
Todavía, a los 55 años, me hago el cráneo de estudiar arquitectura algún día. Ahí sigo, postergando ese propósito hasta que las convocatorias prescindan de las matemáticas entre sus requisitos de ingreso, cosa que, para algunos, parece haber sucedido ya. No es nada fácil esta profesión, una que amalgama en un solo resultado las bellas artes, la ingeniería y otros peliagudos conocimientos. Hasta los años ‘60 del pasado siglo, la escuela cubana de arquitectura supo sincronizar los mejores aciertos vernáculos con las tendencias historicistas y de vanguardia. La tradición, sumada a los progresos técnico-constructivos, han modelado el horizonte de nuestras expresiones históricas y culturales. El proceso sociopolítico implantado desde 1959, pretendiendo equidad y justicia social, dio un giro brusco a la práctica de la arquitectura y el urbanismo en la isla. Hoy en día los resultados de ese experimento son calamitosos.
Tratándose de una notable “fachada” y, más que eso, de una “estructura” social, la configuración del paisaje arquitectónico es la mejor expresión del estado de salud socioeconómico y espiritual de una nación. La nuestra deja mucho que desear. El aparatoso declive en el ejercicio práctico de estas disciplinas y el deterioro físico-ambiental que padecen nuestras urbes, son el reflejo inmediato de una pésima y torpe administración pública, donde la anarquía y la improvisación llevan la batuta. En más de una ocasión me he envalentonado para escribir algo al respecto, pero ello implica un conocimiento cabal, no ya de lo que salta, o cae, a la vista de cualquier cubano con una formación cívica elemental, sino de los rigurosos entresijos que articulan estas materias.
La primera noticia que tuve del arquitecto Universo García Lorenzo fue a través del documental Unfinished sapaces —Espacios inacabados—, un lamentable testimonio de los avatares de las Escuelas Nacionales de Arte, icónico conjunto arquitectónico que compendia lo más logrado de la herencia constructiva cubana. Revisando su abultado currículo, esta aparición suya en el filme se corresponde con un momento avanzado de su extensa carrera, marcada por significativos hitos en el panorama de su especialidad. Paralelamente a sus funciones profesionales, Universo ha devenido en un habitual de las redes, denunciando y compartiendo los dislocados desaciertos de ese solar yermo en que se ha convertido la arquitectura por estos lares. Nadie mejor que él para arrojar luz sobre el tema en esta entrevista, agradeciéndole por su preciado tiempo, conocimientos y tenacidad.
—Tomando en cuenta tu exótica formación, con el rigor que implica la maestría ganada en una de las academias politécnicas más prestigiosas del antiguo bloque socialista, ¿cómo asumiste el regreso a la experiencia vernácula? ¿Qué te aportó una percepción de la arquitectura tan distante de la nuestra?
—Con 17 años, apenas iniciando mis contactos culturales en el ámbito social, que para mí era esencialmente la ciudad de Matanzas, y su entorno rural donde transcurrió mi infancia, viajar a estudiar arquitectura a Alma Atá, entonces capital de la República Soviética de Kazajstán, era una oportunidad para materializar dos sueños: ser arquitecto, y estudiarlo en otro país, en otro idioma (el ruso). Me atraía la idea de viajar, de conocer otra arquitectura, otra cultura, aunque apenas conociera la propia, y estudiar idiomas. Mi madre me armó una biblioteca básica con títulos fundamentales como La arquitectura colonial cubana y Medio siglo de arquitectura cubana, de Joaquín E. Weiss, o Diez años de arquitectura en Cuba revolucionaria, de Roberto Segre, que serían parte de una autopreparación y de un intercambio cultural paralelo con los profesores y compañeros rusos y kazajos, ambos, ellos, y nosotros los cubanos, ajenos a las esencias de nuestras respectivas culturas; la asignatura de Historia de la Arquitectura no contemplaba en su programa a la cubana. Integré un magnífico grupo de 20 jóvenes de varias provincias, los primeros cubanos en el Instituto de Arquitectura y Construcciones de Almá Atá, de 1983 a 1988. En adición al programa curricular de la facultad de arquitectura en la CUJAE, el nuestro incluía Historia del Arte Universal, y clases de Dibujo, Pintura y Escultura, disciplinas fascinantes que creo indispensables para la formación humanística de un arquitecto. A diferencia de determinadas restricciones creativas que imponía en la CUJAE la visión más constructiva del momento en Cuba, con énfasis en el empleo de sistemas constructivos tipificados en los ejercicios de diseño, nuestra formación académica fue más libre, centrada en asimilar tendencias y movimientos contemporáneos como el Postmodernismo, en apogeo entonces. Desde la distante geografía del Asia Central realizamos prácticas de restauración arquitectónica en el monumental complejo de la Necrópolis de Shahi Zinda, en Samarcanda, Uzbekistán; y me las ingenié para conocer las ciudades soviéticas ruso-europeas de Moscú, San Petersburgo, y las ucranianas de Kiev y Járkov, así como de sus más importantes colecciones de arte y arquitectura. Para los estudiantes del ramo viajar es esencial, un plus, y tuvimos ese privilegio.
O sea que, al regresar, ya graduado, me acompañaba ese riquísimo cúmulo multicultural, aun inmaduro, y la expectante incertidumbre e ilusión de hallar en Cuba un espacio oportuno para la realización creativa, con el gran temor de insertarme en un contexto para el que tendría que readaptarme, desde el idioma, los códigos técnicos, y actualizarme también culturalmente, contextualmente. Hoy los jóvenes se plantean el viaje como recurso emancipador, sin retorno; entonces era más romántico, con añoranza de volver. Y yo no sólo volvía; circunstancialmente, siendo matancero, me establecía en La Habana, la capital, otro reto.
Creo que volvía con la ansiedad de ponerme a prueba, “a la hora de la verdad”. Mis proyectos estudiantiles de diseño arquitectónico, por acuerdo con los profesores, intentaban asimilar en la lejanía un contexto nacional que era ajeno para ellos, y apenas conocido por mí, pero experimenté; en ese proceso descubrí a Ricardo Porro con sus Escuelas de Arte. Ciertamente, el contexto almatiense mostraba una “modernidad” arquitectónica desde la tradición multinacional ruso-kazaja, más conservadora, sumado a lo común —la masividad impersonal y la rudeza soviética—. Allí, nuestro pensamiento progresista se nutría más de las publicaciones actualizadas de arquitectura y urbanismo internacional, y de las conferencias de nuestros profesores de teoría, que provenían de pasantías en occidente.
Obtuve mi ubicación laboral en una de las principales empresas de proyectos de obras de arquitectura en La Habana, la EMPROY-2, en la que aún eran arquitectos activos íconos como Antonio Quintana Simonetti y Mario Girona, entre otros, además de un sólido colectivo profesional de varias generaciones, con todas las experiencias posibles en disímiles ámbitos de proyectos, un ambiente donde se percibía, aún en aquel momento, el sentido de la arquitectura. Mi regreso del lejano Kazasjtán se materializó en pleno corazón de El Vedado, en La Rampa, en La Habana moderna y ecléctica, otro mundo por descubrir, el propio. Más que recuerdos jactansiosos, trasciende la gratitud hacia Luis Rubio Suaznábal, quien me acogió en su equipo del proyecto de rehabilitación y remodelación del Hotel Nacional de Cuba (1989-1992). Fue mi iniciación profesional y mi escuela como joven arquitecto cubano, con la suerte de desarrollarme, reaprendiendo de manera creativa, prácticamente todas las disciplinas afines a la intervención en edificios históricos de valor patrimonial: restauración, remodelación, interiorismo, paisajismo. Y, en la práctica, fue también la oportunidad para estrenarme en el debate interactivo sobre el pensamiento arquitectónico y cultural, sobre lo patrimonial versus lo contemporáneo.
—El Simposio de la Ciudad era un evento que se celebraba anualmente a finales de los ‘80. Estaba especializado en manejo de arquitectura, urbanismo y también de otras disciplinas del patrimonio mobiliario. Mi primera esposa y yo presentamos en una de sus convocatorias un estudio sobre la evolución territorial y estilística del núcleo urbano de Pinar del Río. Al frente del panel estaba Fernando Salinas, quien nos dio tremenda cuerda, despertando en nosotros profunda simpatía y respeto. En la convocatoria siguiente lo condujo Roberto Segre. Esos años fueron de gran efervescencia. La ruptura dinámica de la plástica cubana había arrastrado consigo a la arquitectura en su revisión estética, artística, luego de años de aplastante y estereotipado funcionalismo técnico. ¿Se continúan celebrando eventos de esa naturaleza en la actualidad? En ese sentido, ¿qué diferencias marcarían aquel contexto, con relación al presente, pasadas tres décadas?
—Fueron precisamente los arquitectos Fernando Salinas y Roberto Segre quienes lograron, a inicios de los ‘90, enfretando toda reticencia ideológica, crear en la UNEAC la Sección de Diseño Ambiental, para que la arquitectura —sin su prohibido nombre, por razones de dogmas gremiales, despojada ya de su prestigioso Colegio de Arquitectos, y más bien recluida, podría decirse que únicamente al ámbito académico de la Facultad de Arquitectura y su propia revista, algunos de cuyos números también formaron parte de mi biblioteca itinerante de estudiante— se integrara al entorno del debate cultural junto a los demás artistas y a los escritores. Hasta cierto punto ha sido la UNEAC uno de los centros recurrentes del debate sobre el lugar de la arquitectura, de las ciudades cubanas y de su patrimonio, como esencias de la identidad nacional, contando entre sus principales defensores a la doctora Graziella Pogolotti. Fue precisamente en uno de sus Consejos Nacionales, en 1999, en esos debates con Fidel Castro, que resurgió el largamente omitido asunto de las inconclusas Escuelas Nacionales de Arte en Cubanacán, la obra paradigmática y emblemática que, en términos de arquitectura, podría considerarse uno de los símbolos del espíritu utópico-humanista de la naciente revolución socialista, luego censurado y acallado; aunque, en paralelo, fuese el principal centro formador de artistas, y generador del arte cubano de este periodo. El debate sobre las Escuelas Nacionales de Arte, como todo sobre la arquitectura cubana, es asunto pendiente.
A finales de los ‘80 la arquitectura cubana “implosionó” con una pujante generación joven, fue un momento de rebelación y revelación de un renovado pensamiento crítico hacia el estancamiento acumulado con los años, hacia el esquematismo funcionalista, hacia la negación de la arquitectura, y fue un momento de novedosas ideas y propuestas urbanas y arquitectónicas. Hubo concursos y exposiciones, la mayoría de las cuales fueron obras irrealizadas. A mi regreso de la Unión Soviética yo me aproximaba precisamente a ese ambiente de pensamiento, con inconciencia, pero con interés intelectual. Existió —y luego desapareció—, con notable activismo, una Sección de Arquitectura en la naciente Asociación Hermanos Saiz. Mi acercamiento a esta atmósfera cultural fue con mi colega y pareja Nury Bacallao, en su círculo de amistades; un inconveniente de no haber estudiado en la CUJAE era el desconocimiento del medio profesional cubano. De ahí sobrevino una vivencia única, que fue el Taller de Ideas para la reanimación del pueblo de Caimanera, frente a la base naval de Guantánamo, en 1991; una experiencia casi surreal, luego de un trayecto de un día en una maltrecha guagua Girón, con las ya latentes limitaciones alimentarias del Periodo Especial. En ese pueblo costero, que casi había perdido su fisonomía, finalmente conseguimos instalarnos con creatividad, a puertas abiertas, en la Casa de Cultura, en el mismo centro de la localidad. Allí, un grupo de jóvenes arquitectos soñamos su rescate, proponiendo, debatiendo. Hubo interacción con la gente de Caimanera, con sus autoridades; el pueblo sería el ave fénix de la Revolución. En equipo con Nury, propusimos la renovación del acceso principal del pueblo desde las salinas, y la “humanización” con acupuntura arquitectónica de los múltiples “cajones” que constituían los bloques de viviendas prefabricados esparcidos por allí. Creo que un componente esencial del pensamiento y debate crítico sobre arquitectura es el propositivo, las ideas visualizadas. Y bueno, aquel proyecto quedó en utopía. De ese período da fiel testimonio la exquisita muestra curada por Iván de la Nuez, con Atelier Morales (arquitectos Juan Luis Morales y Teresa Ayuso), La Utopía Paralela. Ciudades soñadas en Cuba (1980-1993), exhibida en 2019 en La Virreina Centre de la Imatge, La Rambla 99, Barcelona; y en 2021 en Es Baluard Museu d’Art Contemporani de Palma de Mallorca, en España.
La revista Arquitectura Cuba, principal magazín especializado en la materia, dejó de publicarse hace 15 años por falta de financiamiento. Se mantiene, con un diverso guión editorial-académico, la Revista Científica de Arquitectura y Urbanismo, con números cuatrimestrales electrónicos, arbitrada por la Facultad de Arquitectura de la CUJAE. Se mantienen celebrándose bianualmente los Salones Nacionales de Arquitectura y Urbanismo de la UNAICC, con eventos teóricos, y el concurso de obras, proyectos y publicaciones; así como otros eventos que abordan la vivienda, el paisajismo y el urbanismo como temas. Se han organizado eventos periódicos por DOCOMOMO Cuba, grupo gestor creado en 1997 para la divulgación y protección del patrimonio arquitectónico moderno, con su propio boletín desde el 2004. La Casa de las Tejas Verdes —restaurada por la Oficina del Historiador de la Ciudad en el año 2010 como Centro Promotor para la Arquitectura Moderna y Contemporánea, el Urbanismo y el Diseño Interior— mantiene una programación que apoya la divulgación. Se organizan otros eventos temáticos, por la Cátedra Gonzalo de Cárdenas de Arquitectura Vernácula, como sus Jornadas Técnicas; así también lo hace el Comité Nacional del Consejo Internacional de Museos y Sitios (ICOMOS), por ejemplo. Aún se mantiene un sólido grupo de pensamiento teórico y crítico, en Cuba y en el exilio, que es quizás el puntal de subsistencia de la arquitectura cubana, más centrado en su legado, y muy limitado en cuanto a sus proyecciones como manifestación de impronta cultural de vanguardia, dada la carencia de una continuada producción real de arquitectura y urbanismo.
No recuerdo otro momento “reciente” de mayor trascendencia que la conferencia de Mario Coyula, “El trinquenio amargo y la ciudad distópica”, precisamente en el Salón de Actos del ISA (Escuelas Nacionales de Arte), como parte del debate promovido por el Centro Cultural Criterios-Desiderio Navarro: Quinquenio Gris, en el 2007. En aquel evento se abordó “La política cultural de la Revolución: memoria y reflexión”, en el que el campo de la arquitectura no podía quedarse fuera. En lo adelante, en los congresos de la UNEAC, se ha mantenido el planteamiento crítico sobre lo inaplazable del conflicto cultural que hoy representa la problemática de la arquitectura cubana, debate que no logra trascender ni producir cambios.
Pero el debate, la crítica, y el pensamiento, se ejercen; se renuevan, se proyectan sobre las bases de la propia producción creativa. Transcurridas tres décadas del descalabro socialista europeo, con efectos económico-sociales y culturales no superados, ¿podemos referirnos a un conjunto notable, homogéneo y sostenido de obras de la Arquitectura Cubana, reconocidas y valoradas favorablemente por la crítica? Padecemos de ambas ausencias: de una sostenida producción arquitectónica, y del debate contrastado con la práctica sobre arquitectura y urbanismo para superarlo.
Aunque son notables los logros por recuperar centros históricos e inmuebles de gran valor histórico-patrimonial, se construyen hoteles que sólo diseñan arquitectos extranjeros desde hace 20 años, ajenos a todo contexto. Se simplifica la ejecución de nuevos desarrollos de viviendas, desconociendo la pluralidad y variedad de estudios y propuestas que sobre el tema se realizan; se continúa mutilando el patrimonio histórico por parte de personas y entidades que ignoran sus valores; se restringen las posibilidades innovadoras de muchos diseños en las empresas por supuestas limitaciones. El panorama continúa amargo.
—Pienso que U + D, como tantos otros proyectos independientes del ramo, se encuentra ridículamente atorado en una exclusa jurídico-legal que obstruye su elemental despliegue profesional. ¿Cuál es el factor común de estas propuestas? ¿En qué consisten, partiendo de tu experiencia directa en la que has fundado junto a Daniel Muñoz?
Mi pasión es la arquitectura, crearla, vivirla. Ser arquitecto en Cuba, despojado de la condición de creador artístico, del elemental reconocimiento como artista, y obstaculizado a la vez en el propio proceso creativo por todo tipo de tecnocracia y burocracia, de facilismos institucionales, implica portar un gran compromiso con la profesión, o dejarla. A ello, como constante a cualquier otra profesión en Cuba, se le suma la posición invertida en la pirámide social; no se sustenta fácilmente una persona, mucho menos a una familia, con un salario de profesional, ni hace treinta años, ni ahora.
Es ridículo, absurdo, cuando pienso que con 25-30 años de edad, apenas sin experiencia, diseñé y construí hoteles en La Habana y Varadero, mientras que con la madurez creativa de más de 30 años ejerciendo, esas posibilidades se aproximan a cero.
Junto a Nury, compañera de vida y obra por 22 años, nos empeñamos en defender nuestra condición de arquitectos, y sobre ello sostener nuestro proyecto familiar, una incierta expectativa en medio del Periodo Especial. En 1998, mientras trabajábamos en el proyecto de rehabilitación del Hotel Telégrafo, fuimos invitados a participar en el concurso de ideas para el diseño ambiental de interiores y exteriores del primer hotel que construía la Inmobiliaria ALMEST del MINFAR (G.A.E.S.A.), en Playa Pesquero, al norte de la provincia de Holguín. Nos animamos a participar con nuestro propio equipo de trabajo en las empresas EMPROY-2 y Arquitectura Patrimonial de la OHC, y ganamos el concurso.
A finales de los ‘90 se aprobaron nuevas regulaciones para el Ministerio de Cultura sobre la creación artística independiente y su comercialización. Con nuestra condición de miembros de la UNEAC obtuvimos el Registro del Creador, lo que nos permitió llevar adelante el proyecto ganado. Nos constituímos en el grupo creativo A x D (Arquitectura por Diseño) de arquitectos y diseñadores con representatividad legal del Fondo Cubano de Bienes Culturales. No éramos una excepción, nos antecedió, por ejemplo, el Proyecto Espacios, aún vigente y relevante hoy en día. La expansión de las inversiones hoteleras generó alianzas creativas, abriendo una posibilidad complementaria a nuestra práctica en la empresa estatal. Así, mientras diseñábamos la arquitectura conceptual para un nuevo hotel MELIÁ en Cienfuegos, en la EMPROY-2, A x D ganaba el concurso de diseño ambiental para el nuevo aparthotel que se construía en 7ma y 70, en Miramar. Esta modalidad, que enriquecía con nuevas prácticas creativas el contexto de la arquitectura hotelera y de otros servicios relacionados, que consolidaba la visión de Fernando Salinas, no tardó en considerarse “no apropiada” por autoridades de estrecha visión, y fue prohibida. Desde el 2003 a los arquitectos se nos restringió ejercer cualquier tipo de actividad de diseño que no fuese en la empresa estatal. Sin embargo, como era necesario, nuestro desempeño fue sustituido gradualmente por artistas visuales y artesanos, u otros sujetos sin formación afín. Fernando Salinas defendía el concepto del diseño ambiental como un sistema multidisciplinar e interdisciplinar que conllevaba al mejor resultado creativo. De ese sistema creativo independiente, los arquitectos —figuras centrales— fuimos excluidos, hasta hoy.
Así que U + D arquitectura deviene ante todo en una postura de defensa del derecho a la creación independiente en la arquitectura. Un “estudio de arquitectura independiente” en Cuba es un estado de persistencia quijotesco, viable sólo creativamente, pues nada nos limita para expresarnos como individuos artistas —en abstracto—; pero proscritos legalmente en la práctica concreta, al negársenos el reconocimiento y las normativas que lo respalden.
No obstante, al margen de toda prohibición, aun cuando el rol del arquitecto diseñador llega a ser invisible e ignorado por gran parte de la población, a la que se le ha privado de ese dato cultural, el ejercicio independiente es una demanda creciente en la sociedad cubana, principalmente en el amplio espectro de las viviendas y, más reciente, en correspondencia con la intensificación de los emprendimientos privados, los hostales, paladares, servicios gastronómicos, comerciales, etc. Son servicios de diseño que no están concebidos para la empresa de proyectos estatal. La competitivadad de los negocios incorpora necesariamente el componente imagen, o funcionalidad, y no es posible lograrlo bien sin la contribución del arquitecto diseñador. Este ha sido un denominador común para la formación de múltiples grupos de arquitectos, en su mayoría jóvenes, para quienes se presenta como una oportunidad de realización creativa, y de vida. Para ello, porque nadie pretende ser antisocial, el ejercicio se ha amparado en todo nicho legal como licencias de trabajo por cuenta propia de “decorador”, algo risible y denigrante para una profesión que dignifica el hábitat humano…
Y en este contexto de la arquitectura independiente podemos hallar, como punto común, un mayor interés en el debate sobre el pensamiento actual; hay experimentación, búsqueda, innovación, asimilación, copia y prueba, y vanguardia. Es visible, en esta relativa pequeña escala, la intención por superar la parálisis. En la propia formación académica se asienta parte del método que alienta a investigar, a actualizarse; pero la dificultad en la ausencia de referentes propios es un reto latente, como lo es la influencia tremenda de la visión más comercial de la arquitectura internacional contemporánea, y el atrofiado gusto estético de la población como cliente —destinatario— usuario. Pero va apareciendo un camino de confrontación y de identificación auténtica en la adversidad.
—Entonces, tomando en consideración el anterior razonamiento, ¿qué subterfugios, de cualquier índole, son empleados por la oficialidad para vetar el indispensable despegue de estas pequeñas empresas? ¿No es evidente que se trata de un contrasentido de grandes magnitudes?
—Recientemente, el 1 de febrero, en el espacio Cavilaciones de la revista Bohemia, en el capítulo 3 del reportaje “Trabajo por cuenta propia: croquis inconcluso”, de Lilian Knight, Pastor Batista y Delia Reyes, se publicaron estas declaraciones:
La Licenciada en Derecho, Johana Odriozola Guitart, viceministra del Ministerio de Economía y Planificación (MEP), coincide en parte con la notable investigadora (Refiriéndose a los criterios de la doctora en ciencias económicas Ileana Díaz Fernández, investigadora del Centro de Estudios de la Economía Cubana (CEEC) y coordinadora de la Red de Emprendimiento de la Universidad de La Habana (UH)). En el sector privado hay muchos profesionales: se tienen que dedicar a la producción material esencialmente, no a dar servicios meramente profesionales. Eso lo hemos explicado. Y le puedo decir que, en cualquiera de los emprendimientos de base tecnológica del país, detrás están los ingenieros. Ah, cuál es la actividad permitida, no es dar consultoría, es reparar las máquinas de cualquier entidad estatal. Otros que hacen cosas en 3D, producen moldes y piezas de repuesto para la industria farmacéutica. Lo que no está permitido es el ejercicio profesional de esas actividades puro y duro como consultorías.
El gremio de arquitectos tiene apreciaciones distintas, reconoce la viceministra: “pero no se autoriza porque entonces todos emigrarían del sector estatal al privado. Un ejemplo de esto es lo sucedido con los informáticos. Los mejores ya no están en las empresas estatales. La plataforma para los nuevos actores económicos del MEP, después de licitarla, la ganó un privado”.
A su juicio, el país puede transitar a diseños más innovadores: “…pero personalmente creo que el ejercicio privado de las profesiones tiene peligros y costos. Sobre todo, por qué unas sí y otras no. Pero si aprobamos el ejercicio privado de la medicina y la educación se acaban las conquistas del socialismo, porque unos podrán pagar los mejores servicios y otros no. Los vietnamitas y los chinos no han podido resolver ese asunto”.
Yo hallo en esas declaraciones un gran contrasentido. Reconozco que en un escenario de cambios económicos, políticos y sociales tan difíciles y controversiales, las decisiones sean complejas, cavilativas. Pero esa visión se muestra más caprichosa, alejada de toda lógica, niega una realidad objetiva con argumentos subjetivos improbables. Lo argumento:
- Para que haya un buen proceso constructivo debe antecederle un buen proyecto de diseño urbano o arquitectónico. El gobierno considera que la actividad productiva es la que realiza el constructor, y autoriza que sea privada o cooperativa, y autoriza incluso al arquitecto a ser constructor privado. Pero prohíbe que ese constructor disponga del proyecto arquitectónico como servicio profesional básico —también productivo—, y fundamental para una obra de calidad, prohibiendo al arquitecto proyectista como su par no estatal.
- El arquitecto proyectista es un profesional productivo, su obra creativa, si bien es arte, genera un bien social, es el soporte creativo intelectual de la producción material que conduce la construcción en sí. Por tal negación prevalece en nuestras ciudades una improvisación constructiva en visible crecimiento, sin la supervisión arquitectónica que conlleva a otros males sociales, como la baja calidad ambiental del hábitat y, culturalmente, al deterioro del patrimonio que constituye la ciudad como conjunto heredable de la identidad nacional.
- Las cuatro facultades de arquitectura en Cuba forman cientos de arquitectos, profesionales holísticos y humanistas por principio, para contribuir a la “construcción de la sociedad socialista”, lo que para un arquitecto significa poner su talento en función de concebir las mejores ideas para perfeccionar las construcciones, para crear arquitectura. Entonces, esa visión ideológica plantea que el arquitecto puede inventar un bloque, por ejemplo, como material constructivo “productivo”, pero no puede diseñar la pared en que será utilizado ese bloque de la mejor manera posible, por medio del diseño arquitectónico…
- Con respecto a la emigración desde la empresa estatal de proyectos puedo dar testimonio personal de colegas arquitectos e ingenieros, que han sido mis colaboradores en los proyectos privados, alternando con su trabajo estatal, y han declinado sugerencias de incorporarse permanentemente al trabajo privado, pues la empresa estatal es paternalista, brinda un salario fijo, estabilidad ocupacional; consideran un riesgo perderlo en la modalidad independiente, aunque el contexto empresarial les resulte insatisfactorio y carente de motivaciones. Son los hechos.
- Los mejores arquitectos cubanos deberían estar a cargo de los proyectos más importantes, ahí va implícita la excelencia y el mejor legado. Sí, deben instituirse los concursos de ideas de arquitectura, con participación libre para todos los arquitectos, y que gane la mejor idea, ya sea de un arquitecto en la empresa estatal, ya sea de U + D arquitectura. Gana la arquitectura, gana la cultura, gana la gente, es prosperidad.
- Los servicios de construcción “pura y dura” son costosos, por los recursos materiales, y por la mano de obra. Esta premisa genera diferencias sociales pues no es asequible a todos. Por ello el Estado concibe los subsidios para materiales y construcción de viviendas. El valor monetario de un proyecto de diseño arquitectónico no supera la décima fracción porcentual del valor de la construcción en sí. ¿No podría subvencionarse un buen proyecto? Una práctica arquitectónica independiente, bien regulada, con ingresos estables, admite incluso pautar la contribución convenida para subvenciones con los gobiernos locales.
- Si el Gobierno cubano no consolida su atención, como prioridad política, a mejorar los servicios gratuitos establecidos constitucionalmente de la medicina y la educación, que incluye la infraestructura, pero que se asienta en la satisfacción personal de sus profesionales, entonces sí se acabarían tales conquistas del socialismo. Una de las expresiones más tristes y dañinas para el país es el éxodo de profesionales jóvenes, entre ellos arquitectos e ingenieros, desde el sector estatal a actividades mejor remuneradas en el privado; pero actualmente es más visible y dramático el éxodo hacia el exterior.
- Pero si el gobierno cubano reconociera el valor que representa la contribución creativa de los arquitectos, como de los pintores, de los escultores, y demás artistas en el plano espiritual; si reconociera que a través de nuestras ideas y quehacer los arquitectos aportamos mejoras innovadoras y renovadoras al principal soporte material de la sociedad, que es la ciudad con su arquitectura, con sus espacios públicos de la mejor calidad, ahí indudablemente radicaría una gran conquista social, material e inmaterial, y el mejor legado de la nación, que hoy se nos niega, y peligra por tales dogmas, insostenibles.
—Uno desarrolla un espontáneo sentido de desconfianza en nuestro contexto a lo largo de la vida, por lo que nunca le pude dar mucho crédito a aquel embuste del “Arquitecto de la Comunidad”. Teniendo la posibilidad de ver La Habana desde el aire, cuesta creer que una considerable porción de esos techos son resultado de la improvisación, la ejecutoria inconsulta y, desde luego, de un manto de corrupción que nadie puede cuantificar. ¿Todavía existe esa trampa burocrática para encauzar las necesidades constructivas de miles de cubanos? ¿Cómo entronca esa fallida solución con la de las pequeñas oficinas de diseño de las que hablábamos antes? ¿No serán estas últimas la alternativa más plausible para resolver el problema?
—Las ciudades cubanas heredadas de las épocas colonial y republicana contienen una gran diversidad urbanística y arquitectónica. Sobre la base de determinado planeamiento urbano, y con la contribución de ingenieros militares y civiles, de maestros de obra y constructores con buen oficio, y por supuesto de arquitectos, primero foráneos, luego nacionales, se fueron perfilando como núcleos habitables ordenados y balanceados. Las principales ciudades cubanas crecieron intensamente a principios del siglo XX y hasta mediados; su principal componente, la vivienda, resultó en muchas de sus áreas más populares un producto de construcción sin arquitectos, pero siguiendo ordenanzas urbanas y con calidad constructiva y espacial, con repertorios de elementos constructivos y arquitectónicos seriados, acorde a tendencias y gustos estilísticos prevalecientes, propiciando una ciudad de imagen equilibrada, junto a las otras zonas más elitistas y sus monumentales construcciones de grandes arquitectos y constructores. La gestión y el manejo urbanos combinaban lo público y lo privado, predominante este sector en la construcción de viviendas. La vivienda popular se solucionaba en gran medida con alquileres o renta, a cargo de sus propietarios.
La principal actividad proyectual se desarrollaba en firmas privadas de arquitectos e ingenieros, con notoriedad en no pocos casos, y suma eficiencia en el logro de una calidad que perdura.
La Ley de Reforma Urbana de 1960 entregó la propiedad de las viviendas a las familias que las vivían, suprimiendo el régimen de alquileres. Con ello también cambió el modelo de gestión para el mantenimiento y reparación a sus nuevos propietarios, limitados de recursos para sostenerlo. El propósito de proveer de una vivienda digna a cada cubano no se ha logrado. Las familias han crecido sin posibilidad de ampliarse o mudarse, generando por décadas acciones constructivas improvisadas por medios propios en la misma vivienda. En ese contexto han transitado por varias décadas las ciudades cubanas, con mínima participación de arquitectos.
En 1994 se creó la organización del Arquitecto de la Comunidad promovida por Hábitat Cuba y el Instituto Nacional de la Vivienda, basada en el método “Cirugía de Casas”, desarrollado por el arquitecto argentino Rodolfo Livingston, con la finalidad de brindar servicios técnicos a la población para realizar las acciones de modificación y ampliación de sus viviendas con calidad y a precios módicos. Esta modalidad constituía una forma de trabajo autofinanciada a partir de un sistema de tarifas por los servicios, y favorecería la relación directa entre la población (clientes) y los arquitectos (proyectistas y asesores), en el ámbito del Consejo Popular, y se subordinaba a la Dirección Municipal de la Vivienda. El método concebía el trabajo directo con las familias necesitadas, identificando la problemática in situ y aportando análisis de factibilidad, así como las soluciones proyectuales o de asistencia técnica requeridas según la complejidad, poniendo al centro del proyecto el concepto de mejoramiento de las condiciones de habitabilidad. Fue una idea avanzada, transformadora, que con el paso del tiempo se burocratizó y convirtió en entidad empresarial, aplicando sistemas de salarios por cargos técnicos y restringiendo a trámites burocráticos la actividad principal de los arquitectos. En 1998 el Arquitecto de la Comunidad se convierte en empresa y sus objetivos originales se han desvirtuado, generando un vacío notable en los servicios técnico-profesionales. En sus plantillas actuales los menos son arquitectos, y lo menos evidente es el apego a aquellos preceptos fundacionales, visible en cada barrio precario.
Sí, las manchas de improvisación constructiva se han expandido. Se gestionan licencias de obra o se construye sin ellas, lo construido evidencia la ausencia de un proyecto arquitectónico, o cuando menos de acciones constructivas asistidas profesionalmente. En la práctica, el Arquitecto de la Comunidad padece de obsolescencia estructural.
Plantear que el ejercicio independiente de la arquitectura en estudios o firmas privadas será per sé una solución a tantas violaciones y mutaciones que ha sufrido la ciudad en su fondo habitable, es ingenuo. Pero su autorización abriría un camino legal a la solución del problema.
De otra parte, el Colegio de Arquitectos de La Habana, fundado en 1916, y extendido a las provincias, dio paso al Colegio Nacional de Arquitectos de Cuba en 1933. El Colegio regía las licencias obligatorias para la práctica de los arquitectos, que en la inmensa mayoría ejercían en firmas o empresas privadas, algunas combinando proyectos y obras. El Colegio publicaba su propia revista, Arquitectura Cuba, y otorgaba los premios anuales. O sea, había una articulación del ejercicio profesional de los arquitectos.
El triunfo de la Revolución significó un cambio radical. Como cita Eduardo Luis Rodríguez en su texto “Arquitectura de los Sesenta. Esencia y vigencia de un legado a preservar”: “…la temprana visita del jefe de la Revolución, Fidel Castro, a las oficinas del Colegio Nacional de Arquitectos, efectuada el 15 de febrero de 1959. Allí, en reunión abierta y masiva, quedó definido el rumbo que tomaría la práctica arquitectónica en el país: no se trabajaría más para clientes privados, sino exclusivamente para el gobierno, y los profesionales no buscarían más lo que allí se llamó ‘la sola satisfacción personal de sus obras-monumento’. El Colegio de Arquitectos se disolvió en 1967, la práctica privada de la arquitectura fue abolida, concentrándose la actividad profesional en el Ministerio de la Construcción; donde la creatividad artística fue siendo suplantada por una visión reduccionista, centrada en la solución pragmática de los múltiples programas constructivos de la Revolución”.
En el devenir de este proceso, y al margen de la empresa estatal de proyectos y del Arquitecto de la Comunidad, por diversas vías, más o menos informales, los arquitectos hemos sido convocados, siempre en privado, para realizar diseños y proyectos, pues se trata de una demanda natural de la sociedad, acentuada en la última década por la apertura al emprendimiento privado, sin respuesta estatal. En ello se sustenta la dicotomía de una práctica arquitectónica independiente in crescendo versus su prohibición.
A estas alturas de las transformaciones del modelo económico del país, con la amplia incorporación de los actores económicos no estatales al ámbito de las construcciones, tanto estatales como privadas, la arquitectura no puede continuar excluyéndose. Los arquitectos demandamos ejercer nuestra profesión como parte lícita de estos procesos; no tiene sentido que un inversionista o cliente privado no pueda contar con el aval legal del arquitecto o grupo de proyectos que sea de su preferencia, y que deba disfrazarlo con las firmas del Arquitecto de la Comunidad; o que una entidad del turismo contrate a un artista plástico o a un artesano para un Proyecto de Interiorismo en el Fondo Cubano de Bienes Culturales, donde se prohíbe contratar al profesional formado para ello: el arquitecto.
Se impone un justo reordenamiento legal de la arquitectura.
Ni la Unión Nacional de Arquitectos e Ingenieros de la Construcción (UNAICC) —creada en 1983, y que concibe que “la Asociación tiene como objetivo fundamental, lograr la integración de todos los profesionales vinculados al sector constructivo; promover el desarrollo profesional de los asociados…”— ha logrado que a los arquitectos e ingenieros afiliados se nos inscriba en el Registro Nacional de Constructores, Proyectistas y Consultores de la República de Cuba, cuyo responsable es el MICONS. Abogamos por una Ley de Arquitectura, y por un Instituto de Arquitectura que velen por nuestro ámbito de actuación.
Si en el pasado republicano la casi totalidad de las obras proyectadas y construidas en Cuba, esas que constituyen la rica herencia patrimonial de la que nos enorgullecemos, fueron fruto de una práctica privada, organizada en firmas, nada impide que en un marco debidamente regulado convivan complementariamente diversos modelos de gestión, enriqueciendo la calidad mediante la competitividad que propician los concursos, las empresas de proyecto estatal y los estudios de arquitectura independiente, o cualquier forma organizativa que demuestre su capacidad técnico creativa. Nada impide que los arquitectos tengamos acceso a un Registro del Creador de Obras de Arquitectura, o a su Colegio. Es una cuestión de mirar hacia la arquitectura sin el velo de prejuicio ideológico, dogmático, que reprime su desarrollo.
—De la mano inspiradora de Joaquín E. Weiss, durante la adolescencia me embarqué en la aventura viva de palpar nuestra arquitectura. Tenía marcados en un mapa de La Habana todos los edificios, plazas y espacios públicos que figuraban en los tres tomos de La arquitectura colonial cubana. Como una cosa lleva a la otra, de la colonia salté al eclecticismo del primer tercio del siglo XX, al art decó, al racionalismo y todas las derivaciones de las escuelas modernas, descubriendo un país arquitectónicamente privilegiado. Contemplando con angustia el deplorable y humillante estado en que ha caído la patria, porque la patria también se arma de sus íconos arquitectónicos y urbanísticos, ¿qué ha llevado a la ruina a La Habana, aunque el patrimonio provincial padece igual calamidad, en el transcurso del último medio siglo? ¿Es irreversible esa brutal pérdida de fisionomía constructiva? ¿Qué va a quedar en pie de ese esplendor que nos identificó?
—La arquitectura es una de las expresiones inconfundibles del modo de vida de la sociedad, de cómo esta se ha estructurado y manejado por y desde el poder imperante, y cada período deja su huella, su legado físico plasmado en los edificios y en sus asentamientos o conjuntos urbanos, sean pueblos o ciudades. No se puede desvincular el estado actual del devenir histórico.
La Habana de 500 años, en su locación costera, interactúa obligadamente con un medio natural agresivo, en el que sufren más los edificios de menor calidad de materiales constructivos, como las zonas de vivienda popular, y los más antiguos. Desde el triunfo de la Revolución en 1959, los mayores esfuerzos constructivos se destinaron a desarrollar amplias zonas rurales olvidadas y empobrecidas, en paralelo con múltiples programas inversionistas de escuelas, universidades, instalaciones de salud, de ciencia, deportes, etc. muchas de las cuales, conjuntamente con nuevos asentamientos para viviendas, se planificaron en zonas periféricas y suburbanas, siendo relegado y omitido el necesario mantenimiento a la ciudad histórica, y programas inversionistas para su lógica renovación.
Mario Coyula sentenció: “La Habana cuesta, pero vale”. Recientemente, a propósito del triste suceso de un derrumbe fatal, comenté: “Creo que hay un consenso común en los valores de La Habana, en sus significados para la cultura cubana, para los cubanos, para la cultura universal y para el mundo. Igualmente creo que hay consenso en su alto grado de deterioro, en sus problemas urbanísticos, de manejo y de gestión, y en la ausencia, hasta hoy, de una estrategia para su recuperación, salvaguarda y desarrollo integral. Pero el mayor consenso está quizás en que, si no se asume y se actúa sobre lo anterior prioritariamente, con la contribución activa y efectiva de quienes dominan su problemática, y pueden aportar las mejores soluciones, se perderá definitivamente la ciudad maravilla que es”.
Todo edificio tiene una vida útil limitada, mientras mejor atención se le dé, mayor será esa durabilidad. Tal es el caso de muchos edificios y conjuntos monumentales, y de centros históricos considerados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, que cuentan con planes de manejo y gestión, y con mecanismos económicos para soportarlos financieramente. Nuestro ejemplo único, el Centro Histórico de La Habana Vieja, es una demostración de esa visión, con la Oficina del Historiador de la Ciudad, con su Plan Maestro, su Escuela Taller, su Empresa de Restauración de Monumentos, entre otros, y un diseño económico basado en la infraestructura turística como plataforma básica —de la que lamentablemente ya no dispone de manera autónoma— para implementar sus estrategias de conservación, de restauración, de rehabilitación, de preservación, rescate y salvaguarda integral.
La ausencia de esa política, aplicada creativamente a cada uno de los municipios de La Habana, y del país, que ha sido recomendada por décadas, la centralización y restricción de las fuentes de diversidad económica local, y exclusión de las externas, en un contexto de subdesarrollo nacional y de acoso financiero externo, ilustran causas generales del terrible deterioro de los edificios, y de zonas urbanas enteras, como Centro Habana, densamente poblada y con elevada concentración de edificaciones constructivamente en riesgo.
Es esperanzador el accionar de la Red de Oficinas del Historiador y del Conservador de las Ciudades Patrimoniales de Cuba (RED OHC/OCC). Pero en La Habana cada municipio amerita una estructura similar. La Habana en su totalidad, como gran núcleo urbano, amerita un tratamiento patrimonial más abarcador y complejo. Y amerita que, en el escenario de empoderamiento de los gobiernos locales, se autoricen todas aquellas iniciativas que vinculen el emprendimiento económico y la inversión de cualquier origen a planes urbanos bien concebidos, con un enfoque integral, que vayan reanimando su estructura urbana y edilicia. Esta sería una vía de salvaguarda de la ciudad, probada en diversas urbes del mundo, y hasta en nuestro Centro Histórico.
No obstante, el panorama general es desolador. A las limitaciones se suman la incultura, la insensibilidad, y la prepotencia ignorante. Las edificaciones colapsan puntualmente por su desatendido deterioro constructivo; pero la ciudad también muestra una fisonomía mutante, en la que se manifiestan signos virales de fealdad en el tratamiento del color, del maltrato al arbolado urbano, en la improvisada manera en que privados y entidades estatales se relacionan con los edificios y los espacios públicos sin importar sus valores, transformando su imagen sin consultar, sin observar regulaciones (sin que medie un arquitecto capaz), ruralizando y vulgarizando impunemente. La carencia de un periodismo crítico especializado y de una sociedad civil comprometida activamente contribuyen a ello.
Como contundentemente sentenciara nuestro historiador de La Habana, Eusebio Leal: “La Habana no es una aldea”. Esa sentencia nos impone el reto de nutrir nuestro conocimiento colectivo desde la historia real de la ciudad, readecuar conductas equívocas con respecto a ella aplicando la ley, contribuir a revertir los daños que la ignorancia ha causado, y rescatar la mejor, la más bella Habana.
Aún creo en la posibilidad de salvación. Creo en que habrá que asumir posturas equilibradas y desprejuiciadas de regeneración y de acupuntura urbana. Habrá que hallar un balance en el que prevalezcan las más valiosas (el estudio de valores es fundamental) edificaciones de todas las tipologías y estilos, las más auténticas y representativas, aunque algunas solo conserven partes como sus fachadas. Y a ello incorporar el mejor pensamiento urbanístico y arquitectónico, para que se produzca nueva arquitectura en convivencia armónica. Es el sueño, posible. Y si los poderes del país lo asumen como política, es factible a todo plazo.
—Viví en Luanda tres años, no he viajado mucho, la verdad, pero aquella es la ciudad más caótica que se pueda imaginar. Hay mucha tela por donde cortar desde esa experiencia de amontonamiento humano, pero una de las cosas que más me llamó la atención del sector inmobiliario, fue la marginación de los especialistas locales, quedando, en el mejor de los casos, relegados a pie de obra para supervisar la ejecución de proyectos extranjeros. Inclusive, con el desempleo atroz que padecen, en el paquete de esos proyectos también estaba incluida la mano de obra india. Los campamentos de indios eran enormes. Al regresar a Cuba, descubro estupefacto la misma práctica. ¿Qué se esconde detrás de esa castración profesional, luego de gastar tantos recursos en la formación de decenas de arquitectos e ingenieros nacionales?
—Voy a responderte con el texto de una reciente publicación en Facebook, donde he escrito durante varios años lo que pienso al respecto. Con motivo de la próxima apertura del nuevo hotel Grand Aston en 1era y D, en El Vedado, escribí:
Una mención especial de reconocimiento y felicitación al equipo proyectista de la EPROB, a su proyectista principal arquitecto Sergio Fernández por la culminación de un nuevo proyecto que deja plasmado, junto al rigor constructivo de la UCM-BBI (Unión de Construcciones Militares-Bouygues Batiment International), la concreción de otro de los grandes hoteles que incrementan habitaciones turísticas en La Habana. Ellos se pueden sentir orgullosos del resultado de su trabajo como proyectistas, y nosotros.
La ejecución de este hotel se ha acompañado de la polémica, principalmente visible en redes sociales, en grupos como Fotos de La Habana, con una marcada controversia crítica entre quienes, por una parte, celebran la aparición de un nuevo conjunto hotelero de dos torres en la línea del malecón habanero, con su aparente modernidad tecnológica, con sus reflejos de vidrio, la puntiaguda expresión de sus fachadas, y quienes, por otra parte —mayormente arquitectos—, con el conocimiento especializado en arquitectura y urbanismo, hemos argumentado sobre su pobre calidad de diseño arquitectónico, y sobre su incongruencia con el contexto moderno de El Vedado.
Es importante delimitar puntos, pues esta experiencia —que sigue un patrón ejecutivo reiterado por veinte años por parte de sus propietarios inversionistas ALMEST-MINFAR-GAESA con su socio francés Bouygues Batiment International, con un sólido respaldo financiero del estado cubano— ha ido incrementando año tras año sostenidamente, sin interrupción, las capacidades hoteleras en los principales polos turísticos de Cuba, ahora con mayor énfasis en La Habana, y continúa con un ambicioso programa inversionista previsto hasta el 2030.
Voy a referirme —reiterándome— a varias aristas de ello, a las que más se entrelazan con la actualidad de la práctica arquitectónica en Cuba. Un análisis crítico aparte amerita su arquitectura.
Estos proyectos, su diseño arquitectónico, el concepto que define lo que será la arquitectura, sin excepción, son contratados por Bouygues Batiment International a arquitectos o firmas de arquitectos extranjeros, principalmente franceses. Negocio redondo, y cerrado. Vale puntualizar que junto al lastre profesional que representa para los arquitectos cubanos, excluidos de su rol creativo, el estado cubano paga en divisas montos elevados a los arquitectos foráneos, que podría invertir en potenciar las capacidades tecnológicas propias en las empresas de proyectos, y mejorar los salarios.
Las máximas autoridades cubanas no se preocupan por el hecho de que ningún arquitecto cubano —por más de veinte años—haya sido invitado como diseñador, ni que se haya convocado un concurso público (como es casi obligatorio en Francia, por ejemplo) para seleccionar al mejor equipo proyectista, cubano o foráneo, para seleccionar la mejor idea. Bouygues Batiment International goza tranquilamente del monopolio sobre esta actividad en Cuba, que no en Francia.
Las máximas autoridades cubanas no se preocupan por el hecho de que la mejor capacidad creativa de los arquitectos cubanos, a cuya formación universitaria se destinan cuantiosos recursos humanos y materiales, sea una inversión perdida. Y que emigren desmotivados.
¿Cuál será el legado arquitectónico futuro de la nación, si el más notable de los programas inversionistas, el hotelero, excluye por décadas la participación de los arquitectos cubanos?
Cuando se habla del patrimonio cultural construido, identificamos en él la mejor herencia urbanística y arquitectónica, aquellas edificaciones, conjuntos y zonas urbanas que nos transmiten desde el pasado las mejores prácticas creativas y de pensamiento innovador y renovador de sus respectivos períodos históricos. Así nos enorgullecemos del Centro Histórico de La Habana Vieja, que en su diversidad agrupa los exponentes de la Colonia, o eclécticos barrios como Centro Habana, El Vedado o Miramar, en su tránsito hacia la modernidad. La Habana exhibe orgullosa joyas monumentales de esa arquitectura, fruto también de arquitectos, ingenieros y constructores cubanos y foráneos, de los mejores, sin discusión.
¿Por qué no es preocupación del estado cubano, como parte del “ideario cultural humanista de la revolución socialista”, perpetuar el patrimonio cultural heredado con una producción arquitectónica de valor, trascendente, auténtica?
La producción hotelera actual muestra una visión simplista en ese aspecto, indiferente. La meta es fabricar más y más habitaciones a un costo rentable para el negocio. La arquitectura da igual, mientras respalde esos parámetros.
Los nuevos hoteles en su generalidad van atrofiando la escala perceptiva del paisaje urbano, pues al responder a un elevado número de habitaciones como condicionante, su volumetría crece hasta romper las proporciones que debería respetar con su entorno. Así, en un sobrevuelo de dron sobre La Habana, son evidentes estos mastodónticos edificios imponiéndose en sus locaciones.
A La Habana, por años, sus mejores estudiosos le han tratado de evitar la “miamización o panamización” constructiva, que no significa que se dejen de construir nuevos edificios, significa que se tengan en cuenta los parámetros urbanos que garanticen el balance entre “La Habana real maravillosa” heredada, y sus nuevos desarrollos.
¿Por qué se desarticuló el rol del Grupo para el Desarrollo Integral de la Ciudad (GDIC) con su gran maqueta de La Habana como instrumento de prueba y validación del crecimiento de la ciudad? ¿Por qué se habla de desarrollo urbano sostenible, mientras los nuevos hoteles lo ignoran?
Este nuevo hotel, Grand Aston Habana, pronto será titular con su inauguración.
Su equipo proyectista tiene sobradas razones para celebrarlo. ¡Felicitaciones!
En nuestras empresas de proyectos, a las que corresponde desarrollarlos ejecutivamente, se dedica conocimiento y creatividad por arquitectos e ingenieros para solucionarlos y construirlos correctamente.
Los habaneros y visitantes ya se congratulan con otro atisbo de modernidad, de deslumbrante brillo frente al mar.
Que no nos impida ver tras sus destellos. La Habana no espera.
—Sé que el ejercicio docente ha tenido un peso considerable en tu pluralidad profesional. ¿Cómo llevas ese trascendental rol de “construir” los cimientos de tantos futuros especialistas? ¿Se ha revertido esa enseñanza?
—Mi vocación docente me ha acompañado siempre; quizás porque mi madre fue profesora de historia, y porque tuve excelentes maestros, aprendí desde niño a disfrutar de compartir lo que sabía.
Aunque a lo largo de toda mi carrera profesional he mantenido esa actitud, ya sea adiestrando jóvenes recién graduados en mi equipo de proyectos, o durante sus prácticas de producción, y tutorando trabajos de diploma; no fue hasta el 2007 que acepté incorporarme como profesor adjunto al Departamento de Diseño de la Facultad de Arquitectura en la CUJAE.
Pienso que la enseñanza del diseño arquitectónico requiere no sólo de una sólida formación académica, teórica, intelectual; sino también de un bagaje conformado a partir del propio ejercicio proyectual-constructivo, del dominio práctico aprendido al hacer la obra y, en adición, de una constante actualización cultural, no sólo en el ámbito de la profesión. El arquitecto que es proyectista vive en constante aprendizaje; ese pensamiento deben entenderlo y asumirlo los estudiantes durante su formación.
Impartí talleres de diseño de edificios de mediana complejidad, o edificios altos, en tercer año de la carrera; una asignatura fascinante, pues los estudiantes se enfrentan a un grado de mayor exigencia, con un programa académico muy bien concebido, y un colectivo de profesores con gran empatía, encabezado por Joiselén Cazanave, del que obtuvimos excelentes ideas para los principales lotes de El Vedado que prevén la posibilidad de edificios en altura. Tan creativos y sólidos conceptualmente, que eliminarían en concurso a los proyectos foráneos de hoteles que se construyen.
Así mismo, he disfrutado los talleres que en cuarto año adentran a los futuros arquitectos en un manejo más integral de la profesión, al abordar, desde el previo ejercicio del urbanismo, la rehabilitación arquitectónica de edificios históricos de valor, y la nueva obra, con un alcance que los adentra en el interiorismo y paisaje urbano. Una polifacética asignatura, conducida entonces por Mabel Matamoros, a quien agradezco su invitación. En estos talleres me resultaba interesante el intercambio de ideas con los alumnos, a partir del análisis de mis propios proyectos realizados, como el hotel Telégrafo, en Prado y Neptuno, cuya concepción al rescatar un edificio histórico en ruinas, enfatiza en la convivencia contemporánea, innovadora, de lo viejo y lo nuevo; que es en definitiva mi postura como arquitecto: el rescate de valores preexistentes y la continuidad contemporánea de la arquitectura, en armonía.
Tuve una experiencia de la que mucho aprendí con el profesor Enrique Fernández en su taller de la Manzana Piloto. Este término se aplica a una visión urbanística desarrollada por él a partir de un estudio en Centro Habana, que promueve el enfoque de la regeneración urbana de la ciudad histórica, limitando el crecimiento expansivo. Es esta una visión válida para salvar la ciudad heredada y desarrollarla, que aún aguarda por su implementación.
Por limitaciones personales de salud, recesé de los talleres en 2016, y mantengo la tutoría de trabajos de diploma a partir de las temáticas que me proponen los propios estudiantes. Y ha sido tan diverso, que me ha permitido hacerlo en cotutoría con valiosos expertos en varias ramas del saber del urbanismo y la arquitectura.
No recuerdo los nombres de todos los alumnos, olvido rostros; pero sin dudas atesoro las más ricas vivencias y satisfacciones con ellos, el reto de cumplir con sus expectativas, el logro de un proceso de aprendizaje expresado en una buena idea, como antesala de la futura práctica, que es un paso más hacia la madurez.
Creo que la Facultad de Arquitectura debe ser potenciada como laboratorio de la ciudad, creo que la realidad demanda mayor conexión con los problemas urbanos, con el patrimonio, con la carencia de una nueva arquitectura que trascienda. Creo también, y lo he defendido, que la escuela de arquitectura debe establecerse en la ciudad; los estudiantes, por las carencias económicas, no viajan a conocer sitios históricos, por lo que están muy limitados en su convivencia con la ciudad. Creo que deben hallarse vías flexibles de fortalecer el claustro, el fenómeno del envejecimiento también afecta.
He sido partidario, y agradezco a mis jefes que me lo hayan permitido, de insertar tempranamente en los equipos de proyecto a los estudiantes, es un factor determinante en la formación de pregrado, y motiva. En varios de mis proyectos recientes, como la adaptación del cine Mara en Santos Suárez, para la sede del Ballet Español de Cuba, mis colaboradores fueron varios estudiantes de cuarto año.
Tal práctica, que funcionaba muy bien en las firmas de arquitectura, iba preparando de la mano de los maestros consagrados a sus relevos; también se aplicó en los ‘60 y ‘70 en las grandes obras de la Revolución, y así debería ser.
—Siendo superficiales, para matar esto a la manera tradicional y que quede bonito, te podría preguntar algo así como: ¿qué futuro le auguras a la arquitectura y el urbanismo en Cuba…? Pero nos tirarían tomates y arruinaríamos la honestidad de este encuentro. En su lugar, te pregunto: ¿qué nos estamos perdiendo en cuanto a tecnología, intercambio profesional e intelectual, con la asfixia que experimentan a nivel de realización sectorial e individual los ingenieros, arquitectos y urbanistas? ¿Se perdió para siempre el prestigioso Colegio Nacional de Arquitectos de Cuba?
A 106 años de fundado el Colegio de Arquitectos de La Habana se reiteran similares preocupaciones. En un acta fundacional se planteaba: “Constituidos en sesión los señores que al margen se expresa, ocupa la presidencia, a ruego de los presentes el Sr. Gabriel Román Casals, el que expone el motivo de la citación, haciendo notar la desairada situación en que se encuentran los profesionales arquitectos con respecto a las obras que se ejecutan en esta ciudad y las deficiencias técnicas y artísticas de que adolece la casi totalidad de ellas y entiende que es conveniente, tanto para los profesionales arquitectos como para el embellecimiento de nuestra capital y garantía de los propietarios, procurar que las obras que se construyan en lo sucesivo, tengan una verdadera dirección facultativa en la consecución de esos fines, constituyendo una asociación (COLEGIO DE ARQUITECTOS) que vele por el cumplimiento de las leyes vigentes y mayor prestigio de la profesión”.
En el artículo “Panorama actual de la arquitectura cubana”, en coautoría con Humberto Ramírez para la edición No-19, 2021 de la revista Artcrónica, dedicado a la arquitectura cubana, abundo suficiente al respecto; de hecho, es casi la respuesta a tu pregunta. Voy a sustraer un breve fragmento, en el que cito las palabras del doctor Eusebio Leal Spengler en el acto de homenaje póstumo a Mario Coyula Cowley, realizado en la UNEAC en el 2014. Decía Eusebio sobre Coyula: “Consideraba que la barbarización de la arquitectura, la pérdida de los espacios, el olvido del papel del arquitecto en la sociedad como un elemento de cultura fundamental para dirigir y bien dirigir lo que se hace, era muy importante… [Coyula] no creía en ninguna institución fallida ni superficial, que emitiese licencia para realizar una u otra obra, generalmente en las cuales se resuelven los problemas sobornando al interesado. Él creía, como se cree en otros lugares, en una Orden de Arquitectos. Él creía en el prestigio de la arquitectura cubana que tantos valores acumuló a lo largo de siglos y, de lo cual, no solo [es ejemplo] la esplendorosa Habana, hoy cubierta por un velo de decadencia, apenas rasgado en algunos puntos. Él creía que cada parte de Cuba había expresado una forma original de su arquitectura, de su arte constructivo, de sus formas de hacer y actuar. Creía en lo vernáculo, pero creía también en los nuevos materiales”.
Esta realidad es compleja y son múltiples los factores que inciden en el actual estado de cosas, desde la percepción simplificadora de los inversionistas y constructores, que esgrimen criterios presupuestarios para no involucrarse en soluciones de diseño que “compliquen” su posterior ejecución, dando como resultado edificios desprovistos de confort ambiental, hasta la propia calidad constructiva. Con los recursos materiales y profesionales disponibles es posible encontrar soluciones racionales y estéticamente aceptables. No son sólo las limitaciones de recursos constructivos las que fallan. Se ha normalizado una visión plana y mutilada del rol de la arquitectura en la sociedad, que la relega a un plano de menor valor en el panorama cultural, eximiéndola de sus aportaciones para el bienestar colectivo. Todo este manejo sucede ante la silenciada expectativa de formidables y competentes profesionales graduados en Cuba.
Frente al estancamiento que hemos padecido, y padecemos, los derroteros de la arquitectura del patio se debaten entre la rica tradición que hemos heredado secularmente y las influencias foráneas de la tercera década del siglo en curso. Luego de años de intermitencia, de producción restringida de proyectos de calidad, ¿cuáles deberían ser los referentes de la proyección arquitectónica: el legado colonial, el republicano ecléctico o moderno, el futurismo de Dubai? Basada en sus valores tradicionales y en la competitividad por mejores resultados, considerando una correlación de factores socioculturales, deberá vislumbrarse para nuestra arquitectura un panorama más objetivo, sobre todo porque se reiteran los mismos retos. Nuestras ciudades son portadoras de centenarios legados y formidables plazas culturales, pero apenas se han salvado segmentos de sus cascos históricos, por lo tanto, peligran otros. Continúan proliferando, sin gracia, la improvisación, lo primitivo o lo grotesco. Al eclipsarse el rol integral de la arquitectura, persisten el vacío creativo de las décadas recientes y la ausencia inadmisible de sus ejecutorias.
(Entrevista publicada originalmente en tres partes en 2022, por la revista digital Árbol Invertido)
