Fotografía de Juan Pablo Estrada.

Comparar la ética cristiana y la socialista a la luz de sus decálogos más influyentes es revelador.

Éxodo relata cómo Dios entregó a Moisés en el Sinaí dos tablas con diez mandamientos —base de la ley moral judaica y cristiana—. Los tres primeros tratan la relación con Dios; los otros, la relación social o con el prójimo. Unen, digamos, lo espiritual e íntimo con lo conductual y público.

Primero: amar a Dios por sobre todas las cosas. Dos: no tomar Su nombre en vano; mediante blasfemia, maldición o juramento, sino con respeto. Tres: guardar el día de reposo.

Esta tríada inicial desarrolla la cohesión y comunicación social en grandes grupos humanos, y la humildad en el liderazgo, en tanto reconoce la existencia de un ser supremo en sabiduría.

Todos, conforman una base axiomática para discusiones y acciones propias de la vida en común.

Los mandamientos “sociales” abren con la honra a la madre y al padre, quienes están llamados a guardar la fe y la tradición, educar a los jóvenes y testificar de batallas pasadas y el poder de Dios.

El siguiente mandamiento es no matar. El próximo llama a no cometer actos impuros, esencialmente en el plano sexual y fuera de la institución matrimonial, de donde nacen la familia y nuevos individuos, necesitados de estabilidad emocional y económica para su sano desarrollo.

El séptimo y el décimo están relacionados con el respeto a la propiedad privada, al condenar el robo y el codiciar un bien ajeno. El octavo exige no mentir o dar falso testimonio; la verdad es un pilar para la comunión, el desarrollo de lazos de confianza social y un sistema de justicia fiable.

El noveno, referente al control de los pensamientos y deseos impuros o concupiscencia, entiende el poder destructivo de la búsqueda y el apetito desordenado por placeres.

Milenios después, el Manifiesto Comunista (1848) de Carlos Marx y Federico Engels, ofrecía diez puntos esenciales para el avance totalitario. Engels lo llamó, en el prólogo a la edición alemana de 1890, “el documento más extendido e internacional de toda la literatura socialista”.

Pero, ¿qué era el socialismo? Vladimir Ilich Lenin lo refirió como fase previa a la sociedad comunista, etapa transicional para cambiar el modo de producción, implementar una “acción despótica sobre la propiedad” (robo) y concentrarla en manos del Estado.

Para lograr tal transformación, Marx y Engels desgranaron diez recomendaciones a aplicarse:

Expropiación de la propiedad inmueble y aplicación de la renta del suelo a los gastos públicos.

Fuerte impuesto progresivo.

Abolición del derecho de herencia.

Confiscación de la fortuna de los emigrados y rebeldes.

Centralización del crédito en el Estado mediante un Banco nacional con capital estatal y régimen de monopolio.

Nacionalización de los transportes.

Multiplicación de las fábricas nacionales y de los medios de producción, roturación y mejora de terrenos con arreglo a un plan colectivo.

Proclamación del deber general de trabajar; creación de ejércitos industriales, más en el campo.

Articulación de las explotaciones agrícolas e industriales; tendencia a ir borrando gradualmente las diferencias entre el campo y la ciudad.

Educación pública y gratuita de todos los niños. Prohibición del trabajo infantil en las fábricas bajo su forma actual. Régimen combinado de educación con producción material, etc.

Cada una de estas medidas (quizá con la excepción de la tercera) se impusieron en las primeras décadas de la Revolución Cubana y/o se mantienen, legando la sociedad que hoy naufraga.

El decálogo del Manifiesto y los Mandamientos son antagónicos natural e irremediablemente.

El primero, en tanto materialista, privilegia un enfoque en los niveles conductual y público. Mientras, en la práctica, los sistemas socialistas aplastan el nivel espiritual e íntimo violando la libertad religiosa y de conciencia (que Marx y Engels denostaban).

Si los tres primeros Mandamientos piden lealtad a Dios, los cuatro primeros del Manifiesto piden robar a quien posea inmuebles, trabaje, herede y piense fuera del carril ideológico izquierdista.

Esto choca con los mandatos bíblicos a no tomar o codiciar lo ajeno.

El último punto del Manifiesto limitaría el derecho paterno a elegir la educación de los hijos, y lo entregaría al Estado, entorpeciendo la transmisión de la tradición y la “honra” a los padres.

El mandamiento “no matarás” se contradice en el Manifiesto, que sostiene que la izquierda sólo alcanzaría sus objetivos, “derrocando por la violencia todo el orden social existente” y que, una vez logrado, el poder despojará paulatinamente a la burguesía [léase, a todo propietario] de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del Estado”.

Marx y Engels insistían en que el proletariado organizado sería el gobernante, pero en la práctica ningún ejemplo ha sido distinto a los de una casta burocrática y, en casos como el castrista, familias con poder omnímodo. De niños, el sistema escolar socialista cubano repetía que la fase superior del capitalismo era el imperialismo, y la del socialismo, el comunismo; pero en verdad, la fase superior del socialismo es siempre la peor de las monarquías, la absoluta.

Estos son apenas algunos aspectos que revelan lo antitético entre dos decálogos: uno que mira al reino de este mundo y otro que mira al reino de los cielos, uno que aspira al hoy y otro a la eternidad, uno que pondera la materia y otro que sopesa corazones.

En general, el Manifiesto rezuma odio hacia el libre mercado, el conservadurismo y la tradición. “La revolución comunista viene a romper de la manera más radical con el régimen tradicional de la propiedad; nada tiene, pues, de extraño que se vea obligada a romper, en su desarrollo, de la manera también más radical, con las ideas tradicionales”, adelantaba.

La lógica detrás era que un cambio material, generaría un cambio mental. “No hace falta ser un lince para ver que, al cambiar las condiciones de vida, las relaciones sociales, la existencia social del hombre, cambian también sus ideas, sus opiniones y sus conceptos, su conciencia”, dijo Marx.

El lince rojo sufría miopía. La firmeza y, más aún, el avance de la fe en Rusia, Cuba, China, etc., prueban que la trascendencia de Dios supera la onanística arrogancia de un grupo de intelectuales.

Vale decir que, lejos de lo que medios o líderes de izquierda han dicho, Jesús no fue un socialista. Ni insinuó reunir el poder en élites que redistribuyeran la riqueza, o centralizaran y planearan la economía. Habló, sí, de mirar al necesitado, desde la responsabilidad personal a través de la conciencia. ¿Expresiones de ese paso voluntario? La limosna, la donación, la caridad.

Si la cosmovisión cristiana pondera la piedad, el principio de voluntariedad la revela como un acto genuino, naciente de un corazón sensible y obediente a las enseñanzas de Jesús. ¿Qué mérito moral tiene entregar recursos a un burócrata que, en nombre de los pobres, pone el revólver de la ley en tu sien? De ahí no salió la poderosa hermandad entre miembros de la iglesia primitiva.

Sus miembros compartían bienes y alimentos, comían juntos, vendían propiedades, repartían el dinero según necesidades individuales, a diario se reunían en el templo. Lo hacían impactados por el testimonio de los apóstoles y, quizá, unidos por la presión religioso-cultural del contexto.

Los socialistas creen ver allí colectivismo, cuando en verdad hay comunidad. Lo colectivista, impuesto por un Estado, es contrario a lo comunitario, suscitado por la voluntad individual.

Juan el Bautista instó a la multitud a servir a los más necesitados, pero hablaba de superávit, de compartir lo que, en primera instancia, podemos asegurar para nosotros mismos. Al que poseía dos túnicas, invitó dar una al que no tuviera; y al que tenía qué comer pidió hacer lo mismo. Otra vez, la voluntad propia, guiada por una idea de amor al prójimo, daría el paso final

La prosperidad económica, aunque mínima, es un requisito para entregar recursos a los demás. Puede entregarse otro tipo de recursos intangibles, tiempo, por ejemplo; pero en el caso específico de un bien de consumo, no podríamos dar la única capa. Sólo estaríamos transfiriendo la pobreza.

Las iglesias son peligrosas para el totalitarismo, además, porque las atraviesa una cosmovisión de generosidad comunitaria, frente a la organización comunal. La combinación ética-autonomía financiera fortalece el tejido social. Para destruirla, debe haber dependencia estatal; suplantar esa función caritativa. El mejor modo es empobrecer al dador en el nombre de la igualdad y la justicia.

Lawrence Reed, líder de la Fundación para la Educación Económica, alaba que la biblia mande a los cristianos a amar, adorar, orar, servir, perdonar, ser sinceros y amables, aprender y crecer en espíritu y carácter. Cosas que no requieren policías, burócratas, partidos o programas políticos.

Quizá el más popular ejemplo de esa voluntariedad está en la parábola del Samaritano que ayudó personalmente al asaltado en el camino con su propio tiempo y recursos. En los evangelios Jesús afirmó: “Los pobres siempre los tendrán con ustedes, y pueden ayudarlos cuando quieran”. Para Reed, la clave ahí está en el “puedes y debes querer ayudar”. El cristianismo no consiste en pasarle la pelota al Estado cuando hay que atender al necesitado. La caridad cristiana, por voluntaria y sincera, es distinta a los mandatos obligatorios e impersonales de las autoridades.

En otro relato bíblico, se le acercan a Jesús con una petición de redistribución: “Maestro, di a mi hermano que reparte la herencia conmigo”. Jesús entonces respondió: “Hombre, ¿quién me ha hecho juez o divisor sobre ti?”. Finalmente increpó la envidia del que pedía.

Los socialistas, para autojustificarse, aman citar pasajes bíblicos donde creen advertir llamados a la lucha de clases. La expulsión de los comerciantes del templo y el comentario de Jesús sobre que un camello pasará por el ojo de una aguja, antes que un rico entre en el cielo.

Ambos casos eran admoniciones contra prioridades equivocadas. En el primero sobre el mal uso de la casa de Dios; en el segundo, sobre las grandes tentaciones que acompañan las grandes riquezas y que pueden hacer que un individuo pierda la salvación.

Sin embargo, Jesús fue muy claro aplaudiendo la diligencia, la laboriosidad, la inteligencia financiera y el uso de habilidades para la creación de riqueza, en su parábola de los talentos. En la parábola de los trabajadores de la viña, una exaltación del derecho al contrato voluntario, a la propiedad privada y la ley de oferta y demanda. Elementos todos alejados del socialismo.

Por eso, el mundo creado por los seguidores de Jesús potenció y valoró la comunidad y la voluntad, como elementos fundamentales. De allí, emana una ética distinta a la del socialismo.

Por siglos el intento de la política ha sido, vía ideologías, reproducir el efecto dedicatorio de la fe. La ideología política es una falsa teología que fanatiza a los hombres sin Dios.

La religión infunde un conjunto de valores y, como consecuencia, traza una línea moral para el grupo. El ejercicio de esa línea produce arquetipos. Para el cristianismo, es Jesús.

La Iglesia, de otro lado, en tanto reúne, coordina los esfuerzos de los fieles y transmite la doctrina a través de la enseñanza, pasa a ser una institución dadora de sentido.

La comunidad, entendida como un grupo que comparte un territorio espacio-cultural y animada por una cosmovisión similar, es el motor humano de fondo.

Autores cubanos como Ambrosio Fornet o Johan Moya Ramis, afirman que los estamentos morales del socialismo en la isla son herencia directa y readaptada del humanismo cristiano. Sin embargo, la más exacta definición de esto es que el socialismo nació en Occidente, región animada cultural y filosóficamente por el cristianismo. Así, sus pensadores, aún con la expresa tarea de negarlo o destruirlo, no puedan escapar de axiomas básicos para la comprensión de la sociedad que les rodea, nacidas del cristianismo.

La cosmovisión que nutre este hemisferio, a decir del politólogo Ben Shapiro, nació de la tensión entre Atenas y Jerusalén, la razón y la revelación. El socialismo propone sólo el desequilibro de ese diálogo, mediante la fuerza coercitiva del Estado, en favor del primer elemento.

Desde finales del siglo XIX y principios del XX la ética y la moral cristianas fueron el marco de referencia global para corrientes laicistas y filosóficas que se movían al interior de la sociedad republicana cubana, escencialmente el liberalismo clásico y el conservadurismo.

El PCC cubano, fundado en 1925, denostó ese marco de referencia, y esa negación se manifestó cuando llegó al poder, abolir las libertades políticas, centralizar el sistema económico e impugnó el cristianismo como fuerza cultural de peso.

En esa hostilidad, con dos éticas tan disímiles, ¿eran posibles coincidencias morales?

Moya Ramis cree ver algunas entre las iglesias y el Estado —instituciones que reconoce como antagónicas—, en las primeras décadas de la Revolución. Entre ellas, la defensa de los valores familiares, el matrimonio encabezado por el patriarca, y el respeto de ciertas normas morales.

El consenso sobre la familia y el matrimonio como instituciones fundamentales de la sociedad, el rol del liderazgo masculino en la defensa y edificación de civilizaciones, ha sido transversal a sistemas políticos de todo color en cada rincón del planeta. Es una verdad clara desde el aspecto biológico, psicológico e histórico, que no fue contradicho jurídicamente hasta 2001, cuando Países Bajos refirió en la ley las uniones entre personas del mismo sexo como matrimonio.

Presentarlo como muestra de equivalencia entre una comunidad de fe y el totalitarismo es decir que, si Hitler amaba a sus perros, hay un nacionalsocialista detrás de cada dueño de perros.

Otra vez, nada nace de la nada. En cualquier sistema de pensamiento que brote en este hemisferio, habrá un diálogo con la base moral judeocristiana, sea para afirmarla o, en el caso totalitario, distanciarse paulatinamente de ella. (Vale apuntar, no obstante, que intelectuales socialistas del siglo XX afirmaban que debía dejarse atrás la familia patriarcal, de tipo burgués, a la vez que reconocía a la familia como institución social humana única, sin alternativas).

Tampoco hay equivalencia real, por ejemplo, entre el socialismo condenando la conducta homosexual con trabajos forzados en pleno siglo XX, y los cristianos considerando su práctica pecaminosa mientras predican redención al individuo a través de Cristo. En las UMAP los carteles recibían a los reclusos con la frase “el trabajo os hará hombres”, revelando el materialismo marxista, pensando la homosexualidad como un problema físico, carnal; sin embargo, a la luz de la biblia, las iglesias veían la homosexualidad como una manifestación de falibilidad espiritual.

En ambos argumentos es visible la dicotomía entre el que niega el alma, y ve al hombre como un trozo de carne, y el reconocimiento integral de la persona: cuerpo, mente, espíritu eternal.

Algunos autores intuyen la confrontativa relación entre la ética socialista y la cristiana, y el prestigio en la sociedad que revisten las iglesias como restauradoras de una ética y moral “dejadas de lado por la crisis de valores consecuencia de la ideología marxista”.

En el siglo XXI el Hombre nuevo guevariano de la ética socialista estaba en vías de extinción. En cambio, “el nuevo homo religiosus cubano, que cuatro décadas atrás parecía que iba extinguirse tras la victoria del ateísmo materialista y científico, renacía con más fuerza que nunca”. 

Y con él, valores y doctrinas que conectan a los evangélicos cubanos entre ellos y, de modo natural, con una familia de fe que desborda fronteras. Esa hermandad global, pone en jaque los procesos imaginados por Marx y, hoy, por sus más afiebrados hasta los más velados seguidores. 

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