
Sí, ya sé, son dos esdrújulas seguidas y eso es cacofonía, según Martín Vivaldi…
El que escribió el famoso manual de redacción, que debió ser pariente del otro Vivaldi, el músico.
Esdrújulas, que como todo el mundo sabe, son las palabras más hermosas del español.
Dos palabras que juntas fueron oxímoron para Sócrates en su utopía socialista.
Porque el socialismo, Sócrates, puede constituir repúblicas, pero nunca poesía.
O por lo menos no poetas, así que, de entrada, quien esté celebrando hoy el día de la poesía y los poetas, declárese insurrecto, rebelde, opositor, disidente…
Nunca socialista.
Eso es platonismo, y el platonismo está abolido por decreto.
Si al contrario, decide ser republicano, grítele al primer poeta que se le acerque que es un loco y que merece la expulsión del reino.
¿Qué es eso de escribir sin acabar los renglones o intentar ponerle pantalones a una nube?
¿Cuándo se ha visto que el trabajo puede ser algo gustoso, y no una misión hercúlea?
Juan Ramón Jiménez escribía sobrerrealismo, en lugar de surrealismo.
Para él, la poesía era la forma más eficaz de penetrar en la realidad.
Una forma erótica, si se quiere.
La metáfora del poeta como un silogismo sublimado, erotizado hasta la médula de lo real que irradia más allá de la existencia cotidiana.
Preguntar, si no, a Federico, muerto de realidad en un mal verso de la historia.
¿Por qué entonces no hablar de una política poética?
De un modo de hacer política que sea más Eros y menos Tánatos.
Digamos que usted es un ser, y no un cero —de esos que componen la masa sin añadir carga eléctrica a la reacción social—, y mira con desconfianza a su gobierno.
Esto se debe, sin dudas, a que la idea que tenemos de la política, y que los políticos se han encargado de reproducir, es una idea tanática que apunta siempre al mal.
El gobernante es malo, hasta que se pruebe lo inverso.
Y si es bueno, nos ocuparemos de desviarlo al mal.
Pero el mal, al fin y al cabo, se destruye a sí mismo, se expone a sí mismo y nos expone ante una realidad que no entendemos, a causa de la perversión de nuestras máscaras.
El bien, en cambio, no se destruye.
El bien erotiza, fecunda, crea.
La poesía, por ejemplo, es una manifestación del bien.
Como igualmente podría serlo una república de ciudadanos responsables, educados en la verdad y la justicia, en la poesía y la música no sólo de las palabras, sino de las ideas y los actos que modelan la sociedad.
Impulsados por el bien hasta las cimas de la inteligencia artificial, la nanotecnología y la computación cuántica, seguimos atrasados en el arte del gobierno.
¿No sería bueno que, en lugar de esos memos, casi memes, que cambian a cada rato, como si fuera el eje de la Tierra, el orden mundial, hubiera políticos creadores, que trabajaran juntos en la tarea urgente de salvar al ser humano y hacer de la vida una experiencia menos fatigosa y más sublime?
Ustedes, si quieren, sigan oyendo al mal.
Yo prefiero escuchar a Juan Ramón:
“Si de cierto amáis la libertad, haced una república poética”.