
El 28 de abril de 1910 falleció Martín Morúa Delgado. En el aniversario de su natalicio, ocurrido el 11 de noviembre de 1857, dedicamos algunas páginas a su vida anterior a la Constituyente de 1900-1901. Trataremos de abordar, ahora, los años posteriores a la Convención en los que, digamos a modo de adelanto, su carrera política continuó en ascenso. De practicar oficios humildes en su adolescencia, como el de tonelero, había llegado a conformar el selecto grupo de delegados que redactarían la Constitución cubana. Luego se mantendría como un miembro destacado de la élite política cubana. Primero en el Senado de la República, luego como secretario de despacho, siempre como uno de los colaboradores más cercanos de José Miguel Gómez.
Si hacemos memoria, recordaremos que su intimidad con el futuro presidente Gómez se había reforzado en la manigua. En los últimos años de la Guerra del ‘95 había llegado en una expedición por oriente. Poco después, se había unido a las fuerzas de José Miguel en Santa Clara. Le precedían su obra y prestigio intelectual, conquistado en la prensa, el cultivo de las letras y la actividad política. Para el equipo político del jefe villareño, Morúa sería un gran fichaje. No sólo por el aporte directo de su clara inteligencia, su sagacidad política, su fortaleza de carácter y su cultura amplísima. También, porque atraería las simpatías del llamado “elemento de color”, el futuro votante negro de la isla.
Morúa seguiría siendo uno de los principales pensadores en torno a la cuestión racial en Cuba. Conocemos algunas de las características de su pensamiento y cómo contrastaban con las de otro gran líder negro: Juan Gualberto Gómez. Ambos militarían dentro del Partido Liberal Nacional, pero en facciones contrapuestas. Así que los veremos compartiendo automóvil, pero animados en un franco debate. El tema de la racialidad nunca ha sido, ni será en mucho tiempo, un tema menor en Cuba. El pensamiento de Morúa, a pesar de los inevitables cuestionamientos, es un referente imprescindible para el debate. Veamos ahora los aspectos más relevantes de la última etapa de su vida. Aquella que transcurrió entre los trabajos de la Convención de 1900-1901 y su muerte.
El constituyente
No es necesario acreditar el orgullo que debió sentir Morúa de su paso por la Constituyente. Era un sentimiento compartido por la mayoría de sus colegas. Salvo por el trago amargo de la Enmienda Platt, habían dado al país una ley fundamental que consagraba libertades muy valoradas por todos. La obra no era perfecta y así lo reconocían. El poder ejecutivo había sido diseñado con una ligera preeminencia sobre los demás que resultaría muy peligrosa. El principal problema, sin embargo, era el propio país, la sociedad tal y como estaba estructurada, no el organismo político tal y como quedó constituido. El ejecutivo fuerte debía poner orden en una polis llena de incoherencias y contradicciones. El riesgo que se asumía era el del cesarismo, el del ejecutivo autoritario. La Constitución no empujaba en uno u otro sentido. Simplemente, como toda ley, ofrecía herramientas que eran susceptibles de abuso.
Con todo lo anterior, el balance para Morúa, en lo personal, siempre fue positivo. Su paso por la Convención fue destacado. Estuvo en el selecto grupo de los que no temían alzar su voz en los debates y mostrar al público cómo se deliberaba cada precepto. Se consolidó como uno de los líderes del Partido Republicano Federal de Las Villas, siempre en el marco de la primacía de José Miguel. El trago amargo de la Enmienda Platt lo apuró junto a la mayoría de sus compañeros villareños. De los siete delegados de la provincia, sólo José Braulio Alemán y José Luis Robau mantuvieron su oposición. Morúa, junto a José Miguel, Enrique Villuendas, González Llorente y Monteagudo, estuvo entre los que entendieron que la resistencia era inútil. Apuraba fundar la República de una vez, pensaban que Constitución con Apéndice era mejor que ninguna.
Así llegó el turno de elegir gobierno. Los republicanos villareños que permanecieron junto a José Miguel, después del parteaguas de la Enmienda, apoyaron a Estrada Palma para presidente. José Miguel seguiría siendo el gobernador de la provincia, pero esta vez por el voto popular, no por designación del Gobierno Interventor. González Llorente continuaría en el Tribunal Supremo hasta su muerte. Villuendas iría a la Cámara de Representantes. Monteagudo y Morúa, al Senado.
El senador
Durante la primera etapa del mandato estradista todo marchó aparentemente bien, aunque tuvo detractores desde el principio. Los republicanos radicales, que no habían apoyado su candidatura, eran opositores obvios al nuevo gobierno. Los miguelistas se agruparon, junto a otros grupos republicanos que apoyaron a Don Tomás, en una suerte de partido/coalición conocido como Republicano Conservador. El presidente no militaba en ningún partido, pero los que habían apoyado su candidatura continuaban respaldándolo, como era de esperarse.
A pesar de esta buena relación inicial entre Estrada Palma y José Miguel, Morúa nunca las tuvo todas buenas con el presidente. Esa animosidad fue aumentando con el tiempo. La disciplina política le impuso moderación, pero la creciente hostilidad entre ellos era ampliamente conocida. Uno de los encontronazos más notorios estuvo motivado por Proyecto de Ley sobre la Lotería. Morúa era su principal impulsor. Obtuvo los votos en el Senado e incluso en la Cámara, a pesar de la oposición de hombre de su propio partido, como Enrique Villuendas. Varios amigos íntimos del presidente también le dieron su apoyo.
Don Tomás, sin embargo, ya tenía preparado el veto presidencial, porque era un firme opositor a la nueva ley. El desencuentro no habría sido tan grave si el mensaje del veto no hubiera contenido varias referencias personales al propio Morúa. Llegaba a citar un artículo del senador donde había afirmado, en 1891, que la lotería era una “gangrena social”. Se vislumbraba la intención del presidente de tratar a Morúa como un adversario. No era de extrañar que Don Martín se convirtiera en el Senado en lo que Juan Ramón Xiques era en la Cámara: un antiestradista militante. En Xiques, venido de los Republicanos Radicales de Juan Gualberto Gómez y Salvador Cisneros, era comprensible. En Morúa, miguelista de manual, no tanto. La aversión entre el senador y el presidente no era esencialmente política, era personal.
Don Martín tenía razones de mucho peso para sentirse agraviado. Más allá de cuestiones como la alusión personal en un mensaje de veto, había sido objeto de verdaderas humillaciones. Una de las más sonadas la recibió junto a los demás congresistas negros. Estrada Palma los invitó a todos a una recepción en el Palacio Presidencial. Les impuso, sin embargo, una degradante condición. A diferencia de los otros invitados, no podrían asistir con sus esposas y demás miembros de sus familias. Generoso Campos Marquetti y Antonio Poveda y Ferrer se negaron a asistir y publicaron una carta protesta en la prensa. Rafael Serra, otro representante negro, repudió el hecho, pero intentó defender a Don Tomás asegurando que otro no los hubiera invitado de ningún modo.
El episodio es ilustrativo del alcance del racismo como institución informal de una sociedad que intentaba superar la rémora de los prejuicios. Para algunos estaba claro que semejante tipo de actitudes no debían tener lugar, sin matices. Otros aceptaban todavía ciertos límites si al menos se percibía algún avance. Podríamos pensar que Morúa pertenecía al segundo grupo, pero el asunto es mucho más complejo de lo que aparenta. Es cierto que Morúa no era un “revolucionario” de la “cuestión racial”, pero tampoco estaba dispuesto a tolerar humillaciones. Había otra cuestión esencial. La propia Constitución que él mismo había contribuido a redactar consagraba sin matices el principio de igualdad. Especialmente, el principio de igualdad racial. Sin medias tintas ni complacencias ante “pequeños pasos en la dirección correcta”.
El liberal
En cuanto a la relación entre el miguelismo y el estradismo, la separación había ocurrido incluso antes del incidente racista en Palacio. José Miguel aspiraba a suceder al anciano bayamés en la más alta magistratura del país. El Partido Moderado sepultaría esas aspiraciones. Cuando Don Tomás se unió al moderantismo y proclamó su voluntad de reelegirse ni siquiera dejó a José Miguel el consuelo de la vicepresidencia. Para acompañarlo en la boleta electoral escogería a Domingo Méndez Capote, uno de los grandes maquinadores del moderantismo.
Para los villareños se abría la tarea de reactivar su Partido Republicano Federal y buscar la alianza con otros grupos que no querían “moderarse”. Aquí confluirían con los zayistas del Partido Nacional. Juan Gualberto Gómez y su republicanismo radical, por cierto, habían devenido zayistas. Entonces, ahora se encontraban frente a frente Zayas y José Miguel, Juan Gualberto y Morúa. En lo adelante serían simultáneamente correligionarios y rivales. Ambos líderes aspiraban a la presidencia, ambos colaboradores estaban dispuestos a facilitarla. El gran escollo era determinar a quién le correspondía el primer turno. El zayismo tenía las de perder frente al prestigio militar del villareño y su férreo monopolio electoral en una provincia tan importante. La urgencia de frenar al moderantismo imponía concesiones, así que Zayas aceptó concurrir como vicepresidente a las elecciones de 1905.
Para no herir susceptibilidades, ninguna de las agrupaciones políticas absorbió a la otra, como había hecho el Partido Republicano con Unión Democrática. Para sellar su alianza crearon un partido nuevo: el Liberal Nacional. José Miguel Gómez sería su candidato a la presidencia de la República, Alfredo Zayas lo sería a la vicepresidencia y sería, además, presidente del partido. Morúa ya era senador y le correspondía seguirlo siendo hasta 1910 porque en el sorteo de 1902 le había tocado el período de 8 años. Asumiría, sin embargo, con gran entusiasmo su rol en la nueva etapa que se abría. Por fin los suyos lo acompañaban en la animosidad contra Estrada Palma o, más bien, en la que ahora sería una pugna frontal.
Para evitar la elección del presidente, Morúa no escatimó esfuerzos. Estuvo en el grupo de líderes liberales que hizo campaña con una intensidad desenfrenada. Estamos familiarizados con los famosos “tres mosqueteros”, Enrique Villuendas, Orestes Ferrara y Carlos Mendieta. El bueno de Morúa, sin embargo, no se quedó atrás y mostró una energía incansable. La empresa era riesgosa. Los moderados habían decidido blindar la reelección a toda costa. Incluso a costa de la legalidad. Los liberales no se quedarían atrás, pero no contaban con el aparato del Estado su servicio, como sus rivales.
El gobierno destituía alcaldes liberales a diestra y siniestra intentando controlar la selección de las mesas electorales. Los miguelistas y zayistas hacían lo que podían. Los “tres mosqueteros” llegaron a incendiar un ayuntamiento para evitar una auditoría que habría sido el pretexto en la deposición del alcalde. Los mítines políticos a veces eran interrumpidos por la violencia. Se reportó más de un tiroteo, incluso en reuniones públicas a las que asistió Morúa. En un mitin celebrado en Ciego Alonso, un barrio de Palmira, con presencia de Morúa y Villuendas, se desató una trifulca. Hubo disparos y plan de machete, pero no se lamentaron víctimas fatales. El juez del lugar, moderado hasta la médula, dictó acto de prisión contra el alcalde liberal, varios policías y veintinueve vecinos.
Días después, en Cienfuegos, ocurriría la tragedia que estaba cantada dado el clima de incivilidad reinante. Llegó a correr la sangre del representante Enrique Villuendas junto a la del jefe de policía que vino a detenerle. Estas muertes colmaron la copa de la oposición. El liberalismo se retrajo en las elecciones y dejó el campo abierto a los moderados que coparon prácticamente todos los cargos sometidos a sufragio.
El conspirador
Ya sabemos que los liberales no se quedarían de brazos cruzados ante la bravata electoral de los moderados. De ningún modo se iba a moderar. Una revuelta armada era inminente. No sería el partido, el organismo burocrático, el encargado de organizarla, pero muchos de sus líderes se verían involucrados. El ala miguelista, la más díscola, la más impetuosa, estaba conformada por una buena cantidad de antiguos militares, veteranos de la guerra contra España. Ellos serían los principales protagonistas de la revolución armada. Los zayistas no se quedarían contemplando los toros de la barrera, pero tenían menos que ofrecer en este sentido. El país se convirtió en un polvorín presto a estallar y, como ocurre en estos casos, varias chispas pequeñas precedieron a la explosión final.
Morúa fue capitán del Ejército Libertador, pero de ningún modo había sido el tipo de militar guerrero. Al menos no en un sentido literal. Había desempeñado casi siempre labores intelectuales, al menos desde los tiempos de su adolescencia. Sus funciones en la manigua habían estado vinculadas al trabajo de Estado Mayor y de ningún modo a mandar tropas o conducir operaciones. Eso no quiere decir que no fuera también “de armas tomar” como sus compañeros del miguelismo. Un incidente ocurrido en febrero de 1906, una de esas chispas previas, revela esa faceta suya de manera muy contrastada.
En la madrugada del 24 al 25 de febrero un grupo de hombres irrumpió en el cuartel de la Guardia Rural de Guanabacoa. De los veinte guardias que había en el edificio, dos resultaron muertos y varios fueron gravemente heridos. Los asaltantes se retiraron con algunos caballos y armas, pero no estaban adecuadamente organizados. Al comenzar la persecución se dispersaron hacia localidades del interior y dejaron abandonados algunos de los pertrechos y animales robados. Los alzados, que no serían muchos más de treinta hombres, esperaban ser secundados a lo largo y ancho de la isla. No se produjeron, sin embargo, otros alzamientos.
Como muestra de los complicada que era la situación del país, baste decir que estos asaltantes, ahora alzados, habían estado dirigidos por un policía municipal. Lo que es peor, enseguida se corrió el rumor de que el inspirador de la acción había un senador de la República. No hay que decir que se trataba de Martín Morúa Delgado. Era vecino de Guanabacoa y gozaba de enorme prestigio ahí, especialmente entre el llamado “elemento de color”. Muchos de los asaltantes eran hombres negros.
Morúa intentó esquivar las graves acusaciones. Gozaba de inmunidad parlamentaria, pero todo tiene un límite. No retrocedió, sin embargo, en sus principios y su defensa consistió en atacar más duramente al gobierno y justificar a los alzados. En una carta pública que apareció el 27 de febrero de 1906 en La Lucha afirmó:
Sólo he dicho y repetido pública y sinceramente, no siendo culpa mía que esto exalte a algunos al extremo de amenazarme de muerte, que si los cubanos consienten que se realicen los propósitos emprendidos por el partido Moderado y apoyados interesada y antipatrióticamente por el Gobierno por medio de fraudes, atropellos y toda clase de violencias; se harían indignos de la libertad y hasta de la independencia, por las cuales derramaron su sangre generosa nuestros libertadores.
En tiempos menos propicios estas palabras suyas habrían bastado para que lo acusaran de incitación contra el orden constitucional. Quedaba, sin embargo, algo de decoro en la República. Su inmunidad parlamentaria siguió siendo respetada por un tiempo y la prensa se mantuvo libre. El gobierno, no obstante, vigilaba de manera muy estrecha a todos los líderes liberales. Se seguía conspirando hasta que por fin, en el mes de agosto, estalló el polvorín.
El gobierno intentó detener de forma relampagueante a los principales líderes y ciertamente lo logró. José Miguel, Monteagudo, el propio Morúa, dieron con sus huesos en la cárcel enseguida. La inmunidad parlamentaria no salvó a ninguno. El movimiento, sin embargo, estaba demasiado extendido. El país estaba soliviantado. Los miguelistas contaban con un caudal de líderes jóvenes casi inagotable. La rebelión creció en cuestión de días y dejó sin salida militar al gobierno. Sólo quedaba acudir al árbitro estadounidense. Invocar la Enmienda Platt, solicitar la intervención. Esa historia ya la conocemos.
Restaurando la República
Durante la Segunda Intervención y el gobierno de Charles Magoon, Morúa seguiría cobrando su salario senatorial. Los estadounidenses habían acordado respetar en la medida de lo posible la continuidad republicana. Se mantuvieron símbolos e instituciones del Estado. Cuba conservó y amplió sus representaciones y su actividad diplomática como si de un país independiente se tratara. El Gobierno Civil de Magoon pretendía funcionar como si de un gobierno provisional nacional se tratara. Incluso llegó al extremo de conservar en nómina a los cargos electivos de rango nacional y en sus puestos a los de rango local.
En el caso de los gobernadores provinciales, sólo pidió su dimisión cuando se decidió llevar a cabo nuevas elecciones. Se consideró que la República estaba lista para renacer cuando quedaron redactadas un grupo de leyes esenciales. La renuncia de los gobernadores elegidos en 1905 debía despejar el camino. Era una concesión a los liberales, virtualmente ausentes de aquella elección. Los términos de los demás cargos elegidos antes de 1905 habrían caducado para el proceso electoral de 1908. La principal excepción sería la de los senadores seleccionados para un período de ocho años en 1902. Tal era el caso de Morúa.
El Partido Moderado no pudo recuperarse de la deshonra de haber provocado la ocupación. Tras su disolución, ocupó el lugar que le correspondía en el espectro político cubano una nueva agrupación. El Partido Conservador Nacional, bajo el liderazgo de Mario García Menocal, acogió a muchos de los antiguos moderados. El protagonismo dentro de la fuerza estaba reservado para el grupo de veteranos que, capitaneados por Menocal, habían tratado de mediar en el conflicto anterior. No apoyaron al gobierno, pero simpatizaban con el estilo de los liberales. Plantaron su tienda aparte y generaron una fuerza política que, si bien era minoritaria, podía convertirse en un rival formidable.
En las primeras elecciones celebradas antes de las presidenciales de 1908, las destinadas a seleccionar, entre otros, a los gobernadores, tuvieron bastante éxito. Aprovecharon una de las debilidades endémicas del Partido Liberal: su faccionalismo. Zayistas y miguelistas otra vez se pedían la cabeza y no conseguían ponerse de acuerdo. Acudieron separados a la cita electoral. Por un lado, el Partido Liberal Histórico, como ahora se denominaba el grupo de José Miguel. Por el otro, el Partido Liberal Zayista. Con el frente adversario debilitado, los conservadores sacaron provecho. De los 82 municipios de la isla los miguelistas ganaron 36 y los zayistas 18. Los conservadores consiguieron 28. Las cifras eran ampliamente favorables a los liberales. Tres quintas partes del electorado los había respaldado. Divididos, no obstante, el riesgo de una derrota en las generales era real.
El honor del miguelismo fue duramente golpeado por una circunstancia particular: perdieron el gobierno de la provincia de Santa Clara a manos del candidato conservador. José Luis Robau, antiguo compañero de la Constituyente, había ganado el cargo gracias a la sangría de votos zayistas que sufrieron los de José Miguel. El asunto estuvo bien reñido. Se dice que la diferencia fue de apenas doscientos votos.
Para Alfredo Zayas la situación era aún peor. Su fuerza política quedó significada como la más débil de las tres. Tenía que pactar sí o sí con sus adversarios del liberalismo histórico. José Miguel tampoco tenía fácil la ecuación. A pesar de su primacía, la lucha por la presidencia podía ser peligrosamente reñida. Si Zayas decidía apoyar a Menocal, estaba perdido. La reconciliación entre los líderes liberales fue facilitada por estas consideraciones.
Se habían dicho cosas muy duras durante el divorcio liberal. En lo que atañe a Morúa, Juan Gualberto había puesto palabras en su boca que aparecieron en un artículo periodístico. Según este, el senador miguelista y él habían coincidido en un automóvil durante las negociaciones previas al fin de la Revolución de 1906. Durante el trayecto, Morúa le había dicho que Zayas se había portado estupendamente bien durante la negociación y se había ganado la presidencia. A estas alegaciones respondieron algunos líderes de la insurrección de manera similar. En otro artículo, Loynaz del Castillo aseguró que Zayas en realidad había sido un estorbo. Que no había ayudado a la obra de los alzados y que de ningún modo podía considerarse meritoria su intervención.
De cualquier manera, reconciliarse era cuestión de supervivencia para ambas facciones si no querían coincidir en la oposición. A Zayas le fue concedida la vicepresidencia, como correspondía al aporte fundamental que haría a la victoria. Morúa, como ya sabemos, asistiría al renacimiento de la República ocupando su escaño del Senado.
De vuelta al Senado. Los Independientes de Color
La alianza liberal surtió efecto. Aplastaron a Menocal en las presidenciales. Conquistaron cada uno de los 24 asientos del Senado y quedaron a 6 de ganar los dos tercios en la Cámara. La única salvedad fue que varios senadores elegidos para 8 años en 1902 seguirían en su puesto hasta 1910. Este era el caso de Morúa, Sanguily y otros cinco. Los votados en 1908 tendrían que esperar hasta entonces para ocupar sus escaños. El pueblo los llamaría, con humor, “senadores en reserva”.
Al inaugurarse este Senado liberal, se procedió a elegir a su presidente y por dieciocho de los veinticuatro votos fue designado Martín Morúa Delgado. Este reconocimiento fue una muestra de la importancia que había alcanzado dentro del miguelismo y dentro de la escena política nacional en términos generales. Estaba en la cumbre de su carrera política, pero ya su salud se venía resintiendo desde hacía un tiempo. No obstante, continuó trabajando en el legislativo durante el tiempo que le quedaba para el cargo al que había sido electo.
El hecho por el que es más conocido Morúa tuvo lugar en esta etapa y fue la aprobación de la enmienda que lleva su nombre. La “enmienda Morúa” fue una propuesta de modificación a la Ley Electoral. La patrocinaban el propio Martín, Tomás Recio y Antonio Gonzalo Pérez. Pretendía que no se considerara:
…en ningún caso como partido político o grupo independiente, ninguna agrupación constituida por individuos de una sola raza o color, ni por individuos de una clase con motivo del nacimiento, la riqueza o el título profesional.
La famosa enmienda fue presentada en febrero de 1910 y estaba motivada por una situación que causaba creciente malestar en la sociedad cubana. Por un lado, el racismo acendrado en los hábitos y costumbres de la población no había sido borrado por la institucionalidad formal. Por el otro, era cada vez más numeroso el sector de la población negra que exigía superar las desventajas a los que eran sometidos. Eran los últimos a la hora de otorgar los empleos públicos. Difícilmente alcanzaban las posiciones profesionales de las que el talento les hacía merecedores. La injusticia era evidente y conocida por todos. Entre los que pretendían resolverlas no había coincidencia en cuanto a los medios.
Morúa había preconizado con su obra y con su ejemplo dos actitudes: trabajo duro e intransigencia frente a la injusticia. Eso sí, exigía un equilibrio que pocas veces era efectivo fuera de la teoría. Los casos como él eran excepcionales, como sus talentos. Lo que sí no toleraba era la acción concertada desde la identidad racial. Esto le parecía nefasto. La identidad racial le parecía un tema que era necesario sobrepasar. Cualquier acción que reforzara esta perspectiva le parecía peligrosa.
Es necesario reconocer que había una motivación práctica en esta postura. Entendía que crear un partido identitario sería funesto para el llamado “elemento de color”. Por mucha justicia y buena voluntad que respaldara su empeño tendrían que enfrentar dos grandes desventajas. Por un lado, las desventajas de medios. Se encontraban entre las clases más pobres y desfavorecidas del país. Por otro lado, desventaja de número. Según los últimos censos, la población “blanca” era casi el doble de la de “color”. Esto quería decir que significarse de ese modo, creando una agrupación política identitaria, generaría de inmediato mayor hostilidad contra ellos. Se pondrían contra ellos no sólo sus enemigos habituales, sino que también se enajenarían a algunos neutrales o posibles aliados.
La agrupación cuya existencia Morúa deseaba evitar llegó de todas formas a la vida durante el gobierno de Magoon. El hecho de que el gobernador estadounidense autorizara su creación generó un panorama todavía más confuso. Los Independientes de Color, como se hicieron llamar, se sentían ahora respaldados por los Estados Unidos. Nada más lejos de la realidad. Los Estados Unidos jamás verían con buenos ojos el movimiento.
Morúa, con su enmienda, pretendía evitar una catástrofe, aunque para ellos estaba llevando al límite el derecho de libre asociación consagrado en la Constitución. Así lo reconocieron, incluso, los conservadores y muchos aliados del liberalismo como Salvador Cisneros. La respuesta de los Independientes no se hizo esperar. Protestaron ante el presidente José Miguel Gómez, pero este se lavó las manos poniendo toda la responsabilidad en el Congreso. El Tribunal Supremo tampoco les fue favorable. El partido quedaría ilegalizado a partir de mayo, tras la aprobación de la ley en ambas cámaras. Para ese entonces habían pasado semanas desde que Morúa dejara de ser miembro del Congreso. Es más, desde unos pocos días antes, había abandonado el mundo de los vivos.
Secretaría de Agricultura y muerte
En la mañana del 16 de abril de 1910 Martín Morúa Delgado tomó juramento como secretario de Agricultura, Comercio y Trabajo. Lo acompañaron en el juramento los nuevos secretarios de Justicia, Emilio Junco, y de Instrucción Pública, Mario García Kohly. El gabinete de José Miguel se reforzaba en términos generales con estas nuevas incorporaciones.
El caso de Morúa era particular. El presidente mantenía cerca a uno de sus más fieles y talentosos colaboradores, que ya no tenía lugar en el legislativo. El nombramiento, sin embargo, podría arrojar dudas acerca de su efectividad. Era sabido que era un hombre talentoso, capaz de cumplir plenamente las obligaciones del cargo. Su salud, no obstante, venía mostrando signos de deterioro evidente. Padecía varias dolencias crónicas, entre ellas la “arterioesclerosis” y el “mal de Bright”. Ambas eran términos genéricos con el que se agrupaban ciertas enfermedades que todavía la ciencia no era capaz de distinguir.
El término “arterioesclerosis” se utilizaba para designar cualquier engrosamiento de las arterias sin precisar su causa. El “mal de Bright” servía para designar ciertos padecimientos renales. Una de las primeras determinaciones del nuevo secretario fue la de establecerse en la Estación Agrícola de Santiago de Las Vegas. En las afueras de la capital esperaba restablecer su salud maltrecha. No regresaría vivo. En la noche del 28 de abril falleció de lo que la prensa describió como una angina de pecho complicada con un ataque gripal.
El gobierno decretó dos días de duelo nacional. Le fueron ofrecidos honores de Secretario Encargado de las Fuerzas Militares. Tres descargas de artillería y tres de fusilería al momento de su inhumación. Asistiría el gobierno en pleno a su sepelio y un gran número de gente humilde llenaría aceras, azoteas y balcones para ver pasar el cortejo.
En varios momentos el pueblo, especialmente hombres negros que lo admiraban profundamente, se disputó con las autoridades el traslado del ataúd en hombros. El vicepresidente Zayas se vio obligado a arengar a los asistentes para suplicarles que les permitieran a ellos también el honor de llevarlo. Al llegar al cementerio, el pueblo se impuso nuevamente por la fuerza del número entre el féretro y las autoridades. En hombros lo llevaron a la Capilla y en hombros lo condujeron a la bóveda donde reposaría definitivamente. Según la prensa, el orden y el silencio más respetuoso reinaron en todo momento.
El país, sin embargo, estaba cada vez más lejos de la paz. Mientras Morúa juraba su cargo, se agravaba su condición y moría, se producían detenciones. Los Independientes de Color no querían disolverse sin pelear. Se les acusaba de propaganda sediciosa. Se cerraban sus capítulos y se prohibían sus publicaciones. Dos años más tarde se desencadenaría la catástrofe que Morúa quiso evitar por medios a todas luces ineficaces. Aquellos a los que a pesar de todo consideró siempre sus hermanos de destino, serían brutalmente reprimidos por aquellos que fueron sus amigos Su enmienda fue una herramienta, pero no la causa de esa represión. La causa estaba en la multitud de corazones endurecidos por los prejuicios.
Quizá una de las mejores maneras de ensayar una despedida, digna de la memoria de Morúa, sea la que empleó el veterano Carlos Masó. En un breve artículo publicado en el Diario de la Marina el 29 de abril de 1910 resumió, casi sin querer, el destino del fallecido. Un hombre que había ascendido desde los orígenes más humildes a golpe de talento y carácter. Pero también un hombre que nunca perdió el contacto con sus raíces.
Cubanos blancos y negros: descubríos ante el cadáver de Martín Morúa Delgado, que era liberal, que ocupó altos y prominentes puestos en la República, y muere pobre.
