
Hay huecos en la palabra pública cubana que nos han costado caros: no puedo comprender cómo el escritor Ramón Roa, secretario del Mayor, no transcribió ese último discurso en que Ignacio le habló a su tropa acerca de la necesidad del trabajo en la República. No puedo comprender cómo alguien pudo arrancarle una página al Diario de Campaña de Martí. Pero más asombroso todavía es que no hayamos realmente leído lo que sí tenemos y se conoce muy bien por parte de los que pasan por intelectuales y maestros del pueblo en este país.
Dicen los revolucionarios profesionales que Ignacio era un revolucionario.
Y que José Julián también.
Sí, sí.
Y no, no.
Aun sin el discurso del Mayor, notemos lo que maravilló a Roa: que inmediatamente después de una soberbia victoria contra los españoles, esa misma noche Ignacio hable sobre el trabajo, no sobre más gritos de guerra y de victoria.
Pues el campo de batalla del revolucionario cubano, le dijeron a Regis Debray el periodista francés, es el mundo entero.
Ignacio no tenía la menor gana de ser un revolucionario profesional. Era el único líder mambí que se había preparado, estudiando, para la guerra; y el único que comprendió el tipo de guerra que debía hacerse, y el único que formó un ejército competente con ciudadanos incultos.
Pero el esfuerzo bélico era para él sólo el medio para llegar al trabajo en la República.
El caso de José Julián es peor. Nadie puede imaginarlo dedicado a la violencia en Donekts.
Y lo podemos leer…
Por el momento, y para respetar como se debe al lector, les propongo estos dos textos procedentes nada menos que de las Bases del Partido Revolucionario Cubano, donde Martí desarrolla con su genio la idea del Mayor y de todo el mambisado:
Artículo 4. El Partido Revolucionario Cubano no se propone perpetuar
en la República Cubana, con formas nuevas o con alteraciones
más aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición
burocrática de la colonia, sino fundar en el ejercicio franco y cordial
de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y de sincera
democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio
de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en
una sociedad compuesta para la esclavitud.
Artículo 6. El Partido Revolucionario Cubano se establece para
fundar la patria una, cordial y sagaz, que desde sus trabajos de preparación,
y en cada uno de ellos, vaya disponiéndose para salvarse de los
peligros internos y externos que la amenacen, y sustituir al desorden
económico en que agoniza con un sistema de hacienda pública que abra el
país inmediatamente a la actividad diversa de sus habitantes.
Y ya en la guerra, en el Manifiesto de Montecristi: crear una patria más a la libertad del pensamiento, la equidad de las costumbres, y la paz del trabajo.
Con la venia de ustedes, y haciendo uso de la libertad del pensamiento, volveremos enseguida sobre el tema.
