estado. Pero el Estado socialista considera que ese sueño está contra el Estado. Y así es.
Y finalmente la perversión de los trabajadores de la burocracia estatal. Saben que su trabajo es inútil y les da igual. Eso sí, muy pocos prosperan, porque un Estado donde el trabajo es delito se condena sin remedio a criar mendigos.
Hay cubanos que trabajan duro. Pero socialmente el resultado es sobrevivencia, no progreso.
Ignacio, ¡habla!
