
¿Cómo los ingenieros sociales acelerarían la imposición de una nueva moral revolucionaria?
Apuntando al adoctrinamiento de las nuevas generaciones, y la promoción de modelos distintos a la familia y el matrimonio tradicionales.
Sobre el primer grupo jugó un rol fundamental la amplia red de becas en el campo, donde menores de edad alternaban horas en duras labores agrícolas no remuneradas para empresas estatales, con un currículo marxista que valoraba la fidelidad al régimen y el rechazo a la tradición. Los niños permanecían alejados de sus padres la mayor parte del año, y el Estado, en la práctica, influía más en la formación de las nuevas generaciones que la familia.
Podía leerse en los debates entre alumnos preuniversitarios, que calificaban como “un problema” el modo en que sus padres pensaban la sociedad y la trasmisión de valores ancestrales. Para solucionarlo demandaban “educación sexual” y trataban de “atrasados” a quienes guardaban la virginidad para el matrimonio. Decían: “Tenemos que imponer nuestras ideas”, “hay que ser un poco drásticos”, ser “más libres en el amor e imponer nuestra nueva forma de matrimonio”. Tales conceptos, en verdad, apuntaban a eliminar la institución matrimonial: “¿Qué es? Firmar un papelito y nada más. Lo otro es lo mismo, pero no hay que firmar nada. En el momento en que se dejen de gustar dos personas, bueno, tú por allá y yo por aquí, sin ningún lío ni ningún brete”.
El hombre y la mujer nuevos concebían a sus pares como juguetes de placer, entre los cuales no debían mediar compromiso o restricción social más que las dictadas por las pasiones. Reguiletes hormonales, amasijo de huesos y músculos guiados en sus relaciones íntimas por químicas internas y, a la vez, un soldado de hierro para la Revolución.
La familia reproduce relaciones sociales; modela para el niño una suerte de maqueta social reducida, en una singular atmósfera de amor conyugal para beneficio de los hijos.
Los científicos sociales marxistas lo reconocían, pero como razón clave para refundarla; y si encumbraban sus funciones y costumbres, lo hacían para instrumentalizarla. A la vez, rechazaban la tradición como ideal aceptable para el luminoso futuro que fantaseaban.
En Cuba las tareas con tal fin se anunciaban con este lenguaje: “sustituir los motivos económicos mercantiles del matrimonio por motivos estéticos-morales, reemplazar la familia patriarcal y autoritaria por la familia basada en relaciones de igualdad y respeto mutuo, poner en el primer plano de la vida familiar la dicha personal y la educación de los hijos, armonizar la cooperación entre la familia y la sociedad y asentarla en la unidad entre los intereses individuales y sociales”.
Mediante cambios económicos, sociales y culturales, teóricamente, el Estado modificaría el carácter de la educación de los hijos, el matrimonio y la familia. Autores socialistas deseaban rehacer ambas instituciones sin la variable de la propiedad privada en la ecuación, para ello proponían conceptos como “amor libre”, “libertad sexual plena”, etc. Sexo sin pacto marital.
El reclamo de educación sexual para arrancar la concepción tradicional de matrimonio y familia de la mente de las nuevas generaciones, no demoró en materializarse. En los años 1970 se impuso como materia obligatoria en el centralizado sistema escolar. El Estado hablaría de sexo al menor antes que su familia, debilitando aún más la patria potestad y el derecho de los padres a elegir la educación que sería dada a sus hijos.
El socialismo cubano quería influir en la familia desde su formación primaria, “contribuir al establecimiento de relaciones de cooperación mutua en los deberes sociales, en el hogar y en la educación de los hijos”. Una familia adoctrinada facilitaría el adoctrinamiento de los hijos.
Al totalitarismo le preocupaban posibles “manifestaciones antisociales” en la conducta de niños y adolescentes, y entendía que, “en primer orden, el medio familiar directamente las trasmite”. Ese poder de la familia podía acarrear manchas en la nueva sociedad como el ausentismo o deserción del ideologizado sistema escolar, sí; pero también “despreocupación por el desarrollo de sentimientos colectivistas y de amor a la Revolución, el trabajo, a la patria, a la escuela” .
El PCC demandaba padres activos en el adoctrinamiento. Los hogares pertenecían al Estado, lo que se hablara a la mesa, en la cena de fin de semana, debía tributar a los fines del socialismo. “Los adultos que actúan por omisión también refuerzan indirectamente la consolidación de conductas negativas que, repetidas y agravadas por el tiempo, pueden conducir a algunos niños y adolescentes a la comisión de delitos”. ¡Imagine si su hijo termine de contrarrevolucionario! ¡O peor: conservador! “La transigencia con lo mal hecho propicia el clima de impunidad en el cual resulta factible la exteriorización de la conducta antisocial” o las “supervivencias del pasado”. ¿Se refería al sistema político de libertades individuales y libre mercado, con su inherente moral cristiana? ¡Cuán lejos estaba la catequesis revolucionaria de la moral cristiana! En su núcleo, castrismo y cristianismo elevan morales antitéticas: la tradicional y la socialista, respectivamente.
Una cristalización legal de la moral socialista en Cuba ocurrió en el “institucionalizador” 1976.
Entorno a ese año nacieron un simulacro de parlamento unicameral llamado Asamblea Nacional de Poder Popular (ANPP) que, aeróbicamente, vota Sí a cada propuesta castrista, y la primera Constitución y Código de Familia (CdF, que estableció las “nuevas normas jurídicas” que regirían “las relaciones familiares en nuestro Estado proletario”) revolucionarios.
Los documentos que metodologizaban la estructura de la nueva sociedad socialista, apuntaban al menor de edad, potencial Hombre Nuevo, mentes que absorberían la instrucción izquierdista, preciosa tabula rasa sin el “pecado original” burgués del que hablaba Ernesto Che Guevara.
Si la Biblia pide amar a Dios sobre todo, y honrar al padre y a la madre, el totalitarismo pide amar al Líder así, y dejar a los padres si lo niegan; fija la idea del Papá Estado, que protege y provee.
Del cristianismo brota la contradicción entre la fe en Dios y la veneración de Castro, que temían los revolucionarios. Es la llave inglesa que atasca la rueda dentada del adoctrinamiento totalitario.
No hay totalitarismo que no ataque a la familia. Sabe que en las catacumbas del hogar, esa patria chica tiene el potencial para resistir el mal y conservar lo bello, lo bueno y lo verdadero.
A la vez, el riesgo paterno es grande si contrariaba, verbal o activamente, o simplemente huía del Estado. Iba de separaciones a órdenes de asesinar familias enteras, bebés incluidos —como en las masacres de Río Canímar (1980), Remolcador 13 de Marzo (1994) o Bahía Honda (2022)—.
No ha tenido reparos el castrismo en dividir ideológicamente a familias e invitar a que padres e hijos se espíen y delaten mutuamente ante el poder, como ha relatado el escritor Eliseo Alberto.
Es común que las escuelas cubanas paren la docencia para movilizar a los niños en “actos de repudio” contra opositores o activistas prodemocracia; sin la venia o el conocimiento paterno.
Para influir el desarrollo de las nuevas generaciones acorde a pautas partidistas, era clave quebrar la autoridad de la familia, coaccionando en la ley y adoctrinando en las instituciones dadoras de sentido.
Revisemos algunos documentos que trazaban esas directrices.
La Plataforma Programática del PCC de 1976, en lo relativo a la política laboral y social, aseguró que si la educación familiar y la social confluían “armoniosamente”, los individuos participarían más “en el trabajo social” y, a la inversa, las contradicciones entre ambas, conducirán a un relativo desapego de los miembros de la familia con el trabajo social. Y esto se manifestaría militando en organizaciones de masas, desfiles, manifestaciones del “amor a la Revolución”, etc.
Desde los años 1970 el Estado ató la enseñanza moral deseada a “fundamentos de la moral socialista que debemos iniciar en nuestros hijos”, como “el amor a sus padres y hermanos, a los adultos que lo atienden, a sus compañeros, la formación de cualidades morales [socialistas], el establecimiento de las normas de disciplina, el amor al trabajo y el respeto a los trabajadores y a su obra, el amor a nuestra Patria [Revolución] y a los demás pueblos [internacionalismo]”.
Los deberes de los padres estarían enfocados en garantizar la salud físico-mental del menor y educarlo en los límites políticos de la sociedad e ideología socialistas.
El Estado necesitaba generar, a través de la Familia y la propaganda social, más brazos para su servicio, y un cambio cultural-moral que garantizara generaciones de vasallos, no ya ciudadanos.
