Fotografía de Mario Ramírez.

Los que conocieron a Martí se asombraban de la velocidad con que el escritor subía y bajaba escaleras y se batía con las tumultuosas calles de Nueva York. Téngase en cuenta que era un hombre enfermo, pero su vitalidad era descomunal.

El escritor había escrito y publicado miles de páginas admirables, y apenas cumplía cuarenta años. Algunas de las mejores las había escrito de pie, apoyado en la barandilla de un vapor.

Si usted quiere tener una idea de con cuánta rapidez trabajaba Martí, busque sus cartas y otros textos fechados en cualquier día de 1892. No se fije en el increíble nivel de pensamiento, cortesía fraternal y calidad literaria de esas prosas urgentes. Simplemente copie a mano. Yo hice ese experimento en mi juventud y acabé exhausto.

En sólo tres años, de 1892 a 1895, Martí organiza la guerra de independencia, una complicada conspiración con formas y fines democráticos. Muchos se habían reído de sus discursos, que supuestamente no eran más que hemorragias de un exaltado poeta, de un aficionado a la política o de un enfermo mental.

En esos tres años el conspirador reunió a todos los cubanos independentistas dispersos y muy diversos, y consiguió, en condiciones de clandestinidad, tres vapores que debían desembarcar en regiones claves de Cuba, cargados de armas.

Un individuo lento de corazón frustró este prodigio, pero el intento dejó pasmado a sus enemigos.

Raudo, sin perder un segundo del tiempo histórico que él sabía a favor, Martí ordenó el alzamiento unánime del país, que se produjo.

Se lanzó él mismo a desembarcar a como fuera. Llevó el remo de proa en la chalupa. Y llegó por el único punto libre de acantilados, trayendo al general en jefe que había roto el timón.

Quería una guerra rápida, breve, que ahorrara sacrificios para todas las partes. Esto parecía una tontería, pues se trataba de enfrentar al Imperio Español. Pero de hecho la guerra sólo duró tres años.

Por favor, no se fije en esas estatuas donde Martí aparece como un sesentón. El del parque camagüeyano es una ofensa.

José Julián es el epítome de la sagrada celeridad cubana.

De su intensidad, su sabiduría, su acierto.

Félix Varela fundó la idea de la patria con treinta años.

A esa edad murió el Mayor.

Estos tres jóvenes intensísimos son nuestros padres.

Los únicos líderes cabalmente democráticos.

Los fundadores de la Democracia Cubana.

La desgracia de jóvenes que huyen, que no encuentran rumbo ni aquí ni en parte alguna del mundo, que se someten al despotismo o que aspiran a déspotas de última hora, parece que va a terminar en fiestas sangrientas, con adolescentes que salen a la calle armados con machetes, no con los de la tropa del Mayor, sino con los del extravío de una nación envejecida, enlentecida, detenida, sin tiempo ahora ni después ni nunca.

No.

Tenemos en la sangre la rapidez de José Julián.

Podemos cultivarla.

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