Ilustración creada con inteligencia artificial (ChatGpt).

Nuestro primer jefe político constituido fue un personaje trágico. Carlos Manuel de Céspedes, un hombre de clase media, culto, capaz de escribir poemas y de traducir del latín, que había viajado por Europa, y que en cualquier país hubiera forjado una fortuna para él y su familia, fracasa en el esfuerzo por hacer una república tal como él era. Pero, arrogancia y ambiciones buenas o malas aparte, carece de éxito porque en ese noble empeño estaba solo. Su único parigual era Ignacio Agramonte, con el que tampoco se pudo entender. Bayamo y Puerto Príncipe eran ciudades independentistas, pero Bayamo, una localidad pequeña, tenía una idea de autoridad y mando, propia de la zona oriental de la isla, cubierta por minifundios, y Céspedes era su líder natural; los principeños eran la segunda ciudad del país, habían construido un teatro para oír ópera, no tenían un líder único, y les interesaba la democracia. Los villareños tampoco contaban con un liderazgo definido y simpatizaron con los principeños. Céspedes ignora al joven Agramonte, que ha dominado el discurso en la Asamblea de Guáimaro; y se enfrentará todo el tiempo con la otra personalidad de Puerto Príncipe, Salvador Cisneros Betancourt, Marqués de Santa Lucía. Aparentemente, debía ser un aliado: un hombre instruido con propiedades y un título nobiliario. Pero si Céspedes entiende la Ley como autoridad de un jefe militar, Cisneros es un sublevado que entiende la Ley como ley, como acuerdo social de representación, estrategia y control riguroso; y se dice que en ninguna de las dos guerras empuñó más que su bastón. Los partidarios de la idea dictatorial cubana presentan a Cisneros como un ambicioso de poder y un intrigante, un… político, factor de la derrota en el Zanjón. Pero los hechos son contundentes: fue uno de los menos empeñados en la destitución de Céspedes y lo sucedió como presidente interino obedeciendo a la ley, pero luego cedió al sitio a otros; cuando el Zanjón, no firmó la renuncia a su cargo de la Cámara, como hicieron los otros representantes; ya entrado en años volvió a alzarse en 1895 y fue electo presidente de la República en la Constituyente de Jimaguayú; dos años después fue electo el general Masó y se quedó sin ningún cargo, como un mambí cualquiera; se opuso a la ocupación norteamericana, fue electo diputado a la Constituyente de 1901, y ahí se negó a aprobar la Enmienda Platt. Vistos los hechos, Cisneros es impecable.

Dicen que era vanidoso, pero esta trayectoria nos muestra no un marqués al gay sacar, como eran todos los títulos en la isla, sino un aristócrata de la conciencia, que renunció al marquesado por la patria, íntegro y valiente como pocos, que murió en la pobreza.

Los defensores de Céspedes hablan de que fue destituido y lanzado a un lado por los políticos, para que lo mataran. Sin embargo, en el propio diario hay suficientes evidencias en contra. La Cámara reunida en Bijagual informa de inmediato a Céspedes de su deposición. Al día siguiente van Cisneros, presidente interino electo, y otros representantes a ver al líder destituido. Así narra en el diario:

Llegó el Marqués con la Cámara y sus Scrios Maceo y Félix Figueredo. De todo esto me ocupare luego. Salí á recibir al nuevo Presidente, acompañado de Carlitos, Bravo, etc. y le presenté mis respetos. Se desmontó en mi rancho y durante la visita, la manifesté q. no le haría oposición; p[or] q. yo no servía mas q. á Cuba. Luego q. se retiró, vinieron á visitarme los Diputados, menos M. García. Trujillo se escusó con una caída q. había dado en el camino. Fornaris estuvo ambiguo. Vinieron al campam[ento] B. Ramírez, Fco. Varona, etc.

No hay en el diario ningún dato de que Céspedes fuera humillado. Eso sí, le irrita que se le ordene acompañar al gobierno:

Se ordena q. marche yo con el Gobno; pero reclamo mi natural libertad, ó q. se me someta á juicio. Hablé con el Marqués sobre esa resolución despótica: no sé q. se resolverá. Yo no cederé sino á la fuerza.

Acompañar al gobierno, que poseía una escolta de más de cien hombres, para nada resultaba estar tirado a un lado. Tenía además que entregar el gobierno, incluyendo los documentos del archivo. Fernando Figueredo dice que fue maltratado con exigencias en el traspaso. Pero obsérvese que Céspedes reclama su libertad. Ya ha dicho que no hará oposición. Sentarse en la Cámara, incluso sin decir una palabra, como simple público, a mi juicio hubiese sido una postura cívica y una oposición muy útil. Cisneros salió de la presidencia un tiempo después pero no abandonó la Cámara. Céspedes no llega a tanto, sólo desea un pasaporte para abandonar el país. Para eso bastaba una embarcación, pero él deseaba ese trámite:

Creo q. el Ejecutivo trata de coartar mi libertad, no solo negándome mi pasaporte, sino obligándome á estar en el lugar de su residencia. Tuve sobre esto serias explicaciones con Félix y le dije q. no sufriría esa opresión después de haberlo sacrificado todo p[ara] destruir la de los españoles.

Desde luego, hay tensiones. Félix Figueredo, que era jefe de la escolta que se le ha retirado —ya no es presidente, y escasean los hombres—, le ha comunicado que el gobierno quiere que permanezca en Cuba. Céspedes es una persona importante y difícil, y está en un momento de amargura extrema. Una embarcación para sacarlo del país no es una gestión que se haga en un día. Lo reconoce Céspedes; Parece que el nuevo Gobno está propalando q. ha mandado traer algunos recursos en un bote p[ara] q. este regrese conmigo, á fin de q. no corra riesgo, saliendo en una mala embarcación. Si fracasa, se acusará a la Cámara de haberlo mandado a la muerte. Por otro lado, en esos días los representantes reciben acceso al manifiesto que Céspedes había lanzado al pueblo y los militares, ignorando a la Cámara, buscando apoyo para evitar la deposición. Feo asunto, que se podía interpretar como un intento de golpe de estado, pero que no prosperó y que los representantes decidieron olvidar. Por otro lado, un Céspedes en el exilio, ya dividido entre aldamistas y quesadistas, era un peligro a considerar. Pero el autor del diario no aporta un solo dato que suponga una humillación, un desprecio, mucho menos un atentado.

Céspedes está tan irritado que creen que le mandan comida para envenenarlo. Finalmente escribe: Piensa el bribón del Marqués endulzarme las píldoras, mandándome panales de miel. Seguramente esa era la intención, hacerle llevar el mal momento. Y era lo políticamente correcto. Sigo recelando p[or] mi seguridad personal. Veo en el Gobno á un imbécil mal intencionado, dirigido p[or] dos bandidos… El resentimiento abarca también a los militares, así que apunta el 2 de diciembre: Como Calvar y A. Maceo entraron, al parecer, en la conspiración contra mí, el Depart[amento] de C. García se divide entre aquellos dos, como Jefes de Distrito; el reparto del botín. Calixto García, Antonio Maceo, incluso Calvar que él creía de los suyos. El martes 6 de enero de 1874 lo despacha así: Se ha recordado q. pocos días antes de estallar la revolución, de q. era uno de los promovedores, vendió Calvar unos esclavos. Cuáles eran entonces sus principios?

El jueves 11 de diciembre sin embargo apunta: Regalé al Marqués una pasta de Almidón con dulce llamada vulgarm[ente] “suspiros” en retribución de lo q. me ha mandado. El 22 de diciembre escribirá: Han llegado periódicos españoles y el Marqués me los ha facilitado. Intercambio de regalos, periódicos. El 21 de noviembre escribe: Ofrecí al Presid[ente] interino de la Rep[ública] q. utilizara mis servicios con motivo de la catástrofe del “Virginius”; p[ero] no desistiré en marcharme, ni aceptaré empleo. El 21 de diciembre expone: he sabido q. la fuerza q. nos custodia, no trae sino un tiro p[or] hombre. Los mantenim[ientos] no han escaseado todavía; p[ero] nosotros seguimos muy disgustados; p[or] q. se nos obliga á estar aquí contra nuestra voluntad. Preferimos los mayores peligros y trabajos al sentim[iento] de vernos privados de nuestra libertad. Efectuada la entrega del gobierno, la Cámara envía a Céspedes con el jefe Pablo Beola, un amigo de él —que participará como teniente coronel en el gobierno militar de Maceo en Baraguá, y antes, como complotado en la rebelión de Vicente García—, a quien le impone entonces los grados de Compañero y Maestro Masónico. Ahí se recupera algo, y luego viaja a San Lorenzo, en cuya área había vivido antes, y en donde se le aprecia mucho. El martes 27 de enero escribe: El Prefecto nos trata tan bien q. temo q. no dure. El tono del Diario cambia: a pesar de la pobreza de la vida mambisa, que es para todos, Céspedes excursiona por el monte, lee, conversa con partidarios suyos, recibe visitas y las hace, mejora un poco su alimentación y también su ropa —muy importante para él—, y enseña a leer a los guajiros.

Más bien hay una decisión de Céspedes de quedarse en ese lugar acogedor. Apunta que el oficial a cargo del área, el coronel Ramírez, había manifestado al Prefecto q. me ausiliase en todo y q. temiendo corriera yo peligro en S. Lorenzo, me trasladase á otro lugar mas seguro; p[or] q. el iba á retirar todas las fuerzas de esta zona. Le contesté q. agradecía sus cuidados y q. lo meditaría. Al día siguiente, 13 de febrero, recela de la propuesta:

Volvió Ramírez. El Prefecto opina q. este es ahora el lugar más seguro. Se dicen q. esperan p[or] aquí á una de las queridas de C. García. ¿Será p[ara] alojarla q. se trata de hacerme dejar esta casa? Habló Ramírez conmigo y le noté empeño en q. la dejara aunque disfrazado con el pretexto de mi seguridad. Hasta se disponía á colocarme una guardia en otro lugar. Convinimos al fin en esperar la resolución del Gobno sobre mi situación definitiva antes de proceder á otra cosa. Volvió á hacerme muchas ofertas, contrayéndose también á recomendaciones de C. García.

El recelo de Céspedes contra Calixto García es constante: cree que su deposición ha sido movida por este general para que lo elijan presidente. Nunca entendió que los jefes militares, como los representantes, le tenían aprecio, y también razones para querer deponerlo. Estamos a dos semanas de la caída del héroe. Céspedes insiste en quedarse en San Lorenzo. El martes 24, a tres días, escribe: Desde anoche empezó á funcionar una guardia de prevención compuesta de cuatro hombres inútiles y mal armados. Al menos eso.

La responsabilidad por encontrarse en un lugar sin la suficiente protección militar es del mismo Céspedes.

Quiere permanecer en San Lorenzo, donde se siente bien, hasta que pueda salir del país.

Pero eso tampoco era sencillo. El martes 27 de enero refiere el fracaso de una salida:

Llegaron Q. Bandera y un hijo del Brig. Vega, y nos refirieron minuciosam[ente] su naufragio. Escaparon á milagro del peligro en q. los puso el Desgobierno de Cuba. Se embarcaron sin brújula, ni marineros; único intelijente era Bandera. Sufrieron mal tiempo, perdieron el rumbo y aunque encontraron un bergantín americano q. navegaba p[ara] abajo con alas y arrastraderas y acudió á su llamado, no quiso recogerlos. Por ultimo sobre las costas de Cuba, echaron al agua la correspondencia y el bote se les rompió en un arrecife, saliendo á tierra á nado con suma dificultad cerca de un campam[ento] español. Como de este salía jente á donde ellos estaban, huyeron á gran prisa; p[ero] creen q. han sido capturados tres, entre ellos un inglés. De Vega y los dos q. con él quedaron, se presume hayan pasado la Sierra á jurisdicción de Manzanillo. Nadando, se le salió la cartera y perdió el dinero q. llevaba en ella: con seguridad allí irían las 6. onzas q. le confié. Sea p[or] Cuba!

El recelo de Céspedes de que la Cámara le negaba un pasaporte carece de confirmación en los hechos, aunque no en los datos. Hay una comunicación del coronel Félix Figueredo a Céspedes, día en que muere Céspedes, que se remite a una reunión del día 8 del gobierno, en el que se le responde al expresidente que no cree conveniente que salgan del país sus militantes, puesto que le deben sus servicios. ¿Decisión definitiva, o afirmación de un principio? Figueredo, como Secretario de la Guerra, fecha esa comunicación el 23 de febrero, cuatro días antes de la muerte del patriota. Fernando Figueredo afirma en La revolución de Yara que Maceo Osorio, el enemigo de Céspedes, secretario de Cisneros, se negó al pasaporte; y que días después el ya presidente Cisneros ordenó al general Calvar, cercano a Céspedes, que le pusiera una escolta. El tal Maceo se murió enseguida. Ese viernes 13 apunta Céspedes: Me dijo Ramírez q. se llevaba á Castellanos p[ara] el Limoncito y le prepararía su embarque, cuando estuviera despachado; q. tal vez se iría conmigo; p[or] q. C. García le había escrito q. iban á darme pasaporte. Mientras no se encontrase una vía mínimamente confiable para embarcarlo, el trámite del pasaporte era inútil. Tal vez el asunto no era el documento, sino el embarque. Céspedes carecía de medios para agenciarse el viaje él mismo, aunque su familia, desde Jamaica, lo intentaba. El pasaporte podía convertirse en estímulo para una salida por su cuenta, peligrosa especialmente desde el punto de vista político. San Lorenzo estaba en una loma frente al mar, sitio ideal para el embarque.

Por otro lado, tal vez dudaba. El 4 de febrero, anota:

La Panchita me prestó el primer tomo de la novela titulada “Carlos y Fanny” q. leí hace muchos años. Como no tengo q. leer, pasé el día entretenido en recorrer sus pájinas, donde encontré un breve trasunto de mi situación; pues el héroe se llama Carlos Manuel; como yo, nació antes de tiempo; y después de una vida de aventuras prósperas y adversas, como lo q, ha formado el tejido de mi ecsistencia, se encontró náufrago en una isla desierta, en q. p[ara] sostenerse, puso en juego todos los recursos de la naturaleza y de la industria, de q. nos hemos valido los mambises durante esta larga y feroz guerra p[ara] resistir al hambre y á la intemperie. Por ultimo resuelve fabricar un bote en q. salir de la isla desierta con sus compañeros para cualquiera de las Antillas, como tal vez tendré q. hacerlo yo algún día. Las reflecsiones del autor sobre la locura de semejante empresa ¿serán un aviso de la Providencia p[ara] q. yo nunca pretenda salir de Cuba p[or] semejante medio?

Él y sus restos se quedaron en la patria para siempre.

Dos días antes de morir apunta:

Soñé q. nos encontrábamos en el periodo revolucionario y q. contra mi gusto me casaban con una mujer de q. no puedo darme cuenta, es decir, no recuerdo quien fuera. Había el edificio, el cura, la concurrencia haciendo comentarios. Se efectuó la ceremonia y cuando yo estaba más confuso y apurado, se abrió una puerta y entró mi difunta Carmen, tan seria como ella era, y seguida de otra mujer q. no tengo presente si era una hermana suya. Ello es aquí crecieron de punto mis apuros y los murmullos de los circunstantes, y no tuve más remedio q. arrodillarme muy contrito á los pies de la aparición (si lo era) pidiéndole perdón de lo q. estaba pasando. Por mi suerte desperté entonces y me evité el resto de la desagradable escena.

Las nupcias con una causa tienen un precio elevado.

Este diario muy poco literario posee una especie de compacidad, de unidad asombrosa. La vida de nuestro primer jefe político queda cerrada, como un héroe nacional. No ocurre el exilio, no se convierte en un padre de su familia en Estados Unidos: ha escogido una paternidad más completa. Su propia utilidad como líder había concluido, y tal vez le esperaban nuevos errores suyos y ajenos. Hay que saber servir mientras se es útil. La propia palabra del autor va develando una trama que lo supera. Este hombre de conciencia va haciendo conciencia de mucho más de lo que declara. Nunca reconoce en el diario un error en su desempeño como líder, como no sea el de haber confiado en este y en aquel. Él mismo desconfía de todos. Manifiesta intolerancia contra los más cercanos: critica a su asistente por tener amantes, a pesar de que confiesa haber sido él mismo, en su juventud, un calavera. Pero en este hombre arrogante se abría paso la duda, y también la ciencia del amor, incluso en la zona más difícil de su conciencia.

Veamos qué ocurre con una de las causas de su fracaso como líder, que no fue sino el choque entre su naturaleza aristocrática y autoritaria y las realidades de una revolución democrática y popular.

El domingo 9 de noviembre escribe:

Según versiones, ha influido en mi deposición q. yo no andaba roto y sucio; q. daba importancia á mi puesto; q. mi esposa y amigos me mandaban ropa y otros efectos; q. recibía cortesm[ente]con reserva y ceremonial; en suma q. tenía formas y tendencias aristocráticas. Yo no sabía q. p[ara]ser republicano, se necesitaba indispensablem[ente] practicar la filosofía de Diógenes el Cínico.

Céspedes era incapaz de conducirse como un hombre de pueblo, y esa era una guerra de pueblo. El hombre más rico del país y el mayor terrateniente oriental se habían sumado a esa guerra perdiendo todos sus bienes, pero los exiliados criticaban a Miguel Aldama por ir en carruaje a la ópera en Nueva York. Francisco Vicente Aguilera nunca fue líder. Pero en Céspedes los buenos modales iban acompañados de una tendencia autoritaria sin ningún sustento en la realidad: ni tropas ni hombres leales de categoría. Y en el diario encontramos signos reiterados de un desprecio por lo que él consideraba vulgar y por lo tanto repudiable, inadmisible para su república.

Su obsesión con Cisneros está más acá del enfrentamiento político. El domingo 7 de diciembre recoge este comentario:

Me han contado q. á los pocos días de haber recibido el Marqués la Presidencia de la Rep[ública] tenía una conversación obscena con Trujillo y otro mozalvete sobre la clase de mujeres q. prefería cada uno y después de haber dado los otros su opinión dijo el Marqués: “Pue a mi gustaban mucho la negla y mientla ma jedionda, mejol”. Qué frase p[ara] el primer Magistrado de una Nación!

El domingo 21 denuncia:

Todas las noches junto á su rancho y hasta tarde. tiene el Marqués un tango de negros q. mete un ruido infernal y dice y hace mil desvergüenzas. Sin duda con eso sacia sus gustos y aspira á hacerse popular, y aun tal vez se propone mortificarme; p[or] q. mi rancho está cerca, me acuesto temprano y no gusto de esos escándalos y obscenidades. Yo desprecio esas bajezas; p[ero] anoche duró tanto, y fué tan terrible el estruendo de golpes, cantos, voces, risas é imprecaciones q. me dio un leve dolor de cabeza y estuve desvelado.

Y a seguidas:

Le han regalado los aduladores al Marqués, sombrero, hamaco, toalla, frazada, zapatos, &. Casi todo esto me costaba a mi el dinero, ó me lo proporcionaba mi familia. So recibir regalos, era preciso q. careciera de todo p[ara] no corresponderlos con otros.

El dos de noviembre:

El Marqués viene en un caballo mal perjeñado y montado como un azotado. Anda en mangas de camisa con un pañuelo al cuello y un sombrero muy sucio; no trae medias ni espuelas. Aunque empieza á darse importancia, nadie le hace caso: todos se meten en los negocios y no se oyen más q. indecencias, ni se ven más q. ordinarieces á su alrededor.

El lunes ocho de diciembre:

El único auditorio q. tiene hoy la Cámara, lo compone el Cor[onel] Ramírez q. ocupa la galería luego q. empieza la sesión en calzoncillo y con la falda de la camisa defuera

Ahora bien, el 3 de enero hace una notación interesante:

Estas jentes hacen comparaciones y dicen q. cuando estuvo aquí el nuevo Gobierno, se mató un caballo y á nadie le dieron de él, viendo al mismo Marqués lavar las tripas.

Bueno, el presidente lavando tripas como un guajiro cualquiera está lejos de ser una afrenta al cargo. Aunque el Ejército Libertador siempre quiso presentarse de uniforme impecable, eso era imposible la mayor parte del tiempo. Mambises ripiados o incluso casi completamente desnudos hubo muchísimos, en las dos guerras. Si el Marqués buscaba autoridad siendo uno más del pueblo y tolerando sus limitaciones, hacía mejor que estableciendo distancias de vestuario con sus soldados.

Hace unos años visité Bayamo y me llamó la atención que en las casas y en los restaurantes los muebles estaban cubiertos con paños, no para protegerlos sino como signo de distinción. La primera Constitución cubana, publicada por el bayamés Joaquín Infante en 1811, me pasma por la importancia que el abogado independentista le adjudica a los uniformes de los numerosos funcionarios del Estado, pues incluye ese detalle entre los cien artículos del texto. Céspedes está preocupado por la pérdida de un botón de su camisa, hasta el punto de mencionarlo en el diario. La obsesión bayamesa por la buena presencia va dirigida en él hacia una idea del Poder como dignidad y autoridad. Eso no era compatible con un poder que quería y tenía que ser democrático porque procedía de un pueblo sin royalties, y en el que un heroico Marqués de título heredado lavaba tripas.

Céspedes no despreciaba al pueblo bajo: se sentía orgulloso de haber libertado a los esclavos. Eso sí, las fiestas de los negros lo atormentaban, y no sólo por el ruido. El 3 de febrero apunta:

Duró el tango hasta las 10. de la noche. Aunque produce un ruido tan desapacible, siempre lo he soportado con paciencia en atención á los gustos de esta pobre jente. Ayer bailaron también los congos, cuya danza es bastante obcena en los pasajes amorosos; pero también figura los lances de la caza, la pesca y la guerra. En esta última parte, además de la poesía africana, figuraba el estribillo en castellano “Viva Caro Manuel y muela España!” Aquí hizo falta el Marqués con un buen garrote.

Nuestro primer jefe político, hombre culto y de modales bayameses, acaba escribiendo, a propósito de estos tangos de negros, mulatos y guajiros, una página extraordinaria, digna de José Martí, el jueves 19 de febrero de 1873, a una semana de su caída heroica.

Debo callarme ya para que hable, con todo el corazón, el Padre, y el Hermano, de toda la Patria:

Jueves 19. Anoche hizo bastante frío. Vino Tanis q. va á hacer de músico con su bandola en un baile q. trata de dar el Prefecto esta noche. Se paró el reloj esta mañana y lo arreglé á las 12. del día. Hoy está más escasa y mala la comida. Dice q. los españoles operan p[or] los cafetales y han cojido á tres personas. Desde p[or] la tarde me sentí indispuesto de la cabeza; mas luego q. comí p[or] la noche, se me presentó la jaqueca q. no pude contener con una dosis de bicarbonato de soda. Se efectuó el baile en la enramada construida p[or] los libertos; p[ero] se alargó algo y mejoró en su construcción el edificio. Se le añadió una tumbandera p[ara] la orquesta q. quedó completa con una botella rascada con un cuchillo. Sendas varas largas y gruesas, sin descortezar, colocadas sobre atravesaños puestos en estacas clavadas en el suelo, á los costados y testeros de la enramada, con una anchura proporcionada, hacían funciones de asientos. El alumbrado, de velas de cera pegadas á las horquetas de la enramada, se resistió muchas veces á prestar servicio á causa del viento y dejó á oscuras á los amantes de Tersícore. Estos escaseaban en la especie barbuda; pero abundaban en la de faldas; (casi todas las mujeres traían vestidos de cola) diferencia ocasionada á indijestiones de pavo, como sucedió. Era notable lo abigarrado de la concurrencia femenina: en los colores (desde el más puro caucásico hasta el más retinto africano) había p[ara] todos los gustos: en las modas ninguna podía quejarse; todas estaban debida y lejitimam[ente] representadas, merced á los saqueos q. no distinguen de épocas. El baile empezó y se sostuvo con cinco parejas en q. alternaban las damas con parsimonia; p[ues] algunas creo q. no cataron ni un cedazito. Esto, según me cuentan, contribuyó al fin á alterar su jenial amabilidad; es preciso confesar q. tenían razón. Yo entré en el salón antes de empezar la danza y saludé á todos, quitándome la gorra con cortés respetuosidad: luego recorrí la fila de señoras, q. me recibieron sentadas con mucho aplomo: á todas, una p[or] una, le estreché la mano, y me informé de su salud y la de su familia; atención q. demostraron haberles agradado sobremanera. Por último me senté entre dos etíopes y entablé con ellas una amena conversación: lo mismo hice p[or] turno con todas las demás concurrentes. Recuerdo con particularidad q. una de ellas me dijo q. era bayamesa y me trajo á la memoria escenas de 16. años atrás, cuando yo era caravela. Vi bailar con mucha animación danzas, valses y fandangos en q. debo confesar q. reinó bastante orden y decencia, y me hubiera pasado así toda la noche, si no hubiese apretado la jaqueca en términos q. me obligó á coger la hamaca con muchos dolores y náuseas. Los libertos tenían otro baile en su rancho lejano y con ese motivo me pasó una escena chistosa y asaz significativa. Estaba yo sentado junto á una de las niñas más bellas, cuando la liberta Brígida, negra francesa de gran jeta y formas. [hercul.] nada afemenadas, se asomó p[or] una de las aberturas q. hacia las pencas de la glorieta y me dijo en su jerga con voz un tanto doliente: “Presidente, (estos malvados no han venido en apearme el tratam[iento]) hágame el favor de salir á oírme una palabra!” Yo salí muy risueño con la ocurrencia, cuando ella tomándome las manos, me dijo: “Mi Presidente, mi amo, nosotros venimos aquí á bailar siempre p[ara] divertirlo á Vd. con quien unicam[ente] queremos tener q. hacer, y esta noche, p[or] q. están aquí estas jentes, nos manda el Prefecto á bailar lejos, donde estamos con mucha molestia Yo sé bailar danza y vals; (efectivam[ente] baila muy bien) pero nos conformamos con q. nos dejen poner nuestro baile en la cocina”. “Hija, le contesté: “yo no soy tu amo, sino tu amigo, tu hermano, y veré con el Prefecto q. es lo q. pasa; p[or] él es el q. gobierna”. El Prefecto me manifestó q. las había hecho retirar á alguna distancia; p[or] q. su música es muy ruidosa (las tumbas) y ahogaba el sonido de la respetable bandola; p[ero] q. él arreglaría eso. Parece q. así lo hizo; p[or] q. siguió el tango, sin embargo de q. después supe q. se había acabado más temprano de lo de costumbre, con motivo de haberse retirado algo displicentes las más encopetadas. Con el ruido, como es de suponer, no pude dormir y pasé un rato infernal sin alivio de la jaqueca hasta la luz del nuevo día en q. cesó la tarántula coreográfica.

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