Busto de Camilo Cienfuegos recostado en el «rincón patriótico» de un barrio habanero. Foto: Juan Pablo Estrada.

Quizás el barbudo y pelágico Poseidón —cualquier parecido con otros héroes sumergidos es pura coincidencia—, o el más habilidoso tritón de su consejo de ministros, puedan desmentir las insondables y celebradas peripecias del Capitán Nemo. De otra parte, los amantes de Veinte mil leguas de viajes submarinos, aseverarán que, durante las travesías del Nautilus, nada parecido a dioses les dio la bienvenida a sus tripulantes. Plantar cara a los mitos no es tarea fácil para los simples mortales, lo que se hace doblemente complicado si las evidencias se encuentran bajo el agua. Custodiado por Yemayá y Olokun, el más legendario paradigma de nuestra historia subacuática nacional es Camilo Cienfuegos Gorriarán, carismático líder de la lucha guerrillera contra la tiranía de Batista. Nacido en 1932 en la barriada habanera de Lawton, falleció veintisiete años después como consecuencia de un enigmático accidente aéreo, en algún punto al centro de la costa norte de Cuba. 

Aunque este retrato guarde coincidente parecido con Huber Matos, la frase que lo acompaña es de Camilo Cienfuegos. Foto: Juan Pablo Estrada.

Por su destacado desempeño en la lucha insurreccional, fue glorificado como el “Señor de la Vanguardia”, o el “Héroe de Yaguajay”, llegando a posicionarse como uno de los jefes militares de las fuerzas rebeldes. Desde los primeros días del triunfo revolucionario, su aceptación popular estuvo en correspondencia con una jovialidad y empatía propia de su temperamento y extracción humilde. Fue el hijo menor de una familia de anarquistas españoles, quienes llevaron una apretada vida económica en los años previos a la mitad del pasado siglo. Desde muy joven, Camilo se involucró en protestas populares, y el 10 de marzo de 1952, durante el trance golpista batistiano, exigió armas en la Universidad de La Habana para hacerle frente. Un año después viajó a los Estados Unidos en busca de empleo, trabajando como asistente gastronómico y obrero. Allí laboró en varias ciudades, vinculándose a otros inmigrantes latinoamericanos, con los que no tardó en participar en diversas manifestaciones, hasta que en 1955 fue detenido en la ciudad de San Francisco por las autoridades migratorias y deportado a México.

Las nuevas circunstancias exponen al héroe frente al basurero de la historia. Foto: Juan Pablo Estrada.

Pero no sería esta experiencia mexicana quien lo involucraría en la guerra por la que finalmente regresó a Cuba. En esa ocasión retornó a la isla a mediados de 1955, enrolándose nuevamente en la lucha contra el régimen de Batista, donde fue herido durante una manifestación en homenaje a Antonio Maceo. Aún convaleciente, participó en el acto por el natalicio 103 de José Martí, celebrado en el parque Central, ocasión en la que fue golpeado, apresado y fichado como comunista por la policía de la tiranía. En marzo de 1956 viajó nuevamente a los Estados Unidos, desde donde se trasladó a México para establecer contacto con Fidel Castro, quien le garantizaría boleto en el Granma. Durante la lucha insurreccional libró numerosas batallas, y ya en el temprano combate de El Uvero ostentaba los grados de teniente. Como resultado de una meteórica carrera militar, pronto alcanzaría el rango de capitán del Ejército Rebelde. En los apenas dos años de guerrilla, su arrojo y temperamento lo colocaron entre los líderes más confiables de la contienda, ganándose la cercanía y amistad de otros líderes, como Ernesto Guevara, y su incondicionalidad hacia Fidel Castro.

La devaluada sonrisa de El Señor de la Vanguardia. Foto: Juan Pablo Estrada.

En 1958 fue el primer jefe en aventurarse más allá de la Sierra Maestra, lo que le confirió el grado de comandante. Su participación en otras operaciones militares desde la Comandancia de La Plata, a mediados de ese mismo año, le sirvieron como preparativo para emprender junto a Ernesto Guevara la invasión al occidente del país. Tras el triunfo de la revolución, Camilo, participó en la resolución de medidas de alcance popular propugnadas por el gobierno revolucionario, como la Ley de Reforma Agraria. Al frente del alto mando del Ejército, como su jefe supremo, combatió los primeros focos contrarrevolucionarios, siendo encargado de arrestar a su correligionario de lucha, Huber Matos, quien había renunciado a la jefatura militar del Ejército en la provincia de Camagüey. La honesta decisión de Matos fue rápidamente asumida como traición, por la que debió guardar largos años de prisión. Al regreso de su misión, el 28 de octubre de 1959, el pequeño Cessna 310 en el que viajaba Camilo Cienfuegos, presumiblemente, desaparece en el mar.

¿Recordarán las nuevas generaciones las monedas de 40 centavos con la efigie de Camilo? Foto: Juan Pablo Estrada.

Mucho se ha especulado acerca de este infortunio, cuyas hipótesis —malintencionadas o no— van desde la ocurrencia real de un accidente aéreo, pasando por la provocación intencional del desastre, hasta la negación de cualquier otra cosa que asevere el vuelo del avión. También se conjetura que las diferencias del Señor de la Vanguardia con el rumbo político del “proceso”, habrían determinado su fatal desenlace. Con toda la fe que el pueblo le puso a la aparición del héroe o sus restos en los días posteriores a su desvanecimiento, nada ha podido superar las fantasías que sobre él se han tejido, de las que ni el afamado Houdini habría podido escapar. A partir de entonces, una tradición sembrada desde la más tierna infancia en la tradición popular, todos los años, el 28 de octubre, se le ofrendan flores en todas las localidades cubanas, bien sea en el mar, ríos o cualquier cuerpo de agua, práctica que ha ido degenerando con el empleo de palanganas y bateas, hasta llegar a la representación conceptual del recurso hidráulico mediante manteles, papeles o nailon de color azul.

El fugaz desempeño histórico del jovial guerrero, sin embargo, ha dejado algunos vestigios en la estatuaria seriada de pequeño formato. Si bien estos bustos se encuentran con menos frecuencia que décadas atrás, todavía existen comunidades donde, como un santo decadente, se vela como se puede por su integridad. Lo que va quedando del héroe es puro ejercicio mnemotécnico: nombres de barrios y localidades, escuelas militares de nivel medio —Camilitos—, y una devaluada sonrisa en los billetes de veinte pesos.

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