Fotografía de Juan Pablo Estrada.

Desde los años 1960 la batalla cultural en Cuba se dio, esencialmente, entre una élite intelectual y burocrática socialista y el cubano común, al que denostaban como “familias con bajo nivel cultural con modelos rígidos, autoritarios de la educación”, y a las que contraponían “las de un alto nivel cultural” y “más flexibles”[1].

¿El nivel cultural se medía al pasar por la línea de ensamblaje mental castrista, en la que entraban hombres y salían autómatas? ¿Qué es un “modelo rígido”? ¿Instruir al menor en el respeto y la observancia de la fe? El PCC admitía que la maternidad y la paternidad de la “pareja creadora” podían no resultar “compatibles con las tareas de formación profesional y cultural”[2] aprobadas.

Intelectuales izquierdistas creían tan “problemática” la profesión religiosa en el seno familiar, que la enlistaban entre posibles variables para la delincuencia juvenil. Fenómeno “ajeno al sistema socialista” pero sostenido por “rezagos del pasado que se manifiestan en la minoría de las familias”, decían [3]. ¿Qué delincuentes salían de familias cristianas? ¿Patriotas, sediciosos contra la dictadura, penados que gritaban Viva Cristo Rey en los paredones, gente negada a cooperar con el régimen?

En su Política para la educación, la ciencia y la cultura de 1976, el PCC esperaba del centralizado sistema de enseñanza un rol “cada vez más destacado”, como “formador multilateral en niños y adolescentes, con la activa participación de las organizaciones políticas y de masas y la decisiva colaboración de la familia”[4] ¿El fin? Convertir al menor en un aplaudidor.

Para 1987, estudiantes secundarios de un pueblo cercano a La Habana incluían entre las cualidades más admiradas de sus padres “los valores políticos-ideológicos”[5] socialistas.

También se diluyó la figura de la madre y la del padre, en el colectivo. Si ambos tuvieran compromisos revolucionarios, los hijos podían ser cuidados por otros miembros de la masa trabajadora o instituciones oficiales:

Es necesario que los organismos competentes propicien las condiciones para que los trabajadores compartan la atención de los hijos enfermos, tanto en la casa como en los centros hospitalarios, en el caso de que los dos [padre y madre] tengan responsabilidades en la producción social[6].

Nótese el lenguaje robótico. Para los revolucionarios, el sistema importaba más que la fiebre del niño. La mano tibia del enfermo debía soltarse antes que el puño metálico del Estado.

Para subyugar la mente de millones, el PCC hizo que lo ideológico alcanzara estatus teológico. Así, el “diversionismo ideológico”, ya analizamos, era una suerte de pecado capital que, en el ambiente cultural post-1959, se castigó social y administrativamente con despidos, cárcel, exilio.

Para avanzar la ingeniería social, el Estado disponía de todo el aparato oficial:

La joven generación se desenvuelve en todo el medio social actuante: el hogar, el círculo infantil, la escuela, el centro de cultura, deportes y recreación y con la influencia de los medios de difusión masiva, la literatura y el arte, cada uno de los cuales inciden directamente y en grado determinado en la formación y educación. Los diferentes organismos del Estado, las organizaciones políticas y de masas, los medios de difusión masiva, la familia y la sociedad toda, deben actuar al unísono y regidos por una misma política en este proceso formativo, complejo e integral. Es tarea del sistema nacional de educación garantizar en las jóvenes generaciones la concepción científica de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento, basada en la teoría marxista-leninista[7].

Preveían que todo ello tributara, mediante la enseñanza, a asimilar principios y normas de la moral socialista, que acabaran como convicciones y reglas de conducta aceptadas. Cuanto antes, mejor:

El círculo infantil [tres y cuatro años], mediante una correcta organización de la educación, de acuerdo con la edad y posibilidades de los niños, propenderá a crear condiciones para el desarrollo físico e intelectual de, a formar determinadas costumbres y cualidades morales en correspondencia con los objetivos de la educación comunista[8].

El Consejo de Escuela y de Círculos Infantiles, a cargo de esa veeduría, debía “cooperar con el centro de estudio en el cumplimiento de sus tareas educacionales y exigir que las actividades de la escuela estén encaminadas a la formación socialista y comunista de las nuevas generaciones”[9].

Atomizado el individuo, ya sin fe, tradición o lealtad marital-familiar, podía ser moldeado sin esfuerzo al servicio del Estado. La deconstrucción cultural, sin embargo, podía tomar más tiempo del esperado. ¿Por qué? La existencia de la institución de la Familia con valores tradicionales. El PCC lamentaba, por ejemplo, “limitaciones de padres y maestros para dar contestación o abordar muchos temas de elemental contenido pedagógico y psicológico, imprescindibles para la adecuada educación de niños y jóvenes, sobre todo lo relativo a temas sexuales”[10]. Su aspiración era instrumentalizar a la Familia, para convertirla en correa de trasmisión de obediencia al Estado.

Las organizaciones de masas debían “imbuir a los padres de la alta responsabilidad por la educación comunista de sus hijos”; la Familia actuaría “al unísono” y regida “por una misma política” junto a entidades del Estado y los medios[11]. El cubano viviría en perpetua y calculada programación mental fuera, pero también en el hogar. Un ejemplo de ello fue la asimilación de la nueva ética anticonservadora para la sexualidad. En casa tendrían

importancia capital los estímulos que reciban jóvenes y niños, así como los ejemplos que observaran. Dentro de la educación moral, se atribuye importancia especial a la necesidad de una educación sexual adecuada que comience en el hogar y que se refuerce científicamente en la escuela, incluyendo en los planes de estudio contenidos sobre educación sexual[12].

Impartidos por la red educativa estatal, única legal, iniciaría a los menores en conversaciones sexuales, sin supervisión paterna y, en el caso de los cristianos, a contrapelo de sus valores.

En 1973 a los investigadores marxistas no les asombraba la abundante disolución de Matrimonios y Familias en el esquema socialista impulsado.

La ruptura con muchas tradiciones que implica el proceso revolucionario creó una serie de condiciones que conducen a una redefinición del papel del hombre y de la mujer en el matrimonio y también del papel del padre y de la madre dentro de la estructura familiar. El aumento de la incidencia del divorcio es expresión de esta situación[13].

Entre 1954 y 1974 crecieron las uniones legales y consensuales, pero se triplicó el porcentaje de divorciados. Entre los factores causantes estaban la “elevación del nivel educacional e ideológico de la población y de la mujer en particular”, la “resistencia al cambio de los valores tradicionales, contradicciones entre la actitud del individuo y situaciones socialmente superadas”, la imposibilidad de que un joven matrimonio lograra “condiciones de vida materiales adecuadas”[14].

A la vez, el descenso de la natalidad se convirtió en un rasgo notable de la familia socialista. La evolución de la fecundidad entre 1959 y 1985, puede diferenciarse en dos etapas: la década de 1960, de incremento, y las posteriores, de descenso de la tasa bruta reproductiva (el promedio de hijas que una mujer tendría en su vida). Súmese, una fecundidad precoz y la reducción del número de hijos. Y, otra vez, entre los factores que empujaban tales tendencias contó la “transformación” de “concepciones hacia los hijos, la nueva posición de la mujer en la sociedad con su mayor participación no solo como trabajadora, sino en las demás tareas de la revolución”[15].

Un estudio local conectó el fenómeno, además, con “actitudes y comportamientos de los jóvenes hacia la fecundidad, la sexualidad, la nupcialidad, y la consensualidad, que ha tenido como consecuencia el acusado rejuvenecimiento de la estructura de la fecundidad” —más embarazos a temprana edad. La mayoría de los universitarios no veía inmoral las relaciones prenupciales[16]—.

  1. González, Otmara y otros: “Actitudes y valores de los padres en relación a sus hijos. Informe de Investigación”. Facultad de Psicología, Universidad de La Habana, La Habana, s.a.

  2. Tesis y Resoluciones del Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba. (1976), Ídem, p 594.

  3. Milagros Macías, El ambiente familiar en transgresores sociales (tesis, Departamento de Psicología Clínica, Facultad de Psicología, Universidad de La Habana, La Habana, 1982).

  4. Partido Comunista de Cuba, Plataforma Programática, 103—104.

  5. Armando Capote González, Aproximación al estudio del modelo en los adolescentes y su relación con la familia (trabajo de diploma, Facultad de Psicología, Universidad de La Habana, La Habana, 1987).

  6. Ibíd., p 578.

  7. Ibíd., p 533.

  8. Ibíd., 534.

  9. “Vinculación de la escuela con la familia en el proceso de formación de las nuevas generaciones”, Tema XI, IX Seminario Nacional.

  10. Partido Comunista de Cuba, Tesis y Resoluciones, 600-601.

  11. Ibíd., 532-535.

  12. I. Roca Moreira, Planteamientos y políticas sobre familia expuestos en documentos estatales y partidarios, informe parcial, Centro de Investigaciones Psico‑Sociales, 1985, 2.

  13. Jorge Hernández, Ángel Eng y otros, “Estudio sobre el divorcio” (La Habana: Centro de Información Científica y Técnica, Universidad de La Habana, 1973), Humanidades Serie 1: Ciencias Sociales, n.º 3.

  14. Luisa Álvarez Vázquez, La fecundidad en Cuba (La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1985). Citado en “Bibliografía comentada sobre el tema Familia, Primera Parte”, marzo 1986, Grupo de Trabajo sobre Familia, Centro de Investigaciones Psico Sociales, Academia de Ciencias de Cuba, 3.

  15. Ibíd.

  16. O. Botet et al., Algunas consideraciones morales en las relaciones entre las parejas (informe basado en encuesta, Instituto Superior Pedagógico de Pinar del Río, s.f.).

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