
Tal parece que La Habana lleva un lustro pujando por alcanzar la categoría de mayor basurero a cielo abierto del Caribe insular. A falta de datos fiables, no tengo idea de si tal ambición llegó a ser alcanzada, pero evidentemente clasificó. Hace apenas seis entregas, abordamos en esta misma columna la infausta circunstancia ecológico-humanitaria que la quema de desechos sólidos genera en las calles capitalinas, pasando de largo los emporios de cochambre que constituyen los vertederos generales a donde, en principio, los desperdicios procedentes de la ciudad deben ir a parar. De los botaderos localizados en la periferia habanera —un perímetro que ha sido aceleradamente absorbido por el crecimiento urbano—, existen dos, entre “programados” y espontáneos, que destacan por su volumen e impacto medioambiental.

Hurgando en las redes, di con un fotorreportaje de Idania Cárdenas, alusivo al basurero de la circunvalación capitalina, una vía que también es conocida como Anillo de La Habana u Ocho Vías. Publicado en Havana Times el 8 de diciembre de 2024 bajo el título: “El gran basurero de La Habana” —que ciertamente es grande, pero no el mayor–, en él se sintetiza el cotidiano discurrir de camiones abarrotados de inmundicias llegando sin descanso –cuando ello era frecuente—, y de recolectores-recicladores de basura que viven en los alrededores, habitando precarios refugios que confeccionan con la misma materia prima encontrada entre los desechos. Sin dudas un testimonio humanamente desconcertante, que me sirvió de enlace a una pormenorizada investigación periodística, aparecida el 2 de abril de 2024 en Periodismo de barrio, la cual recomiendo de buena tinta a los interesados. “¿Quién recoge la basura en La Habana?”, de la autoría de Adriana Fonte Preciado, se adentra de lleno en los vericuetos gnoseológicos del vertedero de 100 y Boyeros, el mayor y más célebre emplazamiento de su clase en el país —su envergadura es tal, que puede ser cartografiado satelitalmente en Mapcarta—.

Si bien la amplia y documentada pesquisa de Adriana Fonte se socorre del enclave como pivote argumental, son numerosas las estadísticas colaterales que la acompañan hasta el final de sus líneas. Lo que no he podido desentrañar a estas alturas, al abordar el tema en otras ocasiones, es cómo un espacio destinado a jugar un rol vertebral en el futuro eje verde de la ciudad —proyectado por el Plan Director de La Habana entre los años 70 y 80—, terminó conformando una montaña de inmundicias de 25 metros de altura, repartida en 105 hectáreas de superficie. En la actualidad, cuando este desafortunado “accidente orográfico” sobrepasa los 40 años de explotación ininterrumpida, allí se acumulan 52 millones de metros cúbicos de residuos, que receptan el 80% del total generado en La Habana. Localizado en lo que se contemplaba como perímetro urbano de la ciudad, fue allí a donde se redirigieron los vertimientos del histórico botadero de Cayo Cruz, en la orilla sur de la bahía habanera. Removido por constituir una de las principales fuentes contaminantes de la rada portuaria, a la postre, su improvisado desplazamiento ha desatado un caos de imprevisibles consecuencias.

La espontaneidad que tipifica a las economías subdesarrolladas, acabó por cimentar uno de los trastornos medioambientales y sanitarios de mayor envergadura en nuestra historia insular; una perturbación que, por la misma desidia, ha sido deficientemente abordada y gerenciada. La ubicación de este y otros vertederos habaneros en topografías más elevadas, detrás de la retícula urbana limítrofe con el mar, contamina por lixiviación el manto freático de la ciudad y sus alrededores. Para colmo de desperdicios, la única frontera natural que pone coto al basurero de 100 y Boyeros la constituye el río Almendares, encargado de arrastrar aguas abajo la polución diluida del mismo. La sola exposición a cielo abierto de toda esa materia en descomposición, libera gases de efecto invernadero como CO2 y metano, en valores que nadie se ha tomado el empeño de cuantificar y mucho menos de hacer públicos. Ello configura la parte no visible o desapercibida del asunto, que solo se hace notar cuando la combustión espontánea, que subyace en las capas intermedias del basurero, alcanza su máximo grado de ignición, emanando un humo hediondo que opaca la atmósfera capitalina.

Las consecuencias vectoriales intrínsecas al fenómeno, facilitan la dispersión de agentes patógenos en un rango de compromiso para la salud que llega a propiciar la prevalencia de determinados tipos de cáncer. Según pautas internacionales, en correspondencia con los paupérrimos indicadores económicos de naciones en nuestra igual circunstancia de subdesarrollo, en La Habana se genera un promedio de entre 20.000 y 25.000 toneladas de desechos diarios, vertidos todos al descubierto. A cualquier desavisado parecerá que el inmovilismo político-administrativo carece de respaldo legal para tomar cartas en el asunto, cuando en realidad abunda la papelería jurídica al respecto. El Estado cubano estableció un marco regulatorio para el uso de recursos naturales, partiendo del artículo 27 de 1976, al que se integraron la Ley 33/1981, “Ley de protección del medio ambiente y del uso racional de los recursos naturales”, y la Ley 81/1997, “Ley de Medio Ambiente”. Si bien los desechos sólidos resultantes del consumo humano en áreas urbanas no fueron contemplados explícitamente en la Ley 81, este crucial tópico fue establecido mediante el Decreto Ley No. 54, “Disposiciones Sanitarias Básicas”, propuesto por el Ministerio de Salud Pública en 1982, y quedando dispuesto que la entidad benéfica quedara a cargo de hacerlo cumplir.
Otras pautas legales para regular el espectro sanitario y medioambiental, han sido sucesivamente estipuladas hasta fecha tan cercana como 2023. Dichas normas están dirigidas a asesorar el desempeño del control higiénico-sanitario y epidemiológico, abordando lo relativo a desechos sólidos y las ordenaciones referentes a los cementerios, restos humanos y procesos de cremación, particular que, siguiendo el traspapelado curso de los acontecimientos, nos pone a pensar, y mucho, en nuestro destino final.
