
Es casi imposible no regresar eventualmente al Malecón habanero, ese frontón urbano que en la práctica prescribe como barricada marítima de cara al océano. No es la primera vez, ni será la última, que las páginas de estas bitácoras se asomen a esa línea del frente donde se libra una sistemática batalla contra las inclemencias, el abandono y la marginalidad, en esta ocasión solicitados por uno de los exponentes más suigéneris en el primer tramo de la transitada calzada costera: el antiguo hotel Surf. Si bien no se trata de una estructura arquitectónicamente sobresaliente, sino simplona, casi por debajo de la media, todo el mérito de su atractivo descansa en los apenas dos o tres centímetros de grosor que resguardan su fachada y pavimentos. Cubierta de extremo a extremo por láminas cerámicas, aparentemente similares a las que se emplean en baños y cocinas, en su momento fue objeto de un polémico debate público-administrativo.

Obra del arquitecto Raúl Rodríguez Sorá, el controvertido enlucido de su fachada tuvo que encarar nada más y nada menos que al Ayuntamiento de La Habana y al Colegio de Arquitectos, cuando ambas instancias denigraron el uso de revestimientos sanitarios para solucionar, no solo la portada, sino la totalidad de sus exteriores, arguyendo que se trataba de una infracción de muy mal gusto al ornato público. La decisión de la municipalidad exigió al arquitecto y los propietarios que reemplazaran los exteriores con alternativas más tradicionales. De modo que una “innovación” de esta naturaleza, que casi hace revertir su escamada alternativa, finalmente tuvo una salida airosa desde su rasero técnico. Para dilucidar el litigio, Raúl Rodríguez validó el uso del enchapado, probando que se trataba de un material de construcción concebido por la empresa estadounidense Glint, específicamente para ser empleado en el acabado superficial de obras constructivas de muy diversa índole.

Las pruebas finalmente convencieron a las autoridades, quedando la discusión en el terreno de algunos eruditos con pocas potestades legales. Aunque en su momento fue considerado como un edificio antiestético, literalmente feo, carente de coherencia urbanística con su entorno —presumiblemente enlucido para protegerlo de la salinidad—, los 78 años que nos separan de su inauguración lo han asimilado como una exótica rareza digna de referenciar en la continuidad de fachadas del litoral capitalino. De anodino estilo ecléctico, fue inaugurado en 1948, y se trató de uno de los escasos hoteles edificados entre los años 1940 y 1950. Si el turismo de mediados de siglo prometía despuntar como perfil económico, todavía eran pocos los inversores que se arriesgaban a poner la plata sobre la mesa.

El modesto hospedaje disponía de 16 habitaciones con baños interiores, distribuidas en los dos pisos superiores de los tres con que contaba. En la azotea existía una terraza descubierta de la que se desconoce su uso original, que probablemente fuera concebida como futuro restaurante con vista al mar. El típico corredor público, techado para la protección solar de los transeúntes, era quizás su mejor intento por asimilarse al contexto porticado de ese ámbito urbano. Ubicado en Malecón No. 31, esquina a Cárcel —también llamada Capdevila—, anexó a su fabricación original un inmueble de tres plantas previamente existente, el cual es perfectamente distinguible aun azulejado. Un particular que muchos habaneros pasan por alto, es la réplica de ese mismo enchapado en una fachada aislada del lado opuesto de la manzana, por la calle San Lázaro —No. 28—, que no es otra cosa que la prolongación del hotel a través del solar, entre las aceras de ambas calles. En este caso, se trata igualmente de la adecuación de una edificación erigida con anterioridad, y luego cubierta de lozas, con lo que se le confería sentido de pertenencia al establecimiento.

Para conocimiento de los que nunca traspasaron el umbral de Malecón No. 31, también en los interiores era posible apreciar el acabado cerámico en detalles como escaleras, el corredor que enlazaba las entradas de Malecón y San Lázaro, y un banco de hormigón adosado a una de las paredes del recibidor, sobre el que existió un mural decorativo con motivos ornitológicos. Tal vez la proporción y diseño de las losas empleadas en el inmueble fueran la causa del desconcierto desatado en su momento, cuando se sabe que, históricamente, en diversas culturas, no es infrecuente el empleo de este tipo de soluciones. En la propia Habana, aunque con un carácter más intencionado y comedido, es posible advertir terminaciones de este corte, regularmente en exteriores.
Superado el año 1959, la terraza del último nivel fue techada, y, junto al resto del hotel, fue convertido en viviendas. A poco más de una década de la querella por los azulejos, las nuevas autoridades poco velaron por la integridad física del inmueble, gradualmente sobrecargado con tabiques y entresuelos a manos de los vecinos, obviamente, sin asistencia especializada. Minado desde dentro, sin mantenimiento regular que pudiera satisfacer las demandas de sus inquilinos y el embate de la intemperie, los balcones del edificio fueron cayendo, así como los módulos interiores sensibles al prolongado descuido. Actualmente, como los azulejos, la gente que sobrevive en el Surf se resiste a abandonar su comprometido ámbito, aun cuando las autoridades lo han declarado inhabitable. Confieso que —a modo de making—, mientras me disponía a abordar este corroído capítulo, no me dejó de fastidiar en la cabeza “La ola marina”, aquella guaracha compuesta por el santaclareño Rolando Laserie —El Guapachoso—, y que popularizara la Sonora Matancera: “Mira, la ola marina / mira, la vuelta que da // Porque se pueden caer al bailar / Vamo’ a ver la vuelta que da”.
