
En la tarde del 12 de abril de 1934 fue sepultado el cadáver de Alfredo Zayas, que había fallecido el día anterior. La multitud que asistió a la casa mortuoria desde la noche previa y acompañó al cortejo fue, a todas luces, numerosa. Así lo atestiguan, al menos, los artículos de la prensa y las fotografías que los acompañan.
El presidente provisional, Carlos Mendieta Montefur, había decretado que se otorgaran al fallecido honores de mayor general caído en campaña. Desde las seis de la mañana y hasta el momento de la inhumación, prevista para después de las cinco de la tarde, en La Cabaña se había disparado un cañonazo cada hora.
Hicieron guardia de honor al féretro numerosas personalidades del gobierno. También los amigos, parientes, antiguos correligionarios y funcionarios que sirvieron durante la presidencia del propio Zayas, le rindieron tributo de esa manera. El coronel Mendieta, acompañado por su esposa, asistió a la casa del difunto para presentar sus condolencias a la viuda y demás familiares.
El cortejo marchó por la Calzada de Wilson, hoy calle Línea, hasta la Avenida de los Presidentes. Luego se dirigió al Cementerio de Colón por la calle 23. Lo escoltaban fuerzas de la infantería, la caballería y la artillería, con sus cañones. Al momento de inhumar el cadáver, estos últimos dispararon 13 salvas desde el cementerio. De manera simultánea, en La Cabaña fueron disparadas 21.
Durante el trayecto, una escuadrilla compuesta por cinco aparatos del Cuerpo de Aviación realizó varias maniobras temerarias en honor al expresidente. A muy baja altura, casi rozando los cables del tendido eléctrico y las azoteas abarrotadas de espectadores, arrojaron flores sobre el féretro. Repitieron la audacia en más de una ocasión, incluso en el cementerio, mientras el ataúd era depositado en la cripta.
José Manuel Cortina, que había sido Secretario de la Presidencia durante el gobierno de Zayas, pronunció la despedida del duelo. Analizó la personalidad intelectual del fallecido. Su dimensión de político y estadista, quizá el mejor dotado de todos los que había tenido Cuba hasta el momento. Reseñó los problemas pasados y presentes de la República y llamó la atención sobre el valioso acervo de la obra martiana. Un activo que excusaba al cubano de buscar fórmulas exóticas en tanto contaba con esos grandes ideales, orientaciones y propósitos como cantera casi sin explotar. Afirmó su convicción de que la grandeza de Cuba dependía del cultivo de la democracia, acompañado por una intensa educación práctica. Una educación que capacitara al cubano para el manejo de su tierra.
El discurso trataba de ser optimista, como correspondía al personaje cuyo duelo estaba despidiendo. Zayas, a pesar del aspecto taciturno que vemos en sus fotos, había sido, quizá, uno de los mayores optimistas del país. La frase con la cual Cortina cerró su oración fúnebre así lo reforzaba. Era una especie de lema que el expresidente usó a lo largo de su accidentada vida. Un lema que repitió de diferentes maneras ante los formidables escollos que se vio obligado a sortear: “En el mar andamos; fe y adelante”.
En la Constituyente
El 21 de febrero hablamos sobre la vida de Alfredo Zayas hasta llegar a la Constituyente de 1900-1901. Conmemorábamos su nacimiento, ocurrido en ese día de 1861. En ese entonces comentamos la sagacidad, la inteligencia y la incuestionable habilidad con la que había navegado por el panorama político cubano. Cómo había sabido hacerse de un lugar protagónico a pesar de no contar con el historial heroico de algunos de sus adversarios o competidores.
Había sufrido prisión durante la guerra, sí. Había colaborado en el esfuerzo del exilio por sostener a la República en Armas y su ejército, no hay duda. Nunca había figurado, no obstante, como líder o personaje principal dentro del campo independentista. Por supuesto, regresó a Cuba con su prestigio de abogado y literato intacto. Sirvió como juez y luego en el Ayuntamiento de La Habana y paralelamente ayudo a construir el Partido Nacional.
El proceso mediante el cual se convirtió en uno de los líderes de este partido estará siempre velado por las pequeñas luchas cotidianas. Esos incidentes aparentemente insignificantes que escapan con suma facilidad a las redes del historiador, pero determinan en su mayor parte la sustancia de la historia. Lo cierto es que, en la Convención Constituyente, Zayas era una de las figuras principales de los Nacionales. Ahí fue elegido secretario de la Mesa, cargo que desempeñó junto a Enrique Villuendas, otra estrella en ascenso.
De la labor de Zayas dentro de la Convención tendremos tiempo de hablar detenidamente en otro momento. Para hablar de su vida posterior es imprescindible, sin embargo, tener presente dos aspectos de su participación. El primero, el rol activo que jugó en los debates. Fue uno de los delegados más locuaces y laboriosos. Intervino en la mayoría de las discusiones. Su opinión fue escuchada y reportada por la prensa. Estableció con firmeza su nombre entre los de aquellos delegados más reconocidos por el público. El segundo aspecto, la oposición tenaz que hizo a la Enmienda Platt. En ningún momento cambió su voto. Mantuvo su postura respecto a la Enmienda hasta el final. Así contribuyó a fortalecer su prestigio frente a cierto sector del electorado, especialmente el nacionalista, que aceptaba de mala gana el nuevo estado de cosas.
No es de extrañar que poco tiempo después fuera considerado el líder de su partido. Los Nacionales contaban con el respaldo de Máximo Gómez y del gobierno de Leonard Wood. En las elecciones presidenciales respaldaron la candidatura de Tomás Estrada Palma con el apoyo de ciertos sectores del Partido Republicano. Uno de los motivos de la escisión de este último había sido precisamente el voto de la Enmienda. La alianza de los nacionales había sido, de modo paradójico, con los sectores republicanos que votaron a favor.
En cualquier caso, la irregularidad al conformar las mesas electorales provocó el retraimiento del republicanismo radical y Estrada Palma fue electo sin oposición. Zayas, por su parte, consiguió uno de los cuatro asientos que le correspondían a provincia de La Habana en el Senado de la República.
En el Senado
A la cámara alta del Congreso acudió Alfredo Zayas como líder indiscutible del Partido Nacional Cubano. Su voto y su palabra estuvieron en muchas ocasiones al lado de otros intransigentes como Salvador Cisneros Betancourt y Manuel Sanguily. Intransigentes con los efectos de la Enmienda Platt, a pesar de que, a diferencia de Cisneros y Zayas, Sanguily sí había transigido durante la Convención. Zayas intentó postergar, por ejemplo, la votación del Tratado Permanente, instrumento de la Enmienda, en un esfuerzo por demorar lo inevitable. Según Rafael Martínez Ortiz, en Cuba: los primeros años de independencia, el “Dr. Zayas no perdía oportunidad de mostrar su enemiga a las tendencias políticas norteamericanas”. Así lo hizo con varios de los otros tratados firmados en ese momento como el de reciprocidad o el de carboneras.
Buena parte de la oposición que se hizo a la colección de tratados firmados con los Estados Unidos, sin embargo, era más bien simbólica. Fuertes razones políticas y económicas imponían la aceptación de cada uno de ellos más allá de la presión ejercida desde el país vecino. La estabilidad económica, y por consiguiente social, de la isla dependía de las relaciones con el vecino. Fuera de estas circunstancias, el panorama interno de lucha por el poder iría tomando cada vez mayor preeminencia a medida que avanzaba la legislatura.
El presidente Estrada Palma había llegado al mando de la República como candidato independiente, respaldado por una coalición diversa. Dentro de estos apoyos, no obstante, ya había planes para sucederle. Por los Republicanos de las Villas, subsumidos en el Partido Republicano Conservador, el candidato predilecto a las próximas presidenciales era José Miguel Gómez. Desde el Partido Nacional, Zayas empujaba también con fuerza su candidatura. A Estrada Palma se le habían asociado como sus más íntimos y fieles colaboradores algunos elementos que no tenían lugar en otros campos. Hombres como Domingo Méndez Capote o Ricardo Dolz, lideraban desde el Senado este grupo de tendencias claramente conservadoras. Para ellos era imprescindible la reelección del presidente.
Les tomó algún tiempo convencer al anciano gobernante. El desbarajuste de las elecciones intermedias y la agitación social, que se manifestó a través de huelgas y otros incidentes, les permitió inculcarle dos ideas. La primera, que Cuba se encontraba en una situación muy delicada que la clase política aspirante no haría más que empeorar. La segunda, que sólo él, Estrada Palma, al frente del grupo conservador, sería capaz de moderar la exaltación que afligía a la vida pública nacional. Así lograron que se uniera al grupo político que habían logrado organizar en los últimos tiempos: el Partido Moderado.
Aplicando la máxima de que el fin justifica los medios, los moderados emprendieron la lucha por conservar el gobierno. Estuvieron dispuestos a romper la legalidad para salvar la República. Creyeron que el sacrificio al que sometían a la naciente democracia podría corregir sus defectos. Al menos eso repetirían tratando de limpiar sus conciencias. Sabían lo que hacían y su única excusa era que los demás habían hecho o eran capaces de hacer cosas peores.
Los acontecimientos que se sucedieron los hemos abordado en varios momentos al hablar de otros constituyentes. El Gobierno no escatimó en abusos para ganar la elección presidencial. La oposición, fruto de la unión entre radicales, nacionales zayistas y republicanos miguelistas, se había concertado en el nuevo Partido Liberal Nacional. Ante la imposibilidad de contener los abusos del gobierno, se retrajo y la candidatura que había presentado a las elecciones finalmente no concurrió. Zayas había aceptado la presidencia del partido a cambio de que José Miguel fuera el candidato a la Presidencia de la República. No era la primera de las muchas grandes concesiones que hizo a lo largo de su carrera política. Ya llegaría su turno. Lo que sí estaba claro era que sus aspiraciones presidenciales existían y que a esa meta estaban encaminados todos sus esfuerzos.
A partir de entonces perseguiría ese fin abiertamente con una tenacidad pocas veces vista. Tenacidad y flexibilidad son dos cualidades que no siempre coinciden en la misma persona. En Zayas estaban presentes ambas en grado superlativo. Su camino a la presidencia iba a estar cada vez más cuesta arriba a medida que se acercara al objetivo. Le esperaban formidables retos y escollos aparentemente insuperables. Para las elecciones de 1905, todavía no era su turno. En 1906 estallaría una revolución, una guerra civil, una rebelión contra el gobierno. ¿Sería esta una nueva oportunidad para acercarse al objetivo del poder?
En medio de la guerra
La Revolución de 1906, o Guerrita de Agosto, ha tenido un tratamiento desigual y a veces injusto por parte de los historiadores. Algunos la ven como una simple bravata política, efecto de la corrupción imperante, que consistía en una superficial disputa por el poder. Esos ponen gran entusiasmo en llamarle, despectivamente, Guerrita de Agosto, por la escasa entidad bélica y corta duración de sus acciones. Como si fuera un teatrillo militar, dos fieras que bravuconean a ver quién cede, pero sin llegar a infligirse daño relevante. Otros llaman la atención sobre el fenómeno generacional, político y social que la sustentaba. Le otorgan el carácter de Revolución porque en ella se efectúa el relevo definitivo entre la primera y la segunda generación libertadora.
Estrada Palma, ciertamente, gobernó según el estilo de aquellos hombres del ‘68. Su actuación estuvo inspirada siempre en altos ideales y amplios principios morales que dejaban en segundo plano consideraciones políticas, necesariamente más flexibles. La superioridad moral no admite compromisos con facilidad. Para el patriarca severo, consciente de su jerarquía, la autoridad viene de un mandato superior e incuestionable. Era fácil que derivara en autoritarismo, sin abandonar el camino de las buenas intenciones. Estrada Palma no hacía política, regía una familia. Los revolucionarios de 1906 eran todo lo contrario y Alfredo Zayas, sin unirse formalmente a la lucha armada, el más político de todos. Esta contradicción explica cómo se desenvolvió el conflicto. La actitud de los revolucionarios y la poca disposición de Estrada Palma a negociar.
La conjura comenzó de manera espontánea entre la facción miguelista del Partido Liberal. Eran los más arrojados, la mayoría de sus líderes habían sido oficiales del Ejército Libertador fogueados en la guerra. Hombres de pelo en pecho y poca paciencia. El gobierno conocía sus pasos con bastante exactitud porque nadie se preocupaba por disimular. El propio Máximo Gómez, antes de morir haciendo campaña política contra la reelección de Estrada Palma, había amenazado con que se sentían aires de revolución.
Cuando se aproximaba el momento decisivo, el gobierno pudo detener a algunos líderes y varios de los implicados. José Miguel Gómez, José de Jesús Monteagudo, Juan Gualberto Gómez, Carlos Mendieta Montefur y muchos más fueron a dar a la cárcel. Enrique Loynaz del Castillo logró escapar de manera novelesca y comenzar a levantar una fuerza en La Habana. Faustino Guerra se alzó en Pinar del Río y, en un paseo militar fulgurante, conquistó rápidamente casi toda la provincia. Orestes Ferrara desembarcó en La Habana proveniente del extranjero y pudo evadirse de una orden de arresto de la que se enteró por pura suerte. Logró llegar a Las Villas y ponerse al frente de una partida.
Corrió la sangre. El general Quintín Bandera cayó de manera lamentable en los primeros días. Se sucedieron los encuentros entre la Guardia Rural y los alzados. Las bajas solían ser escasas bajas, pero se iba acumulando a medida que pasaban los días.
Al principio, el gobierno quiso restarle importancia al asunto. Trataba los focos sublevados como fenómenos sin importancia que serían reprimidos con facilidad por la fuerza pública disponible. Cuando pasaron un par de semanas se hizo demasiado tarde para una respuesta militar. Los alzados aumentaron su número vertiginosamente y se estima que, llegado septiembre, superaban a la Guardia Rural 5 a 1. Esas cifras, para todo el país. En La Habana, Las Villas y Pinar del Río la situación era crítica. Estrada Palma decidió enviar un mensaje secreto al presidente de los Estados Unidos pidiéndole que interviniera.
De manera tácita, era el Gobierno cubano quien invocaba primero la Enmienda Platt qué había sido vertida en el Tratado de Relaciones pocos años atrás. Al menos en lo que respecta a la cláusula que autorizaba la intervención para proteger y garantizar vidas y haciendas en la isla. El mensaje, sin embargo, había sido enviado con carácter confidencial y la opinión pública no debía saber de su existencia.
Para salvar su responsabilidad, y reacio a una intervención, el presidente Roosevelt envió una carta a Gonzalo de Quesada, representante de Cuba en Washington. En ella se decantaba por enviar a su secretario de Guerra para mediar entre gobierno y rebeldes, pero recordando que la intervención era una posibilidad. Para Estrada Palma y los moderados la mediación era un inconveniente. Quizá esperaban un apoyo más incondicional de los Estados Unidos, que les dieran la razón pura y simple en la disputa. Para Zayas, el anuncio de la mediación marcó su entrada en escena como uno de los actores principales.
En la mediación
Los esfuerzos por mediar para lograr un entendimiento entre gobierno y alzados no lo iniciaron los estadounidenses. Un grupo de veteranos, más o menos neutrales en la disputa, lo habían intentado desde finales de agosto. Eugenio Sánchez Agramonte, el general camagüeyano, se reunió con Estrada Palma, pero no obtuvo concesión alguna que permitiera negociar. Mario García Menocal, el líder de los veteranos llegado a La Habana a inicios de septiembre, también lo visitó. Sus resultados no fueron mejores que los de su predecesor. A Estrada Palma le zahería que, simplemente, no se le diera la razón y todo el apoyo.
Los esfuerzos de Menocal fueron en vano, pero el papel que jugó lo convirtieron en una figura política a tener en cuenta para el futuro. Junto a otras figuras neutrales que lo acompañaron en este empeño, como Sánchez Agramonte o Cosme de la Torriente, acabó creando una nueva fuerza política. Un par de años más tarde crearía el Partido Conservador Nacional donde aglutinaría a buena parte de las deshechas filas moderadas. Eso estaba, sin embargo, todavía en el porvenir y ni siquiera se había esbozado como proyecto. Por ahora los moderados eran antagonistas de todos, incluso de Menocal y sus mediadores.
Zayas, como presidente del Partido Liberal, aprovechó esta mediación veteranista para salir al escenario, pero el anuncio de la mediación estadounidense le dio el protagónico. Hasta ese instante el alzamiento no era exactamente del Partido Liberal sino de elementos que coincidían en su afiliación. De manera oficial, ni Zayas ni la jerarquía del Partido se atribuían la dirección o implicación alguna del movimiento a título de militantes liberales. De hecho, las fuerzas rebeldes se habían organizado y levantado de manera casi espontánea, reactivando lazos que venían de la guerra.
Nadie había dicho por las claras que la bandera de la insurrección era la del liberalismo nacional. En una mediación auspiciada por los Estados Unidos, sin embargo, el Partido sí debía ocupar determinado lugar. La disputa dejaba de ser armada y se transformaba en política. El Partido no podía quedar al margen porque significaría dejar al margen a su presidente. Zayas sabía que era el momento de Zayas.
Su contraparte principal sería un antiguo colega de la Convención, el ahora vicepresidente Domingo Méndez Capote. El matancero tenía cualidades que lo hacían similar a Zayas en algunos aspectos, principalmente en la astucia y el arte para actuar tras bambalinas. A diferencia de Zayas, no tenía los arrestos de figura principal. Aspiraba a la máxima altura, pero siempre quedaba a la sombra de alguien más alto.
En la entrevista privada que celebraron el 18 de septiembre, esperando la llegada del enviado de Roosevelt, no arribaron a ningún acuerdo sólido. El gobierno condicionaba toda negociación a que los sublevados depusieran las armas. Los sublevados pedían la anulación de las últimas elecciones. No había manera de converger. Zayas había obtenido un salvoconducto de Rafael Montalvo, secretario de Gobernación, para ir a reunirse con los sublevados. Se encontraban en las puertas de La Habana. Loynaz del Castillo había vencido a los gubernamentales en El Wajay y tenía el paso franco a la capital. Se detuvo ante el prospecto de las próximas negociaciones y la llegada del enviado estadounidense.
El gobierno esperaba que Zayas actuara en concordancia con como lo había hecho Menocal. El astuto líder liberal estaba a punto de hacer una jugada que frustraría esas esperanzas. Sí, pediría a Loynaz esperar por las negociaciones, pero, de paso, metería al Partido Liberal en la contienda. Con gran estupor del Gobierno dio un discurso en la sede del Partido donde responsabilizaba a aquel de los disturbios. Decía, con audacia, que el Gobierno había forzado la mano esperando que el país no se sublevaría por temor a la intervención. Que había usado la Enmienda de manera pasiva, como forma de chantaje, pero que se le había ido la mano. El general Montalvo no lo podía creer. Méndez Capote y Dolz estaban estupefactos. Con un discurso, Zayas se había puesto al frente de la oposición con todo el Partido Liberal, no sublevado, detrás.
En los días previos a la llegada de William Howard Taft, secretario de Guerra y futuro presidente de los Estados Unidos, Zayas estaba en apogeo. Controlaba los hilos oposicionistas. No sólo pudo visitar a las tropas en las afueras de la Habana para pedirles que se contuvieran. También obtuvo permiso para reunirse con los líderes rebeldes que estaban en la cárcel. Se convirtió así en el interlocutor principal del Gobierno y del mediador americano. Tuvo la ventaja adicional de que, al llegar Taft, la química entre ambos fue instantánea. Se cayeron bien. Causó una impresión muy distinta a la que parece haber recibido el estadounidense de Méndez Capote al conocerlo.
La mediación, no obstante, fue infructuosa. Estrada Palma, acorralado, no era capaz de descender de su torre levantada a base de dignidad herida. Méndez Capote, Dolz y los líderes moderados no veían posible resolver el entuerto mediante una transacción. Taft llegó a proponer a los alzados que rebajaran sus exigencias y los alzados aceptaron. El plan consistía en dejar a Estrada Palma como presidente, nombrar un gabinete neutral, pedir la renuncia de los elegidos fraudulentamente y celebrar elecciones nuevas. Es necesario reconocer que para Estrada Palma sería muy difícil verse en esa posición. En el tira y jala de propuestas se llegó, sin embargo, a extremos desagradables debido a la obstinación de los gubernamentales.
En una reunión privada en el Palacio de Lombillo, residencia de Dolz, se reunieron este y Méndez Capote con Zayas, Menocal y Manuel Sanguily. Zayas iba advertido por Taft de que si no se llegaba a un acuerdo debería, muy a su pesar, intervenir el país. Dolz estaba intratable. Se propuso una alternativa de gobierno provisional si Estrada Palma no quería seguir. El senador Dolz espetó que preferiría la intervención porque, según la Enmienda, al menos habría estado de derecho. Zayas se ofreció a Taft, en días previos, para asumir como presidente provisional y este se lo desaconsejó. En la reunión le fue repetida la oferta a Dolz y Méndez Capote con la alternativa de aceptar en su lugar a Sanguily o Menocal. La respuesta que dieron a Zayas los moderados fue que de ningún modo, porque aquellos eran tan liberales como él, lo cual era absurdo.
El intercambio llegó a ser muy tenso. Los sarcasmos de Dolz exasperaron de tal modo a Menocal que este, poniéndose de pie, le pidió que recordara que estaban en su casa porque a él, Menocal, se le estaba olvidando. Sanguily tuvo que intervenir y hacer uso de toda su habilidad retórica para bajar la temperatura.
El desenlace final llegó en la sesión del Congreso que debía aceptar la renuncia de Estrada Palma y su gabinete. Zayas era partidario de no asistir. Sanguily convenció a los liberales del Congreso de hacerlo. Las tropas gubernamentales estaban formadas muy cerca de la Cámara de Representantes donde se celebraría la sesión conjunta. Se temía lo peor.
Dentro de la Cámara se dio lectura a la renuncia. Alguien protestó de que Estrada Palma no cumpliera el mandato legal de proveer a los sustitutos de los secretarios que renunciaban. Se pensó en no aceptar la renuncia del presidente, pero la situación no tenía salida. Un representante propuso asistir a Palacio para suplicar al anciano bayamés que reconsiderara su decisión. Zayas se opuso otra vez, pero el voto mayoritario propició que más de 40 congresistas asistieran. A partir de ese momento la sesión y la República podían darse por terminadas y Zayas lo sabía. Una vez más había pretendido postergar lo impostergable.
Estrada Palma no escuchó razones. Los congresistas moderados se reunieron para determinar si volvían a la sesión a tratar de designar un gobierno junto a los liberales. Dejar de asistir significaba decretar la intervención. Al votar entre ellos se impuso el retraimiento. El Congreso ya no podía reunirse, no había cuórum. La República había fracasado. Zayas también, pero como veremos más adelante, nunca se detuvo ante los fracasos.
(Este artículo será publicado en dos partes debido a su extensión. La segunda debe aparecer el 29 de abril de 2026, cuando se cumplan 105 años de la proclamación de Alfredo Zayas como presidente de la República por el Congreso cubano.)
