Fotografía de Juan Pablo Estrada.

Hay entre nosotros un prejuicio abundante de que Martí es un escritor verboso, repleto de palabras que sobran a fin de aparentar riqueza de pensamiento con metáforas excesivas o francamente delirantes, que abruma y desespera al lector.

Martí tiene una variedad de estilos de prosa. Y una oratoria tensa y densa de ideas. Cuando hablaba, las ideas le venían como él decía, en ramazones. Como si el público le provocara un estado de lucidez. Lejos de ser una gritería sin sentido, sus discursos son un modelo de orden comunicativo, donde la enorme cantidad de ideas jamás pierde la intención central ni la capacidad de comunicarse con esos oyentes, que le entendían porque pensaban esencialmente como él, aunque desde luego no con el genio de él.

Al mismo tiempo, la prosa martiana es tan jugosa y precisa, que a veces el orden de dos sustantivos, o un adjetivo, resume una tesis mejor que todo un párrafo.

Observemos que Martí habla de un culto a la dignidad plena.

Este adjetivo posee mucho trigo, en verdad.

En primer término, supone una advertencia: es ilegal encerrar la dignidad humana en alguna fórmula, el individuo tiene que sentirse plenamente digno, y en el orden social la dignidad tiene que ser reconocida con ese objetivo. Nada de un pedacito de dignidad, privándonos del resto. Esto incluía desde luego el disfrute de todas las libertades civiles (de expresión, reunión, asociación y prensa, etc.), pero no sólo ellas. El racismo, por ejemplo, quedaba descartado por violar la dignidad del ser humano.

Con los años esta previsión martiana se convirtió en ley de las naciones, a través de su discípulo Guy Pérez Cisneros. La Declaración de los Derechos del Hombre de 1948, que Guy propuso y promovió en Naciones Unidas, dejaba claro que el cumplimiento de unos derechos no eliminaba el cumplimiento de otros: los derechos sociales no podían ser una excusa para eliminar los derechos civiles. La Unión Soviética y sus colonias se quedaban sin pretextos.

Esa previsión sigue esperando por nosotros hoy aquí.

Pero hay algo más: el adjetivo deja abierta la noción de dignidad como una plenitud posible.

Martí era un admirador de la humanidad y de todo lo humano. Amaba a tanta gente brillante, sobre la que escribió sin escatimar elogios. Amaba a mucha gente humilde, por sus virtudes y por su capacidad de amor. Es enorme el número de personalidades que entran en la obra de Martí. Una multitud de anécdotas lo definen como una persona cercana a todas las personas, incluso a aquel traidor que intentó envenenarlo. Le fascinaba la variedad de lo humano, en hombres y mujeres. En sus Apuntes nos encontramos con una narración en primera persona de una mujer. Celebró al poeta claramente homosexual Oscar Wilde. No era católico, pero se entusiasmaba con Santa Teresa la mística. Los tiranos, dijo, si son hidalgos… porque hasta en el enemigo podía encontrar un mérito, una cualidad. Su visión de la realidad humana era omnicomprensiva. De ahí que su concepto de la dignidad quedara abierto, a toda plenitud imaginable.

Es ese un fuego cubano y universal, al que es hora de que volvamos a ponerle antorcha.

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