
Cuando a La Habana intramural se le empezaron a escapar los caminos, uno de los primeros en correr a campo traviesa fue el de Monte. Serpeando hacia el suroeste, servía de enlace con otras comarcas de la periferia habanera, y muy pronto sus caprichosos márgenes comenzaron a llenarse de cuadrículas, delimitando con el tiempo las barriadas de Jesús María y Los Sitios. Esta socorrida vía, pautó las primeras rutas de intercambio con las fincas y zonas de cultivo intercaladas en los montes que rodeaban a la pequeña villa, de donde deriva su nombre mejor asumido. Durante el siglo XIX también fue conocida como Príncipe Alfonso —aludiendo a Alfonso de Borbón, posteriormente soberano español—, y luego, en el salto de la colonia a la república, rebautizada como Máximo Gómez, ya que fue por aquí por donde entró a la ciudad el insigne general mambí al concluir la guerra.

El trazado irregular que la caracteriza —patrón de todas las calzadas habaneras de abolengo rural—, es resultado de una improvisada rusticidad, anchándose o comprimiéndose según los caprichos de quienes comenzaron a urbanizarla. En su enlace con la Calzada del Cerro, límite conocido como La Esquina de Tejas, por algún tiempo fue llamada camino del Horcón o del Pilar, para rendir allí los tres kilómetros que la separaban de su arranque en la populosa Plaza de las Ursulinas, en la neurálgica intersección con Egido. Abocada por el palacio de los condes de Casa Moré —con posterioridad de los marqueses de Villalba—, edificado en 1872; y el edificio de Monte No. 1, que ya en 1901 alojaba a la Havana Railway Company, posteriormente Compañía Eléctrica; su primer tramo luce la mejor cara de una capital colonial finisecular junto a la fábrica de tabacos F- Palacios y Cía., hacedora de las marcas Punch y Hoyo de Monterrey. Su vecindad con el Parque de la Fraternidad, plaza despejada del casco urbano tradicional, contó con edificaciones tan magníficas como el hoy en ruinas Hotel Isla de Cuba.

Sin embargo, su desmesura como arteria de primer orden se ve estenosada a partir de la intersección con la calle Águila, constreñida por edificaciones que fueron marcando sus aceras desde finales del siglo XVIII. Así luce hasta llegar al Mercado General de Abasto y Consumo, que no es otro que el popular Mercado Único, también conocido como de Cuatro Caminos o Cristina —erigido durante 1920 en una explanada de bajíos ganada al mar—, en el cuadrante de las calles Monte, Matadero, Arroyo y Cristina. Desde su comienzo hasta este trecho, que se define mejor en la confluencia con Belascoaín, es considerada la zona clásica por la que se identifica a esta vía, aun cuando su continuidad hasta la Calzada del Cerro guardaba no pocos encantos. Hubo un tiempo en que —desde finales del XIX y hasta poco más de la primera mitad del XX— Monte fue una de las arterias más populosas de la capital. Sus portales corridos invitaban a transitarla, convertida en emporio de pulcros comercios, bares, cafeterías y otros establecimientos gastronómicos.

El movimiento cotidiano, la impecable higiene y los lumínicos —en los años 40 y 50, enormes andamios metálicos lucían en las azoteas de los edificios frente al Parque de la Fraternidad, anuncios publicitarios de reconocidas marcas comerciales—, recuerdan los días del cine Reggio, el Ten Cent de la cadena Woolworth, La Francia Moderna, París Viena, la Casa Mimbre, la Casa de las Liquidaciones, El Telar, La Sortija, El Cadete, La Casa Fraga, La Isla de Cuba, La Sin Rival, El Gallo, El Alba, La Defensa, y un sinnúmero de competitivos comercios que, si bien no gozaban de las actualizaciones y el glamour de Galiano, Neptuno o San Rafael, expendían mercadería para todos los poderes adquisitivos. Sus bancos financieros, bodegas, peleterías, ferreterías, farmacias, clínicas sanitarias, estudios fotográficos y hoteles, cubrían una demanda de amplio alcance popular. Las referencias indican que la mayoría de los establecimientos eran profundos y bien climatizados, con surtidos mostradores a ambos lados de los almacenes. Su gradual depreciación en los años posteriores a 1959, los fue convirtiendo en angostos y calurosos espacios de comercialización estatal, con ofertas aburridas y controladas por cupones de una libreta de abastecimiento que, a pesar de tal restricción, algunos recuerdan con nostalgia.

La ruina escalonada del comercio interior, conllevó al abandono de estos locales, deviniendo en improvisadas residencias y laberínticos tugurios de cuentapropistas, revendedores, y estafadores de toda laya. Pocas décadas atrás, fue el sitio asignado por el Estado a los revendedores que traían su mercadería al por mayor desde el extranjero. Desde entonces, en este nicho de chinchales y timbiriches, siempre vigilantes de la súbita aparición de inspectores y policías —con retráctiles tenderetes en las puertas y escaleras de las viviendas—, puede encontrarse lo que abunda y lo que escasea, regularmente a precios prohibitivos. Aunque sin tradición ni voluntad de regateo —al mejor estilo de otras latitudes del mundo—, estos mercados espontáneos en nada evocan su fragante y cosmopolita pasado, recordando más bien los típicos mercadillos de suelo africanos o latinoamericanos. Entre carretones de viandas, tanques de aceite maloliente para la cocción de fiambres, el acecho de timadores, los peligros de derrumbes y portales colapsados, el Monte de nuestros días aterra a quien lo visita. Su secular evolución como arteria comercial, es hoy una sórdida vitrina donde discurre la sobrevivencia humana.
