
Cuba pudo tener una central electronuclear, en fecha tan lejana como 1961. Pero al igual que la inacabada central nuclear de Juraguá, en Cienfuegos, los cambios políticos conllevaron a que ni siquiera se pudiera poner la primera piedra de un proyecto que, de ejecutarse, hubiera hecho de la isla una tierra libre de apagones.
Fue en 1956 cuando la empresa estadounidense American and Foreign Power Company inició las conversaciones con varios países latinoamericanos, entre ellos Cuba, para construir la primera central electronuclear en América Latina. Todo indica que el proyecto con Cuba no avanzó como hubiera querido la compañía norteamericana, ya que el Gobierno cubano lo consideraba muy costoso.
La anterior afirmación se desprende de las palabras dichas por el presidente del Banco Nacional, Joaquín Martínez Sáenz, en octubre de 1957, sobre el proyecto de construir una central atómica en la isla.
Martínez Sáenz en esa fecha realizó una gira por Europa para explorar la posibilidad de instalar astilleros en Cuba, y de paso, ver la posible financiación de una planta nuclear por parte de alguna empresa británica. La apuesta cubana por las empresas de ese país, de conjunto con una empresa estadounidense, el economista lo atribuyó a problemas de costos.
El funcionario cubano argumentó que, si el proyecto era asumido íntegramente por una empresa estadounidense, sería muy costoso.
El plan cobró forma en el papel al año siguiente y, para septiembre, el ingeniero Marcelo Alonso, director técnico de Energía Nuclear en Cuba, proclamó en Ginebra, Suiza, que para 1961 Cuba podría tener su primera planta nuclear y esta se instalaría en Pinar del Río, específicamente en las cercanías del puerto de Santa Lucía, en Minas de Matahambre.
La planta atómica la construirían de conjunto una empresa británica y otra estadounidense. El financiamiento por la parte cubana correría a cargo del Banco Nacional de Desarrollo (BANDES).
Se escogía esa provincia porque la idea era impulsar la producción de tabaco y de cobre en esa zona del país. Para 1958, vastas zonas de la provincia más occidental de Cuba no estaban conectadas con la Compañía Cubana de Electricidad, la principal suministradora de energía eléctrica del país. La electricidad de las zonas rurales en Pinar del Río dependía de pequeñas plantas locales.
Con la posible culminación de la planta nuclear. el costo de la electricidad en Pinar del Río se abarataría hasta la mitad de su precio, aumentaría la extensión y potencia de los regadíos a la siembra de tabaco y además posibilitaría la instalación de una fábrica para la extracción y procesamiento del cobre.
Los planes a más largo plazo incluían construir una segunda planta atómica en Habana del Este, en las afueras de la capital del país, una vez terminada la de Pinar del Río. Con la llegada de Castro al poder en 1959 el proyecto nunca llegó a ejecutarse.
De haberse hecho realidad, Cuba hubiera sido el quinto país del mundo en tener una planta nuclear con fines pacíficos. A principios de la década del 60 sólo Estados Unidos, Gran Bretaña, la antigua Unión Soviética (URSS) y Francia poseían plantas nucleares.
Dos décadas después se comenzó el proyecto de la central nuclear de Juraguá, en Cienfuegos, financiada íntegramente por la URSS. Cuando el proyecto estaba medianamente avanzado, sobrevino la caída del bloque comunista y la desintegración de la URSS en 1991.
La pérdida total del subsidio soviético al régimen socialista cubano conllevó a que Juraguá nunca pudo generar ni un solo kilowatt. Y la ciudad que se construyó a su alrededor comenzó a languidecer, convirtiéndose en una ciudad fantasma.
En la actualidad, la apuesta del régimen cubano —debido al estado calamitoso de sus centrales termoeléctricas— es por las energías renovables, con la importación de paneles solares. Sin embargo, los expertos señalan que estas energías no pueden reemplazar en su totalidad —al menos en el estado actual de desarrollo—, a energías tradicionales como las fósiles y la nuclear.
Ni siquiera los países más avanzados en el mundo en la instalación de energías renovables, como China, Estados Unidos, Alemania y España, han podido prescindir de las energías tradicionales. Y todo indica que así será por unas cuantas décadas más.
