
Rafael María de la Caridad Benito Portuondo Tamayo nació el 21 de marzo de 1867. Al terminar la Guerra Chiquita tenía apenas 13 años. Esa circunstancia lo situaba en la generación que Martí llamaría “los pinos nuevos”. Había llegado a la adolescencia escuchando sobre las hazañas de la guerra libertadora. Crecería soñando con unirse a una futura campaña por la independencia.
Su familia tenía “inquietudes patrióticas”, siendo una familia principal de su ciudad natal, Santiago de Cuba. Tenía conexiones en otras localidades importantes de la provincia. Los Tamayo contaban con ramas por todo el territorio. Especialmente por la región de Bayamo, Manzanillo y Jiguaní, así como en Holguín. De esta última ciudad provenía Eudaldo Tamayo Pavón, que era primo de la madre de Rafael y, además, estaba casado con una hermana de aquella. Eudaldo y Rafael, que se llevaban dieciséis años, serían compañeros de peripecias políticas hasta llegar juntos como delegados a la Constituyente de 1901.
Como era habitual en familias de su condición, Rafael Portuondo tuvo acceso a una educación del más alto nivel. Su abuelo materno, Rafael Tamayo Fleitas, tenía bufete de abogado en Santiago. También lo tenía el ya mencionado Eudaldo, sobrino y yerno de Tamayo Fleitas y tío segundo y político de Rafael Portuondo Tamayo. No es de extrañar entonces que nuestro biografiado estudiara derecho, siendo una de las carreras universitarias más populares y viniéndole de cuna. Cursó parte de estos estudios en la Universidad de La Habana. También sabemos que completó sus estudios en la Universidad de Barcelona. Esto lo cuenta José Manuel Carbonell en un libro publicado en 1928 y titulado Evolución de la Cultura Cubana, 1608-1927. La Oratoria en Cuba. Para Carbonell, Portuondo Tamayo era uno de los más importantes oradores de su generación. Uno que era capaz de combinar la facilidad de palabra con la sobriedad elegante de su temperamento.
Las inclinaciones del joven Portuondo lo llevarían de inmediato, tras su regreso a Cuba, a establecer un bufete y a conspirar. No tendría que espera mucho tiempo para encontrar un proyecto más o menos serio en el cual involucrarse. Conspirar muchas veces significaba reunirse con amigos que tenían ideas afines con vistas a estar disponibles para cualquier empresa viable. Al joven de 23 años que era por entonces Portuondo le apareció la conocida como Conspiración de la Paz del Manganeso. Ese fue el título despectivo con el que se conoció en la prensa integrista. Atribuían su fracaso al temor de los propietarios de las minas de hierro y manganeso de Santiago a ver destruida su riqueza, insinuando una delación.
La conjura había comenzado con la expectativa de una visita de Antonio Maceo a Cuba. El general cubano había solicitado permiso para ir a la isla a liquidar unas propiedades de su madre. Las autoridades españolas se lo habían concedido, desatando la furia del elemento integrista. Maceo arribó a Santiago, procedente de Haití, el 30 de enero de 1890. No desembarcó, pero recibió a numerosos patriotas con los que sostuvo conversaciones a bordo. Repitió el mismo procedimiento en otros puertos como Baracoa, Gibara y Nuevitas hasta llegar a La Habana el 5 de febrero.
Se alojó en el Hotel Inglaterra y se le ofrecieron banquetes y homenajes donde continuó recibiendo a gran cantidad de antiguos correligionarios. Detrás de todo ese despliegue de actos de sociedad se fraguaba una conspiración con ramificaciones en oriente y occidente. La fecha del 10 de octubre fue la primera fijada por Maceo para el alzamiento. Ocurrió, sin embargo, un imprevisto. Cayó el gobierno liberal en España y ascendieron los conservadores de Cánovas del Castillo. Estos eran mucho menos permisivos con los ex mambises. El nombramiento de un viejo conocido, Camilo Polavieja, como capitán general y gobernador de la isla, hizo saltar las alarmas de la urgencia. Sería necesario adelantar el alzamiento. Maceo partió para Santiago de Cuba desde Batabanó, dejando al frente de la conspiración en La Habana a Julio Sanguily. El 25 de julio llegaba a la capital oriental.
El 5 de agosto se fijaría una nueva fecha para adelantar el alzamiento. Se escogería para ello el 8 de septiembre con vistas a aprovechar el movimiento producido por las celebraciones de la Virgen de la Caridad. Polavieja, sin embargo, estaba al tanto de todo y adelantó en la medida de sus posibilidades su llegada a Cuba. El espionaje español había sido efectivo desde el principio. El nuevo gobernador llegó a La Habana el 24 de agosto y poco tiempo después emitió las órdenes pertinentes para expulsar a Maceo de Cuba. Este último sería escoltado por el gobernador de Santiago para abordar un vapor que en pocas horas zarparía hacia Kingston. La acción de la policía tuvo lugar de manera que el general cubano no tuvo oportunidad de tomar ninguna acción que precipitara la sublevación.
Algunos de los conspiradores más notables lograron escapar al arresto, como Flor Crombet, que abandonó el país. Otros fueron detenidos. Para el joven Portuondo, la experiencia fue de gran trascendencia para su futuro. Había entrado en contacto con muchos de los grandes líderes de la revolución independentista en oriente. Con algunos de los imprescindibles, como Guillermón Moncada, llegaría a tener gran cercanía. También había quedado en la órbita de Antonio Maceo, que no descuidaría aprovechar al joven prospecto en la próxima contienda. Sumado a todo esto, su edad lo ponía en una situación singular que no escaparía a la aguda mirada de Martí pocos años más tarde. Se había creado a través de su persona y gracias a su talento, un vínculo natural entre la generación que representaba y la anterior. La de los veteranos de la Guerra Grande, que serían capaces de depositar en él su confianza.
Rafael Portuondo Tamayo seguiría involucrado en proyectos conspirativos, manteniendo los contactos adquiridos y estableciendo otros. En 1893 visitaría Nueva York y conocería a José Martí, el flamante delegado del casi recién creado Partido Revolucionario Cubano (PRC). El PRC había sido creado, precisamente, para aglutinar al elemento independentista cubano y puertorriqueño. Tenía como misión inmediata preparar un alzamiento que condujera a la independencia de Cuba. Con todos estos antecedentes, no es de extrañar que Martí designara a Portuondo representante del PRC en la provincia de Santiago de Cuba. El joven tenía apenas 26 años y debía trabajar en estrecha colaboración con el jefe militar más importante de la región, que le doblaba la edad. Se trataba, sin embargo, de un antiguo conocido: el general José Guillermo Moncada Veranes, más conocido como Guillermón.
Moncada, sin embargo, estaba gravemente enfermo de tuberculosis. Su alzamiento el 24 de febrero de 1895 tuvo lugar sabiendo que no le quedaba mucho tiempo de vida. Sabía que al hacerlo no pasaría sus últimos momentos de sufrida enfermedad en la comodidad del hogar. Antes de morir el 5 de abril siguiente, designó como sustituto en el mando de las fuerzas de Oriente a Bartolomé Masó. Portuondo Tamayo se había sublevado junto a él con los grados de capitán. Pasaría, tras la muerte de Guillermón, a servir bajo el mando del coronel Victoriano Garzón.
Participó en algunos combates importantes durante ese período inicial. Garzón caería en una acción armada en las semanas siguientes, así que Portuondo tendría como jefes inmediatos sucesivos a Jesús Rabí y el propio Masó.
Antonio Maceo había desembarcado por Duaba el 1 de abril y a los pocos días ya había asumido el mando supremo de Oriente. En la noche del 11 de abril desembarcarían Martí y Máximo Gómez por Playitas de Cajobabo. Los principales líderes se iban sumando a la guerra y las fuerzas alzadas se organizaban mejor. A este período corresponde la célebre carta que le escribiera Martí a Portuondo desde Dos Ríos. La reproducimos íntegra por su brevedad y su relevancia:
La Jatía, 12 de mayo (1895).
Sr. C. Rafael Portuondo Tamayo.
Cuartel General del Mayor General Antonio Maceo
Rafael:
En ti, al vuelo, junto en un abrazo a tus amigos jóvenes, que aun veo detrás de mí, con sus rostros resplandecientes, como una cohorte de hijos. Me los traje en el corazón, por bravos, por sensatos, por su radical y generoso pensamiento. Triste yo, si no he merecido quedar en el suyo. Le va el correo. Peleen, y piensen. —El abrazo a Diego Palacios y a su hermano, a Salcedo, a Castro, a Pazan, a tantos. —Y a Mariano, y a ti, el orgullo con que ve encarnarse en Vds. valiente y cívica, a Cuba. Escriban largo a su
José Martí
La célebre Reunión de La Mejorana había ocurrido justo una semana antes. En ella, Maceo y Martí habían tenido una confrontación respecto al modelo que debía adoptar la futura República en Armas. Maceo pretendía un gobierno dominado por el elemento militar. Martí buscaba un ejército con libertad de acción, pero preservando instituciones civiles fuertes que prepararan el terreno para una Cuba independiente en democracia y libertad. Justo al pasar una semana de la carta a Portuondo, Martí caería en combate. La doble lealtad del joven Capitán a Martí y a Maceo suponen un conflicto difícil de descifrar, pero cuyas implicaciones veremos de inmediato.
Tras la muerte de Martí, el acercamiento a Maceo fue creciente. El 27 de mayo, el líder supremo de Oriente tuvo noticia de la caída de Martí. Convocó para el 31 una reunión con su Estado Mayor y los principales jefes bajo su mando. El objetivo era definir los pasos a seguir y el proyecto oriental para la constitución de una futura República en Armas. Esta reunión se conoce como Parlamento de Bijarú, por el lugar donde fue realizada. Asistieron a ella varios oficiales de gran relevancia y figuras como Rafael Manduley y Rafael Portuondo Tamayo. Ambos serían delegados a la Constituyente de Jimaguayú y a la de 1900-1901.
De Bijarú los orientales saldrían con un proyecto bien definido. Portuondo, además, sería designado Auditor del Departamento Oriental el 1 de junio. El día 29 del mismo mes ascendería al grado de Comandante. En las semanas siguientes, sería elegido para integrar la delegación oriental a la Constituyente de Jimaguayú. Lo acompañaban Joaquín Castillo Duany, Mario Sánchez Vaillant y Pedro Aguilera Kindelán por el Primer Cuerpo. Por el Segundo concurrían Rafael Manduley, Enrique Céspedes Sánchez, Rafael Pérez Morales y Marcos Padilla Águila, que suplió a otro delegado. Portuondo llevaba la voz cantante del grupo representativo del Primer Cuerpo y sería el más activo defensor del proyecto maceísta. Manduley había venido con una doble representación, pues había sido designado por ambos Cuerpos. Finalmente se decantaría por el Segundo para que cada representación tuviera cuatro delegados.
Completaban el grupo de 20 constituyentes dos delegados por el Tercer Cuerpo, cinco por el Cuarto y otros cinco por el Quinto y Sexto. Por razones organizativas, y para equiparar la representación, esta distribución estuvo sujeta a cambios. Fermín Valdés Domínguez, habiendo sido elegido por el Cuarto Cuerpo, de Las Villas, pasaría a unirse a la delegación del Tercer Cuerpo, de Camagüey. Lo mismo haría Enrique Loynaz del Castillo, elegido en representación de occidente.
Los orientales de Maceo, encabezados por Portuondo, venían con un proyecto de Constitución bien definido. Proponían un modelo donde el poder ejecutivo, el legislativo y el militar estarían concentrados en un mismo órgano. Sólo el judicial gozaría de alguna independencia. Salvador Cisneros, que junto a Lope Recio Loynaz había sido electo por el Camagüey, traía un proyecto muy cercano a la Constitución de Guáimaro. El proyecto de Cisneros fue desechado enseguida. Los orientales de Portuondo consiguieron que la base de la nueva constitución fuera, esencialmente, su propuesta. La Asamblea aceptó el establecimiento de un Consejo de Gobierno que concentrara lo poderes ejecutivo y legislativo. El problema estuvo en el artículo 13, que proponía la conjunción con los anteriores del llamado “poder militar”. Proponía este artículo que el presidente fuera a la vez el Generalísimo del Ejército, con libertad para dirigir y ejecutar acciones militares.
El punto desató la discusión más importante del cónclave. Por supuesto que Cisneros estaría entre sus más fervorosos opositores. Los más efectivos serían, no obstante, Enrique Loynaz del Castillo y Fermín Valdés Domínguez. La fórmula propuesta por estos era más cercana a la que había insinuado Martí. El ejército libre y la república debidamente constituida. Portuondo sería el defensor principal de la unidad absoluta de mando. Se llegó a discutir si la representación de los delegados era del pueblo cubano o del ejército. Si podía considerarse constituido, jurídicamente hablando, al pueblo cubano o sólo al pueblo de Cuba en armas.
Portuondo se defendía aduciendo que la unidad de mando daría mayor prestigio al liderazgo de la revolución y facilitaría el acatamiento de su autoridad. Que no se trataba de la implantación de un gobierno militar. Se trataba de uno en el que no pudieran originarse conflictos similares a los que habían tenido lugar en la otra guerra. La distinción que ensayaba no conseguía, sin embargo, convencer a nadie. En las sucesivas votaciones relativas a este punto, el grupo que dirigía quedó siempre en minoría. Se aceptó, no obstante, la mayor parte de sus otras propuestas.
Estas discusiones son interesantes en relación con las que se produjeron después respecto al preámbulo. Se había propuesto un artículo en el que se declarara la existencia de una Cuba independiente. La mayoría, sin embargo, entendió que el mejor lugar para una declaración semejante sería el preámbulo. Se elaboraron tres proyectos de preámbulo en este sentido. Loynaz del Castillo redactó una propuesta donde se proclamaba la República democrática e independiente, continuación del proceso iniciado el 10 de octubre de 1868.
Portuondo junto a, por esta vez, Fermín Valdés Domínguez, no aceptaron la idea. Pidieron que se consignara simplemente el derecho del pueblo cubano a luchar por su independencia y establecer esa República democrática. La fórmula aceptada fue la de Santiago García Cañizares: “Declaramos a Cuba libre de la dominación española, constituyendo una nación independiente como República democrática”.
Puede especularse mucho acerca de la oposición de Portuondo a la proclamación de la República democrática. Su argumento en los debates se limitaba a señalar que no era el momento oportuno. Teniendo en cuenta su defensa del modelo concentrado de poder, esta reticencia podría levantar muchas suspicacias. ¿Estaría ciertamente allanando el camino para la implantación de una dictadura? El apoyo de Valdés Domínguez, sin embargo, no parece casual. Quizá Portuondo estaba plantando una reserva mental muy importante que no podía reconocer del todo. Estaba defendiendo un modelo dictatorial de gobierno, pero con carácter provisional. Sólo mientras durase la guerra y por razones puramente pragmáticas, no ideológicas. Es posible que no quisiera que se identificara ese modelo con una declaración presente de la República democrática. La República que se establecía en ese momento, no lo era. Por eso su insistencia en que no era oportuno y en anunciarlo solamente como derecho.
La Constituyente estuvo debidamente firmada el 18 de septiembre de 1895. Ese mismo día fueron elegidos los miembros del Consejo de Gobierno que establecía. A Salvador Cisneros le tocó padecer lo mismo que había padecido Céspedes en 1869. Ser puesto al frente de la primera magistratura en el marco de una Constitución que no era de su agrado. Lo acompañaría como vicepresidente Bartolomé Masó. El secretario de Guerra sería Carlos Roloff, con Mario García Menocal como vice. La Secretaria de Hacienda correspondería a Severo Pina Marín, con Joaquín Castillo Duany de segundo. Interior estaría a cargo de Santiago García Cañizares, acompañado por Carlos Dubois. El ahora teniente coronel Rafael Portuondo Tamayo sería electo secretario del Exterior. Lo acompañaría como vice secretario Fermín Valdés Domínguez.
Portuondo desempeñaría su cargo durante el período que estaría vigente la Constitución. Este se encontraba definido en su propio texto y tendría una extensión de dos años si no se alcanzaba antes la paz con España. Durante su ejercicio como secretario presentó el proyecto que instrumentaba la representación en el extranjero de la República en Armas. A partir de este documento se implementó el exitoso Departamento de Expediciones que funcionaría por el resto de la guerra. Viajaría a los Estados Unidos en labores de coordinación y regresaría con la segunda expedición del Three Friends en mayo de 1896. Pocos días después sería ascendido a coronel. En agosto de ese mismo año asumió de manera interina la cartera de Guerra.
En septiembre de 1897 debió haberse celebrado la nueva constituyente pues terminaban los dos años reglados en la Constitución de Jimaguayú. Por dificultades propias de la guerra, especialmente el cruce de la Trocha de Júcaro a Morón, parte de los delegados sufrió retrasos en su traslado. Finalmente pudieron reunirse en el mes de octubre para elaborar la nueva Constitución y evaluar el trabajo del Consejo de Gobierno saliente.
Para Portuondo fue relevante la crítica que mereció su desempeño como Secretario de Guerra, cargo que desempeñaba de manera interina. José Braulio Alemán, representando a la comisión encargada de evaluar su trabajo, le reprochó la falta de diligencia en la recopilación de ciertos datos. Se trataba de información que debían proveer los jefes militares de cada región y que no siempre estaban dispuestos a facilitar. Portuondo intentó justificarse con este argumento. Incluso el presidente saliente, Cisneros, intentó defenderlo asegurando que se trataba de datos que muchas veces los jefes no tenían. Alemán no aceptó ninguna de las excusas. A Portuondo le insistió en que su deber no era solicitar, sino pedir la información. A Cisneros le dijo que él mismo, Alemán, había sido subinspector del Cuarto Cuerpo y disponía de un archivo amplísimo en esas materias.
De todas maneras, el incidente no tuvo mayores consecuencias para Portuondo. Ni siquiera estuvo entre los más graves de la Asamblea. Eusebio Hernández había renunciado a su elección por el Sexto Cuerpo. Se consideraba agraviado porque, según afirmaba, Máximo Gómez había impedido que lo eligieran por el Cuarto. Fermín Valdéz Domínguez saldría de la Asamblea procesado penalmente, por proferir injurias a la misma en un escrito que le dirigiera.
La firma de la Constitución de La Yaya tuvo lugar el 30 de octubre de 1897. Después de hacer entrega de sus cargos, Portuondo Tamayo sería nombrado Inspector del Departamento Oriental. Estaría bajo las órdenes de Calixto García y detentaría el grado de general de brigada. Desempeñando estas funciones llegó la intervención de los Estados Unidos en la contienda y el fin de la guerra.
Al ser convocada la elección de los miembros de la Asamblea de Representantes, Portuondo Tamayo fue elegido una vez más por el Primer Cuerpo. La Constitución de La Yaya establecía que este órgano sustituiría en sus funciones al Consejo de Gobierno una vez alcanzada la paz. La situación era ambigua. Algunos opinaban que era inoportuno crear la Asamblea. Esta, no obstante, comenzó a sesionar en el poblado de Santa Cruz del Sur en noviembre de 1898. En enero de 1899 sesionaría en Marianao y luego en el Cerro. Es ampliamente conocido el destino de este órgano representativo del independentismo revolucionario. Lo hemos comentado en las biografías de otros delegados a la Constituyente de 1900-1901 que también formaron en sus filas.
Acerca de Portuondo Tamayo y su desempeño en este período sólo es necesario mencionar dos cuestiones. La primera, que presidió la Comisión Ejecutiva encargada de realizar algunas de las funciones que antes realizaba el Consejo de Gobierno. La segunda, que formó parte del sector de la Asamblea en conflicto con Máximo Gómez, por su desobediencia al órgano al que se subordinaba.
La Asamblea se disolvió el 4 de abril de 1899 ante la inoperancia de sus actuaciones. La Comisión Ejecutiva presidida por Portuondo estuvo trabajando unas semanas más para dejar en orden cuestiones relativas a grados y nombramientos del Ejército Libertador. Él mismo terminaría la guerra con los grados de general de división.
Por la Orden 129 del 2 de agosto de 1899, el gobierno de Brooke nombró a Portuondo fiscal de la Audiencia de Santiago de Cuba. La Orden 341 del 28 agosto de 1900 dispondría su traslado a la Audiencia de Puerto Príncipe. En el ejercicio de ese empleo se vería involucrado en el proceso electoral que lo llevaría a ser delegado de la Constituyente. Valiente y cívico, lo veríamos una vez más en la Convención de 1900-1901. Quedará, sin embargo, para otro momento, hablar sobre el período final de su vida.
