La apasionante vida de Juan de Miralles Traillón constituye uno de los mayores testimonios de la ayuda brindada por parte de España y sus colonias a la independencia de los Estados Unidos. Le cabe el honor al historiador cubano Herminio Portell Vilá haber descubierto esta figura en los Archivos de la Biblioteca del Congreso estadounidense en 1931, durante la preparación de su monumental obra Historia de Cuba en sus relaciones con los Estados Unidos y España. A esta personalidad histórica y su importancia en la independencia de las Trece Colonias se han acercado también la historiadora norteamericana Helen MacCaden y en la actualidad, el historiador valenciano Vicente Ribes.
Juan de Miralles fue un exitoso comerciante de origen español que se estableció en La Habana en 1740, a los 27 años de edad. Dedicado al contrabando marítimo, con el tiempo llegaría a adquirir su propia flota de buques y tenía como principales mercados a los puertos ingleses de la Florida, Charleston, Nueva York y Boston. En La Habana contraería matrimonio en 1744 con María Josefa Eligio de la Puente, hija de una de las familias más acaudaladas de la sociedad habanera, asentándose en la aristocrática calle Aguiar. Según el historiador Vicente Ribes, Miralles fue también pieza clave en el comercio negrero hispánico durante los años 60 y 70 del siglo XVIII, pues consta que estuvo en la isla de Jamaica varias veces en esos menesteres, lucrativo negocio al cual era muy difícil sustraerse en la época.
Su vida comenzaría a cambiar en 1762 cuando el Capitán General de la isla envía a Miralles por su posición social y dominio del idioma inglés a Jamaica, con el público fin de comprar esclavos, con lo cual se encubría el verdadero objetivo del viaje: recabar información sobre el inminente ataque a La Habana por los ingleses. Después de muchos rumores entre la realeza peninsular, que lo acusó de servir a los británicos y traicionar a la Corona española, Miralles es devuelto a La Habana. Para Portell Vilá estas acusaciones tienen varios motivos: Todo hace pensar que los enemigos que tenía Miralles debido a su altivez, sus riquezas, sus andanzas, su cultura y, sobre todo, las conexiones con la masonería, se aprovecharon del incidente para presentar a Miralles como desleal traidor, y al servicio de los británicos, y también como hereje”. Sus habilidades como empresario le valieron entrar en negocios con grandes casas comerciales de Europa y establecer nuevas rutas marítimas entre Cuba y los Estados Unidos, por lo cual se le considera el fundador del comercio entre los dos países. Además, tenía estrechos vínculos con los más altos representantes de la política y los negocios de la sociedad habanera y peninsular.
Miralles no pasaría a los anales de la historia si no es que el Capitán General de Cuba, el Marqués de la Torre, le encomienda en 1776 la riesgosa misión diplomática de presentarse ante los rebeldes norteamericanos en la ciudad de Filadelfia. El establecimiento de cordiales relaciones con el Congreso Continental, en especial con el general George Washington, para conocer cuál era el porvenir de España y sus posesiones una vez que se vieran obligados a declararles la guerra a los ingleses, eran los principales objetivos del habanero. Empieza a tejerse entonces la contribución de este acaudalado comerciante a la independencia de los Estados Unidos y la profunda amistad que lo unió a Washington, padre fundador de la nación norteamericana.
El habanero llegaría a suelo norteamericano el 9 de enero de 1778. Luego de una azarosa travesía y a fuerza de habilidad, obsequios y promesas, Miralles logró la consideración del Congreso Continental hacia su figura. Para ello se valió de su carácter rumboso y poderosa fortuna. Los norteamericanos pronto se percataron de la importancia de la ayuda de la metrópoli ibérica en sus propósitos, pues esta poseía buena parte de los territorios fronterizos a las Trece Colonias.
En condición de inferioridad diplomática frente a Francia, la otra potencia europea que había aprobado públicamente la beligerancia de las colonias británicas, el representante Miralles se las arregló para conquistar a una amplia gama de la sociedad norteamericana: Era tan atrayente la personalidad de Don Juan, como enseguida fue conocido Miralles en Filadelfia, y tan insinuante y cortés en sus maneras, que no tardó en ser conocido y altamente considerado por los militares y los hombres de negocios de la capital de la nueva nación, dispuestos a pasar por alto la anomalía de que España, aliada de Francia y enemiga de la Gran Bretaña, ayudase en su lucha a las Trece Colonias y no les reconociese su independencia.
En Filadelfia, Miralles conoció al escultor y pintor Charles Willson Peale, a quien lo unió una sincera amistad. Los grabados de este artista dedicados a los grandes jefes de la Revolución estadounidense fueron altamente valorados en su época y el acaudalado habanero —quien ya admiraba profundamente a Washington— le compró varias docenas de esos retratos, enviándolos a Cuba y España a manera de obsequio a sus familiares, amigos y funcionarios españoles.
Conocer personalmente al general George Washington era una de las mayores aspiraciones de Miralles. Su sueño se haría realidad a fines de 1778, con motivo de la visita del caudillo militar a la capital norteamericana en la Navidad de ese año. Al parecer, ambos simpatizaron, y Washington hombre muy ocupado por demás acepta la invitación del diplomático extranjero a un banquete en su honor, con la presencia de los más altos representantes de la diplomacia, el ejército y los negocios de la ciudad. Que el general norteamericano encontrara tiempo para aceptar el convite de Miralles, mucho tuvo que ver la importancia que le otorgaba Washington a la ayuda de España para expulsar a los ingleses de las Trece Colonias. El poderoso Miralles fue dadivoso en extremo, en la cena se degustaron buenos vinos españoles, licores, dulces finos, además de ron y tabaco, artículos muy valorados por sus invitados.
Todo indica que Miralles, entusiasmado con la Revolución norteamericana, para la cual no escatimaba elogios en su correspondencia con La Habana, prometió al general Washington una cuantiosa ayuda a su causa. Según refieren los mencionados historiadores, la lista de donaciones y préstamos recibidos por el ejército independentista norteamericano de parte de Miralles y de España es amplísima: prendas de vestir, uniformes, mantas, camisas y zapatos por miles para resistir el crudo invierno del norte. También se le abasteció de armas en cantidades nada despreciables. Ribes anota varias cifras dignas de mención: seis mil sables, dos mi fusiles y cargamentos enteros de pólvora y quinina. Por su estratégica posición, la colonia de Cuba fue la que hizo el mayor aporte. Miralles financió la reparación y provisión de la escuadrilla del comodoro Alexander Gillon en los astilleros del puerto habanero. Sin las garantías dadas por Miralles y su cuñado Eligio de la Puente, la escuadrilla del norteamericano no habría podido hacerse a la mar, ya que no tenía con qué pagar a sus acreedores. Ribes brinda cifras muy reveladoras de la contribución española a los norteamericanos: 35.000 pesos a Carolina del Sur, 140.000 dólares al comandante americano de Charleston y 15.000 pesos a la flotilla del corsario americano Gillon. La colaboración de España con la independencia de los Estados Unidos —hasta octubre de 1779 que oficialmente le declara la guerra a Gran Bretaña— se hacía de manera secreta, con ello la Corona Española trataba de impedir el intento de que sus colonias imitaran el ejemplo de los rebeldes de Washington. El imperio español deseaba también expulsar a Gran Bretaña del territorio de la Florida y vengarse del agravio inglés que significó la pérdida de ese territorio por la recuperación de La Habana.
Portell Vilá indica que, si la Revolución Norteamericana pudo superar sus años más difíciles (1779-1783), fue debido a la capacidad del ejército español de derrotar a Francia y Gran Bretaña para hacerse del control del Valle del Mississipi y las dos Floridas: Si las Trece Colonias hubiesen comenzado su independencia cercadas por los británicos al Norte, al Oeste y al Sur, con Britannia ruling the waves a lo largo de la costa del Atlántico ¿cómo habrían podido los Estados Unidos alcanzar su formidable desarrollo inicial? España y sus colonias, al vencer a la Gran Bretaña y al obligarla evacuar sus factorías comerciales, sus embarcaderos, sus almacenes, sus bases militares y navales y sus poblaciones junto a los Estados Unidos, hicieron el aporte más significativo a la independencia y el engrandecimiento de los Estados Unidos”.
La alta estimación que Miralles y George Washington se tuvieron puede comprobarse a través de la correspondencia en los días difíciles en que el Congreso Continental necesitaba el apoyo de España para continuar la guerra. Miralles, después de informarle las últimas decisiones del gobierno español en vísperas de la declaración de guerra a Gran Bretaña, recibe de Washington esta respuesta:
La información que usted ha tenido la bondad de confiarme es muy agradable. Me prometo los más felices acontecimientos por el conocido espíritu de su nación
Unidos con las armas de Francia podemos esperarlo todo contra los ejércitos de nuestros comunes enemigos, los ingleses
Sólo puedo enviarle desde estos cuarteles como en cambio, lo que hace tiempo usted tiene y que es mi amistad muy sincera
”
Portell Vilá no esconde su admiración ante semejante expresión de amistad y anota cómo, dos siglos después de la Declaración de Independencia de esta gran nación, apenas se reconoce el aporte hispánico a la misma. Más que un necesario apoyo logístico y estratégico, Miralles representó para el general Washington poco dado a los elogios por su carácter reservado el optimismo y la confianza en la futura victoria. ¡Y pensar que el Dictionary of American Biography y el Dictionary of American History se han publicado con pretensiones de obras de consulta definitiva, sin mencionar a Miralles, refiere el historiador cubano.
Otra prueba del afecto que se profesaron Miralles y Washington está en la promesa hecha por el comerciante habanero al norteamericano de traerle de Europa dos burros garañones españoles para la hacienda de este último en Mount Vernon. La excelencia de los asnos sementales españoles era muy conocida en Europa, por lo cual España había limitado sus ventas hacia el extranjero. Miralles se encargó de gestionar ante Madrid el permiso para poder traer los burros a América, pero la lentitud de los trámites burocráticos y las difíciles comunicaciones de la época demoraron tanto la llegada de los famosos asnos que tuvieron que pasar cinco años mucho después de la muerte Miralles y ante la insistencia de Washington para que al final ¡uno solo! de los burros llegara a Mount Vernon.
Debido a las malas condiciones de las tropas norteamericanas, pobremente acantonadas y mal alimentadas, a finales de 1779 Washington le pide a Miralles que se traslade de Filadelfia al cuartel general del jefe norteamericano en Morristown, pero el crudo invierno que hubo de soportar el comerciante habanero a la edad de 69 años puso su salud en muy malas condiciones. Al llegar al campamento rebelde, Washington le hospedó en su casa y a su disposición puso a los mejores médicos, pero la vida de Miralles se apagaría definitivamente el 28 de abril de 1780.
La revolución norteamericana perdía a uno de sus más entusiastas partidarios y el primer hispanoamericano que había conocido las Trece Colonias y a sus más ilustres dirigentes. Los funerales de Miralles estuvieron revestidos de todo el glamour que el general Washington consideró que un hombre de su condición merecía. Elegantemente vestido con un traje de gala de tela escarlata, con finos encajes bañados en oro, la imagen de Miralles causaba la admiración de los asistentes al funeral. Sus manos pobladas de varios anillos de diamantes y un magnífico reloj de oro inspiraban a toda la oficialidad un halo de respeto a su figura.
El general Washington transmitió sentidas condolencias al Capitán General de Cuba, Diego José Navarro, y a la familia de Miralles. Posteriormente el cadáver fue trasladado a Filadelfia y embarcado en uno de los buques del comerciante a La Habana, donde después de las correspondientes honras fúnebres fue definitivamente sepultado en la cripta de la antigua iglesia del Espíritu Santo.
Un siglo y medio después, por iniciativa de Herminio Portell Vilá y con el apoyo de la desaparecida Sociedad Colombista Panamericana, se colocaron sendas tarjas en la Habana Vieja para recordar a Miralles y su contribución a la independencia de las Treces Colonias. La primera fue ubicada en los muelles del Arsenal en 1944 como homenaje a los cientos de barcos reparados, protegidos y abastecidos por la compañía del habanero. La segunda fue colocada en los antiguos terrenos de su residencia en la calle Aguiar, esquina Avenida de las Misiones, en 1947, donde reza una frase imperecedera de George Washington hacia al habanero que tanto admiró: en este país se le quería universalmente y del mismo modo será lamentada su muerte.
(Publicado originalmente en Palabra Nueva)
