Manuel Sanguily. Imagen restaurada con Grok.

El 26 de marzo de 1848 nació en La Habana Manuel Sanguily Garrite. Como su muerte ocurrió en enero, nos ocupamos en aquella fecha de la primera parte de su vida hasta la Constituyente de 1900-1901. Ahora le toca el turno a los años posteriores, hasta la fecha de su muerte acaecida el 23 de enero de 1925. Unos años donde Sanguily fue senador, diplomático, secretario de despacho, director de escuela, e ilustre veterano de las guerras de independencia y la política cubana.

Lo habíamos dejado anteriormente como director del Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana y asistiendo a los debates de la Convención. Hablamos acerca de su personalidad vehemente, sus conflictos con Máximo Gómez, sus celos de Martí. También resaltamos sus dotes como orador, uno de los más brillantes practicantes del género en la historia de la isla. Por eso no es de extrañar que en los debates de la Constituyente Sanguily interviniera con regularidad. De hecho, era raro el día que no terciaba en una discusión. Estaba siempre en el centro de la vorágine cuando se trataba un tema polémico. Su enorme habilidad para la comunicación le hacía salir airoso con frecuencia.

Poseía dones excepcionales como orador. No sólo facilidad de palabra, sino también el porte, el gesto, la voz, la imaginación y el histrionismo que eran requisito indispensable del éxito oratorio. Sabía captar la atención de su público de inmediato y mantenerla a todo lo largo de sus intervenciones. Se valía de la retórica con la elegancia de la que sólo eran capaces los grandes talentos. Podía crear imágenes imborrables que se fijaban en la memoria de sus oyentes. El despliegue de sus habilidades era en extremo efectivo y cautivador. Tomaba posesión de la sala, dueño de las emociones que invocaba a su antojo y transmitía a un público absorto.

Con todas estas dotes, nunca llegó a ser un político “de popularidad” por muy conocido, efectivo y respetado que se le considerara como orador. Esta aparente paradoja puede entenderse mejor cuando se le compara con un contemporáneo suyo, apenas cinco años menor que él: José Martí. Quién mejor para establecer esa comparación que José Manuel Carbonell, admirador ferviente de ambos próceres.

El 20 noviembre de 1925, Carbonell pronunció un discurso en honor a Manuel Sanguily, que había muerto el 23 de enero de ese año. La ocasión era la inauguración del curso académico de la Academia Nacional de Artes y Letras, de la que Carbonell fue miembro fundador y presidente. La Imprenta “El Siglo XX” lo publicó, junto a numeroso material documental en sus anexos, ese mismo año. La obra es invaluable para estudiar la figura de nuestro constituyente. Lleva por título: Manuel Sanguily, adalid, tribuno y pensador. Mezcla información histórica de primera mano con experiencias personales del autor, que fue su amigo cercano.

En cuanto a la comparación con Martí, está presente en varios momentos dela obra. Carbonell, que profesaba lealtades paralelas e incuestionables a ambos, reconocía la rivalidad y las reservas de Sanguily respecto al líder del Partido Revolucionario Cubano. Es interesante el relato de su primer encuentro con el veterano de la Guerra Grande:

Yo era un niño entonces, y aunque temeroso de importunarlo, acechaba el momento de acercármele para oír sus charlas sugestionadoras, de provechosa, enseñanza. Como idólatra de Martí le fui presentado, y él se encargó de registrarme la mente, ávido de que le contara mis impresiones del Apóstol; su manera tribunicia, la influencia que ejercía sobre, su auditorio, el metal de su voz, sus ademanes de incomparable expresión. Debí parecerle un apasionado, porque recuerdo que me rebatió dejándome un tanto mohíno.

(Carbonell, p. 22)

Carbonell tenía alrededor de 15 años en ese momento. Martí era una pasión de familia. El padre, Néstor Leonelo Carbonell, había sido el anfitrión de Martí en aquella visita a Tampa de 1891, tan significativa para la historia de Cuba. Ahí pronunció los célebres discursos “Con todos y para el bien de todos” y “Los pinos nuevos”. Ahí comenzó a germinar la semilla del Partido Revolucionario Cubano y la nueva insurrección. El hermano mayor, Eligio Carbonell, había sido el artífice de la invitación extendida a Martí por el Club Revolucionario Ignacio Agramonte para que los visitara. Se dice que fue quien inclinó la balanza en favor de Martí, cuando se dudaba entre invitarlo a él o a Sanguily.

Los dos maestros de la tribuna se llevaban apenas cinco años de edad, pero habían bastado para marcar notables diferencias entre ellos. Manuel había podido participar en la Guerra Grande. Era veterano de las filas gloriosas de Ignacio Agramonte. Tenía el orgullo, y un poco la altivez, que acompaña a la hazaña heroica. Como muchos, se sentía un poco dueño del ideal colectivo por haber arriesgado la vida en su favor. José Julián, sin embargo, no había pisado la manigua. La edad quizá le hubiera permitido hacerlo, pero la oportunidad nunca llegó. De ahí que muchos veteranos como Sanguily lo miraran con desconfianza a medida que despuntaba como líder de la nueva gesta. Un liderazgo que alimentaba, sobre todo, la generación de José Manuel, de su hermano mayor, Eligio, y de su hermano menor, Néstor.

Sanguily, a la desconfianza natural del veterano, sumaba el celo del rival. Martí también era un poderoso orador, un escritor sublime, un pensador agudísimo. Sobre todo, a diferencia de Manuel, sabía conquistar corazones, no sólo cerebros. Donde Sanguily era elocuente, pero frío y distante, Martí era igual de persuasivo y, además, capaz de transformar el ardor del momento en convicción vital. Martí ganaba con inusitada facilidad el afecto popular que le estaba negado a Manuel. El propio José Manuel Carbonell ensayaría la siguiente comparación entre ambos:

Si fuera a establecer un paralelo entre esas dos figuras del ciclo emancipador, que tanto influyeron en las decisiones del pueblo cubano en los diez y siete años que siguieron al Zanjón, diría que unifica sus vidas la devoción patriótica y la fidelidad al ideal, y las separa la fe, que es en Martí palanca de Arquímedes, estimulada por el amor, y en Sanguily piqueta de Palloy, avivada por la incredulidad en el esfuerzo nativo. El uno fue pregonero y profeta de las virtudes del cubano, que le decía al oído palabras evangélicas de esperanza; el otro era como juez inflexible que ponía al sol sus machas y con una centella de realidad le azotaba el rostro creyéndolo incapaz de reanudar el combate y desposarse con la libertad, entre escombros y cenizas. Para Martí, el pasado abonaba la capacidad del criollo, y era venero de inagotables redenciones; Sanguily, por el contrario, creía que el culto del sacrificio había degenerado; Martí sintetizaba el porvenir, Sanguily el presente; Martí anunciaba que de la molicie concupiscente y el concubinato con el crimen, saldrían a triunfar glorias del pecho más obscuro; Sanguily rugía de cólera contemplando la turba de parias que se divertía en los toros, y enronquecía gritando ¡vivan las cadenas! al paso de los infantes. Esa es la diferencia esencial entre Martí y Sanguily, y de ella se derivan los resultados consecuentes. Pero la fe de Martí y la duda de Sanguily se completaron y dieron opima cosecha. El uno doctrinaba, creía, llevaba nido de águilas en el corazón, y en el cerebro un reflector divino para escrutar el porvenir; el otro, sin envainar la espada del combate, tronaba contra el deshonor y el contubernio, inculpaba a los sátrapas, y a los que no se alzaban contra ellos, pusilánimes o inconscientes.

(Carbonell, p. 23-24)

Martí terminó acallando a los que dudaron de él. Los que veían un advenedizo insolente que pretendía triunfar donde otros habían fracasado. La sublevación se hizo efectiva y él mismo, Martí, dio su vida en el campo de batalla. Sanguily colaboró con la empresa libertadora, pero siempre albergando recelos y dudas. Los fracasos de juventud y las experiencias de entreguerras habían hecho de él un pesimista. Aunque no de aquellos que sabotean desde el resentimiento, sino de los que participan en la obra sin hacerse muchas expectativas. Por eso estuvo en la política activa en cuanto se hizo practicable en Cuba. Por eso también actuó, en muchas ocasiones con un pragmatismo casi derrotista.

Para que se entienda mejor, digamos que en la Convención, como hemos afirmado, no se perdía un debate. Siempre tenía una opinión, siempre “echaba la pelea”. La derrota, sin embargo, nunca parecía sorprenderle ni abatirle. Era como si la estuviera esperando. Defendió el sufragio universal, la separación de Iglesia y Estado, la libertad de enseñanza. Contribuyó con su enorme influencia a darle a la Constitución la fisionomía radicalmente liberal que tuvo. Era, para él, una obra entrañable que siempre defendió.

Cuando llegó el turno de discutir la Enmienda Platt, se opuso, como cabría esperar. Fue, sin embargo, de los que cambiaron su voto en cuanto percibieron la intransigencia del gobierno de los Estados Unidos. Había estado dispuesto a regalar la Isla de Pinos y otorgar cuantos derechos sobre bases navales y carboneras con tal de evitarse la Enmienda. Reconoció, no obstante, que la resistencia era inútil y no quedaba otra posibilidad que dejar evolucionar la situación a lo largo del tiempo. ¿Cuál podía ser la alternativa? ¿Quedarse estancados en la situación presente de manera indefinida? ¿La guerra suicida con los Estados Unidos de un país agotado y más dividido aún que antes? Sanguily comprendió, además, que en fin de cuentas la Enmienda era aceptable para un sector de la sociedad. Lo importante era que la República acabara de nacer, a cualquier precio. No podía postergarse más.

Al menos esas son las ideas que traslucen de su voto particular aprobando la adopción del Apéndice Constitucional. Al establecerse el primer gobierno de la República, sería electo para formar parte del Congreso como senador por la provincia de Matanzas. Desde esa institución, que llegaría a presidir en algún momento, todavía se atrevió a defender algunas causas perdidas. Presentó un proyecto contra la venta de tierras a extranjeros. Se opuso al tratado de reciprocidad comercial con los Estados Unidos. Se enfrentó, en fin, a todo aquello que contribuyera a reforzar el vínculo que ya había hecho demasiado estrecho la propia Enmienda.

Su obra en el Senado fue tan intensa como cabría esperar de él. En todas las batallas llevaba la voz cantante de su facción. A veces esto no determinaba la victoria, pero era una baza invaluable para sus correligionarios. El 21 de enero de 1905 sufriría una desgracia terrible en la esfera familiar que le cambiaría la vida para siempre. Tendría que enfrentar la muerte de Mario, su primogénito, que era apenas un adolescente. Esa pérdida lo golpeó de una manera tan demoledora que se hizo evidente para todos los que le rodeaban. Su cuerpo y su espíritu flaquearon. Enfermó de gravedad. Sus compañeros del Congreso, en un gesto generoso, acordaron ofrecerle medios para que emprendiera un viaje a Europa con vistas a recuperarse.

Mario Sanguily y Arizti (El Fígaro, 21 de enero de 1906).

Desde París, y otros escenarios franceses, escribiría cartas conmovedoras a sus amigos. Carbonell cita algunas de ellas en su conferencia y no puedo resistirme a transcribir algunos fragmentos aquí. Se trata de testimonios de un calor humano muy íntimo, pero profundamente universal al mismo tiempo. La pérdida personal, la lejanía de la patria, la conciencia de la muerte y fugacidad de la vida lo llevaron a reflexiones entrañables. En carta a su amigo Enrique Hernández Miyares le diría:

Si le abriera a usted mi corazón tendría, que confesarle que en medio del grandioso París extraño, a la pobre y modesta Habana; y que pienso, entre tantas maravillas acumuladas por los siglos y creadas por el arte, que dos veces en la vida deben emprenderse viajes al extranjero, una vez para sentir emociones nuevas y ensanchar el círculo de los conocimientos, y otra, en el otoño, cuando nos sentimos desencantados y creemos legítimo menospreciar lo nuestro; porque entonces seguramente nos convenceríamos de que lo nuestro no es tan despreciable, y que en cambio, es muy probable que nada extraño es superior en el fondo. En lo que a respecta, puedo afirmarle que si este viaje no me restaura la salud perdida, al menos me reconciliará con mis paisanos a quienes voy considerando ya como la gente más bondadosa, más dulce, más humana del mundo. Es una desgracia que necesitemos expatriarnos para saborear las dulzuras incomparables de la patria, y que sólo la fría comparación con los demás nos imponga la convicción del propio.

(Carbonell, p. 30)

En una nota aún más personal, entrelazaría los afectos, las nostalgias como experiencias de lo público y lo colectivo con la pérdida privada, pero universal:

No extrañe usted, pues, que le diga, que a los tres días de París ya estaba aburrido, —que ya estaba nostálgico. Tengo ansias de volver. Prefiero el Malecón a los Campos Elísios (sic). Mi gente sencilla, a este temporal humano que pasa en vortiginosa carrera como una tromba arrebatada en espirales incesantes alrededor del Arco y del Obelisco, en el Bois y por los boulevares… Tengo la tristeza del que vive en lo que no es suyo, entre desconocidos que se cruzan con uno un segundo para no volverse a ver jamás, donde falta el afecto del amigo, el conocimiento del vecino, el interés público. Tengo, también la nostalgia del cementerio de Colón. Yo no creí nunca que pudiera atraerme lo que tanto horror me producía. Pero allí está guardado mi pobre Mario! Aunque a decir verdad está siempre aquí, conmigo, con nosotros. Pensamos siempre en él, le lloramos continuamente. El domingo, en Versalles, a donde nos llevó Emilio Ferrer con su familia, frente a la cama en que se acostaba Napoleón, a la otra en que murió Luis XIV, yo no veía con los ojos de la mente ni al gran rey ni al inmenso Emperador extendidos entre el oro de los alicatados y sobre las sábanas de preciosa seda: veía la modesta cama de la Clínica Internacional, aquella mañana de enero en que se apagaron los ojos ideales del niño que yo había amado con tan profunda ternura!

(Carbonell, 30-31)

La muerte de Máximo Gómez le sorprendió aún en Francia. Había sido uno de los más intransigentes opositores del general. Lo había tachado de tener inclinaciones autoritarias y de aplicar con crueldad su despiadada disciplina y de insubordinarse contra el Gobierno y luego la Asamblea. Aún así, era un correligionario de toda la vida. Un símbolo para las multitudes que componían la República. Una pérdida que tendría resonancias inevitables. Una pérdida que asumiría como suya debido a la empatía solidaria provocada por la propia:

Del pobre general muerto, sólo le diré que lo he sentido como cosa mía, y ni hablo de esa desventura. Al pensar en ella, en cuanto ella representa de grandes cosas comunes, que con ella y por ella se fueron, pienso por fuerza en la que se llevó de mí mismo, como una zarpa, el entusiasmo, la felicidad y casi la razón misma de vivir!

Ahora están bastante cerca en el Cementerio los que parecían estar tan distantes en la vida: el viejo y glorioso caudiIlo que recuerda para mí, mi historia de joven, y mi hijo, que era para mí un estímulo, un orgullo, un motivo eterno de luchar y de esperar. El anciano y el adolescente, a pocos pasos uno del otro, condensan y resumen casi toda mi vida y toda mi alma. Es una triste conclusión de la existencia, que todo pasa y muere, y que al fin, la vida del hombre y la vida de la sociedad están llenas de tristeza mortal, y eternamente amenazadas de olvido, como la última y sarcástica, vanidad del destino.

(Carbonell, 32)

Continuaba llamando la atención acerca de que la muerte del general significaba la desaparición del último criterio de autoridad que mantenía unida a la República. Los acontecimientos apuntarían a darle la razón. En pocos meses la guerra civil azotaría al país y una nueva intervención extranjera se haría inevitable. Sanguily deploró el estado de cosas a la que había quedado reducida la que podría considerar la obra de su vida. Regresó a La Habana donde fue agasajado con frecuentes honores.

En 1907, los hermanos Carbonell —José Manuel y Néstor— lo invitaron a un banquete en su honor como directores de la revista Letras. Pronunciaron discursos Antonio Zambrana, Eliseo Giberga, Eusebio Hernández, Mariano Aramburo —en nombre del Diario de la Marina— y el propio Sanguily. En su discurso, recapituló las experiencias personales que le llevaron al retraimiento y los avatares de la República en ese mismo lapso. Terminó llamando a la reconstrucción de la obra libertadora. La cita marcó su regreso a la vida pública.

De inmediato encontró qué hacer. En el propio año de 1907 fue enviado para representar a Cuba en la Conferencia Internacional de la Paz en La Haya. En la delegación iban también con él Antonio Sánchez de Bustamante Sivién y Gonzalo de Quesada y Miranda. Se trataba de tres personalidades de cuidado. Las tensiones entre ellos no demoraron en desaparecer. Quesada había sido su compañero de encontronazos en la Constituyente. Bustamante lo había sido en el Senado. Los egos que en Cuba habían encontrado convivir, de algún modo no encontraban suficiente lugar para los tres en Europa. Sanguily estuvo a punto de renunciar, pero la situación no tuvo mayores consecuencias.

Al restaurarse la República en 1909, Sanguily estaría una vez más en el Congreso como senador. Lo acompañarían algunos viejos conocidos y otros nuevos. Al frente del Ejecutivo se encontraba José Miguel Gómez y puede decirse que en las elecciones había arrasado el Partido Liberal. Sanguily había militado en el Partido Republicano de La Habana en tiempos de la Constituyente. Su deriva política lo llevó al seno del liberalismo, aunque era de esas figuras cuyo prestigio rebasaba los límites de los partidos. Tenía enemigos y detractores, como es lógico, pero no precisaba de arrastrarse en el barro de la política para satisfacer sus intereses. En otras palabras, el partidismo en él no era tan fuerte como en otros. No era animal de partido. No necesitaba al partido para sobrevivir.

No es de extrañar que José Miguel Gómez lo quisiera en su gabinete y no tardó en nombrarlo Secretario de Estado. Al frente de la diplomacia cubana, Sanguily tuvo que enfrentar retos singulares. Quizá el más extendido en el tiempo fue el de la llamada Reclamación Tripartita de Francia, Gran Bretaña y Alemania. Estas potencias europeas exigían indemnizaciones al Estado Cubano por la pérdida de bienes de sus nacionales durante las guerras de independencia. La situación era sumamente delicada no sólo en relación con el impacto económico, sino también con el estatus internacional de Cuba. Por un lado, presentaba la oportunidad de sacar provecho de la Enmienda Platt. Por el otro, implicaría justificar su utilidad y beneficio para Cuba. De lo que se trataba era de cosechar el beneficio sin validar la Enmienda.

Durante toda su gestión Sanguily resistió el embate. Trató de dilatar el proceso mientras no pudo alcanzar una resolución favorable. El gobierno de Taft era remiso a involucrarse y prácticamente dejó abandonada a Cuba. El tema tendría un final favorable, pero durante la gestión como Secretario de Estado de Cosme de la Corriente, en el gobierno de Menocal. El cambio de actitud del nuevo presidente estadounidense, Woodrow Wilson, fue determinante. De todas maneras, la actuación de Sanguily fue ejemplar. Resistió, cabildeó, organizó a la opinión pública en contra de la reclamación a través de las asambleas de notables. Preparó el terreno para que pudieran recogerse finalmente los frutos.

El conflicto surgido tras la ilegalización del Partido de los Independientes de Color también puso a la diplomacia cubana en graves aprietos. Una nueva intervención estadounidense parecía inevitable. El gobierno de José Miguel Gómez hizo todo lo posible para evitarlo. Sanguily estuvo al frente del esfuerzo, dando garantías al gobierno de Estados Unidos y convenciéndolo de que una intervención en toda regla empeoraría la situación. Finalmente, se pudo evitar lo peor, al menos en este sentido. Las tropas estadounidenses sólo ocuparon algunas posiciones que era necesario proteger para que más tropas cubanas quedaran disponibles en el teatro de operaciones. A Sanguily se debe en gran medida el haber mantenido lejos por esta vez el fantasma de la intervención.

Las elecciones de 1912 se preveían muy disputadas. La experiencia de 1905 hacía temer nuevas irregularidades. Por lo menos el presidente José Miguel Gómez había renunciado a la reelección, siempre conflictiva en Cuba. Por los conservadores el candidato era, una vez más, Mario García Menocal. Por los liberales, Alfredo Zayas. Estos últimos, sin embargo, estaban divididos. La mala relación entre el presidente Gómez y su vicepresidente Zayas se haría notar en la elección. El liberalismo miguelista favoreció la candidatura conservadora, con tal de no ver presidente a su presunto correligionario zayista. Para evitar escándalos, no obstante, José Miguel nombró Secretario de Gobernación a Sanguily, que tenía prestigio y fama de neutral y honesto. Los derrotados de todas formas protestaron, pero depositaron toda la responsabilidad en el jefe de la Guardia Rural, José de Jesús Monteagudo.

Durante el gobierno de Menocal, Sanguily fue designado director de Escuelas Militares. Cuando el presidente se presentó a una reelección que, además, ganó de manera irregular, Sanguily renunció. Este fue prácticamente el último empleo público que desempeñó. Se acercaba a las siete décadas de vida y llegaba el momento de la jubilación. Por otra parte, el estado de cosas de la República le parecía lamentable. Ante la asonada menocalista volvió a ponerse de moda la idea de reformar la Constitución. Recordando su pasado de “juez inflexible” que con una “centella de realidad” azotaba el rostro de los cubanos, según decía Carbonell, Sanguily diría al respecto:

…la Constitución ni contiene graves defectos ni sería jamás culpable de los males que se palpan. El mal no está en la ropa que nunca se ha usado propiamente. La calentura, o los vicios, están en el alma de los enfermos y no en su guardarropía. Con enmiendas constitucionales o sin ellas, donde no hay más que hombres que fueron hechos para mandar sin frenos o someterse sin escrúpulos, donde no hay mas que intrigantes, ambiciosos, herederos de los esclavos o de sus amos empedernidos, la gran hipocresía y la vergonzosa cobardía colonial, no es preciso enmendar Constituciones que no rigen en la práctica ni regirán nunca!

(Carbonell, 39)

La decepción respecto a la situación no era exclusiva de él y a pesar de su edad se dejaría involucrar en empresas no siempre exitosas. En 1919 su amigo José Manuel Carbonell y Manuel Márquez Sterling lo abordaron en su casa con una idea. La fundación del Partido Nacionalista, que debía levantar la bandera del viejo liberalismo radical. Sanguily se involucró, incluso, en la redacción de un manifiesto. El esfuerzo, sin embargo, no fue fructífero. El cinismo imperante en la vieja generación liberal haría imposible la propagación de la idea. Para la nueva generación era todavía demasiado pronto. Y Sanguily no se arrepintió de haber participado. “Usted con su entusiasmo quemante me ha arrastrado a esta aventura, pero no estoy arrepentido”, serían sus palabras para Carbonell.

A lo largo de sus últimos años, la enfermedad iría debilitándolo poco a poco. Le fue diagnosticada, según la terminología al uso en la época, una neurastenia. El descanso de la actividad intelectual que le recomendaban los médicos era imposible para él. Carbonell, que lo visitaba en su domicilio, fue testigo del paulatino deterioro y de la resistencia a disminuir la actividad intelectual. Según su testimonio, nunca había conocido otro conversador como Sanguily, salvo el propio José Martí. La tertulia del Café Tacón era célebre por su presencia habitual. La lista de amigos que se habían reunido ahí a lo largo de varias décadas incluía muchos nombres distinguidísimos, algunos arrebatados prematuramente por la muerte. Entre ellos, algunos compañeros de la Constituyente como Enrique Villuendas, Eudaldo Tamayo y Rafael Portuondo Tamayo. En los años finales de Sanguily, ya habían muerto todos.

Al gran orador le tocó el turno el viernes 23 de enero de 1925. La última vez que Carbonell lo visitó estaba postrado, con una cánula de oxígeno en la boca. No se verían nunca más. A las exequias fúnebres concurrieron las más altas autoridades de la República encabezadas por el presidente Alfredo Zayas y el presidente electo Gerardo Machado. A propósito, el Senado había formulado un proyecto de ley aprobado sin discusión en la Cámara. Se establecían en él tres días de duelo nacional, honores de presidente de la República en sus funerales y otros homenajes. Entre ellos, colocar una placa con su nombre a la derecha del respaldo del asiento del Presidente del Senado.

Para Manuel Sanguily terminaba una larga vida “tronando contra el deshonor y el contubernio” de los sátrapas y los que no se levantaban contra ellos. Para Cuba, estaba por abrirse una nueva etapa de convulsiones, violencias y desórdenes, que no sería la última.

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