
La bibliografía litúrgica occidental está plagada de San Juanes. Ninguna ramificación del cristianismo ha escapado a sus continuas referencias. Incluso, el primer Juan sacro, “el discípulo amado”, teórico él mismo de las enseñanzas de Jesús y, con su contribución —según atribuciones posteriores—, hacedor de la Biblia, fue durante siglos partido en dos, cuando la confusión entre su secretariado apostólico se interpretó separado del evangélico.

De igual modo, la toponimia colonial nos infectó de San Juanes en, al menos, cuatro lenguas europeas. Cuba está llena de ellos, repartidos en ríos, elevaciones, cayos o cualquier otro accidente geográfico; además de núcleos poblacionales, barrios, plazas, calles y establecimientos, como el bar San Juan, en la aguzada esquina de Infanta y calle 25.

Hace unos 15 o 20 años, sin conocer demasiado de sus antecedentes, este bar fue escala habitual de mi bohemio peregrinar habanero, cuando todavía clasificaba como uno de los mejor conservados y con un servicio aun decoroso. Allí los debates filosóficos, artísticos y literarios, se entretejían con las incidencias del último Play-off del beisbol nacional, o con los chismes sobre las intimidades de Beyoncé y Jay-Z. A veces, salir de allí era una proeza, sobre todo porque en el comando operativo no dabas con el conmutador para activar las órdenes de cómo y cuándo partir, y esa operación podía tomar algún tiempo.

Pesquisando un poco en las redes, hilvano lo encontrado con las anécdotas de viejos amigos que conocieron el bar desde los años 50, para descubrir que las cosmopolitas jornadas del San Juan gozaban de larga data. “Kuko” García fue de esos conocedores —y protagonista— de las exultantes juergas vespertinas y nocturnas de aquel entorno, limítrofe entre La Habana tradicional y El Vedado, ubicación que mucha concurrencia le garantizara a la vida social de entonces. Contratado como señuelo público en Radio Progreso, una de las emisoras radiales de mayor popularidad a mitad de la pasada centuria, su misión consistía en transitar por zonas aledañas a la casa radial, con la finalidad de, previo santo y seña, difundido en la programación, fuera identificado e interceptado por los vecinos o transeúntes eventuales. Quien lo lograra, se rifaba algún premio cortesía de la casa. Kuko Progresito, como era conocido el personaje, se trataba de un incógnito genérico, de modo que varios de ellos amenizaban en ese rol.

A escasos metros de Radio Progreso, que se ubica en Infanta entre Espada y Humboldt, el bar San Juan hacía parte de un circuito etílico-recreativo, configurado además por el bar Silvia —también conocido como El Cuchillo, en la intersección de las calles Vapor, San Francisco y Príncipe—, el cabaret Las Vegas y el desaparecido El Montmartrico, llamado así por su cercanía con el fastuoso Montmartre, luego convertido en restaurante Moscú. Se dice que por aquel conglomerado de esparcimiento pasaron Los Zafiros, el trío Taicuba y Benny Moré, entre otros músicos de la época, así como locutores, actores y actrices de radio. En estos establecimientos, a la espera de horarios para grabar o salir al aire en vivo, esta pléyade de celebridades amenizaba, o simplemente hacía tiempo, en lo que “refrescaban” la garganta o jugaban billar y cubilete. Para ellos era una trampa ineludible, y la oportunidad exclusiva para que muchos fans pudieran hacerse fotos o pedir autógrafos a sus artistas favoritos.

El San Juan ocupaba —o en realidad ocupa, porque todavía está ahí—, la esquina de un edificio ecléctico de tres niveles y sobria inspiración decimonónica, erigido durante el primer tercio del pasado siglo. Según el escueto comentario del internauta Pepe Grana, en la página de Facebook Fotos de La Habana, del 1 de diciembre de 2024, su padre fue el propietario del bar hasta que le fuera expropiado por el Gobierno revolucionario. Con mucha suerte, el establecimiento rebasó la frontera del año 59 —a excepción de los juegos de mesa y otras distracciones que lo animaban—, para llegar indemne a la fecha en que mis incursiones a su despensa eran recurrentes. Deben existir infinidad de registros fotográficos de su momento de mayor esplendor, pero, hasta donde alcancé a constatar hace poco más de una década, su ambientación y mobiliario exhibían un notable grado de conservación, con la barra sinuosa que siempre lo caracterizó, espejos y anaqueles acristalados. Luego de eso, las últimas referencias al establecimiento en activo aparecidas en las redes, son de hace seis u ocho años atrás.

Como cuando te tomas un café bien amargo, la borrachera de la nostalgia se me pasó de golpe, una vez que mi colega Juan Pablo me mostró imágenes actualizadas de aquel lugar. No podía dar crédito a semejante dejadez, por lo que hace unos días hice coincidir un recorrido —que en realidad iba en sentido contrario— para pasar por allí. Estaba completamente cerrado. Escudriñé por todos los resquicios posibles, con la finalidad de poder entrar, pero no corrí con la suerte de Juanpa. Según su experiencia, que ni remotamente buscaba lo que acabó por encontrar, auxilió a un individuo ebrio en la calle, reanimándolo con un refresco enlatado. Entre las indicaciones de algunos vecinos y las tropezosas declaraciones del asistido, lo condujo al interior del San Juan, donde decía vivir. Todo parece indicar que fue custodio allí, terminando por instalarse en sus dependencias. En contraste con las imágenes que acompañan esta bitácora, me es difícil reconstruir en la memoria las jubilosas noches de aquella esquina. El San Juan no ha muerto. Debe estar experimentando un estado similar al de su único morador, una suerte de coma etílico del que ojalá alguien se anime a rescatar.
