
Dos acontecimientos imprevisibles y misteriosos se hilvanan en cuestión de meses para decidir nuestra guerra de independencia. El gobernante español Cánovas del Castillo está sentado vacacionando y se le acerca un anarquista y lo mata. ¿Cualquiera podía acercarse al jefe de gobierno? ¿Por qué la Regente escoge como sucesor a Sagasta, opositor a Cánovas? ¿Falta de respeto para el partido de Cánovas, o un oportuno reconocimiento de su fracaso? De haber fallado el anarquista, ¿Cánovas hubiera continuado con la Reconcentración? ¿Hubiera concedido la autonomía, como hizo Sagasta de inmediato? ¿De qué manera hubiera enfrentado la amenaza explícita de guerra lanzada por el discurso de McKinley al Congreso? ¿Cuál hubiera sido su conducta en un enfrentamiento militar con los Estados Unidos? Estas preguntas quedan en la nada pero hay que hacerlas porque nos ayudan a entender cómo funciona la historia, cómo el azar o el truco la manejan y la distorsionan, la aceleran o la retardan, a veces para largo, largo tiempo.
La amenaza de McKinley se había materializado con la llegada a La Habana del acorazado Maine, en visita amistosa. Frente a San Carlos de la Cabaña, la mayor fortaleza de la isla, y con sus diez cañones listos, una coraza de casi cien metros de largo pasaba por un gesto de amistad. En la bahía estaba el acorazado Vizcaya, que fue enviado a Nueva York, en gesto de amistad, cuando el Maine ya había desaparecido. Pero el daño que el Maine podía hacer con un disparo contra el Palacio de los Capitanes Generales, a unos metros de distancia, era afrentoso… ¿El soberbio Cánovas hubiera admitido esos intercambios? ¿O tal vez hubiese aceptado la permanente oferta de compra de la isla, que era la opción que prefería McKinley? Mientras la capital sigue en desorden por las consecuencias de la Reconcentración y el descrédito de la autonosuya, los habaneros ven a un acorazado amenazando amistosamente. En la noche del 15 de febrero de 1898 una explosión gigante los trastorna. El acorazado se hunde, y casi todos sus trescientos marineros mueren. Es un casus belli típico.
Tan misterioso como el asesinato de Cánovas —o el del general Prim años antes—, la hecatombe del Maine sigue sin explicación. Los norteamericanos fallaron que había sido causada por un torpedo o una mina submarina; los españoles, que se trataba de un accidente interno. La tesis de la mina es inverosímil: no se encontraron peces muertos en la bahía. Qué tipo de mina y quién la pondría, y para qué. Los españoles admitían el acorazado porque estaban tratando de evitar la guerra; y ayudaron de inmediato a los sobrevivientes del Maine. Habría españoles fanáticos en La Habana que lo considerarían deshonroso, pero no tenían poder para semejante acción. Desde 1974 los historiadores, apoyados por investigaciones técnicas, se inclinan por la tesis del accidente —el calentamiento de una pared metálica del buque hace estallar las municiones—, pero el ataque de bandera falsa, esto es, que el Maine fue volado por los jingoístas del Norte para provocar la guerra, tampoco se descarta. Algunos españoles siguen apoyando esa tesis. Y es la que nos han contado aquí. Porque la conveniencia fue absoluta.
El Maine era un barco insignia de la vigorosa armada de los Estados Unidos. Había sido botado en el comienzo mismo de nuestra guerra de independencia, en 1895, cuando se iniciaba la construcción acelerada de la armada yanqui; y aunque era técnicamente un acorazado de segunda clase, y para 1898 ya se había incorporado a la armada el Iowa que era de primera, el Maine significaba el comienzo de la grandeza naval de los Estados Unidos, que tardaría muy pocos años en ponerse al nivel de las potencias europeas —que se estaban repartiendo el mundo en colonias o protectorados—. Estados Unidos había colonizado todo su territorio continental hasta el Pacífico, mediante la compra de territorios a esas potencias, y las guerras contra los indígenas y los mexicanos. Y acababan de anexionarse Hawái: el Pacífico era precisamente un área de rivalidad entre los europeos. España era una potencia del Pacífico. La armada estadounidense surgía con vigor tecnológico para incorporarse al reparto del mundo. España poseía una armada más numerosa pero atrasada y con problemas de logística —dónde cargar carbón para las naves—, y el reino estaba agotado financiera y moralmente por la guerra en Cuba. Estados Unidos nunca estuvo especialmente interesado en la adquisición de colonias, que era el designio del Reino Unido, Francia y Alemania. Sabían que las colonias acaban en guerras de independencia, y poseían un inmenso territorio continental riquísimo y sin explotar, con costas en los dos océanos. No les interesaba como a esas potencias el África, porque seguían teniendo dentro el problema de los afrodescendientes. Pero conquistar los territorios del Pacífico y el Caribe en manos de España les concedía una ventaja geopolítica y estratégica que no podían ignorar, entre otras razones porque era una conquista fácil. Sus costas se extenderían por los dos océanos.
Cuba y los Estados Unidos son vecinos geográfica y culturalmente. Tendremos que convivir por siglos; y convivir exitosamente para ellos, y sobre todo para nosotros.
Pero eso es imposible si nos apartamos de las verdades históricas más evidentes y sus lecciones más difíciles, y ejemplares.
Una y otra vez escucho, entre personas bien intencionadas e instruidas, el disparate de que Estados Unidos intervino en Cuba para libertarnos del yugo español, o al menos para salvar la guerra del agotamiento de los mambises, o que ese fue el bendito resultado colateral.
Los acontecimientos históricos no pueden ser borrados por la ideología o la mitología política.
Estados Unidos libró una lucha facilona contra España y se quedó con Cuba, Puerto Rico y Guam, y con las Filipinas mediante conquista y compra.
A fines de 1898 no hay libertad alguna en esos territorios.
Han sido conquistados o comprados.
Estados Unidos se ha convertido en una potencia mundial y ha erigido un imperio en el Pacífico y el Caribe.
El Pacífico era una proyección constante de los norteamericanos. En 1821 crearon el Pacific Squadron, para proteger el comercio estadounidense en el Pacífico y América del Sur. Ya desde mediados del XIX Estados Unidos comerciaba ventajosamente con China y Japón. Pero el escuadrón participó además en la guerra contra México (1846–1848), ayudando a conquistar California. En 1867 las Islas Midway fueron el primer territorio insular adquirido por EE. UU. en el Pacífico. Antes de la guerra con España ya habían anexionado a Hawái. Con la guerra adquieren Filipinas y Guam. En 1900, todavía luchando contra los independentistas de Filipinas, establecen control sobre parte de Samoa mediante acuerdo con Alemania y el Reino Unido, un caso típico de reparto entre potencias. En esa época ocupan un conjunto de islas menores, y después de la Segunda Guerra Mundial administrarán más islas por mandato de la ONU durante décadas, la mayoría de las cuales obtuvieron luego la independencia, aunque las Islas Marianas del Norte siguen siendo un territorio estadounidense. Pero el grueso del imperio estadounidense en el Pacífico se verifica y consolida como resultado de la guerra contra España.
Por eso, cuando la guerra estalla, Estados Unidos no envía la flota a bombardear La Cabaña y el Palacio de los Capitanes Generales, con lo que Cuba quedaría prácticamente libre de la dominación española, porque en la bahía de La Habana había menos defensa naval que en Manila. Antes de que se produjera un desembarco de importancia, en cuestión de horas los mambises entrarían en su capital. Y una amistad perfecta se hubiera establecido para siempre entre los libertarios de allá y de aquí.
Pero no, McKinley envió la escuadra lista en Hong Kong contra Manila, Filipinas. La escuadra había partido de San Francisco el 12 de abril, cuando aún no había una declaración de guerra; se abasteció de carbón en Hawái, y luego en esa posesión británica, supuestamente neutral. La flota del Pacífico llegó a Filipinas en tres días y el 1 de mayo de 1898 aniquiló a la abundante chatarra naval española en Manila en una sola mañana, ocasionándole 381 muertos, mientras que un solo estadounidense murió en el combate.
Ya Filipinas estaba bajo control cuando apenas había ocurrido un mediocre ataque a Matanzas.
Ni siquiera los intereses norteamericanos en Cuba decidían la guerra, sino el atractivo de la construcción de un Imperio.
Puerto Rico se entrega, y en Cuba los mambises ayudan a los invasores.
Estados Unidos se ha convertido en una potencia del Pacífico y el Caribe, casi de gratis.
En unos años las dos costas continentales y las dos áreas de la república imperial estarán comunicadas por el canal de Panamá. En 1917 comprará a Dinamarca las Islas Vírgenes, al este de Puerto Rico, para asegurar la defensa del canal.
I took Panama, dirá Teddy Roosevelt, sucesor de McKinley y más franco que él.
Pero veamos qué dijo este último en su segundo Mensaje al Congreso, el 5 de diciembre de 1898, una vez que esta guerra de conquista ha finalizado en su primera fase, pues todavía les quedaban tres años de combate contra los independentistas filipinos.
El mensaje comienza con júbilo:
A pesar de las cargas añadidas que la guerra ha hecho necesarias, nuestro pueblo se regocija de un grado de prosperidad muy satisfactorio y en constante aumento, evidenciado por el mayor volumen de negocios jamás registrado (…) El servicio militar bajo una bandera común y por una causa justa ha fortalecido el espíritu nacional y ha servido para consolidar más que nunca los lazos fraternales entre todas las regiones del país.
(Notwithstanding the added burdens rendered necessary by the war, our people rejoice in a very satisfactory and steadily increasing degree of prosperity, evidenced by the largest volume of business ever recorded.
Military service under a common flag and for a righteous cause has strengthened the national spirit and served to cement more closely than ever the fraternal bonds between every section of the country).
La república imperial está de fiesta.
Después de repetir sus argumentos del mensaje anterior acerca de la imposibilidad de reconocer a los mambises, McKinley descubrió que la única salida que quedaba, la autonomía, había fracasado:
Las administraciones autónomas establecidas en la capital y en algunas de las principales ciudades parecían no ganarse el favor de los habitantes ni poder extender su influencia a la gran extensión del territorio controlado por los insurgentes, mientras que el brazo militar, evidentemente incapaz de hacer frente a la rebelión aún activa, continuó muchas de las políticas más objetables y ofensivas del gobierno que la precedió.
(The autonomous administrations set up in the capital and some of the principal cities appeared not to gain the favor of the inhabitants nor to be able to extend their influence to the large extent of territory held by the insurgents, while the military arm, obviously unable to cope with the still active rebellion, continued many of the most objectionable and offensive policies of the government that had preceded it).
Este diagnóstico del grupo de poder en la Casa Blanca es importante: ellos mismos reconocen que España ha fracasado por las malas y por las buenas y que los insurgentes controlan el país. La narrativa de un fracaso de los mambises queda así desautorizada, pues desde luego ese grupo, como dijeron una y otra vez, y según actuaron siempre, era enemigo de los mambises. Pero hay que ocultar el éxito, y he aquí cómo: La guerra continuó sobre el suelo antiguo, sin un plan integral, desarrollando solo los mismos encuentros esporádicos, carentes de resultados estratégicos, que habían marcado el curso de la rebelión de los diez años anteriores así como la insurrección actual desde su inicio (The war continued on the old footing, without comprehensive plan, developing only the same spasmodic encounters, barren of strategic result, that had marked the course of the earlier ten years’ rebellion as well as the present insurrection from its start). ¿Ningún resultado estratégico, y el Imperio español solo domina, mediante una espantosa represión, las ciudades? ¿No hubiera bastado un poco de ayuda a esos que dominaban el territorio cubano, para salvar los intereses pecuniarios de los norteamericanos en Cuba, conquistando además la amistad y el apoyo permanente de todo un pueblo que poseía los mismos ideales de libertad y progreso? Para obtener ese fin los Estados Unidos se ahorrarían así esas cargas de la guerra, y la vida de algunos soldados.
Ya han muerto casi trescientos en la explosión probablemente accidental del Maine, pero ni siquiera se espera a la investigación de las causas: todo nos llevaba a la convicción, incluso antes de la conclusión del tribunal naval, de que se avecinaba una crisis en nuestras relaciones con España y hacia Cuba (All these things carried conviction to the most thoughtful, even before the finding of the naval court, that a crisis in our relations with Spain and toward Cuba was at hand). El Congreso aprueba una millonada para las defensas del país, cuyas costas podrían ser atacada por los españoles —la imaginación del mal es poderosa—; las potencias europeas proponen una negociación —a ninguna le conviene ni el enfrentamiento con los Estados Unidos ni el crecimiento de su poder—; y McKinley le propone a España un último argumento: la conclusión inmediata de un armisticio de seis meses en Cuba, con el fin de lograr el reconocimiento del derecho a la independencia de su pueblo (the immediate conclusion of a six months’ armistice in Cuba, with a view to effect the recognition of her people’s right to Independence).
Aquí aparece una ruptura con el discurso político anterior. Por primera vez el presidente y con él la clase política estadounidense reconoce ese derecho. Pero ese derecho no va a ser determinado y ejercido por el pueblo cubano, que lleva treinta años de lucha defendiéndolo, sino por una negociación entre las dos potencias. Los españoles responden ladina e hipócritamente que el armisticio tendría que ser acordado por el Parlamento Insular a petición de los insurrectos. Pero el Parlamento no existe ni puede ser elegido porque España no controla el territorio, y porque los verdaderos defensores del derecho del pueblo cubano a la independencia, el Pueblo en Armas, rechaza esa farsa. El presidente lo dice:
la cuestión parecía recaer por un lado con un órgano elegido por una fracción de los electores de los distritos bajo control español, y por otro con la población insurgente que controlaba el interior del país, sin representación en el llamado parlamento y desafiante ante la sugerencia de pedir la paz.
the issue seemed to rest on the one side with a body chosen by a fraction of the electors in the districts under Spanish control, and on the other with the insurgent population holding the interior country, unrepresented in the so-called parliament and defiant at the suggestion of suing for peace.
Entonces se decide
Lo único coherente con la política internacional y con nuestras firmes tradiciones históricas era la intervención como neutral para detener la guerra y frenar el sacrificio desesperado de vidas, aunque ese recurso implicara “una restricción hostil para ambas partes en la contienda, así como para hacer cumplir una tregua y guiar el eventual acuerdo”.
The only one consonant with international policy and compatible with our firm-set historical traditions was intervention as a neutral to stop the war and check the hopeless sacrifice of life, even though that resort involved “hostile constraint upon both the parties to the contest, as well to enforce a truce as to guide the eventual settlement”.
Una neutralidad con doble hostilidad.
Hostil, también, para el Pueblo en Armas de la República de Cuba.
Esa es la propuesta de McKinley al Congreso, que genera la famosa Resolución Conjunta:
La respuesta del Congreso, tras nueve días de deliberación sincera, durante los cuales se desarrolló el sentimiento casi unánime de su cuerpo en todos los puntos salvo en la conveniencia de acoplar la acción propuesta con el reconocimiento formal de la República de Cuba como el verdadero y legítimo gobierno de esa isla —propuesta que no fue adoptada— el Congreso, tras la conferencia, el 19 de abril, por 42 votos a favor y 311 a 6 en la Cámara de Representantes, se aprobó la memorable resolución conjunta que declaraba
Primero. Que el pueblo de la isla de Cuba es, y por derecho debe ser, libre e independiente.
Segundo. Que es deber de Estados Unidos exigir, y el Gobierno de los Estados Unidos exige, que el Gobierno de España renuncie de inmediato a su autoridad y gobierno en la isla de Cuba y retire sus fuerzas terrestres y navales de Cuba y aguas cubanas.
Tercero. Que el Presidente de los Estados Unidos sea, y por la presente está, ordenado y facultado para utilizar todas las fuerzas terrestres y navales de los Estados Unidos y para llamar al servicio efectivo de los Estados a la milicia de los distintos Estados en la medida que sea necesario para llevar a cabo estas resoluciones.
Cuarto. Que los Estados Unidos renuncian a cualquier disposición o intención de ejercer soberanía, jurisdicción o control sobre dicha isla salvo por su pacificación, y afirman su determinación, cuando esto se logre, de dejar el gobierno y el control de la isla a su pueblo.
The response of the Congress, after nine days of earnest deliberation, during which the almost unanimous sentiment of your body was developed on every point save as to the expediency of coupling the proposed action with a formal recognition of the Republic of Cuba as the true and lawful government of that island —a proposition which failed of adoption— the Congress, after conference, on the 19th of April, by a vote of 42 to 35 in the Senate and 311 to 6 in the House of Representatives, passed the memorable joint resolution declaring
First. That the people of the island of Cuba are, and of right ought to be, free and independent.
Second. That it is the duty of the United States to demand, and the Government of the United States does hereby demand, that the Government of Spain at once relinquish its authority and government in the island of Cuba and withdraw its land and naval forces from Cuba and Cuban waters.
Third. That the President of the United States be, and he hereby is, directed and empowered to use the entire land and naval forces of the United States and to call into the actual service of the United States the militia of the several States to such extent as may be necessary to carry these resolutions into effect.
Fourth. That the United States hereby disclaims any disposition or intention to exercise sovereignty, jurisdiction, or control over said island except for the pacification thereof, and asserts its determination when that is accomplished to leave the government and control of the island to its people.
Resulta llamativo que McKinley le lea al Congreso la Resolución del Congreso. Se trata de una declaración para el público norteamericano e internacional. Como es sabido, el Senado, en manos de la oposición demócrata, había querido el reconocimiento de la República en Armas, y la decisión de McKinley de consultar al Congreso en pleno, aunque con antecedentes y respaldo constitucional, era una maniobra conveniente, puesto que los republicanos tenían mayoría en la Cámara de Representantes. La Resolución calma al pueblo norteamericano, que por distintas razones apoya a los mambises; y tranquiliza a las potencias europeas, con la renuncia a la anexión de Cuba. Hasta Alemania soñaba con agarrar a la preciada isla.
Como resultado de esos equilibrios entre los representantes de la república liberal y los de la república imperial, la Resolución es, más allá de la indignación, incoherente hasta la lástima que produce siempre el descaro.
El pueblo cubano es libre e independiente, ¿por la gracia del Congreso de los Estados Unidos, que no ha hecho sino perseguir a los insurgentes cubanos, o por los insurgentes cubanos, dotado de un gobierno democrático y un Ejército que le obedece?
¿Y… por derecho debe ser?
Por derecho lo éramos desde el 10 de abril de 1869 en Guáimaro.
Había Constitución, había leyes, había juristas calificadísimos.
Sólo había que cambiar Guáimaro por La Habana.
Y de la misma manera que los franceses ayudaron a los patriotas yanquis a recuperar Filadelfia, y a quebrar a los británicos —que nunca fueron derrotados militarmente—, los patriotas yanquis podían y debían intervenir para establecer a los patriotas cubanos en La Habana.
Y con más motivación, porque los franceses eran monárquicos, y los yanquis declaraban ser tan republicanos y liberales como el presidente Bartolomé Masó, general de treinta años de lucha heroica.
El ciudadano estadounidense Estrada no movió un pie para hacer valer esta realidad.
Consumada la intervención, el general Calixto García intentó luego explicarle esa sencillez al mayor jubilado McKinley, que no lo recibió.
El glorioso general murió de inmediato, en el frío de Nueva York.
Obsérvese que el documento sólo se refiere a Cuba, y de ahí que se le tome por una declaración a favor del pueblo cubano. Puerto Rico ni se menciona. Pero ese límite era otra habilidad. La Resolución significaba la guerra con España, y para la fecha, ya McKinley y sus generales están preparando la toma de Manila. La Escuadra del Pacífico zarpó de San Francisco el 12 de abril de 1898, cuando aún se está consultando al Congreso y no existe Resolución Conjunta ni declaración de guerra, bajo el mando del comodoro George Dewey. Iría hasta Hawái para aprovisionarse de carbón, y luego en Hong Kong para lo mismo, ya tan cerca de Filipinas. El 27 de abril, Dewey recibió el telegrama definitivo: Capture or destroy the Spanish fleet, orden que cumple el 1 de mayo en Cavite, Filipinas.
Si el interés estaba sólo en Cuba, esa táctica sobraba. La flota española en el Pacífico difícilmente podía llegar al Caribe. Si había miedo por unos imaginarios ataques a las costas norteamericanas, el Escuadrón debió quedarse en San Francisco para protegerlas. Y si se temía por la costa atlántica, se podía enviar un refuerzo. Y se hizo, pero no con ese destino fantástico: el 19 de marzo de 1898 zarpó de San Francisco el acorazado Oregón, pero no como parte del Escuadrón del Pacífico sino rumbo al Atlántico, para lo cual tuvo que navegar hacia el sur, con escalas en Perú y Chile, dar la vuelta al Cabo de Hornos, nuevas escalas en Brasil y Barbados, hasta llegar a la Florida el 26 de mayo. Pero no para defenderla sino para incorporarse a la batalla de Santiago de Cuba, donde desempeñó un papel letal para los españoles. Al llegar a la Florida, hacía ya tres semanas que Filipinas estaba en manos de los Estados Unidos.
Cuba era lo más difícil, militar y políticamente, pero no lo más importante, ni siquiera lo que más urgía.
El gigante de las siete leguas se explayaba por los siete mares.
En el próximo artículo veremos la crónica que hace McKinley de su propia guerra.
