Miembros de la Policía Secreta Nacional de Cuba. Sentados: Comandante Eugenio Menéndez y Antonio Sánchez Suárez (fundador). De pie (izq. a der.): Enrique Fernández Parajón, Manuel Rey Vela y José Cardelle.

La República de Cuba nació oficialmente el 20 de mayo de 1902. Algunas de sus instituciones, sin embargo, empezaron a tomar forma en los años turbulentos que mediaron entre el fin de la dominación española y el nacimiento del nuevo Estado. Una de ellas fue la Policía Secreta Nacional.

Su origen se remonta al 20 de noviembre de 1898. Ese día, el Gobierno interventor estadounidense, mediante una orden militar del general John R. Brooke, organizó un cuerpo llamado Detective Bureau. La institución surgió en un momento de transición: España abandonaba la isla, las autoridades norteamericanas reorganizaban la administración y los cubanos comenzaban a incorporarse a las nuevas estructuras. No era aún la policía de una República independiente. Era un organismo nacido en el intervalo entre la guerra y la paz, entre la colonia que desaparecía y el Estado que apenas empezaba a construirse.

Su historia inicial quedó ligada a hombres que habían vivido ese proceso en primera persona.

 

Antonio Sánchez y Suárez: de mambí a detective

Uno de los fundadores de la Policía Secreta fue Antonio Sánchez y Suárez. Su testimonio, recogido décadas después por José Cardelle y Penichet en la revista Policía Secreta Nacional, permite reconstruir los primeros pasos de la institución desde la memoria de uno de sus protagonistas.

Sánchez pertenecía a una generación forjada en la lucha independentista. Cuando terminó el dominio español ya se encontraba en Cuba: había llegado en una expedición revolucionaria y combatido en la manigua junto a otros patriotas. Su camino hasta la isla fue accidentado. Primero intentó unirse a la expedición de la goleta Martha, salida de Cayo Hueso en enero de 1896. La misión fracasó después de que un traidor arrojara al mar las armas destinadas a los revolucionarios. La expedición logró escapar de una cañonera española y regresar al punto de partida. Más tarde, Sánchez se incorporó a la del comandante Juan Cowley, que desembarcó en Boca Ciega, cerca de Bacuranao, el 7 de julio de 1896, a bordo del vapor Three Friends, con apoyo de fuerzas libertadoras cubanas.

Aquel hombre, que había llegado a Cuba como combatiente, terminaría participando en la creación de una institución destinada a enfrentar otro tipo de batalla: la lucha contra el delito y el desorden en una sociedad que intentaba reorganizarse.

 

El nacimiento del Detective Bureau

Tras la firma de la paz y el inicio de la evacuación española, La Habana comenzó a experimentar una reorganización administrativa. Según Sánchez, el 12 de agosto de 1898 se acordó el proceso de retirada y las autoridades fueron entregando progresivamente el control de la capital a las fuerzas interventoras. En ese contexto, el 20 de noviembre de 1898 quedó organizado el Cuerpo de Policía Secreta bajo la denominación inglesa de Detective Bureau. Gobernaba entonces la isla el general John R. Brooke; la Plaza de La Habana estaba bajo el mando del brigadier William Ludlow, quien recomendó a Sánchez para ingresar en el nuevo organismo.

La primera sede se instaló en Prado número 111, entre Teniente Rey y Dragones. En los bajos del edificio funcionaba la Policía Secreta; en los altos, la Jefatura de Policía de La Habana. La nueva organización recibió asesoramiento técnico norteamericano. Desde Nueva York llegó el sargento Crowley, miembro del Bureau de Detectives de Mulberry Street, encargado de la instrucción, supervisión y organización inicial del cuerpo. El objetivo era crear un cuerpo moderno de investigación, inspirado en los métodos detectivescos que se desarrollaban entonces en Estados Unidos.

 

Los primeros años

Desde sus comienzos, el Bureau labores de vigilancia, investigación y cumplimiento de órdenes judiciales. Para sus fundadores, aquella organización representaba el nacimiento del detective profesional en Cuba. En diciembre de 1898 fue nombrado el primer jefe cubano: el comandante del Ejército Libertador Gustavo Menocal. Más tarde ocuparían la dirección Alfonso López Santa Marina, Federico Bacallao y José Jérez Varona, entre otros.

Gustavo Menocal, primer jefe de la Policía secreta nacional.

La relación entre la nueva policía y los veteranos de la independencia fue significativa. Muchos de sus primeros hombres pertenecían a una generación que había combatido por la creación de Cuba y ahora participaba en la construcción de sus instituciones. Incluso sus símbolos reflejaban aquella etapa de transición. Los primeros detectives utilizaban una placa en forma de escudo, niquelada, con tres castillos y la llave del escudo de La Habana, junto a la palabra Detective. Más tarde fue dorada para hacerla más visible.

 

Mariano Lufriú: el primer detective cubano caído en servicio

Toda institución construye su memoria alrededor de sus primeros sacrificios. Para la Policía Secreta Nacional ese lugar correspondió a Mariano Lufriú, considerado por Sánchez el primer policía secreto cubano muerto en acto de servicio.

El episodio ocurrió en el café El Mosquito, en el barrio de Cayo Hueso. Allí se reunían individuos que rechazaban la autoridad de la nueva policía. Un grupo de detectives, entre ellos iba Lufriú, fue enviado para detener a dos sujetos buscados. Al llegar al establecimiento, los agentes fueron recibidos a tiros. Respondieron al fuego y durante el enfrentamiento cayó muerto Mariano. En el tiroteo también perdió la vida un ciudadano estadounidense que se encontraba en el lugar.

Aquel episodio marcó los primeros meses de una institución que todavía estaba definiendo sus métodos, autoridad y lugar dentro del nuevo orden cubano.

 

La habilidad del detective: observación e inteligencia práctica

Los primeros detectives dependían en gran medida de la experiencia personal y de la capacidad de observación. Sánchez recordaba uno de sus primeros servicios durante el Gobierno interventor, cuando colaboraba en la búsqueda de tres soldados estadounidenses desertores acusados de robar bicicletas. En el Muelle de Luz encontró a tres hombres cuyas características coincidían con la descripción recibida. Fueron los detalles los que le permitieron identificarlos: las manchas de tierra colorada en sus ropas indicaban que venían del campo; una rotura en el pantalón de uno de ellos parecía haber sido causada por la bicicleta. Con esos indicios procedió al arresto y comprobó después que se trataba de los fugitivos buscados.

Era una época en la que el detective no dependía solamente de archivos o de tecnología, sino de la observación, la memoria y la interpretación de pequeñas pistas.

 

Una policía bajo sospecha

A medida que la Policía Secreta Nacional creció dentro del aparato republicano, también comenzaron las discusiones sobre su verdadera naturaleza. El propio secretario de la institución, José Cardelle, escribió años después un extenso artículo para responder a quienes afirmaban que aquel cuerpo no era más que una policía política y que había abandonado sus funciones judiciales para convertirse en un instrumento de vigilancia gubernamental.

Cardelle comenzaba su defensa sosteniendo que muchas opiniones sobre la Secreta provenían del desconocimiento de su reglamento, y afirmaba que “jamás había sido una policía política”, sino un cuerpo que desde su fundación había tenido funciones de policía judicial. Según esta interpretación, la esencia de la institución residía en la investigación criminal. Para Cardelle, la Policía Secreta había sido el primer cuerpo policial cubano organizado sin uniforme y especializado en la investigación de delitos. Su defensa no era sólo histórica: se apoyaba en el reglamento del cuerpo y en la legislación republicana.

 

El reglamento de 1911

El reglamento de la Policía Secreta Nacional, aprobado por la Secretaría de Gobernación y publicado en la Gaceta Oficial el 23 de mayo de 1911, establecía la organización interna del cuerpo. El artículo segundo indicaba que el servicio sería prestado por personal sin uniforme y dividido en grupos especializados.

El primer grupo era el de Policía Represiva o de Investigación. Su función principal era combatir la delincuencia común, recibir denuncias judiciales, especializar agentes en determinados tipos de delitos y formar archivos criminales. Este aspecto coincidía con la imagen clásica del detective: investigadores dedicados a esclarecer crímenes, perseguir delincuentes y auxiliar a los tribunales.

Pero el mismo reglamento establecía un segundo grupo: el de Policía Política. Este tenía como funciones el conocimiento, investigación y denuncia de delitos de carácter político, además del conocimiento de los estados de opinión pública relacionados con el Gobierno, la administración del Estado y los intereses generales del país.

Aquí aparece la contradicción fundamental de la institución. Mientras sus defensores insistían en que no era una policía política, su propio reglamento reconocía una sección dedicada a asuntos políticos.

 

La frontera entre seguridad y política

La explicación de Cardelle era que esta dualidad no era exclusiva de la Secreta. Según su razonamiento, en el sistema cubano todos los cuerpos policiales podían actuar tanto como auxiliares de la justicia como organismos dependientes del Poder Ejecutivo, según la naturaleza del caso. Para sostener esta posición citaba los artículos 282 y 283 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, que definían las funciones de la Policía Judicial: investigar delitos públicos, practicar diligencias, descubrir delincuentes y recoger pruebas para ponerlas a disposición de las autoridades judiciales. Desde esta perspectiva, la Secreta no era un cuerpo extraño al sistema legal republicano, sino una institución integrada dentro de él.

 

El reconocimiento del Tribunal Supremo

Uno de los argumentos más importantes utilizados por Cardelle fue un acuerdo de la Sala de Gobierno del Tribunal Supremo de Cuba, fechado el 26 de junio de 1922. El caso trataba sobre la utilización de miembros de la Secreta para realizar citaciones judiciales. El Tribunal consideró que, al existir dentro del cuerpo personal con funciones de policía judicial, la institución estaba obligada a realizar diligencias ordenadas por jueces en causas criminales. Para Cardelle, esta decisión demostraba que la máxima autoridad judicial reconocía oficialmente el carácter judicial de la Policía Secreta.

Sin embargo, el propio debate dejaba una pregunta abierta: una institución puede tener funciones judiciales y, al mismo tiempo, realizar tareas de vigilancia política.

 

El problema de la policía política

La parte más interesante del artículo de Cardelle aparece cuando abandona la defensa institucional y entra en una reflexión más amplia sobre la naturaleza de la policía política. El secretario de la Secreta establece una comparación con modelos extranjeros, especialmente con Rusia, donde describe la evolución desde la Oprichnina zarista hasta la Ojrana y posteriormente la Cheka soviética, como ejemplos de cuerpos dedicados exclusivamente al control político. Su conclusión era que una democracia no debía crear organismos dedicados exclusivamente a la persecución política, porque estos podían convertirse en instrumentos de dominación del poder sobre los ciudadanos.

Paradójicamente, esta defensa revela precisamente la preocupación que existía en torno a estos organismos: la posibilidad de que una institución creada para proteger el Estado terminara siendo utilizada para proteger a los gobiernos.

 

Una institución con dos rostros

La historia de la Policía Secreta Nacional muestra una tensión difícil de resolver. Por un lado, fue un cuerpo pionero de investigación criminal en Cuba: detectives sin uniforme, archivos criminales, especialización por delitos y cooperación con los tribunales. Por otro, desde sus propios reglamentos tuvo atribuciones relacionadas con delitos de índole política y la vigilancia de la opinión pública. Ambas cosas formaban parte de la misma institución.

Más que preguntarse si la Secreta fue exclusivamente judicial o un instrumento al servicio del poder, la pregunta histórica más reveladora es otra: ¿cómo una institución nacida para investigar delitos terminó convertida en actor de las luchas internas de la República cubana? La respuesta no es sencilla, pero sí elocuente. En el tránsito de la colonia a la República, la línea que separaba la seguridad del control del Estado nunca fue del todo nítida. Y en esa ambigüedad —más que en cualquier reglamento— se forjó el destino de la Policía Secreta Nacional. Décadas después, cuando los cuerpos policiales de la isla se transformaron en herramientas abiertamente al servicio del régimen, aquellos temores que Cardelle había formulado con tanta cautela encontrarían su confirmación más rotunda.

 

 

Fuentes consultadas

Alfonso, M. F. (1915). Cuba before the world. Recuperado de https://ufdc.ufl.edu/aa00076401/00001

Cabrales, G. (1922). Epistolario de héroes cartas y documentos históricos. Recuperado de https://ufdc.ufl.edu/aa00063408/00001

Cardelle, J. (1938). Cuáles son las Verdaderas Funciones de la Policía Secreta Nacional. En Policía Secreta Nacional. Recuperado de https://ufdc.ufl.edu/aa00037896/00015

Cardelle y Penichet, J. (1937). Una improvisada entrevista con un fundador de la Policía Secreta Nacional. En Policía Secreta Nacional. Recuperado de https://ufdc.ufl.edu/aa00037896/00015

La Gaceta Publishing, Inc. (1935). La Gaceta. Recuperado de https://ufdc.ufl.edu/uf00028296/07111

Miranda, A.R. (Ed.) (1938). Noticias de hoy. Recuperado de https://ufdc.ufl.edu/aa00022089/00080

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