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Del más breve análisis de los hechos históricos y de los mensajes al Congreso de los presidentes Cleveland y McKinley, se desprenden conclusiones que ya han sido conocidas durante muchos años, pero que merecen ser recordadas, ampliadas y profundizadas hoy, si es que queremos para Cuba un futuro de independencia nacional, democracia política y justicia social. Al menos esos son mis objetivos como cubano orgulloso de su tradición nacional, y hermano de los estadounidenses que simpatizan con nuestras tradiciones, que son esencialmente las de la mayoría de los mejores de ellos. En cuanto a la política del avestruz ideológico y político, la pretensión de esconder verdades indiscutibles a fin de inventar soluciones fáciles a problemas difíciles, la quiero lejos de mi testa.

No es cierto que la guerra de Estados Unidos contra España tuviera como objetivo la liberación de Cuba del dominio español. La clase política norteamericana y sus sostenedores en el mundo del dinero, tanto demócratas como republicanos, fueron amigos del despotismo español hasta el último momento, hablaban su lenguaje imperial, repetían su visión de la historia cubana, y protegían sus intereses; se negaron a reconocer siempre la beligerancia del Pueblo Cubano en Armas; no aceptaron que en Cuba hubiera una guerra de independencia como la habían hecho ellos un siglo atrás, sino unas revueltas que dañaban sus propiedades; tildaron de bandidos sin posibilidad de éxito a los mambises que hacían una guerra de guerrillas como un siglo atrás habían hecho ellos; calificaron a la República en Armas como un gobierno de papel manipulado por unos bandidos; amenazaron con intervenir contra ambos bandos y trataron hasta el final de comprarle la isla a España como hicieron con Filipinas; y si no se lanzaron como en Filipinas a la anexión, fue porque el pueblo de los Estados Unidos y algunos de sus senadores simpatizaban con los mambises, y se negaban a una política imperialista incompatible con las proclamadas tradiciones libertarias de la nación. Pero consumaron esa traición en Filipinas.

La guerra de los Estados Unidos contra España ni siquiera tenía como objetivo salvar los intereses norteamericanos en Cuba. Los mambises trataron todo el tiempo de no perjudicar esos intereses, aunque había yanquis sin ninguna empatía con la causa cubana. Pero los herederos o incluso los mismos políticos y militares que habían arrasado a su propia gente no sólo en su guerra de independencia sino en la de Secesión, en la que participara McKinley como capitán, exageraban los daños sufridos por sus propiedades a manos de los mambises o los españoles; y de inmediato arrasarían Filipinas.

Reconocer la beligerancia de los cubanos hubiera conducido enseguida a la derrota de España, con lo cual esos intereses hubieran estado a salvo de inmediato.

A eso se negaron durante treinta años.

Una intervención militar a favor de la República en Armas hubiera establecido esos intereses para siempre en Cuba con un agradecimiento y una amistad perpetuos, como el de la nación norteamericana con Francia, cuya intervención financiera y militar salvó Filadelfia y les dio el triunfo a los depauperados independentistas de 1776.

Tampoco es cierto que la intervención norteamericana salvara a los mambises de la derrota. McKinley deja claro que los mambises controlaban el campo y que sólo las ciudades estaban bajo control militar español, y ni ahí tenían el control político, como les hace ver el genocidio de la Reconcentración y el rechazo de los integristas a la autonosuya. Es verdad que la guerra estaba débil en Occidente, y que la autonosuya había generado defecciones, que eran habituales en esa y otras guerras; pero no todas las victorias se producen con la entrada en el bunker de Berlín —o en Nueva York, que no ocurrió nunca, por más que Washington lo intentara, durante la guerra de independencia de ellos—, sino más bien por el agotamiento del enemigo, que era lo que padecía España en forma ostensible. Y esa era la correcta estrategia mambisa de siempre. Los independentistas norteamericanos tampoco derrotaron militarmente a los ingleses: el parlamento inglés decidió dejar de gastar dinero contra los sublevados, que recibieron apoyo en dinero y tropas por parte de Francia, España y Países Bajos. La intervención norteamericana privó al Ejército Libertador de una victoria que podía demorar, que podía costar mucha sangre todavía, que necesitaba de un esfuerzo político y diplomático muy especial para abreviar esos obstáculos, pero que estaba segura. España había gastado hasta el último hombre y la última peseta, y también su último recurso político que era la autonosuya. No había necesidad de hundir su armada para derrotarla.

La intervención norteamericana les robó la victoria a los mambises.

Vieron la oportunidad, facilísima, y la usaron.

Si tienen dudas, favor leer a McKinley.

El objetivo de la guerra de Estados Unidos contra la exhausta España era arrebatarle sus territorios coloniales, sobre todo en el Pacífico, por donde estaban extendiéndose hacía rato hasta culminar entonces con la anexión de Hawái, para crear un imperio con tres nuevas colonias, Filipinas, Guam y Puerto Rico, y la república bajo protectorado en Cuba, en donde la anexión era imposible sin escándalo —y sin peligro. A este imperio se suma de inmediato la adquisición por compra de las Islas Vírgenes, y el protectorado panameño para hacer el canal que comunicara ambas costas continentales y las dos áreas coloniales. Hay también un antiguo protectorado en Liberia, en África, que no les interesa por razones obvias. Aunque queda como reserva en el Atlántico, y lo usarán durante la Segunda Guerra Mundial.

Sin la lucha de los mambises Estados Unidos no hubiera podido conquistar ese Imperio.

Los independentistas filipinos lucharon también, pero su acción fue menos desgastadora para España.

Después de construido el canal de Panamá, Estados Unidos no necesitaba más territorios coloniales. Su hegemonía era más inteligente: neocolonial, económica y militar.

Ocupó Nicaragua y Haití, pero no intentó ninguna anexión. Esos países quedaron como protectorados desagradables.

Ninguno de esos países obtuvo ningún beneficio de esa ocupación.

En Cuba los Estados Unidos imponen el protectorado bajo amenaza de anexión por la fuerza. Una amenaza muy creíble: lo estaban haciendo en Filipinas.

McKinley habla de lazos orgánicos o convencionales, es decir, anexión o protectorado.

Y en La Habana todo el que sabe leer puede enterarse, en el Diario de la Marina, de lo que está pasando en Filipinas.

La República en Armas no había solicitado la intervención norteamericana.

La aceptó como un hecho cumplido y la apoyó tratando de hacer valer su idea de la independencia.

Nadie de importancia política quería aquí la anexión ni el protectorado.

Bajo la ocupación militar, incluso cuando colapsa el poder de la República y es eliminado su Ejército, ni siquiera bajo esa presión surge en Cuba un partido anexionista o una petición de protectorado.

El hecho histórico es lo contrario: en las elecciones organizadas por los yanquis a la Asamblea Constituyente no es electo ningún anexionista, y el protectorado es aceptado por muy pocos votos de diferencia después de un largo debate bajo amenaza.

A los que opinan que la intervención fue óptima, les recuerdo que nadie la pidió y que sus consecuencias fueron nefastas y se extienden hasta el día de hoy.

El gobierno interventor se ocupó de la sanidad y la educación. Para la primera tarea usaron a Enrique José Varona. Y Carlos Finlay era el sanador universal. Esas bondades pudieron ser cumplidas por los cubanos sin necesidad de imposición ninguna: había disposición y talento para esos fines. Dinero, no: y haber ayudado les convenía y se les hubiera agradecido y devuelto con intereses.

El protectorado a la fuerza significó de inmediato un montón de desgracias.

La primera, para los Estados Unidos.

Semejante operación colonialista marcó hasta hoy la relación de los Estados Unidos con Cuba. Una parte importante del pueblo, y casi toda la intelectualidad patriótica, se volvió desde luego tan antimperialista como la Sociedad Antimperialista de Boston. Nunca enemigos de los Estados Unidos, con cuya cultura e ideales libertarios tenemos un vínculo natural. Hasta Machado y Batista hicieron declaraciones antimperialistas cuando fueron tratados como siervos. Y esto va a continuar, porque la idea de que los cubanos somos gente inferior condenados a ser siervos de la gleba estadounidense está en abierta contradicción con los datos de la realidad, y desde luego con los designios del Creador en el que yo creo y en el que dice creer la clase política del Norte. Tener enemigos a noventa millas será siempre una desventaja para los Estados Unidos. Y como ya se vio en 1962, puede llegar a ser un problema de vida o muerte. Un comunista ruso salvó a los Estados Unidos de un bombardeo atómico. Pero ese es un problema de ellos, no nuestro. La democracia estadounidense puede tener en Cuba un aliado natural, muy conveniente, o un enemigo declarado o solapado, pero constante.

El protectorado de 1902 incluía el derecho de los Estados Unidos a intervenir militarmente en nuestros asuntos. Significativamente, ese derecho nunca se ejerció por voluntad de Washington. La segunda intervención fue pedida por todos los políticos cubanos, y el presidente Theodore Roosevelt intentó persuadir a Estrada de que no se la impusiera. Así que esa prerrogativa era lo de menos, aunque la segunda intervención careció de méritos y nos dejó un ejército para los golpes de estado, y la botella para educar al pueblo en la burocracia, la corrupción y la vagancia. La imposición de las tres carboneras tampoco fue gran cosa. Se quedó en una sola, que nunca ha molestado demasiado, aunque ya ha cumplido un siglo y por lo tanto debe ser negociada y devuelta. Significativamente también, los comunistas jamás hablan de la devolución de Guantánamo. La necesitan.

El protectorado era un elemento de la dominación neocolonial, más efectivo que la anexión. Me dicen que el Tratado de Reciprocidad Comercial benefició a Cuba. Por supuesto, porque el país estaba arruinado por la guerra. Había que exportar al mercado de enfrente. Martí había hablado de abrir las licencias todas. Pero también construyó una relación de dependencia que impedía el avance del capital nacional y la industrialización del país. Las tierras no pasaron a manos de los mambises, sino de los yanquis. Machado quiso diversificar la economía: le dijeron que no. Batista pasó por lo mismo. El cubano patriota quería capitalismo vigoroso, democracia y justicia. Los creadores del protectorado se lo impidieron siempre, o manifestaron su indiferencia de gente ocupada en asuntos mundiales, y un grupo de ambiciosos violentos de la clase media inventó una revolución innecesaria que empezó como nacionalista y antimperialista y se volvió de inmediato una tiranía rusa. En este momento están aliados con los miserables imperialistas rusos.

Esta deriva errónea, evitable y espantosa es culpa nuestra, pero procede en buena medida del protectorado.

Voy a señalar aquí algunas consecuencias fatales.

Los dirigentes mambises quedaron humillados y, sobre todo, desintegrados.

La unión que se había mantenido durante la Guerra de Independencia, a pesar de las discrepancias ruinosas de los líderes —que también las hubo en el Congreso Continental y durante los primeros años de los Estados Unidos, y ahora mismo—, y del saboteo consciente por parte de Maceo y de Gómez, fue destruida.

Una dirigencia en donde no hay unión sobre lo fundamental, que es la república democrática, está condenada a la anarquía y la dictadura. Y algo peor: a la desconfianza del pueblo, sobre todo de un pueblo que no sabe qué es democracia ni está lo suficientemente preparado para ejercerla.

La segunda consecuencia es pues el profundo pesimismo nacional.

Treinta años de lucha, un océano de sangre derramada, incluyendo la de los mejores, terminan en humillación, robo y secuestro de la causa.

El periodista Manuel Márquez Sterling enfrentó toda su vida ese pesimismo, que tenía raíces en las miserias de la colonia española, y que empeoró durante el protectorado y la neocolonia.

El pueblo no cree en su propio país. Tampoco cree en los yanquis, aunque los admira. Es un pueblo sin raíz en la religión, de manera que se atreve, alegre o amargamente, a no creer en nada, y cree que eso es sabio y liberador. Se impone el choteo de cualquier intento de salir de esa o cualquier otra miseria. Total… —se decía popular y melancólicamente—. Total, tanta lucha, tanto ideal maravilloso terminó en payasada total.

El total fue la base del totalitarismo anticubano.

Porque la tercera consecuencia inevitable del protectorado fue el nacionalismo delirante y violento.

De ninguna manera se puede mantener un país con gente desintegrada, individual, pesimista, choteadora.

Profundamente pasiva, y, como se decía entonces, disolvente.

La peor de las consecuencias del protectorado es precisamente el reverso de esa indolencia.

El fracaso del esfuerzo revolucionario por una república independiente y democrática, estableció el culto del revolucionarismo.

Que consistía en andar con las pistolas en la mano incluso en el aula universitaria.

Pandilleros miserables eran revolucionarios. Algunos se convirtieron en policías que asesinaron a otros revolucionarios.

Había que ser macho para acabar con la pasividad social, con la debilidad colectiva.

Ser macho era hacer revolución.

¿Cuál?

La que fuese.

Véase el filme Un día de noviembre, de Humberto Solás, donde el protagonista se mete a revolucionario por seguir a su amigo y para impresionar a una jevita.

Es verdad que los mayimbes del protectorado y la neocolonia anulaban la acción civil, pacífica y democrática.

Machado torció la Constitución de 1901 y Batista eliminó la de 1940.

Esta última garantizaba el derecho a la rebelión.

Así que la clase media se rebela.

Porque la clase alta está instalada con indiferencia en este panorama.

La clase alta cubana —Aldama, Aguilera— fue parte del esfuerzo independentista en la Guerra Grande. En la Guerra de Independencia apenas participa —Marta Abreu—. Los ricos eran integristas o autonomistas. Durante el protectorado y la neocolonia, prosperan en alianza con el capital español y el yanqui, incluso a nivel del enlace matrimonial, sin la menor vocación política. Nunca les interesó la república por cuya creación no habían hecho nada, o a la que se habían opuesto. Y en la que no creían, aunque disfrutaban sus ventajas. En todo esto sí que no coincidimos con los independentistas yanquis, que eran un club de millonarios esclavistas. La clase alta cubana trabajó arduamente por el progreso económico del país, pero no por la república democrática. El escándalo de su silencio llega hasta Dulce María Loynaz, hija de uno de los patricios, que ve la guerra de independencia como una de esas vulgaridades que hacen los pueblos. En Fe de vida, libro autobiográfico de Dulce María, no se da fe alguna de la existencia de la patria y sus angustias, sino de casas lujosas, a mi juicio de gusto dudoso, y de ininteresantes angustias personales. Algunos ciudadanos de la clase alta hicieron mucho por la civilización republicana —el millonario Pote que inició Miramar, la condesa de Revilla de Camargo que creó Pro Arte Musical, la institución que nos dio a Alicia Alonso—, pero no tuvieron participación política en conjunto, sino sólo por algunos individuos: no defendieron la democracia, y finalmente le dejaron esas vulgaridades inútiles al mulato golpista cuya presencia rechazaron en sus clubes. Ya Estados Unidos intervendría en algún momento para arreglar los problemas… Esa indiferencia les costó todo lo que tenían y lo que hubieran podido tener aquí. Inauguraron de inmediato el exilio.

Por cierto, la clase baja sí estaba integrada en la Central de Trabajadores de Cuba, fundada en 1939. Y participaba en política, pues de hecho derrocó al dictador Machado con una huelga general. Además de la CTC existían poderosos sindicatos autónomos. Y el Partido Socialista Popular era fuerte ahí, pero ni ese partido ni el conjunto de los trabajadores apelaron a la violencia política como método para un cambio de sistema. Les interesaban más bien las reivindicaciones puntuales.

Una parte importante de jóvenes de la clase media se embarca en una guerra civil para restaurar la democracia.

La clase media alta produce un líder estudiantil católico, que estudia arquitectura —profesión en alza en el país porque el país está entrando de algún modo en la modernidad—, y que se lanza a nada menos que al asesinato del dictador, da al pueblo esa noticia que es falsa asaltando una emisora de radio, el pueblo no reacciona —y hubiera sido espantoso que saliera a la calle a festejar o rebelarse—, y luego muere en un combate absurdo en una calle cercana a su Universidad.

Tenía veinticuatro años.

José Antonio Echevarría es el símbolo de una clase social y de una generación que está a punto de suicidarse.

La clase media, entre las potencialidades del país y los traumas del protectorado y la neocolonia, se mete a revolucionaria de verdad, se entrega al terrorismo y a la guerra. Y esta clase daba el tono del país, porque era extensa y culta.

Y finalmente se pliega a un jefe procedente de la clase alta, que es el que ha inaugurado el proceso.

En realidad, no demasiado alta, sin pedigrí, sin realizaciones, y sin ningún espíritu de equipo.

La desintegración, el individualismo total y violento, marca a este grupo de burguesitos, el fino Armando Hart y el trajeado Dorticós incluidos.

No representan a nadie ni a nada socialmente real, y por eso se convierten fácilmente en súbditos de un autócrata; pero se presentan como voceros del pueblo y de la Nación.

Son voceros de sus traumas, no de sus potencialidades.

El jefe acaba inventando la Nación extraordinaria, capaz de desafiar a la mayor potencia del mundo, cuyo protectorado mental seguíamos padeciendo.

El jefe determina, no sin razones como vemos, que la culpa es del Goliat yanqui, y que debemos buscar otro Goliat para derrotar a ese.

Los resultados de esa estupidez los seguimos padeciendo.

Según los siervos de este jefe, y muchos de sus enemigos actuales, todo esto ha sido fatal.

La Honda de David no estaba en las previsiones de esos militares. O terroristas. Ahora están casi inermes frente a su Goliat, y siguen suplicando al otro.

Total

Así ha tenido que ser…

Y así tendrá que seguir siendo.

Porque somos un pueblo de gente pobretona, desintegrada, incapaz, pesimista, incivil, que necesita un amo adentro y otro afuera para poder sobrevivir; y si es posible, sobreviviendo, gozar.

¿De veras?

Para mí, no.

Soy sólo un escritor, y, quedándome poco en este mundo, debiera estar ocupándome de terminar alguna literatura que pudiese ser útil a un costarricense, a un uruguayo o a un chileno, y dejar de intentar convencer a mis imaginarios conciudadanos de que la realidad existe.

Y la Verdad también.

El estudio de estos asuntos me ha convencido de la responsabilidad de los individuos en la historia. El capitán McKinley nos hizo mucho, mucho daño. Y ni hablar de los autócratas locales.

Los civiles, por débiles o solitarios que seamos, también tenemos una función, y una responsabilidad, por lo que ocurre o no en la historia.

Y como me queda poco, debo decir lo que sé porque lo he investigado, no vaya a ser que el choteo y el totalitarismo no sean más que una miseria de gente bruta y floja, y Dios realmente exista y me demande.

Porque lo peor de esta historia es que a mi juicio no era fatal.

Voy a intentar demostrarles cómo la acción de un par de individuos, sus incapacidades y miserias, fueron decisivas en la pérdida de la primera democracia cubana y la imposición del protectorado.

Y no para juzgarlos a ellos, sino para que empecemos a pensar ahora mismo en nuestra responsabilidad por lo que tenemos delante en la continuidad de esta misma historia.

Porque faltan algunos milenios antes de que el Archipiélago se hunda, geológicamente, en el Caribe.

Y aquí estaremos.

O mejor dicho: estarán otros cubanos, tal vez mejores que nosotros.

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