
Ayer un joven amigo me obligó a peregrinar hasta la tumba de Salvador Cisneros Betancourt en el cementerio de esta ciudad de Camagüey. Sitio cualquiera, con un pequeño monumento, muy descuidado. Visitamos también el lugar de sepultura de Joaquín de Agüero y sus compañeros de fusilamiento, protagonistas del primer alzamiento cubano contra el despotismo español.
Confieso que siento una reverencia filial, de índole religiosa, frente a ciudadanos como estos. También una envidia. Pero sobre todo me admiro, racionalmente, de cómo un país de sólo un millón de esclavos blancos y negros, según definición de Carlos Manuel de Céspedes, pudo engendrar una idea de nación, actualizada con lo más avanzado del mundo de entonces —y de hoy—, y lanzarse a una pelea aparentemente imposible: derrotar a un imperio con las manos casi vacías. Y generando un orden legal y espiritual para siglos.
Si la dirección de esta hazaña tuvo fallos, sigo quitándome el sombrero. O más bien la gorra.
El proceso político de la Guerra Grande tiene dos etapas claramente definidas: de Yara hasta la destitución de Céspedes, y desde Cisneros hasta Baraguá.
Pero cuidado: no es la destitución de Céspedes lo que, en sí, determina el declive del proceso.
Hay que entender que estas dos etapas poseen momentos distintos. En la primera, de Yara a Guáimaro, y luego de Guáimaro hasta la destitución del presidente.
Céspedes se alza en Yara el 10 de octubre de 1868, rompiendo el acuerdo de los conspiradores de esperar al fin de la zafra en los primeros meses del siguiente año, a fin de obtener dinero para las armas, y lograr un alzamiento unánime y exitoso. El alzamiento apresurado de los bayameses, seguido unas semanas después por los camagüeyanos y por los villareños, se hizo con un déficit de logística y coordinación, y se perdió un momento de oro, pues España estaba en llamas con una rebelión interna de los liberales contra la monarquía borbónica. El levantamiento espontáneo de La Habana de 1869, apenas unos meses después, demuestra que había potencialidades de liderazgo y rebeldía en Occidente. Un alzamiento nacional, coordinado, rápido y victorioso pudo ser posible. Se ha sostenido siempre que el gesto de Céspedes fue el resultado de la amenaza de ser encarcelados. Pero no, Céspedes no se va al campo a esperar al resto de los cubanos —ya había dos grupos de alzados—, sino que lanza un manifiesto y se proclama capitán general. Siendo masón, entra bajo palio de la Iglesia en el templo de Bayamo. Estos datos denuncian un conato muy deliberado de liderazgo nacional inconsútil, personal y de grupo.
Hasta Guáimaro, Céspedes se maneja como un líder político y militar sin contar con nadie más, aunque tiene que enfrentar la oposición de Donato Mármol ahí en Oriente. Y hasta Guáimaro es exitoso, pero no por su capacidad militar personal. En Yara hubo un desastre. La toma de Bayamo no fue el resultado de esa capacidad.
En la Asamblea de Guáimaro se enfrenta a la realidad del país. Camagüeyanos y villareños no les discuten la principalía a los bayameses, le dan a Céspedes y a los suyos todos los cargos importantes, y crean una Constitución democrática, con separación de poderes. Por el diario sabemos que Céspedes nunca estuvo de acuerdo con esa Constitución ni tampoco con su espíritu. Céspedes era de pensamiento liberal, pero no un demócrata.
Como presidente electo en la Asamblea, le debe el puesto a la Asamblea. Pero hay algo peor: la oficina y la condición del ejecutivo, con poderes limitados por la Constitución y por la Cámara, le apartan del mando militar directo. Y nunca intentó, y probablemente nunca deseó, ejercerlo.
De todas formas, él carece de experiencia militar. Hasta Guáimaro no destaca especialmente en ese plano. Pero es evidente que prefiere el mando político, que pone a los improvisados militares bajo su mando. Ignacio Agramonte, también sin experiencia militar y con la idea democrática propia de los camagüeyanos, renuncia a la Cámara al cesar la Asamblea y se convierte en militar. Céspedes coloca a su cuñado Manuel de Quesada como general en jefe, puesto que ha sido general en México. Quesada era camagüeyano y había conspirado con Agramonte. Fracasa enseguida, y el presidente lo manda al extranjero a buscar recursos, en lo que Quesada fallará también. Consigue un militar experto, el yanqui confederado Thomas Jordan, que fracasa igual y por las mismas razones. Estos jefes que no han sido sino jefes subordinados a una visión ajena, carecen de visión de la realidad de esta guerra, de creatividad y de condiciones de mando supremo. Quieren reunir grandes tropas para grandes victorias. El joven Ignacio Agramonte, que lleva un tiempo antes del alzamiento estudiando libros sobre guerras, estrategias y tácticas, y que ha hecho gestión de armas, inventa por cuenta de su talento la guerra de guerrillas cubana, y crea poco a poco, adaptándose a la gente y a los medios, un formidable ejército local en Camagüey. Agramonte debió haber sido designado general en jefe a la brevedad posible, pero murió por bala española y no por la pistola de Céspedes, aunque el enfrentamiento entre ambos llegó en algún momento hasta la posibilidad del duelo, y en aquella época el honor se tomaba muy en serio. Céspedes carecía de talento militar y estaba imposibilitado de desempeñar su función política sin un general en jefe leal y eficiente. Sanguily dirá que un general en jefe era imposible por inútil, dado el tipo de guerra que debía hacerse. La muerte de Agramonte, el único que podía haberlo intentado con éxito, significa la muerte política de Céspedes. En su diario encontramos burlas contra Máximo Gómez y sospechas contra Calixto García y Antonio Maceo. Y un silencio sobre el caído Agramonte.
Se ha dicho mucho que la Cámara obstaculizaba a Céspedes. No encuentro un estudio de esos obstáculos, ni una reflexión acerca de si Céspedes poseía una visión superior a la de la Cámara, en el asunto militar. Máximo Gómez le dijo a Martí que Céspedes no tenía ningún plan. A mi juicio el asunto merece ser estudiado en detalle. Con los datos que tengo, veo a un líder político cambiando el general en jefe sin ningún resultado, y obstaculizando a un jefe militar, el mayor Agramonte, que sí lo tiene. Al parecer al final se dio cuenta del error, pero no quiso subsanarlo. ¿Qué tiempo necesitaba? De Yara a la muerte del Mayor transcurren cinco años completos.
El hecho es que Céspedes no cae porque los intrigantes de la Cámara aspiraban a sustituirlo. Cae víctima de su incapacidad y de sus errores. Repugno a todos, dice en el diario. No se puede permanecer en un cargo electivo cuando se ha perdido la confianza de los seguidores y electores. Se le respetaba y admiraba, pero ya no era el jefe a obedecer. Entre otras razones porque los subordinados se han vuelto verdaderos y autocráticos jefes, con mando y tropa.
El Mayor Ignacio Agramonte pudo ejercer el mando político y militar al mismo tiempo. Si la Constitución necesitaba enmienda, él, que era uno de sus padres, sería escuchado por la Cámara. Sigo a Manuel Sanguily en el criterio de que ni eso hacía falta. Céspedes fracasó con el mando político por su autoritarismo, detestado con las armas en la mano por todos esos enemigos del autoritarismo español; y también en el mando militar, por carecer de talento, de estrategia, de un general en jefe competente, y de tropas propias. Eso sí, tuvo defensores, y veremos cuáles.
Con Céspedes hubo una dirección política y militar confusa, insuficiente y lenta. Se necesitaba un cambio. ¿Pudo haber un diálogo sincero y responsable entre los jerarcas, y frente al Pueblo en Armas? No lo hubo. Se inicia entonces la desgraciada desunión cubana.
La destitución de Céspedes abre un vacío de dirección política y militar.
Esa es la característica de la segunda etapa.
Tras la destitución de Céspedes, Salvador Cisneros asume la presidencia de la República en forma interina, por ser el presidente de la Cámara, a la espera de que regrese del exilio el vicepresidente Francisco Vicente Aguilera, y haya elecciones. Cisneros es un civil absoluto. Participa en combates, y es herido seriamente en un brazo; pero ni ejerce mando militar ni lo admite. Es un demócrata, un principeño, y un agramontino, pero sin ejército. Este hombre cree, como todos en la Cámara, que posee un poder legítimo emanado del Pueblo en Armas. Y así es. Recordemos que el Pueblo en Armas no eran sólo los soldados y sus jefes. Había gobernantes civiles en el campo, —los llamados prefectos y subprefectos—, espías llamados laborantes en las ciudades, personal de salud en los hospitales de sangre, trabajadores que garantizaban la logística más elemental, prácticos para abrir caminos, y campesinos que alimentaban al ejército. Incluso emigrados, muy importantes desde el punto de vista político y práctico. Y las familias de todos ellos. Y el porvenir de sus hijos. Querían la república ya, para que hubiera república después. El conjunto de los independentistas tenía derecho a ejercer una actividad política de dirección, en la búsqueda de la independencia y de la futura república cubana, lo que incluía la rección de los asuntos militares. La República en Armas existía para todo el Pueblo en Armas, presente y futuro, incluso para todo el pueblo de la isla, —o carecía de razón de ser—. Ya desde entonces se sabía que había que fundar un pueblo de hombres libres, más que mandar en un campamento.
Otra cosa, desde luego, es que la Cámara en conjunto y los presidentes en particular cumplieran con un destino tan difícil, y sin el auxilio de un Mayor.
Y la crisis de gobernabilidad con interinaturas, después de la destitución de Céspedes, abre el camino para que los militares empiecen a creerse que deben gobernar ellos.
Quieren transformar la República en campamentos. Cada cual con el suyo.
Téngase en cuenta que la división entre civiles y militares era cuestión de funciones. Los civiles eran guerreros en guerra, con peligro de muerte. Y murieron. Había representantes con grados militares, que habían dirigido tropas. Los militares con mando eran asimismo políticos devenidos jefes militares. No era el ejército profesional de una república establecida, organizado jerárquicamente por méritos, sino ciudadanos revolucionarios con armas y tropas. La pérdida de Agramonte y de Céspedes deja a los políticos de la Cámara enfrentados a unos militares que quieren ser, todos, o más bien cada uno de ellos, un director de la guerra, por lo menos. O incluso un dictador. Y que opinan que esos políticos, y la idea de una república democrática, sobran. Hay que ganar la guerra y después veremos. Finalmente se cansan, incluso de esas actividades políticas traicioneras, y renuncian a la guerra.
En la segunda etapa encontramos pues distintos momentos.
La presidencia de Cisneros, que acaba destituido por un golpe de estado militar.
La presidencia de Spotorno, intento de equilibrio con los golpistas, que fingen ceder.
La presidencia de Estrada Palma, que sufre otro golpe militar.
El caudillismo de Vicente García, golpista impenitente y exitosísimo.
El caudillo convertido en presidente por una Cámara renovada pero desesperada.
El Pacto del Zanjón.
La Protesta de Baraguá.
Después del fracaso de la guerra comienza una etapa de reflexión colectiva, una de cuyas conclusiones, que estudiaremos luego, es la idea de un conflicto entre civiles y militares, en que los militares se quejan de que los civiles de la Cámara obstaculizaban las tareas de la guerra. Ese pensamiento fue tan dominante que Martí insistirá ante Maceo en que el Ejército estaría libre —y el país, representado—.
Ahora bien, el eje de esta segunda etapa, en que la guerra y la república se desbaratan, no consiste en que la Cámara obstaculiza a los militares, sino en que un grupo de militares destruye las acciones militares correctas y apoyadas por los mejores militares, ordenadas en conjunto y de acuerdo con el Presidente y la Cámara.
Nunca hay elogios para la Cámara en el imaginario cubano, ni siquiera entre los historiadores. Se conmemora sí la Asamblea de Guáimaro, porque es la cuna de la nación, pero se ponen en entredicho sus presupuestos y resultados. Que fue una utopía, que fue un estorbo, que los representantes fueron unos cobardes que ambicionaban e intrigaban mientras otros peleaban.
Esa sinrazón es simple: nunca hemos tenido verdadera democracia, de manera que el instituto fundamental de las democracias actuales, que es el órgano de representación, carece de relevancia para nosotros.
El culto del hombre fuerte es el vicio nacional, heredado de los caudillos medievales españoles, y contra el carácter libérrimo de los cubanos. La democracia, según sentencia de Máximo Gómez, resulta para tantos un afeminamiento.
Joaquín de Agüero y Agüero, un tipo duro como pocos, se alzó en armas en Camagüey un 4 de julio de 1851. Celebraba el aniversario de la independencia de la nación del Norte, donde muchos cubanos veían razonablemente un paradigma de libertad y progreso, garantizado por la realización de las previsiones teóricas de Montesquieu: un Congreso, un presidente, y una Corte Suprema. Fracasó. No es con una acción individual, por inspirada que sea, como se construye un país.
Siempre es bueno y útil salir de las expectativas de la aldea y contrastarnos con el mundo, sobre todo con el Norte. Había sí desde la independencia un régimen de derecho para los blancos en Estados Unidos. Su origen sin embargo no está en el Congreso Continental que declara la independencia en 1776. Las Trece Colonias gozaban de autonomía y tenían asambleas legislativas desde el siglo XVII. Eran electas por los blancos con dinero, nunca por indígenas, negros o blancos pobres; pero eran electas. Su jurisdicción era limitada, pero existía la idea y la práctica del gobierno para esa élite de políticos locales durante más de un siglo. Ya en 1754 se reúne el Congreso de Albany, en el que Benjamín Franklin empieza a proponer la unión de las colonias. Durante veinte años se van estableciendo las relaciones entre estos políticos coloniales, con vistas a declarar la independencia. Incluso las vías terrestres y marítimas. Cuando el Congreso Continental se reúne en 1774, todavía esa decisión parece difícil. La negociación avanza porque ya el norte se ha sublevado. En ese famoso 4 de julio todavía hay una colonia, Nueva York, que no vota a favor de la Declaración, porque su delegación no está facultada para tanto. Dos días después es autorizada y las Trece Colonias se declaran con pleno rigor formal, independientes.
Faltan todavía unos años de guerra y de negociaciones internas, hasta que surge la Constitución, el Congreso bicameral, las elecciones sin sufragio universal —sólo para varones blancos con dinero—, y el primer presidente, Washington. Es en 1789 que se crea la Corte Suprema, que al principio tiene seis jueces y parece decorativa. Hay que esperar a 1869, después de Yara, para que la Corte Suprema quede establecida por ley, con sus nueve jueces actuales, un número que ha sido discutido más de una vez y sigue cuestionado hoy. Es un hecho que la arquitectura de los Tres Poderes fue un largo y azaroso proceso en los Estados Unidos. Y lo principal: no fue la revolución la que engendró los institutos de la democracia, sino que fueron unos institutos limitados de democracia local los que engendraron la revolución independentista, para realizar, poco a poco, durante décadas, los institutos nacionales y locales de la democracia representativa.
¿Y qué ocurrió entre nosotros? Lo contrario. Cuba carecía de la menor autonomía económica, social y política. España gobernaba a Cuba con un brazo de hierro ensangrentado, como dijo Céspedes. Aquí la revolución, que aspiraba a la democracia, tenía que engendrar los institutos de la democracia. Y tuvieron que hacerlo reuniéndose en un pueblito asediado por el enemigo, en un solo día, por personas que no habían tenido tiempo de conocerse y organizarse, y sin un solo centavo.
Lo que hicieron me resulta muy superior al Congreso Continental: todos los cubanos fueron declarados libres. Ningún esclavo.
Ahora bien, pretender que la República en Armas tuviera una jefatura perfecta, queda para gente perfecta, entre las que, gracias a Cristo, sé que no me encuentro. Y que la Cámara, la única representación nacional posible en ese momento, fuera la culpable del fracaso independentista, o por lo menos una rémora, es un grave error que necesitamos rectificar.
Porque necesitamos democracia popular ahora, no machos iluminados e indiscutibles.
No encuentro ningún análisis objetivo de esos prejuicios contra la Cámara. Como tampoco un estudio del tremendo trabajo de pensamiento y legislación que hicieron todas las Cámaras mambisas, desde Guáimaro hasta la Asamblea de Representantes de Santa Cruz y el Cerro en 1898. Las actas, hasta donde conozco, sólo han sido publicadas una vez, y yo mismo carezco ahora de acceso a ellas.
Pero aun con un mínimo de datos, me permito recordar lo que sabemos muy documentadamente.
O yo soy muy torpe considerándolos, o este es el resultado.
Destituido Céspedes, Salvador Cisneros se convierte en presidente interino —porque el sustituto legal, el vicepresidente Francisco Vicente Aguilera, se encuentra en el extranjero, enviado por Céspedes—, en medio de un relativo caos político y militar, del que se le ha querido culpar. Obsérvese que el propio Céspedes, que detesta al Marqués porque no se conduce como un aristócrata, culpa más bien a un par de representantes de manipularlo en su contra. El Marqués no votó contra Céspedes: abandonó la sala porque según el reglamento el presidente de la Cámara no debía votar para evitar que se impusiera a los representantes: hasta ese punto se respetaban las formas de la democracia. La Cámara actuó legalmente, incluso responsablemente, al destituir a Céspedes, un hombre que había sido superado por cinco años de guerra sin éxito. Cisneros era el símbolo de la civilidad a la que la mayoría de los sublevados aspiraban. Es indemostrable que el Marqués, por vanidoso que fuera, tuviera aspiraciones de esa grandeza. Sabemos que le escribió a Aguilera rogándole que regresara a ocupar la presidencia, y él respondió que lo haría, pero al frente de una gran expedición. Nunca pudo regresar. Si el Marqués y la Cámara hubieran llamado a elecciones enseguida, los cespedistas hubieran dicho que pasaba por encima de la ley, de acuerdo con la cual el ejecutivo le correspondía al vicepresidente Aguilera, amigo de Céspedes. Que yo sepa, Aguilera nunca renunció formalmente, lo que podía hacer por carta. Céspedes siempre había obviado a su paisano Aguilera, el hombre rico del Oriente. La historia no puede contarse aceptando los chismes del barrio, de los que encontramos unos cuantos en el diario de Céspedes. Para él, Cisneros es un imbécil. Porque cree que puede haber ley y legalidad, orden y victoria, presente y futuro, por decisión y obra de una asamblea de ciudadanos electos, y no de un jefe autodesignado, iluminado e indiscutible.
La ejecutoria de Cisneros y de la Cámara entre la deposición de Céspedes y la
sedición de Lagunas de Varona está, hasta donde conozco, por estudiarse con documentos y no con chismes de militares.
Pero los hechos son los siguientes.
Destituido Céspedes, se constituyen los Hermanos del Silencio.
Son los cespedistas, que tienen que esconderse para conspirar. Y son masones organizados, así que disfrutan de una compacidad basada en la discreción total. Félix Figueredo, que había sido jefe de la escolta de Céspedes, y masón como ellos, los repudia.
Acusan a Cisneros de haber mandado a matar a Céspedes.
Mientras que la República en Armas había engendrado verdaderos generales, como lo fueron —aparte del muy completo Agramonte—, Máximo Gómez, Calixto García y Antonio Maceo, que apoyaron la destitución de Céspedes y que permanecerían en nuestra historia como líderes, el grupo cespedista consta de unos oficiales sin destaque. Encabezan la lista de los conspiradores el mayor general Miguel Barreto, de origen venezolano, y el brigadier Miguel Bravo Sentíes. El primero era brigadier en Venezuela, vino como jefe de la segunda expedición del vapor Virginius, y de inmediato fue nombrado por Céspedes como mayor general y secretario de la guerra. Dicho de otra manera, carecía de tropas y méritos aquí, y fue instalado en la cima, con papeles. Bravo era un médico matancero que tampoco fue un militar sino un empleado del gobierno de Céspedes. Era el teórico del grupo. Cisneros lo mandó con Gómez y desobedeció. Estos cuasi militares, más bien burócratas de la guerra, han perdido su posición, quieren vengar a Céspedes destituyendo a Cisneros, y, si es posible, matándolo. También amenazan a Félix Figueredo, que los trata como cobardes.
Carecen de todo para esos fines, pero en 1875, menos de dos años después de la destitución, han encontrado un verdadero macho alfa que los represente. Que los encabece. Aunque, siendo el alfa un individuo de muy pocas luces, ellos se creen cabezas.
Ningún historiador cubano ha defendido nunca al general Vicente García por haber organizado la sedición de Lagunas de Varona.
Pero obsérvese el término.
Sedición es el alzamiento colectivo y violento contra la autoridad, el orden público o la disciplina militar, sin llegar a la gravedad de la rebelión.
Pero el suceso de Lagunas es a mi juicio una sedición que se convierte en rebelión exitosa contra el poder mambí, mediante un alzamiento con ambigüedad de convocatoria —para reunir la mayor cantidad de posibles sublevados, y se indignaron unos cuantos—, un desorden público escandaloso, y una violación inadmisible de la disciplina militar en época de guerra. Calificarlo de sedición es darle alguna razón a un acto explícito de rebelión, que carecía de justificación política.
Y además, es el primer Golpe de Estado en nuestra historia. 26 de abril de 1875.
Porque logra la renuncia del presidente Salvador Cisneros.
Los Hermanos habían concebido un plan para matarle, y Cisneros se apareció, desarmado como de costumbre, ante los sublevados, casi solo.
Los cespedistas no se atrevieron a matarlo.
Cisneros discutió con ellos. Ellos huyeron. Pudo haberles lanzado sus generales, porque el mismo Gómez estaba en contra de este escandalito, además de Bartolomé Masó. Una rebelión militar es un acto de traición. García y los cespedistas merecían la pena máxima. Pero Cisneros prefirió renunciar antes que provocar un enfrentamiento entre mambises.
¿Era Cisneros un ambicioso?
A mi juicio se comporta con la capacidad de responsabilidad y de renuncia típicas de un hombre cívico.
Si había gobernado mal, paga con la renuncia.
Eso sí, demuéstrenme que gobernó mal, con datos y no con chismes.
La Cámara cedió ante el golpe, apoyó y aceptó la renuncia de Cisneros, colocó como presidente interino al coronel Juan Bautista Spotorno —de cuya masculinidad sospechaba Céspedes en su diario—, y logra la renuncia, puro teatro, del general Vicente García.
Este señor al que no le gustaba Cisneros, se había negado a cumplir la orden de reunirse con Gómez en Las Villas para iniciar la invasión de Occidente, que era la estrategia salvadora de la Revolución. Él y su gente se negaban a salir de Las Tunas. Solamente por eso debió ser destituido y fusilado.
La orden de ir a Las Villas era correcta e indispensable, y era lo que necesitaba y demandaba el general Máximo Gómez. Era la decisión de Cisneros y de la Cámara. Hoy nadie duda de que era la posibilidad de la salvación y la victoria.
No es el presidente ni la Cámara los que obstaculizan al Ejército, es un general con mando el que lo hace, no por una discrepancia táctica, sino por una insubordinación, resultado de una conspiración que equivale a un sabotaje de la estrategia acordada por el mando político y militar, —y para eso organiza un golpe de estado—.
Los cespedistas se conformaron, por el momento, con la destitución de Cisneros.
El coronel Spotorno evita presentarse como un presidente débil. Emite un decreto, inspirado por Tomás Estrada, para fusilar a cualquiera que traiga proposiciones de paz sin independencia. Porque los españoles están haciendo propuestas… Pero la Cámara se ha quedado sin autoridad, no por errores suyos sino por la presión de un grupo golpista, que expresa las pocas ganas de pelear de su tropa, su localismo ridículo carente de sentido nacional. ¿Podía el presidente, la Cámara y Gómez haber eliminado a García y a sus burócratas sin provocar una guerra interna? Por el momento contemporizan.
Después de nueve meses Spotorno organiza elecciones, se renueva la Cámara y entrega el poder a Tomás Estrada Palma en marzo de 1876.
Llega entonces otra… sedición.
El general Vicente García ha recibido nuevamente la orden de marchar a Las Villas, y esta vez no viene de Cisneros sino de Estrada.
Si ya derrocó a uno por qué no al otro.
Se amotina en Santa Rita, ¡Camagüey!, el 11 de mayo de 1877.
Yo no sé si este individuo estaba celebrando el cuarto aniversario de la caída del mayor general Ignacio Agramonte con una rebelión y un golpe político. Agramonte lo hubiera fusilado sin vacilación.
¿Regionalista? ¿República Federal? Insulta a los agramontinos en su provincia de gloria.
Véase, es un militar el que estropea la estrategia militar mambisa, no el gobierno civil.
¿Será que el sujeto odia la forma democrática del gobierno?
Oh no, entre sus delirantes demandas se encuentran las teóricas y estructurales, la creación de un parlamento bicameral, con un Senado de ocho miembros.
No menos cámara sino más.
Una Cámara Alta… de ellos.
Comprendo a los tuneros que quieren reivindicar a este descarado, en razón de su coraje militar. El cubano sigue creyendo en tipos duros.
La valentía, decía Aristóteles, es la última de las virtudes, porque es ambigua: puede usarse para el bien o para el mal.
Con la hostilidad de García, la invasión a Occidente se hace impracticable, y el triunfo mambí se vuelve imposible. La insurrección queda encajonada en la zona central y oriental, con unos caciques que quieren seguir en su pedacito como monarcas absolutos de los campos, viviendo del esfuerzo de los campesinos, y celebrados por las muchachas.
La guerra ha durado demasiado. La vida de un pueblo se mide por siglos; las de un humano, por décadas. Ya son nueve años de muertes, privaciones, gloriosos éxitos puntuales con un precio en sangre impagable, que vacía de valiosos oficiales al ejército —y ausencia de victoria—. En el último discurso a su tropa, después de una sonada victoria militar, Agramonte había defendido la necesidad del trabajo en la República. No soldados profesionales haciendo valer hazañas históricas: trabajadores. Céspedes alertó sobre el asunto de las queridas. Que había que hacer una ley contra esa debilidad. Jefes a caballo necesitados de sexo, campesinos que trabajan para ellos, excursiones por los bosques y campos de Bohemia, o de Las Tunas. Céspedes critica a su asistente por estar embobado, esto es, enamorado de una guajira que él considera que es más bien una mujer fácil…Y de cuando en cuando una acción sangrienta para mantener el masculino prestigio.
Es interesante que la enciclopedia oficial Ecured diga que la rebelión de Santa Rita demostró que ni el Gobierno ni la Cámara eran capaces de hallar una solución eficaz.
La solución única era atrapar a García, fusilarlo y dispersar a su gente.
Ya lo de atraparlo era difícil. Era el ídolo de unos cuantos. El general los va a abandonar a todos enseguida y se irá de Cuba, pero en ese momento hubieran muerto por él. Lo que se dice un macho.
No, las ambiciones y la traición impenitente del ciudadano mayor general Vicente García provocan un vacío absoluto de legitimidad y de acción militar, una desmoralización de los patriotas, que se quedan sin la posibilidad de la única acción salvadora y eficaz, la invasión de Occidente, mientras los españoles se acercan con más tropas, más recursos, y… propuestas de paz.
Vicente García no es el único culpable entre los militares. Tampoco Las Tunas: en Las Villas ocurría lo mismo. Pero es el líder de la traición, en la que participan muchos mambises. Incluyendo el inculto pueblo llano, harto de miseria, de violencia y de odio.
Barreto y Bravo son apresados por los españoles, y… Arsenio Martínez Campos los perdona.
La Guerra Grande fracasa.
Pero no por una insuficiencia de la Constitución, ni por los errores de los políticos demócratas, ni tampoco por los de Céspedes o los emigrados, ni por la recuperación del gobierno español y su inteligente cambio de táctica, ni por la sumatoria de esos factores reales o no, sino básicamente porque el pueblo de Occidente no secundó a los independentistas, y en el Centro y Oriente muchísima gente tampoco, y las miserias de los militares convirtieron la guerra en un acontecimiento local demasiado comprometido, y al cabo prescindible. No tenían la menor intención de ir a morir a Occidente para constituir una nación democrática, y tal vez sospechaban que incluso la invasión carecía de perspectivas de éxito. Ya eran hombres libres y caciques, pero con muchos riesgos. Sus tropas querían una vida normal. Terminaron rindiéndose o huyendo. García hizo como que seguía peleando; pero, como todos, se rindió y se fue. Dicen que lo envenenaron en Venezuela.
A finales de 1877 García es designado presidente de la República por la Cámara, a ver si se siente satisfecho y se tranquiliza.
García se entera con retraso de la designación y le da igual.
Comienzan las negociaciones para el pacto con los españoles.
La jefatura política de la Guerra Grande fracasa.
Pero curiosamente, no la idea democrática.
Incluso el grupo golpista no habla contra la democracia y sus institutos, sino que aparentemente quiere más democracia, más institutos, más políticos inspirados y sin mando, que equivalen a la anarquía general y a la dictadura personal.
Vicente García es de hecho un pedazo de dictador. Aunque nunca formalmente, y sin suficiente tropa. Confuso, resbaloso, manipulador, oportunista sin otra oportunidad histórica que la del fracaso.
Gómez, veremos cuándo en ese momento, susurra a favor de la dictadura.
No pueden hacerle caso.
Los mambises son independentistas porque son demócratas.
Los españoles prometen algunas libertades…
Los miembros de la Cámara, de acuerdo con la mayoría de los militares, firma la renuncia.
El ciudadano Salvador Cisneros y Betancourt, Marqués de Santa Lucía, no.
