
Bautizar es una de las formas más antiguas de ejercer el poder, pero también de fomentar los sedimentos de cualquier identidad. Pocas calles de La Habana ilustran mejor esta pauta que Belascoaín, a la que los documentos oficiales llaman avenida Félix Varela o Padre Varela desde hace casi un siglo, sin que nadie haya consentido en pronunciarlo. Aun cuando las fuentes son inexactas sobre la fecha de su renombramiento —que oscilan entre 1911, 1936 y 1938, siendo este último el año en que se concretó, a propuesta del historiador de la ciudad, Emilio Roig de Leuchsenring—, todas coinciden en el resultado: el decreto cambió la placa, pero no la costumbre. Y es el hábito, con su obstinación, el que definitivamente ha conservado para esta calle un título que ninguna relación guarda con los asuntos equinocciales de la antigua colonia.

Empatando los tramos de su evolución, Belascoaín se extiende desde Malecón hasta el Mercado Único, en el barrio de Atarés, atravesando de norte a sur las calzadas de San Lázaro, Zanja, Carlos III y Monte. Su trazado se remonta a 1782, cuando no pasaba de ser un camino extramuros conocido como Calle del Cocal, por los cocoteros plantados en la estancia de un tal Gervasio, cuyo apellido los cronistas reparten indistintamente entre Rodríguez y Gutiérrez. La vía fue acumulando denominaciones según el uso y la circunstancia —de la Beneficencia, de Gutiérrez, del Hospicio—, hasta que, en 1843, tras una profunda remodelación, el capitán general Leopoldo O’Donnell la bautizó Belascoaín, en memoria de su amigo el teniente general Diego de León, conde de Belascoaín, pasado por las armas en Madrid dos años antes, por orden del regente Espartero. De modo que una arteria habanera lleva el nombre de un militar peninsular muerto en las pugnas políticas de la metrópoli, prevaleciendo, sin el menor de los contratiempos, a todas las resignificaciones onomásticas del siglo XX cubano.

Ninguna institución resume tan bien el destino de la calle como la Casa de Beneficencia y Maternidad, heredera de la Casa Cuna que fundó en 1687 el obispo Diego Evelino de Compostela, y que a fines del siglo XVIII ocupó un edificio en la calzada para amparar a los niños abandonados. A un costado del inmueble funcionó la plaza de toros de la ciudad —ya consignada en un plano de 1866—, y más tarde, principiando el pasado siglo, un frontón de pelota vasca. En la década del cincuenta, el gobierno de Batista adquirió el edificio para demolerlo y levantar en su lugar la sede del Banco Nacional. Los niños fueron realojados en unas pocas casas, y la obra, que llegó al piso 16 y ya contaba con inmensas bóvedas para custodiar los caudales de la nación, quedó detenida con el triunfo revolucionario de 1959. Sobre aquella estructura bancaria —raro caso de la completa expropiación de un inmueble inconcluso—, decidió la revolución erigir un hospital, que Fidel Castro inauguró el 3 de diciembre de 1982 con el nombre de Hermanos Ameijeiras.

Durante la primera mitad del XX, entre un suceso y otro, la calzada fue ganándose un carácter propio, el de una avenida de comercios, hoteles y cines, atractiva tanto para los cubanos como para los extranjeros. Allí estuvieron el Hotel San Luis —luego Majestic, hoy convertido en un falansterio multifamiliar—, la fábrica de tabacos Romeo y Julieta, los cines Palace y Miami, la tienda El Sol de Oro, la sastrería La Casa Prado, la Gran Logia de la Isla de Cuba, la Casa de los Tres Kilos —luego Yumurí—, en una enumeración que, aun insuficiente, da la medida de una vía que fue, antes que el actual escenario de ruinas decadentes, lugar de encuentro y prosperidad.

El presente, sin embargo, no tolera tanta nostalgia. En un reportaje de Rolando Nápoles publicado el 7 de junio de 2026 por Martí Noticias: “Cubanos temen que crisis con la basura se agrave aún más este verano en La Habana”, y construido a partir de un recorrido de la agencia AP, una vecina de 63 años, María Odalys Ramírez, describe lo que encuentra cada mañana al abrir su puerta frente al hospital Hermanos Ameijeiras: un vertedero improvisado sobre la acera de Belascoaín, repleto de comida en descomposición, bolsas rotas y escombros, asediado por moscas, gatos y ratas. La escasez de combustible ha paralizado casi por completo la recogida de basura, y ya a mediados de 2025 la empresa estatal Servicios Comunales admitía que la capital generaba 30 108 metros cúbicos diarios de desechos sólidos, y apenas recogía 17 000, con sólo el 57 % de los equipos en funcionamiento. Que todo esto ocurra junto a uno de los hospitales más emblemáticos del país, concebido —según la prensa oficial— entre los mejores centros de su clase en el mundo, ya no pasa siquiera por paradoja, de tan normalizado que se ha vuelto el asunto.
Pienso en Gervasio, el de los cocoteros, y en lo mucho que le costaría reconocer su secular estancia. Lo imagino de pie frente al Ameijeiras, sin una sola palma a la vista, preguntando a quién le corresponde recoger tanta inmundicia. Y como de tanto caos no se puede salvar el orden de la memoria, luego traerían al peninsular Belascoaín, sin comérsela ni bebérsela, a cubrir como un parche este tramo vial de nuestra historia, que lo ha enaltecido y ejecutado como él mismo lo fuera en vida.
