
Manuel Antonio Sanguily y Garrite poseía créditos militares de sobra. Si Enrique Collazo fue un joven bravo que cumplió la mayoría de edad a unos días de incorporarse a la guerra en una expedición, Sanguily necesitó unos dos meses para tanto, al llegar en la segunda expedición del Galvanic, en enero de 1869, pues no cumplía veintiuno hasta el 26 de marzo. Siendo habanero, había huido al extranjero para poder llegar, tres días después, al territorio insurrecto. Hijo de europeos radicados en La Habana, como su hermano el futuro general Julio, que llegó un poco antes con veintitrés años, carecía de raíz o vínculos con el patriciado cubano de Bayamo, Puerto Príncipe y Las Villas. Los Sanguily eran patriotas de la mente y el corazón. Habiendo desembarcado Manuel por Cayo Romano, se vincula con el grupo de Puerto Príncipe, y se convierte en secretario del mayor general Quesada —a quien después detestará—. Los revolucionarios camagüeyanos le designan para que contacte con los alzados villareños, a fin de forjar la unidad de la Revolución que se efectuará en Guáimaro. Este muchacho habanero participa pues en la creación misma del poder democrático cubano. Desde el principio es un hombre nacional. Pero no se define como un político, sino que se suma a los combates de la naciente caballería camagüeyana. Ya en noviembre alcanza el grado de teniente coronel. Peleó con Ignacio Agramonte, que era para él, como para tantos, el líder ideal del país. Estuvo al lado de Gómez en sus batallas legendarias: La Sacra, Naranjo-Mojacasabe, Las Guásimas. Como sabemos por él mismo, durante ese tiempo este joven sin mucha academia y con mente superior se dedica a estudiar lo que ocurre en el campo de batalla: ve, pregunta, escucha y reúne documentos. Después de la caída de Céspedes es electo a la Cámara, pero, y esto es importante, renuncia enseguida para apoyar a Gómez en el intento de invasión de Las Villas, la tarea militar decisiva del momento y de la guerra. Con Gómez intenta detener el golpe de estado de Vicente García, que frustra esa tarea. Lo ascienden a coronel y participa en el asalto y la toma de Las Tunas por el general Calixto García. En enero de 1877 sale rumbo a Jamaica con su hermano Julio, comisionados por el gobierno para organizar expediciones. No fue consultado sobre esa salida: obedeció. Julio es un minusválido de guerra desde que tenía veinticinco años, y ambos están muy deteriorados por las penurias y enfermedades de la manigua. Organizan una expedición en Estados Unidos y acaban detenidos por el gobierno estadounidense. Allá se enteran del Pacto del Zanjón, con el que no han tenido nada que ver.
Con esta trayectoria, pudiera esperarse que fuera tanto o más militarista que Collazo, porque incluso había renunciado al cargo de representante para militar más; y tan amante de la necesidad de la dictadura como Gómez y Maceo. Más bien incluye en la lista de dictadores a Céspedes y a Quesada. Pero este coronel que ha sido además una vez representante electo del Pueblo en Armas, ha sido siempre un amante de la verdad y la integridad, y ya hemos visto cómo deshace el supuesto de una división entre militares y políticos, en la que además los políticos son culpables de la capitulación. Así que, contestando a Collazo, afirma, y subrayo:
La Cámara no sirvió de estorbo nunca, ni produjo jamás daño cierto, concreto, evidente a la Revolución. Nació para salvarla, y nació en circunstancias muy especiales. Sirvió virtualmente para salvarla, para promediar, para ser un obstáculo al rápido desarrollo de los celos de localidad y librar el orden y amparar el éxito, de las acechanzas de tiranuelos e intrigantes. No se opuso en ningún caso al mérito positivo, ni a la legítima autoridad militar.
Sanguily sabe lo que afirma, porque ayudó en el proceso de unificación de las distintas zonas en guerra. Ni habaneros, ni villareños, ni camagüeyanos estaban dispuestos a obedecer sin reglas ni previsiones a un grupo de orientales, sólo por haberse sublevado primero y por cuenta propia, unas semanas antes. Ni al capitán general Céspedes ni al pretendido dictador Donato Mármol. Mientras estuvo en condiciones de pelear como un militar, Manuel Sanguily lo hizo heroicamente. Nunca pretendió ser un político. Por eso en este asunto su opinión es moralmente incontrastable. Y también en el plano intelectual, porque juzga los acontecimientos como fueron y porque su interés es entender qué pasó, sin supuestos personales y subjetivos, que es el marchamo de Collazo. Obsérvese que Sanguily, siempre atento al origen de los sucesos, ve a la Cámara como una función de arbitraje frente a los caciques que se estaban instalando desde el arranque mismo de la gesta, cuando no existían ni Cámara ni Constitución. Hijo de la capital, los localismos campesinos le resultaban ajenos, y probablemente ridículos. Por otro lado, no es un patricio, alguien con propiedades que aspire a instalar rápidamente un país democrático y próspero. Es un joven que se siente cubano y ama la libertad con inteligencia. Eso le da una lucidez para deshacer las especies de Collazo.
Para Sanguily la Cámara era un factor político imprescriptible:
Quesada cayó porque así debía ser, prescindiendo por ahora de la forma en que se le depuso; y el primero que quiso que cayera fue el mayor general Ignacio Agramonte. Céspedes cayó también, y antes que la Cámara, dictaba en voz baja su caída el mayor General Calixto García. Si la Cámara no lo depone cuando lo hizo, lo hubieran hecho unos meses después, probablemente, los mayores generales que mandaban los Departamentos y Distritos; y procediendo así puede demostrarse que empleaba medios pacíficos, que usaba recursos preventivos de males más graves, aunque salvando la Revolución su independencia fuese casi ilusoria.
Sanguily respetaba a la Cámara entre otras cosas porque, evidentemente, dependía de los militares. Así que era imposible que intentara sobreponerse a ellos todo el tiempo:
Tan no abrigaba la Cámara prevenciones pueriles contra la jefatura superior de un militar de mérito o de recomendables antecedentes en la milicia, que mientras hubo con quien probar procuró llenar el puesto de General en Jefe. Después de Quesada, aunque bajo otro nombre (“Jefe de Estado Mayor General en Operaciones”), desempeñaron el cargo los mayores generales Thomas Jordan y Federico Cavada. Más tarde fue imposible la efectividad de esa función. La función resultó innecesaria.
Y entonces refiere unos datos preciosos, dignos de un historiador de categoría, que testimonia y que piensa. Si bien la Cámara dependía de los militares, los militares no podían depender de un militar en jefe. Un dictador era una fantasía. Incluso un general en jefe operativo.
Los esfuerzos de Jordan por constituir un núcleo de fuerza de línea, se estrellaron contra el caudillaje, lo mismo en Oriente que cuando fue jefe superior del Ejército. La incomunicación, o la comunicación difícil y a menudo interrumpida, los medios lentos de efectuarla, la inseguridad, los largos rodeos, las distancias enormes, la constante movilidad de las fuerzas, comúnmente fraccionadas, la imposibilidad de aglomerar más de mil quinientos hombres dos o tres semanas en una zona sin arruinarla o arrasar los lugares de su tránsito, antes y después de la concentración, condenando a la miseria o la emigración a multitud de familias y amenazando la permanencia y comprometiendo la seguridad de los talleres u hospitales, la insuficiencia de los sembrados y su diseminación en vastos terrenos, fueron entre otras de diversa índole —las causas por decirlo así naturales que contribuían a hacer impracticable la jefatura superior del ejército revolucionario.
Los políticos querían un verdadero jefe, que pudo haber sido Agramonte, y no se opusieron a que los jefes obraran. Contradice a Collazo:
contrariamente a lo que él sostiene (que se le dieron ciertas facultades al presidente Estrada, “lo que se hubiera temido hacer con Céspedes”), es lo indudable que si dio facultades a Estrada, se las había otorgado también y de bastante amplitud a Céspedes, en dos ocasiones, que yo recuerde.
Ahora bien, el propio caudillo bayamés no se atrevía a ser jefe:
Céspedes que había iniciado su carrera de revolucionario como caudillo y que durante meses se aferró a sus entorchados de capitán general —no quiso nunca ponerse como presidente Generalísimo al frente del Ejército.
¿La Constitución o la Cámara impedían que el presidente encabezara el Ejército? En lo absoluto. Lo demuestra el hecho de que Tomás Estrada, como presidente, asume esa función.
Estrada ni aun teniendo a su lado al general Gómez debió pedir o aceptar un puesto para cuyo desempeño carecía de las más elementales condiciones.
Este es un punto importante. Para la fecha, después del golpe de estado contra Cisneros por parte del general Vicente García, y de la interinatura de Spotorno, el panorama militar está dominado por Gómez, que defiende con toda razón la invasión de Occidente, y por García, líder del caudillismo oriental que se niega a la invasión. Y por tanto:
Antes que el presidente Generalísimo cayese prisionero del enemigo, de la manera menos militar posible, la Cámara de acuerdo con él nombraba a Gómez general en jefe.
Y Gómez no acepta el cargo.
En La Revolución de Yara, el libro de Fernando Figueredo, encontramos un relato detallado del asunto de la invasión de Las Villas. Destituido Céspedes, el presidente interino Cisneros reúne a tropas de Oriente con las de Camagüey para organizar la invasión. Figueredo considera que esto fue un error, puesto que avisó del intento a los españoles. A mi juicio era imposible ocultar el movimiento de fuerzas hacia Las Villas —que no podían ser unas guerrillas porque había que romper la Trocha de Júcaro a Morón—, pero además había un elemento político militar en el que Cisneros estaba actuando con responsabilidad y habilidad: las tropas orientales estaban a disgusto en Camagüey, lejos de sus casas y familiares, y había que probar si estaban dispuestas a la invasión. Figueredo mismo dice que no querían, pero que finalmente se entusiasmaron con la posibilidad del éxito: invadir Las Villas, llegar hasta Matanzas y amenazar La Habana, aseguraba o al menos acercaba la perspectiva de la victoria final. Los españoles lanzaron una ofensiva, que Gómez enfrentó con buenos resultados tácticos. Pero la tropa quedó desmejorada, y la invasión fue aplazada. Gómez pidió autorización a Cisneros para empezarla con criterio propio sin consultar. Cisneros dijo que no, que esperara a que se le dieran refuerzos. Gómez, en su momento, sin consultar al presidente, rompió la Trocha de Júcaro a Morón y, herido en el cuello, entró en Las Villas. Hasta donde conozco, ni Cisneros ni la Cámara se ofendieron ni limitaron a Gómez.
Cisneros, por el contrario, decide mandarle refuerzos de Oriente.
Y como los tuneros, encabezados por el general Vicente García, de ninguna manera quieren salir de sus pagos, se rebelan, organizan la llamada Sedición de Lagunas de Varona, y de hecho deponen a Cisneros. Le sucederán Spotorno y Estrada, que contemporizan con los golpistas, que a su vez continuarán intrigando y finalmente rebelándose otra vez.
Gómez sigue intentando moverse hacia Occidente, donde la gente no se ha sumado a la insurrección y en donde se produce la riqueza que los españoles usan para financiar su despotismo. Gómez busca una gran victoria, un Ayacucho que nunca logrará, ni en esta guerra ni en la próxima. Su cercanía con Estrada le garantiza el pleno apoyo de él y de la Cámara.
Los militares golpistas siguen negándose a salir de sus pagos. Carecen de conciencia nacional y están cansados de años de lucha y miseria. En realidad, no quieren seguir peleando. La gente sigue bajo las armas por honor, casi por hábito, y por miedo a ser apresados o asesinados por los españoles si deponen las armas. Los españoles conocen esas debilidades y hacen una jugada que no es militar, sino política: envían a Martínez Campos con miles de nuevos soldados, y buenas maneras y ofertas de paz con garantías y ventajas. Es esta jugada —que ha sido prevista por la Cámara y el Gobierno con el decreto Spotorno, que condenaba a muerte a todo el que presentara propuestas de paz sin independencia—, la que acaba de debilitar al Pueblo en Armas.
Es la rebelión de esos militares lo que acaba con la guerra. Es la desidia de esos militares lo que lleva a la Cámara hacia la capitulación.
Además, ya no es la misma Cámara que depuso a Céspedes, y mucho menos la de Guáimaro: en 1875, el presidente interino Spotorno ha realizado elecciones, y aunque se han confirmado las principales figuras, hay dos cespedistas electos: Bravo y Beola. El médico Bravo es el teórico de la rebelión que ha depuesto a Cisneros. Quiere un Senado además de la Cámara, a fin de hacerla prescindible, entre otras reformas inútiles y perjudiciales. La nueva Cámara es la que ha designado presidente a Tomás Estrada, cerrando el período de las interinaturas, por la convicción de que el vicepresidente Aguilera, enfermo, no puede regresar del exilio. Cisneros se abstiene de votar ese procedimiento. Con todo, Estrada es un presidente legal. Y tiene a su lado al general Gómez.
Yo no encuentro ninguna decisión ni de la Cámara ni de los presidentes Cisneros, Spotorno o Estrada, que siquiera pusiese en duda el éxito de la guerra o la renuncia a la lucha por la independencia. Bajo la inspiración del general Gómez y el representante Estrada, se ha votado ese Decreto Spotorno, que indicaba una desconfianza acerca de la lealtad a la idea independentista entre los mambises.
Cuando la última Cámara, con el presidente Estrada preso por los españoles, elige presidente al general Vicente García, se trata de un evidente acto de desesperación, a ver si este señor para de ambicionar y de sabotear la República. El general ni siquiera asume el cargo. Fingirá que guerrea, pero él y su gente han dejado de pelear, como otros en Las Villas, Holguín y Bayamo. Un tal Collado proclama nada menos que la independencia del cantón de Holguín, y vive unas semanas como un monarca, hasta que se entrega a los españoles sin saber que se ha pactado la paz en Camagüey. Estas personas eran militares con grados.
Sin embargo, hay una decisión que sí es objetable, y ya hemos visto que Sanguily la señala: Gómez no acepta el cargo de general en jefe que le otorga la Cámara, de acuerdo con el presidente Estrada, que se ha declarado por su parte Generalísimo, con pompa y ceremonia. Gómez no deseaba ponerse bajo el mando del Generalísimo, ni sustituirlo. Tampoco aquí hay ningún intento de los políticos por bloquear a los militares, sino de un militar que se niega al máximo cargo militar.
Por eso dice Sanguily refiriéndose a la Cámara de 1877:
¿Qué culpa tuvo ella de que Gómez no hubiera aceptado? ¿Podía infundirle la fe que le faltaba, comunicarle el entusiasmo que ya se había extinguido en su ánimo? Ah! por desgracia el admirable guerrero no era el mismo de antes, aun de muy poco antes.
Dos meses después, en diciembre de aquel año, debía estar el general Gómez obligado moralmente a imponerse o a callar. No hizo ni lo uno ni lo otro (…)
Pero desde luego, Gómez era el general de la invasión a Occidente —Calixto García había caído preso, y Antonio Maceo era todavía un brigadier. Sin Gómez ni la Cámara ni el presidente ni la Revolución misma podían sobrevivir:
…todo lo que ulteriormente fue acaeciendo parecía la realización de un consejo suyo, irrealizable en uno de sus extremos, pero que en el otro llevaba implícita la capitulación. En vez de abstenerse o de oponerse, aunque no hubiera sido ni podido ser en la forma que algunas semanas antes, determinó la dirección posterior de la corriente, fue él mismo (mejor dicho) arrastrado por la masa de aguas que subía, se extendia, silenciosa, mansa, invadiéndolo todo, enfriándolo todo! Nadie, en el fondo de su ánima, quería continuar la brega.
Lo de nadie es lenguaje hiperbólico. Había una desidia colectiva en Las Villas, Camagüey, Las Tunas, Holguín y Bayamo. Quedaban reductos de patriotismo aquí y allá, sobre todo en Santiago con Antonio Maceo. Sanguily considera que Gómez debió actuar contra esa corriente o ignorarla. Y de hecho, por su eminencia misma como jefe, y su negativa a enfrentarla, contribuyó a que triunfara. Gómez se indignará con estos juicios y contestará inmediatamente.
¿Debilidad de la Cámara o debilidad del glorioso general? ¿Quién estorba a quién?
Sanguily narra el suceso del brigadier Benítez, que
vociferó alguna vez que deseaba darle machete a la Cámara de Representantes.
Habiendo recibido las propuestas de paz, el brigadier
que sabía fusilar sin forma de juicio a ciudadanos de la República, en aquel momento supremo, quizás el último momento en que hubieran sido excusables la fuerza y la violencia, no fusiló a nadie.
Y
entregó después el mando y aún no se había finiquitado la capitulación y ya se divertía en los bailes del próximo poblado enemigo de Sibanicú.
Basta leer este articulo del coronel Sanguily para entender que el cuento de la guerra de civiles y militares, en la que los segundos son los santos, carece del menor asidero en la realidad. Más cauto, aunque con más datos, es el testimonio del coronel Fernando Figueredo en La revolución de Yara. Y este otro militar, que había sido secretario de Céspedes y luego representante, fue uno de los seguidores de Maceo en Baraguá.
Manuel Sanguily seguirá creciendo como analista de la guerra y pensador de la historia en su polémica con Gómez. Es el primer cubano, y creo que el único con la excepción de Martí, capaz de intentar una comprensión de la historia, incluso de la historia en la que se participa, con algo más que las previsiones ajenas o propias que le han llevado a ella.
Veamos el epígrafe que coloca al frente de su trabajo, en francés no sé si porque es hijo de un francés o porque es la lengua de moda en esa época:
La realité déborde toujours nos conceptions. Nous ne l’enfermons dans nos formules qu’à la condition de la mutiler.
La realidad supera siempre nuestras concepciones. La encerramos en nuestras fórmulas sólo a condición de mutilarla.
ED. SCHERER.
Estos conceptos deben pertenecer al teólogo y filólogo francés Edmond Schérer, muy conocido en los medios intelectuales de entonces. La historia forma parte de la realidad, es una versión humana de la realidad, lo que de por sí es ya una mutilación. Ni hablar de lo que hacen con ella las personas individuales, mutiladas y mutiladoras. Frente a estas ineludibles limitaciones, el único procedimiento decoroso, razonable, responsable, sería el ejercicio abisal de la conciencia propia, o al menos la honestidad y la franqueza. Y he aquí entonces que este hombre ejemplar, que ha peleado al servicio del general Gómez en la mayor de sus batallas en la Guerra Grande, que incluso le ha ayudado a ganarla con una información oportuna, describe con dolor, yo diría que casi con arrepentimiento, la escena de esa victoria en Las Guásimas:
La batalla había cesado, en el oído resonaba aún como un inmenso abejeo el estruendo desaparecido, mientras la vista no percibía ya sino signos fugitivos. Así sucedió aquel día; así sucedió también al cabo de diez años de lucha: un poco de ruido en el oído… nada en el espacio!
Ninguna Habana conquistada, ningún Puerto Príncipe estrenando a Wagner en el Teatro Principal. Sigue sin evaluarse el costo humano, militar y político de la Batalla de las Guásimas, que dio gloria a Gómez pero detuvo su paso a Las Villas en el momento decisivo.
Sanguily no es un patricio ni anda en busca de la gloria militar: ha participado de ella y he ahí lo que le vale esa gloria. Sobreviene entonces su lectura:
Pero, no! Los siglos habían leído en nuestra frente el estigma que marchamaron espadas conquistadoras: colonos, es decir, vasallos. El humo de la pólvora levantó en los aires una tromba, como la espiral de inmenso sacrificio, y de entre ella asomó una mano fantástica, tiñó el índice en los charcos que formaba nuestra sangre en el desierto, y sobre la frente del caído,
surcada por extraña cicatriz, escribió una palabra nueva de redención y esperanza, que fulguraba al sol de la Historia: cubanos, —es decir, hombres. Podremos desaparecer un día, debemos desaparecer, sin duda, como todo cuanto existe, —sometidos a otros, o dueños de nuestro terruño. No importa. Ya fuimos. Como quiera que después seamos, hemos sido largo espacio lo que ansiábamos ser siempre, y asordamos al mundo indiferente, con glorioso estrépito cuyas vibraciones últimas llegarán muy lejos todavía, repitiendo en sordo retronar de distante batalla, esa cifra misteriosa de fuerza y de existencia histórica. Por esos rendidos infortunados y por esos muertos venerandos, fuimos, somos siempre cubanos!
Yo soy cubano. Permítanme declararlo con orgullo. Me importan un rábano las desconfianzas persistentes, las certezas implacables, las distancias interesadas de los filósofos del barrio que hubieran querido nacer yanquis, o franceses. Gente que rectifica al Creador, que los puso aquí y no allá: aquí, para que den testimonio del Creador. Como todo cubano, yo vengo de un pedigrí que ningún Windsor alcanzará jamás. Y no voy hasta la victoria siempre, sino que aprendo de la derrota de nuestros mejores soldados del alma. Solamente por estar en la misma división, en el mismo regimiento, en el mismo pelotón de vida y pensamiento que el coronel Sanguily, acepto como míos todos nuestros despistes evitables, todos nuestros fracasos históricos, todas nuestras fallas repetidas, incluyendo las mías.
Y digo como él de aquellos que tuvieron que rendirse, capitular, dejarse humillar por un pueblo que no supo valorar lo que tenían:
Honor a los vencidos!
